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lunes, 7 de mayo de 2012

Variaciones sobre temas de Murakami y Tsao Hsueh-Kin

Variaciones sobre temas de Murakami y Tsao Hsueh-Kin

Tryno Maldonado (México)

Llegado el Año de la Rata, nació la única hija del Emperador. Su nombre estaba compuesto por el hermoso carácter Hui de brillantez, de trazos simétricos, y por el complejo y poco armonioso carácter Ying, de inteligencia. En el Imperio fue conocida la habilidad profética de Hui Ying desde su niñez, cuando, a manera de un presagio de esos que más valdría soterrar sin miramientos de especie alguna, soñó con la muerte de su padre el mismo día que esta tuvo lugar.
Había rebasado la noche su medianía cuando irrumpió el tozudo picoteo de un pájaro desde el alféizar de la ventana. Gobernada por el entusiasmo que en ella siempre avivó el noble arte de la contemplación de las aves, la pequeña Hui Ying intentó espiarlo con el rabillo del ojo, desde su lecho, con somnolencia. El pájaro había desaparecido. A la niña, aunque llena de decepción, poco le costó recuperar el sueño. Minutos después, cuando el picoteo volvió a resonar, abrió los ojos como cedazos, con los reflejos azuzados por la reiteración de aquel sonido monofónico. Esta vez tuvo más suerte: pudo avistarlo al fin, con auxilio de una luna estival que se recortaba en un cuadrado perfecto al empotrarse en la ventana. Procurando no ahuyentar al pájaro de raros colores, con los pies desnudos, se espabiló y fue en busca del libro de aves ilustrado, obsequio de su padre; estaba segura de que con la ayuda de este conocería la identidad del
visitante. Empero, cuando Hui Ying volvía abrazando el pesado tomo con exultación, el pájaro emprendió el vuelo para irse a posar en la rama de un roble cercano. Acodada sobre el reborde con ayuda de un banco y empeñando toda su atención en la empresa de atisbarlo, la niña cayó en la cuenta de la aproximación de dos hombres enfundados en negro que, avanzando entre los árboles del majestuoso jardín, le huían a la luna con sigilo. Lo que Hui Ying menos deseaba era ser sorprendida despierta a mitad de la noche; desistió de sus intenciones, abandonó el libro de aves y se dispuso a la reconquista del sueño. Pronto fue anquilosada por un nuevo sonido, proveniente del jardín. Se trataba del crepitar de una pala hundida repetidas veces en la tierra, como pudo comprobarlo al volver a encaramarse a la ventana con discreción. Uno de los dos hombres cavaba un agujero dentro del diámetro dominado por las raíces del roble en que el pájaro de
colores extraños se fue a ocultar; el otro hombre, un tanto más robusto, escrutaba los alrededores con un bulto pardo entre las manos. Nada que se fraguara a esas horas y de la manera clandestina en que aquellos dos lo hacían podría ser bueno, pensó Hui Ying; algo siniestro había detrás de todo eso, sin duda. Cuando el hombre de la pala consideró que el hoyo era lo suficientemente profundo, el segundo introdujo el envoltorio que sostenía con cuidado casi devoto para zanjar luego, entre ambos, con mayor prisa y descuido que en un principio. La niña supo que no debería haber participado de aquella escena, pues el simple hecho de presenciarla, aun sin ser vista, la cubría con la misma capa de complicidad bajo la que se arrebujaban las dos sombras al pie del árbol.
Tras la huida de los improvisados enterradores, Hui Ying sintió que el corazón le reventaría en cualquier momento para convertírsele en partículas que le obstruirían las venas hasta cortarle la circulación. Una parte de ella se encontraba inmóvil y le rogaba tumbarse a reconciliar el sueño, que olvidara todo lo ocurrido; la otra, en cambio, la urgía a salir corriendo al jardín y desenterrar el misterioso bulto antes que alguien más, quizá un hipotético ladrón noctámbulo que hubiese observado todo desde el principio, fuera a la caza del tesoro, dejándola con nada más que un palmo de narices. Presa de toda suerte de cavilaciones de este tipo, los minutos se sucedieron pasmosos para Hui Ying. Al final, más avanzada la noche, decidió escabullirse, con el roble como meta, reparando a cada paso en el silencio de su marcha y en la completa soledad de esa porción del jardín. Un cosquilleo de jejenes la recorrió desde la punta de los pies,
y una sensación nueva y aterradora se apoderó de su minúsculo cuerpo: creía desprenderse del mundo real, como si existiera un afuera y un adentro, muy similar a lo experimentado al sumergirse en un estanque para mirar la realidad desde allí. Hui Ying fue atacada por un horror carnívoro que no aceptaría símil en el animal más salvaje siquiera, un horror que ni las almas condenadas hubiesen podido llevar a cuestas de aquella noche en delante de haber visto lo que la pequeña. Sintió desfasarse de sí misma. Luego de achicar la tierra del somero hoyo valiéndose de sus minúsculas manos, desplegó el pañuelo tinto en carmesí que hasta entonces había envuelto la cabeza recién mutilada de su padre, el Emperador.
Hui Ying, sin comprender el sentido de su hallazgo, tiró aquella cabeza, como el objeto inanimado en que se había vuelto, para desandar aprisa sus huellas, cubierta por un terror despiadado. La abatieron unas ganas vehementes de dormir. Cifraba sus esperanzas en una lógica imbatible que le indicaba que solo así, volviendo al sueño primigenio, podría liberarse de la pesadilla a la que había sido atada. Pero cuando Hui Ying volvió a su lecho lo encontró ocupado; sobre este, para sorpresa suya, dormía con placidez una niña de la misma estatura, quizá de la misma edad. La rodeó, guardando íntegro el silencio, y, cuando la tuvo frente a sí, reparó durante un momento en el rostro de la extraña: obtuso, ictérico, como el suyo. Quien descansaba sobre su lecho era ella misma. Hui Ying, con un llanto de rabia por la flagrante intromisión, comenzó a darle de empellones a la extraña hasta ponerla casi en el frío del suelo. La simple idea de que
su identidad hubiese sido víctima de un latrocinio le aturdía sobremanera, como quien, sin saberse depositario, escuchara una extraordinaria revelación. Pronto comprendió que ella misma no era más que un sueño, solo un sueño de la Hui Ying real, la que dormía, como en la vieja parábola de la liebre y el espejo. Se había desprendido de su cuerpo en alguna escena de la terrible mascarada llevada a efecto, y supo así de la necesidad de volver a su recipiente original lo antes posible. Pero ¿cómo? ¿Y si jamás pudiera volver a su cuerpo?
Cuando el sol incendió la atmósfera, el pueblo despertó con la trágica nueva del asesinato del Emperador a manos de dos sicarios. Los asesinos habían sido cogidos en su escapada y serían inmolados en público al atardecer, como marcaba la costumbre. Una vez confesaron sus métodos bajo la tortura de uno de los capitanes, el roble fue arrancado de raíz. Sin embargo, jamás se encontró la cabeza del Emperador.
Horas más tarde, en medio de la batahola que tomaba por sustancia el desconcierto y la incertidumbre del Imperio, alguien reparó en la ausencia de la única hija del Emperador. Su nombre estaba compuesto por el hermoso carácter Hui de brillantez, de trazos simétricos, y por el complejo y poco armonioso carácter Ying, de inteligencia. En el Imperio fue conocida la habilidad profética de Hui Ying desde su niñez, cuando, a manera de un presagio de esos que más valdría soterrar sin miramientos de especie alguna, soñó con la muerte de su padre el mismo día que esta tuvo lugar.
Había rebasado la noche su medianía cuando irrumpió el tozudo picoteo de un pájaro desde el alféizar de la ventana. Gobernada por el entusiasmo que en ella siempre avivó el noble arte de la contemplación de las aves, la pequeña Hui Ying intentó espiarlo con el rabillo del ojo, desde su lecho, con somnolencia. El pájaro había desaparecido. A la niña, aunque llena de decepción, poco le costó recuperar el sueño. Minutos después, cuando el picoteo volvió a resonar, abrió los ojos como cedazos, con los reflejos azuzados por la reiteración de aquel sonido monofónico. Esta vez tuvo más suerte: pudo avistarlo al fin, con auxilio de una luna estival que se recortaba en un cuadrado perfecto al empotrarse en la ventana. Procurando no ahuyentar al pájaro de raros colores, con los pies desnudos, se espabiló y fue en busca del libro de aves ilustrado, obsequio de su padre; estaba segura de que con la ayuda de este conocería la identidad del
visitante. Empero, cuando Hui Ying volvía abrazando el pesado tomo con exultación, el pájaro emprendió el vuelo para irse a posar en la rama de un roble cercano. Acodada sobre el reborde con ayuda de un banco y empeñando toda su atención en la empresa de atisbarlo, la niña cayó en la cuenta de la aproximación de dos hombres enfundados en negro que, avanzando entre los árboles del majestuoso jardín, le huían a la luna con sigilo. Lo que Hui Ying menos deseaba era ser sorprendida despierta a mitad de la noche; desistió de sus intenciones, abandonó el libro de aves y se dispuso a la reconquista del sueño. Fue entonces cuando se vio atrapada en una pesadilla: desde su lecho vio entrar a una niña de su estatura, vestida con sus mismas ropas de cama, pero con los pies llenos de barro y las manos signadas por una mixtura de sangre y tierra. Quien entraba a su aposento era ella misma, agitada, como si acabase de dar una larga carrera. Hui Ying
pudo sentir cómo la intrusa comenzó a clavarle una mirada de alcayatas para luego, en el arrebato de una ira traducida en lágrimas y un rostro mohíno, a empujarla hacia fuera de su propio lecho, con violencia y arbitrariedad. Hui Ying ardía en la necesidad de gritar, de pedir auxilio; lo deseaba con fervor, pero estaba vuelta un tronco, un yunque anclado. Cuando la otra Hui Ying recobró el sosiego por la consecuencia lógica que releva a toda fatiga, esta se aproximó a su cuerpo agarrotado para musitarle al oído:
-Hoy ha muerto mi padre. Sabías que eso ocurriría. En tus manos estuvo evitarlo y has elegido, en cambio, el silencio.
Luego, se recostó sobre la mitad del lecho que había logrado despejar y besó sus labios de hielo. Ambas recobraron el sueño, olvidando cualquier dejo de zozobra, como en un convenio que toma validez solo a partir de la restauración del mutismo.
Cuando el sol incendió la atmósfera, el pueblo despertó con la trágica nueva del asesinato del Emperador a manos de dos sicarios. Los asesinos habían sido cogidos en su escapada y serían inmolados en público al atardecer, como marcaba la costumbre. Una vez confesaron sus métodos bajo la tortura de uno de los capitanes, el roble fue arrancado de raíz. Sin embargo, jamás se encontró la cabeza del Emperador.
Horas más tarde, en medio de la batahola que tomaba por sustancia el desconcierto y la incertidumbre del Imperio, alguien reparó en la ausencia de la única hija del Emperador. Su nombre estaba compuesto por el hermoso carácter Hui de brillantez, de trazos simétricos, y por el complejo y poco armonioso carácter Ying, de inteligencia. En el Imperio fue conocida la habilidad profética de Hui Ying desde su niñez, cuando, a manera de un presagio de esos que más valdría soterrar sin miramientos de especie alguna, soñó con la muerte de su padre el mismo día que esta tuvo lugar, para después, motivada por la demencia del augurio, desenterrar su cabeza y huir con ella, sin rumbo, durante días enteros.

Tryno Maldonado (México)
Breve reseña sobre su obra
Escritor y editor mexicano nacido en Zacatecas en 1977, ha trabajado para las revistas Letras Libres, Nexos, Complot, Switch, Cine Premiere y La Tempestad. Desde 2007 trabaja como editor de Editorial Almadía. Coordinó y editó la antología Grandes hits, vol. 1. Nueva generación de narradores mexicanos (2008) y fue escritor residente de la Universidad de Alcalá de Henares en 2009.
De su autoría, ha publicado el volumen de relatos Temas y variaciones (2002) y las novelas Viena roja (2005) y Temporada de caza para el león negro (2009, Finalista del Premio Herralde 2008).

Variaciones sobre temas de Murakami y Tsao Hsueh-Kin pertenece a Temas y variaciones, publicado por editorial Finisterre