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miércoles, 9 de mayo de 2012

Un encuentro tardío con el enemigo


Flannery O'Connor (EE. UU.)

El general Sash tenía ciento cuatro años. Vivía con su nieta, Sally Poker Sash, de sesenta y dos años, que rezaba todas las noches de rodillas para que su abuelo viviera hasta el día de su graduación. Al General le importaba un comino la graduación, pero nunca dudó de que viviría para verla. Vivir se había convertido en algo tan rutinario para él que no podía concebir otra condición. Una ceremonia de graduación no le parecía la mejor forma de pasar un buen rato, ni siquiera si, como ella había dicho, se esperaba de él que se sentara en el escenario vistiendo su uniforme. Le había dicho que habría una larga procesión de profesores y alumnos con togas, pero que no habría nada que le superara a él con su uniforme. Ésto ya lo sabía perfectamente sin que se lo dijeran, y en cuanto a los de la maldita procesión, podían desfilar ida y vuelta al infierno sin que a él le importara en lo más mínimo. Le gustaban los desfiles con
carrozas llenas de Miss Américas, Miss Playa Daytonas y Miss Reinas de Productos del Algodón. No le servían de nada las procesiones y, a su modo de ver, una procesión llena de maestras de escuela era casi tan mortífera como el río Styx. No obstante, estaba dispuesto a sentarse en el escenario con su uniforme para que todos lo vieran.
Sally Poker no tenía tan claro que fuera a vivir hasta la graduación.  No le había notado ningún cambio en los últimos cinco años, pero tenía el presentimiento de que le iban a robar su momento triunfal, algo que a menudo le pasaba. Llevaba los últimos veinte años asistiendo a los cursos de verano porque cuando empezó a dar clases los títulos no existían. En esa época, decía, las cosas eran normales, pero nada había sido normal desde que cumplió los dieciséis años, y durante los últimos veinte veranos, cuando tenía que haber estado descansando, había tenido que llevar su baúl, con un calor infernal, a la escuela estatal de magisterio. Y aunque al volver en otoño siempre enseñaba exactamente como le habían dicho que no enseñara, ésta era una venganza leve que no terminaba de satisfacer su sentido de la justicia. Quería que el General estuviera en su graduación porque quería demostrar lo que representaba, o, como ella decía,
-lo que había detrás de ella-, y no detrás de ellos. Ellos no eran nadie en particular. Eran simplemente la nueva generación de jóvenes intrusos que habían puesto el mundo patas arriba y habían trastornado las vidas de la gente decente1.
Tenía la intención de subirse al escenario en agosto con el General sentado en su silla de ruedas detrás de ella y pensaba levantar la cabeza bien alta como para decir, -¡Véanlo! ¡Véanlo! ¡Mi sangre, viles intrusos! ¡Este anciano erguido y glorioso defendiendo las antiguas tradiciones! ¡Dignidad! ¡Honor! ¡Valentía! ¡Véanlo!». Una noche mientras dormía gritó: -¡Véanlo! ¡Véanlo!-, y al girar la cabeza se lo encontró sentado detrás de ella en la silla de ruedas con una expresión terrible en el rostro y sin ropa, con la excepción de su sombrero de general. Se desveló sin atreverse a volver a dormirse esa noche.
Por su parte, el General ni siquiera habría consentido ir a la graduación si ella no hubiera prometido arreglárselas para que él se pudiera sentar en el escenario. Le gustaba sentarse en cualquier escenario. Consideraba que aún era un hombre muy atractivo. Cuando todavía podía ponerse de pie, llevaba su metro y sesenta y tres centímetros como un gallo de pelea. Tenía un pelo blanco que le llegaba a los hombros y no se ponía los dientes porque pensaba que tenía mejor perfil sin ellos. Vestido con su uniforme completo de general, sabía perfectamente que no había en ninguna parte nada ni nadie que le hiciera sombra.
Este no era el mismo uniforme que había usado durante la Guerra Civil. En realidad, no había sido general durante la guerra. Lo más seguro es que fuera un soldado raso; no recordaba lo que había sido; de hecho, no recordaba en absoluto esa guerra. Igual les pasaba a sus pies, que colgaban arrugados al final de su cuerpo, sin sensibilidad, cubiertos con una manta azul-grisácea que Sally Poker había tejido de pequeña. No recordaba la Guerra de Cuba en la que había perdido un hijo; ni siquiera recordaba al hijo. La historia no le servía de nada porque no esperaba encontrarse con ella de nuevo. En su mente, la historia se unía a las procesiones, y la vida a los desfiles, le gustaban los desfiles. La gente siempre le preguntaba si recordaba esto o lo otro: una deprimente y sombría retahíla de preguntas sobre el pasado. Sólo había un acontecimiento que significaba algo para él y sobre el que le apetecía hablar, había ocurrido hace doce años
cuando recibió el uniforme de general y asistió al estreno.
-Estuve en el estreno de Atlanta2 -les contaba a sus visitas mientras se sentaban en el porche-. Rodeado de chicas hermosas. No fue una cosa vulgar. No fue nada vulgar. Escuchad. Fue un acontecimiento nacional y a mí me pidieron participar encima del escenario. Nada de chusma. Todo el mundo tuvo que pagar diez dólares para entrar y había que ir de smoking. Yo llevaba este uniforme. Una chica muy guapa me lo entregó esa tarde en la habitación de un hotel.
-Fue en una suite del hotel y yo estaba allí también, papá -decía Sally Poker, guiñándoles un ojo a los invitados-. No estuviste solo con ninguna joven en una habitación de hotel.
-De haber estado, habría sabido qué hacer -decía el viejo General con una mirada picarona y los invitados se partían de risa-. La chica era de Hollywood, California -proseguía-. Era de Hollywood, California, y no tenía ningún papel en la película. Allí hay tantas chicas guapas que no tuvieron que contratar a un solo extra. Sólo las usaban para entregar cosas a la gente y para que les sacasen fotos. Me hicieron una foto con una. No, fueron dos. Una a cada lado y yo en medio con los brazos en sus cinturas que no medían más que una moneda de cincuenta.
Sally Poker volvía a interrumpir:
-El Sr. Govisky fue quien te dio el uniforme, y a mí me dio un ramillete precioso. Ojalá pudieran haberlo visto. Era de pétalos de gladiolo que habían arrancado y pintado de oro y luego vuelto a ensamblar para que pareciera una rosa. Era divino. Ojalá pudieran haberlo visto, era...
-Tan grande como su cabeza -gruñía el General-. Lo estaba contando yo. Me entregan el uniforme y me dan esta espada y dicen: -Bien, General, no queremos que provoque una guerra. Lo único que tiene que hacer es desfilar hasta el escenario cuando lo presentemos esta noche y contestar a unas cuantas preguntas. ¿Le parece que podrá hacer eso? -. «¿Qué si lo podré hacer? -dije-. Oye. Yo ya había hecho muchas cosas antes de que tú nacieras -y se tronchaban.
-Dio el golpe -decía Sally Poker, pero a ella no le gustaba recordar el estreno demasiado por lo que le había pasado en los pies. Había comprado un vestido nuevo para la ocasión -un vestido de noche de crep negro con una hebilla de brillantes de mentira y una chaqueta torera- y unas sandalias doradas a juego, porque tenía que subir al escenario con el General para evitar que se cayera. Todo estaba dispuesto. Una limusina de verdad pasó a las ocho menos diez y los llevó al teatro. Pasó por debajo de la marquesina a la hora en punto, detrás de las estrellas principales, del director, del autor, del gobernador, del alcalde y de algunas de las estrellas menos importantes. La policía se ocupó de que no hubiera atascos y había cordones para mantener apartada a la gente que no podía asistir. Toda la gente que no podía asistir miró mientras se bajaban de la limusina, iluminados por los focos. Luego caminaron por la pasarela roja y dorada y una
acomodadora con una gorra confederada y una faldita corta los acompañó a sus asientos reservados. Los espectadores ya estaban allí y un grupo de miembros de la UDC3 empezaron a aplaudir cuando vieron al General con su uniforme, lo que provocó que todo el mundo aplaudiera. Unas cuantas celebridades más entraron detrás de ellos y luego se cerraron las puertas y las luces se atenuaron.
Un joven con el pelo rubio y ondulado que dijo representar la industria del cine salió y empezó a presentar a todo el mundo, y cada persona presentada subía al escenario y decía lo contentísima que se sentía al haber podido asistir a este gran acontecimiento. El General y su nieta fueron presentados en el lugar dieciséis. A él se le presentó como el General Tennessee Flintrock Sash de la Confederación, aunque Sally Poker le hubiera dicho al Sr. Govisky que se llamaba George Poker Sash y que había tenido tan sólo el rango de mayor. Ella le ayudó a ponerse de pie, aunque le latía tan deprisa el corazón que no sabía si ella misma iba a poder llegar hasta el escenario.
El anciano subió el pasillo lentamente con un gesto feroz y la fiera cabeza blanca bien alta, tapándose el corazón con el sombrero. La orquesta empezó a tocar el Himno de Batalla de la Confederación muy suavemente y los miembros de la UDC se levantaron en bloque y no se volvieron a sentar hasta que el General se había subido al escenario. Cuando llegó, con Sally Poker guiándole desde atrás por el codo, la orquesta soltó con un estruendo una ruidosa interpretación del Himno de Batalla y el anciano, con auténtica presencia escénica, hizo un enérgico y tembloroso saludo, manteniéndose firme hasta que la última explosión de ruido se había extinguido. Detrás de ellos, dos de las acomodadoras con gorras del ejército sureño y faldas cortas sujetaban una bandera confederada y otra de la Unión, cruzándolas una encima de otra.
El General se plantó justo en medio de los focos que iluminaban una parte de la silueta de Sally Poker, con una extraña forma de media luna. Seguía con el ramillete, la hebilla de brillantes de mentira y una mano agarrando un guante y un pañuelo blancos. El joven rubio del pelo ondulado se introdujo en el círculo de luz y dijo que estaba muy contento de poder contar aquella noche del gran acontecimiento con alguien, dijo, que había luchado y derramado sangre en las batallas que pronto se recrearían en la pantalla, y:
-Dígame, General -preguntó-, ¿cuántos años tiene usted?
-¡Noveeeenta y dos! -aulló el General.
El joven puso una cara como si casi fuera la cosa más increíble que se hubiera dicho en toda la tarde.
-Damas y caballeros, ¡demos un grandísimo aplauso al General! -y enseguida se oyó el aplauso y el joven le hizo una señal con el dedo a Sally Poker para que llevara al anciano de vuelta a su asiento con el fin de presentar al siguiente, pero el General no había acabado. Se quedó inmóvil justo en el centro de los focos, con el cuello extendido, la boca entreabierta, los ojos grises y voraces bebiendo de la luz y de los aplausos. Apartó bruscamente a su nieta de un codazo:
-Me mantengo tan joven -berreó-, porque doy besos a todas las chicas guapas.
Esto fue respondido con un estruendo de aplausos espontáneos y fue en ese mismo instante cuando Sally Poker miró sus pies y descubrió que en el alboroto de los preparativos se le había olvidado cambiarse de zapatos: dos zapatos marrones de Girl Scout4 sobresalían de los bajos de su vestido. Tiró fuerte del General y salieron casi corriendo del escenario. Se enfadó mucho porque no pudo decir lo contento que estaba de poder asistir a semejante acontecimiento, y de vuelta a su asiento repetía, lo más alto posible: 
-¡Me alegro de estar aquí en este estreno con todas estas chicas guapas! -pero ya había una nueva celebridad subiendo por el otro pasillo y nadie le hizo caso. Durmió durante toda la película, mascullando ferozmente de vez en cuando mientras dormía.
Desde entonces su vida no había sido muy interesante. Sus pies estaban ahora completamente sin vida, sus rodillas se movían como viejas bisagras, y sus riñones funcionaban cuando querían, pero su corazón continuaba latiendo obstinadamente. El pasado y el futuro eran lo mismo para él, el uno olvidado y el otro no recordado; su noción de la muerte era la misma que la que pudiera tener un gato. Cada año, para conmemorar el Día de la Confederación, lo abrigaban y lo enviaban prestado al Museo del Capitolio donde lo exhibían desde la una hasta las cuatro en una sala mohosa llena de fotografías viejas, uniformes viejos, artillería vieja, y documentos históricos. Todas estas cosas se conservaban cuidadosamente dentro de unas vitrinas para que los niños no las manosearan. Se ponía el uniforme de general del estreno y se sentaba, con cara de pocos amigos, dentro de una zona acordonada. No había ningún indicio de que estuviera vivo, salvo un
movimiento ocasional de sus lechosos ojos grises, pero en una ocasión un niño atrevido le tocó la espada y su brazo salió disparado para darle un manotazo. Durante la primavera, cuando las casas antiguas se abrían para recibir visitas, lo invitaban a vestir su uniforme y a sentarse en un lugar visible para dar ambiente al entorno. Algunas veces se limitaba a gruñirles a los visitantes pero otras veces les contaba lo del estreno y lo de las chicas guapas.
Si se hubiera muerto antes de la graduación, Sally Poker pensaba que habría muerto también. Al principio del curso de verano, incluso antes de que supiera si iba a aprobar, le había dicho al decano que su abuelo, el General Tennessee Flintrock Sash de la Confederación, iba a asistir a su ceremonia de graduación y que tenía ciento cuatro años y que aún tenía la mente muy despejada. Siempre eran bienvenidos los visitantes distinguidos, y se podían sentar en el escenario y ser presentados. Quedó con su sobrino, John Wesley Poker, un Boy Scout, en que él empujaría la silla de ruedas del General. Pensó en lo enternecedor que sería ver al anciano vestido de gris heroico y al joven con sus pantalones limpios de color caqui -lo viejo y lo nuevo, muy apropiado, pensó- detrás de ella sobre el escenario cuando recibiera su título.
Todo transcurrió casi tal como lo había planeado. Durante el verano, mientras estaba asistiendo a sus clases, el General se quedó con otros parientes que lo llevaron a él y a John Wesley, el Boy Scout, a la ceremonia. Un reportero fue al hotel donde se alojaban e hizo una foto del General con Sally Poker y John Wesley a cada lado. Al General, que se había hecho fotos con chicas guapas, le pareció poca cosa. Se le había olvidado de qué se trataba exactamente el acontecimiento al que iba a asistir, pero recordó que iba a vestir su uniforme y llevar su espada.
La mañana de la ceremonia, Sally Poker tuvo que incorporarse en la fila de la procesión académica con los graduados en Educación Primaria y no pudo subirlo al escenario personalmente, pero John Wesley, un chico de diez años, gordo y rubio con gesto ejecutivo, se comprometió a encargarse de todo. Llegó al hotel vistiendo la toga y le puso el uniforme al anciano. Parecía tan frágil como una araña seca.
-¿No estás encantado, abuelo? ¡Yo estoy emocionadísima!
-¡Coloca la espada por encima de mis piernas, maldita sea! -dijo el anciano-, para que se vea cómo brilla.
La puso en su regazo y luego se apartó para mirarlo.
-Estás muy elegante -le dijo.
-Maldita sea -dijo el anciano en un tono lento, monótono y certero, como si lo estuviera diciendo al ritmo de los latidos de su corazón-. Al infierno con todo esto.
-Tranquilo -dijo Sally, y se fue felizmente a incorporarse a la procesión.
Los graduados formaban una fila detrás del edificio de ciencias y encontró su puesto justo cuando la fila empezaba a moverse. No había dormido mucho la noche anterior, y cuando por fin consiguió conciliar el sueño, había soñado con los ensayos, murmurando: -¿Lo veis, lo veis?- mientras dormía, pero se despertaba justo antes de girar la cabeza para mirar al General, que estaba detrás de ella. Los graduados tuvieron que caminar tres manzanas en pleno sol vestidos con sus togas de lana negra, y mientras avanzaba lentamente pensó que si alguien se había impresionado con esta procesión académica, aún le quedaba lo mejor: ver al viejo General de gris heroico y a ese joven y limpio Boy Scout empujando enérgicamente la silla por el escenario mientras el sol se reflejaba en la espada. Se imaginó que detrás del escenario John Wesley tendría preparado al anciano.
La negra procesión serpenteaba a lo largo de dos manzanas, partiendo del paseo principal que llevaba al auditorio. Los visitantes estaban en el césped, buscando con la vista a sus graduados. Los hombres echaban sus sombreros hacia atrás y secaban sus frentes, y las mujeres separaban sus vestidos levemente de los hombros para que no se pegaran a sus espaldas. Los graduados, con sus togas pesadas, parecían expulsar a través del sudor las últimas gotas de ignorancia. El sol se reflejaba en los parachoques de los coches, rebotaba en las columnas de los edificios y arrastraba las miradas de un punto de luz a otro. Los ojos de Sally Poker siguieron el reflejo hasta la gran máquina roja de Coca-Cola que se había colocado en un lado del auditorio. Allí vio al General aparcado en su silla con cara de pocos amigos y sin sombrero bajo un sol abrasador, mientras John Wesley, con la camisa por fuera y apoyando la cadera y la mejilla contra la máquina roja,
bebía una Coca-Cola5. Se saltó de la fila, y galopando hacia ellos le arrancó la botella de la mano. Sacudió al chico, le metió la camisa en el pantalón y le puso el sombrero en la cabeza al anciano.
-¡Entra allí ahora mismo! -dijo mientras apuntaba con un dedo rígido a la puerta lateral del edificio.
Por su parte, el General se sintió como si un agujerito se estuviera abriendo en su coronilla. El chico lo empujó rápidamente por un camino y subió una rampa y entró en un edificio pasando bruscamente por la entrada del escenario, colocándose en el lugar que le habían indicado y el General miró fijamente hacia delante a las cabezas que parecían unirse y a los ojos que se desplazaban de una cara a otra. Varias figuras vistiendo togas negras se acercaron y alzaron la mano para saludarle. Una negra procesión fluía por ambos pasillos al compás de una música majestuosa hasta formar un lago delante de él. La música parecía entrar en su cabeza a través del agujerito, y pensó por un instante que la procesión intentaría entrar también.
No sabía qué procesión era, pero había algo que le resultaba familiar. Tenía que serle familiar ya que venía a buscarlo, pero no le gustaba que fuera una procesión negra. Pensó con irritación que cualquier procesión que le fuera a buscar tendría que tener carrozas adornadas con chicas guapas como las que hubo antes del estreno. Sería una de esas cosas relacionadas con la historia que siempre se estaban conmemorando. A él todo eso le traía sin cuidado. Lo que ocurrió en esa época no servía de nada a un hombre que vivía ahora, y él vivía ahora.
Cuando la procesión terminó de incorporarse en el lago negro, una figura negra empezó a disertar. Decía algo sobre la historia, y el General decidió que no escucharía, pero las palabras se colaban por el agujerito de su cabeza. Oyó cómo lo nombraron, su silla se movió bruscamente y el Boy Scout hizo una reverencia. Habían dicho su nombre y el gordo mocoso había saludado. Maldito seas, el anciano intentó decir, apártate, ¡yo puedo ponerme de pie!, pero de un tirón lo habían hecho volver a su sitio antes de que pudiera incorporarse y saludar. Supuso que el ruido que hacían era en su honor. No pensaba escuchar más si había acabado su turno. Si no fuera por el agujerito en la coronilla, ninguna de las palabras le haría mella. Se le ocurrió que podría meter el dedo en el agujero para bloquear la entrada, pero era un poco más ancho que el dedo y le parecía que además era cada vez más profundo.
Otra toga negra había sustituido a la primera y hablaba ahora. Oyó su nombre de nuevo pero no hablaban de él, todavía hablaban de la historia.
-Si olvidamos nuestro pasado -decía el orador-, no recordaremos nuestro futuro y dará igual, porque no tendremos futuro.
El General oyó poco a poco alguna de estas palabras. Había olvidado la historia y no tenía intención de recordarla. Había olvidado el nombre y el rostro de su mujer y los nombres y los rostros de sus hijos, o incluso si había tenido mujer e hijos, y había olvidado los nombres de lugares y los lugares mismos y lo que había ocurrido allí.
El agujero en la cabeza lo estaba fastidiando bastante. No había contado con tener un agujero en la cabeza durante la ceremonia. La música lenta y sombría lo había colocado allí, y aunque casi toda la música en el exterior había parado, quedaba todavía un poco dentro del agujero, que era cada vez más profundo y que se mezclaba con sus pensamientos, dejando que las palabras que oía se introdujeran en los abismos de su cerebro. Oyó las palabras Chickamauga, Shiloh, Johnston, Lee6, y sabía que él estaba inspirando estas palabras que no le suponían nada. Se preguntó si habría sido un general en Chickamauga o en Lee. Luego intentó imaginarse montado en un caballo, encima de una carroza llena de chicas guapas que avanzaba lentamente por el centro de Atlanta. Pero las palabras de siempre se revolvían en su cabeza como si intentaran liberarse y cobrar vida.
El orador había terminado con una guerra y había pasado a la siguiente. Ahora estaba a punto de empezar con otra más, y todas sus palabras, así como la negra procesión, le resultaban ligeramente familiares y molestas. En la cabeza del General la música hurgaba entre las palabras como un largo dedo, dejando pasar un poco de luz para que pudieran seguir vivas. Las palabras empezaron a acercarse a él, y dijo, -¡Maldita sea! No voy a aguantar esto!- y empezó a recular para alejarse. Entonces vio que se sentaba la figura de la toga negra, y oyó un ruido. El lago negro empezaba a retumbar y a fluir hacia él desde ambos lados hacia la música lenta y triste y dijo, -¡Parad maldita sea! ¡No puedo hacer más de una cosa a la vez!-. No podía protegerse de las palabras que venían deprisa y prestarle atención a la procesión al mismo tiempo. Sintió que corría hacia atrás mientras las palabras se le venían encima como descargas de fusil que le
eludían, por poco, pero que estaban cada vez más cerca. Se dio la vuelta y echó a correr lo más rápidamente posible, pero se encontró corriendo hacia las palabras. Mientras corría, recibía un constante bombardeo de palabras a las que respondía con insultos tajantes. Conforme lo envolvía la música, su pasado entero, que surgía de la nada, se abría ante él, y su cuerpo fue acribillado por pequeñas y agudas puñaladas de dolor en cien puntos diferentes, y se cayó, profiriendo una maldición para cada pinchazo. Vio la cara chupada de su mujer que lo censuraba a través de sus gafas redondas y doradas; vio cómo uno de sus hijos pequeños lo miraba con los ojos entreabiertos mientras su madre corría a cogerlo con gesto de preocupación; luego una sucesión de lugares -Chickamauga, Silo, Marthasville- se le vinieron encima como si el pasado fuera ahora el único futuro y él tuviera que soportarlo. Entonces de repente vio que la negra
procesión casi lo había alcanzado. La reconoció porque le había estado persiguiendo durante toda la vida. Hizo un esfuerzo tan desesperado por ver más allá y averiguar qué era lo que venía después del pasado, que su mano apretó la espada hasta que la hoja tocó el hueso.
Los graduados cruzaban el escenario formando una larga fila para recibir sus diplomas y darle la mano al presidente. Sally Poker, que estaba casi al final, cruzó, echó una mirada al General y lo vio sentado, rígido e implacable con los ojos abiertos de par en par. Volvió la cabeza y la levantó ostensiblemente para recibir su diploma. Una vez terminado todo, ya otra vez en el exterior bajo el sol, encontró a sus familiares y esperaron juntos en un banco a la sombra a que John Wesley trajera al anciano en su silla de ruedas. El astuto Scout lo había sacado dando bandazos por la puerta de atrás, lo había empujado a toda velocidad por un camino adoquinado y ahora, junto al cadáver, esperaba en una larga fila delante de la máquina de Coca-Cola.

1 A pesar de faltarle tres años para su jubilación, Sally Poker Sash acaba de terminar una diplomatura para poder ejercer de maestra. Durante la Guerra Civil (1861-1865) y en los primeros años después, no fue necesario tener título para trabajar en la enseñanza (N. del T.).
2 Aunque O'Connor no lo dice explícitamente, es probable que se esté refiriendo al pre-estreno de la película Lo que el viento se llevó (Sarah Gordon, Flannery O'Connor: The Obedient imagination, University of Georgia Press, Athens 2000, p. 204) (N. del T.).
3 Las "United Daughters of Confederacy" (las Hijas Unidas de la Confederación), una asociación de mujeres descendientes de soldados que lucharon en la Guerra Civil con las fuerzas armadas confederadas. Fue fundada en 1894 (N. del T.).
4 Estos zapatos, llamados "Girl Scout Oxfords" por la autora en la versión original del relato, formaban parte del uniforme de las "Girl Scouts", una asociación de chicas fundada en 1912. Es un calzado duro y cómodo que se ata con cordones, poco apropiado para la ocasión (N. del T.).
5 En la ficción de Flannery O'Connor es poco frecuente el uso de nombres comerciales, al no ser que tengan algún cometido, y no parece casual que se mencione la Coca-Cola con tanta frecuencia en sus relatos. Según Lámar York, "colocar una Coca-Cola en la mano de un personaje [de Flannery O'Connor] es convertir su entorno en algo genuinamente sureño..." ("Breakfast al Flannery's", Modern Age 38. p. 247). La Coca-Cola fue embotellada por primera vez en Atlanta, Georgia, que se encuentra a unos ciento cincuenta kilómetros de Milledgeville, el pueblo donde vivió la autora la mayor parte de su vida (N. del T.).
6 Las primeras son los lugares donde tuvieron lugar dos importantes batallas durante la Guerra Civil en 1863 y 1862, respectivamente. Joseph Johnston y Roben E. Lee fueron generales de las tropas confederadas. El protagonista muestra su aturdimiento cuando confunde las batallas con los generales en la siguiente línea (N. del T.).

© Flannery O'Connor (EE. UU.)