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viernes, 15 de junio de 2012

Barro cocido


Juan José Saer (Argentina)

Me acuerdo bien que fue el año de la seca, el sesenta y uno. Los primeros tres días no vimos más que la camioneta amarilla recalentándose al sol en el claro arenoso que hay entre el motel de Giménez y la cinta azul del asfalto. El que más tenía de nosotros era un caballo o una motocicleta y ver esa Chevrolet flamante requemarse al sol seco de enero nos daba al mismo tiempo lástima y una mezcla de respeto y admiración, máxime que un poco más allá del terreno del motel había un círculo de paraísos donde podía haberla dejado para que la defendiera la sombra. Daba la impresión de que hacía con los coches lo mismo que otras personas con los fósforos, que los usan una sola vez y después los tiran. Al cuarto día vino el chico que hace la limpieza en el motel con una lista escrita a lápiz y un billete de cinco mil pesos y tuvo que hacer dos viajes para llevar todas las cosas: botellas de vino y cerveza, yerba, salamines y queso, masitas de
agua y un montón de caramelos. El chico le dijo a Focchi que eran para "el de la camioneta", que estaba viviendo en el motel con una mujer embarazada y que tenía una pistola.
Al sexto día lo vimos, desde el patio del almacén. Parecía haber salido a tomar el fresco de la tardecita, porque caminaba despacio como para estirar las piernas y miraba todo con una lenta curiosidad, las manos en los bolsillos del pantalón, en mangas de camisa, la cabeza levantada como si hubiera estado respirando hondo, y el cuerpo encogido del hombre que ha estado mucho tiempo en la cama o encerrado. Lo vimos mirar un árbol, seguir con la vista el paso fugaz de un coche por el asfalto hasta que desapareció en dirección a la ciudad, y después inclinarse y palpar dos o tres veces una de las cubiertas traseras de la camioneta. Después atravesó otra vez el hueco del portón del motel y desapareció. Fue Focchi el que vino hasta nuestra mesa y dijo que le había parecido que era el pibe de Blanco, del que sabíamos que había sido como nosotros hasta que una noche se jugó al nueve en un bar de La Guardia una plata que el viejo Blanco había
cobrado ese mismo día por un campo de alverjas, y desapareció sin dejar rastro antes de qué el viejo lo agarrara. Nadie se había atrevido jamás a hablar del asunto delante del viejo, que caía dos por tres al almacén a tomar un amargo dejando la chata en la puerta, sin cruzar una palabra con nadie.
Le hubiéramos prestado más atención desde el principio, de no haber sido el año de la seca. Pero esos días le pagábamos vinos al sordo Sebastián Salas para que nos contara de secas peores que él había visto y tener la seguridad de que esas calamidades ocurrían de tanto en tanto sin que esta perra vida se acabara. El sordo era tan viejo que mi finado padre me sabía contar que cuando él era chico Sebastián Salas ya era viejo, y mi padre murió el cincuenta y nueve de sesenta y dos años. Sebastián se daba cuenta de nuestro miedo y se aprovechaba de él contándonos historias de sequías que habían durado años y que habían borrado todos los ríos y hecho morir todos los animales y muchos hombres, pero cuando adivinaba en nuestra mirada la pregunta de si esta seca se le parecía, Sebastián hacía un gesto con su boca fina y rodeada de arrugas, y no le sacábamos una palabra más ni con tirabuzón. Entonces le pagábamos más vino. Lo tomaba
siempre de parado, sin volcar una gota y vaciando la copa de un único y largo trago. Nosotros lo mirábamos con una furia secreta mezclada al asombro y al miedo porque sabíamos que era tan viejo y estaba tan solo qué no había mal en el mundo que pudiera ni siquiera rozarlo. Dejando el vaso vacío sobre la mesa sucia del patio, Sebastián simulaba estar ahí de casualidad, y que entre las historias que contaba y el vaso de vino que le pagábamos no había ninguna relación, porque nosotros estábamos tan asustados viendo esos mediodías blancos y cegadores y esos cielos verdes de la tardecita que no nos atrevíamos a confesarlo. Cada, vez que pasaba un caballo al galope por el camino que va del asfalto a la costa se levantaba una polvareda amarilla que nos dejaba como ciegos y el olor de los animales muertos llenaba el aire. Casi que no se podía respirar. Que yo sepa, el sordo Sebastián nunca tomó tanto vino gratis como ese año, y eso que parece
que no ha hecho otra cosa en toda su perra vida.
Pero ahí seguía esa camioneta amarilla, y desde el patio del almacén la veíamos. A la mujer la vimos recién como a la semana: era flaca y rubia y se veía fácil que el parto era cuestión de días, de semanas a lo sumo. Tenía un vestido suelto estampado de flores rojas y verdes que se abultaba en el vientre. Salió con él a la otra tarde para dar la vueltita por el terreno en el que estaba la camioneta y entre los dos hicieron exactamente lo mismo que él había hecho solo la tarde antes: miraron un árbol, se fijaron en un coche que pasó rápidamente en dirección a la ciudad hasta que se perdió de vista, se inclinaron ante las ruedas traseras de la camioneta. Iban del brazo, caminando tan despacio que parecían estar paseando no delante de un motel sino de un hospital, como dos convalecientes apoyados uno en el brazo del otro para ayudarse mutuamente a soportar la respectiva debilidad. Fue justo en el momento en que atravesaron el portón del
motel y desaparecieron de nuestra vista que la chata del viejo Blanco llegó desde la costa levantando un polvo amarillo y se detuvo delante del almacén. El viejo ató las riendas en uno de los travesaños de la chata y entró en el almacén saludando serio al pasar delante de la mesa del patio. Al rato salió con su copa de amargo en la mano y se quedó parado cerca de la puerta, tomando cortos tragos, sin hablar, magro y quemado por el sol, el sombrero de paja ligeramente alzado y la mirada fija en los dos pesados caballos atados a la chata. Focchi salió detrás de él y se acercó a nuestra mesa, sin decir palabra y sin dejar de mirar hacia el portón del motel delante del cual no había más que la camioneta amarilla abandonada ahí desde hacía una semana, la caja cubierta por una lona. Después el viejo entró otra vez al almacén, seguido por Focchi, cargó unas mercaderías en la chata, volviendo a saludar seriamente subió a la chata y dando
la
vuelta se alejó hacia la costa. Todavía flotaba en el aire la polvareda amarilla que levantó la chata, cuando vimos salir la figura alta y gruesa del portón del motel, y encaminarse hacia nosotros; estábamos seguros ya de quien era, aunque algunos de nosotros no lo habíamos visto nunca y otros hubiesen sido incapaces de distinguirlo a esa distancia, y aunque sabíamos también que se había tratado de una casualidad, todos tuvimos la impresión de que había estado esperando que el viejo Blanco se alejara con la chata, tan inmediata fue su reaparición. Ahora se había puesto un saco oscuro que le quedaba ajustado. Cuando cruzó el camino, bajando el terraplén, y entró en el patio del almacén en el que nosotros estábamos sentados tomando cerveza, lo vimos bien y por el modo como entró nos dimos cuenta de que ya había estado ahí muchas veces. Ni siquiera miró la cancha de bochas y saludó al pasar con acento aporteñado pero era parecido a
cualquiera de nosotros por esa piel oscura y el modo de caminar, algo doblado hacia la tierra por el peso de los grandes calores. Focchi estaba en el patio con nosotros, y por la mirada que se echaron nos dimos cuenta de que se habían reconocido en seguida y que entendieron los dos al mismo tiempo que había que hacer la vista gorda. A él se le notaba un bulto en la cintura, en el costado derecho. Entró en el almacén y Focchi lo siguió para atenderlo. Yo me levanté y me fui para adentro, porque dio la casualidad de que estaba quedando poca cerveza, y había que pedir una botella. El acababa de pedir una naranja Crush y una cerveza y las mezclaba en un vaso. Del otro lado del mostrador Focchi lo contemplaba apoyado contra la estantería. No cruzaban una palabra. Focchi me preguntó entonces qué era lo que quería y  cuando le dije una cerveza me preguntó quién  la pagaba.  "Yo", le  dije.  "Sí", dijo Focchi. "Sí. Vos. Pero cuándo."
Entonces yo le dije que me esperara hasta el sábado porque el sábado me iban a pagar unos trabajos que me estaban debiendo, y entonces iba a poder pagarle. " ¿Qué trabajo vas a cobrar -dijo Focchi-  si  nunca   trabajaste?"   El  de la camioneta amarilla se puso a reír y Focchi también. "Usted está arreglado si le da  crédito a estos muchachos", dijo Focchi. El de la camioneta amarilla se seguía riendo.
"Déles a cuenta mía", dijo, sacando un montón de billetes del bolsillo.
Se quedó con nosotros hasta bien entrada la noche, tomando naranja Crush mezclada con cerveza. Se sentó en la mesa del patio, debajo de los árboles, y habló todo el tiempo él, como si hubiese salido, no a tomar una copa, sino simplemente a hablar. Antes de que oscureciera del todo vimos pasar al sordo Sebastián caminando lentamente por el camino pero no lo llamamos y el sordo merodeó el almacén largo rato hasta que por fin se acercó y se apoyó contra el tronco de un árbol y se quedó mirándonos, metido en ese saco de lana demasiado grande para su cuerpo consumido y rotoso. Por fin el de la camioneta amarilla lo vio y ordenó a Focchi que le sirviera vino y el sordo fue tomando vaso tras vaso, apoyado en el árbol, sin acercarse demasiado a nosotros, como si no estuviese del todo a gusto. El de la camioneta amarilla hablaba de tal manera que parecía querer darnos a entender que era como nosotros y que conocía todo lo que cualquiera de
nosotros debe conocer, pero que por alguna razón estaba obligado a no decir quien era. Habló de dorados y de moncholos, de alverjales, de grandes calores, de inundaciones que borran ranchos y caminos. Nosotros lo escuchábamos y de vez en cuando le mirábamos el bulto que se le notaba bajo el saco en la cintura, en el costado derecho. Bien entrada la noche se levantó y se fue, dejando un perfume de cigarrillos importados en el aire del patio y media docena de cervezas pagas para que las tomáramos cuando él ya no estuviese.
Después nos acostumbramos a él, como nos habíamos acostumbrado primero a la camioneta amarilla que refulgía de mañana cerca del portón del motel, y como hubiésemos querido acostumbrarnos a la seca, que dejaba un reguero de animales muertos cuyo olor a muerte impregnaba el aire y un hilo de tierra lisa, gris y llena de grietas, en el lugar en el que antes había estado el río. Ahora venía directamente al almacén cuando salía del motel, siempre con el saco puesto, ajustado al cuerpo, con ese bulto visible en el costado derecho. Se sentaba a la mesa junto con nosotros y se ponía a contar historias de oficiales de gendarmería, historias que habían sucedido en la frontera con el Uruguay, y en las que, por el modo como las contaba, se veía que él mismo había intervenido. Nosotros escuchábamos todo el tiempo sin hablar, tomando cerveza a su costilla, preguntándonos qué pasos había dado por el mundo desde la noche en que se jugó la plata
del alverjal en La Guardia, qué clase extraña de pasos había dado que lo habían traído otra vez al punto de partida, como si hubiese estado moviéndose en círculo y sin avanzar. También nos preguntábamos cuándo se encontraría por fin con el viejo Blanco, si es que era que tenía que encontrarse, ya que por lo menos tres o cuatro veces en una semana, él se había levantado y se había ido un minuto antes de que la chata del viejo Blanco se detuviera delante del almacén, y un par de veces había llegado antes de que la polvareda amarilla que levantaban los pesados caballos y que nos dejaba como ciegos, hubiese terminado de evaporarse.
También hubo un asado. A la mañana vino y nos dejó la plata a Focchi y a mí para que compráramos las cosas. Focchi mismo lo preparó, encendiendo el fuego al atardecer. Cerró el almacén más temprano y fue asando la carne lentamente, tomando largos tragos de vino cada vez que se alejaba de la parrilla. Desde que anocheció estuvimos conversando y tomando vino bajo los árboles apenas iluminados por una lamparita, envueltos en una nube enloquecedora de mosquitos y oyendo el estallido de los cascarudos que chocaban enceguecidos contra la pared de ladrillos donde estaba la lámpara. El tomó vino sin parar durante toda la noche y a medianoche su alto cuerpo enfundado en el saco oscuro (el bulto en la cintura, en el lado derecho) oscilaba ligeramente. Cuando se le terminaron los importados empezó a fumar nuestros "Colmena", y su voz aporteñada fue haciéndose rápida y chillona como la nuestra, aunque entorpecida por el alcohol. Dijo que él
conocía a una familia de la zona, la familia Blanco. Que había sabido andar mucho por estos lugares en otros tiempos, dijo. Después dejó de hablar y de reírse, y oímos silbar su respiración. Oscilaba cada vez más peligrosamente, y se paseaba con la frente fruncida, los ojos entrecerrados, y la boca abierta. "Gano lo que quiero, qué joder. No soy un seco", dijo de pronto. Nosotros lo escuchábamos en silencio, pero para él era como sí no estuviéramos. "No tengo deudas. No le debo nada a nadie. ¿Qué se habrá creído? Como si yo no. . . Qué joder". Se fue moviendo la cabeza, oscilando, murmurando como para sí mismo. Lo vimos desaparecer del área de luz del almacén y perderse en la noche, y después oímos el golpeteo de sus zapatos sobre el asfalto, invisible en la oscuridad.
Al otro día no lo vimos de mañana. Vimos, eso sí, como siempre, la camioneta amarilla y el portón vacío del motel, y el círculo de paraísos inmóviles, el verde de cuyas hojas parecía opaco y sucio de polvo. Al mediodía nos fuimos a nuestras casas, diseminadas a lo largo del camino o en el campo hacia la costa, y volvimos al almacén a la media tarde, después de la siesta. El olor a muerte nos ahogaba y teníamos mucho miedo. No podíamos estar solos. Ya ni siquiera las historias del sordo Sebastián nos servían, porque si bien había habido muchas sequías en el pasado, no eran ésta: esta sequía no había ocurrido jamás, y no había ninguna razón para que terminara en vez de ir empeorando. Así como no había habido ninguna razón para que las otras sequías terminaran con lluvia, ni había habido ninguna razón para que la sequía simplemente comenzara, no había ninguna razón que impidiera que esta sequía continuara indefinidamente,
se extendiera cada vez más, y acabara con todos nosotros. Todos pensábamos de esa manera, aunque no lo decíamos. Por eso nos sentábamos todas las tardes en el patio del almacén a tomar cerveza en silencio, bajo los árboles. Pero para el viejo Blanco no parecía haber sequía, ni ninguna otra cosa. Esa fue la impresión que nos dio cuando lo vimos bajar de la chata con ese aire agitado y febril que tienen los hombres cuando vuelven del trabajo. Nos saludó con seriedad y entró en el almacén. Llevaba una vara en la mano. Tenía unos sucios pantalones descoloridos y una sucia camisa gris, y cuando se sacó el sombrero para rascarse la cabeza canosa vimos la línea blanca en la frente que separaba la parte oscura de la cara quemada por el sol de la que protegía el sombrero. Casi en el mismo momento en que el viejo entraba en el almacén, vimos emerger de la puerta del motel el alto cuerpo enfundado en el traje oscuro avanzando lentamente en
dirección a nosotros. Se detuvo un momento a esperar el paso rápido y ruidoso de un gran ómnibus rojo y amarillo que hizo temblar la tierra y cruzó el camino. Sonreía al acercarse. Instintivamente   miramos  el bulto  que llevaba en el costado derecho a la altura de la cintura. Estaba limpio y afeitado y parecía haber dormido desde la noche anterior hasta un momento antes. Pasó junto a la chata sin verla. Se detuvo junto a nosotros y nos saludó, sin dejar de sonreír. Estaba arrimando una silla para sentarse en la rueda con nosotros, dando la espalda a la puerta del almacén, cuando adivinó algo en nuestra mirada y se dio vuelta, justo para ver al viejo Blanco en el momento en que salía del almacén con paso lento, reflexivo, con la copa de amargo en un mano y la vara en la otra. El viejo primero no lo reconoció, o no lo miró; fue comprendiendo despacio, palpando la cosa con cautela, efectuando un complicado rito de verificación,  como
si ciertos contactos de su cerebro, enmohecidos por la falta de uso, hubiesen necesitado un determinado tiempo para comenzar a funcionar con regularidad. Se quedaron tan quietos que no parecían ni respirar: el cuerpo del viejo, en la puerta del almacén, dirigido no hacia el de la camioneta, que se hallaba a un costado, sino más bien hacia la chata con los dos caballos inmóviles, detenida enfrente suyo a una distancia de cinco metros; el viejo volvía al de la camioneta solamente la cabeza. Y el de la camioneta, con la boca abierta en una semisonrisa, tenía todavía la mano izquierda apoyada en el respaldar de la silla. Después todo fue tan rápido que apenas si se puede contar: el viejo salió de su inmovilidad saltando hacia adelante con la vara en alto y empezó a golpear al de la camioneta furiosamente. Al principio, el de la camioneta se limitó a encogerse, recibiendo los primeros golpes en el cuerpo y en la cara. Nosotros nos levantamos en
medio de un estrépito de sillas caídas, mirando alternativamente al viejo, que hacía subir y bajar la vara cimbreante con los ojos cerrados y al bulto que el de la camioneta llevaba en el costado derecho. Focchi salió corriendo del almacén y se paró en la puerta. No se oía más que el silbido cimbreante de la vara y el ruido seco de los golpes contra el cuerpo del de la camioneta, pero cuando el de la camioneta cayó al suelo y empezó a sangrar empezamos a oír también la respiración enfurecida del viejo y el jadeo del de la camioneta que empezó a arrastrarse por el suelo hasta que lo detuvo la pared de ladrillos. Le saltaron las lágrimas. El viejo siguió golpeando hasta que vio que el otro dejaba de moverse. Cuando detuvo la vara vimos que no había dejado en ningún momento de apretar el vaso de amargo y que lo había quebrado con la mano, de la que salía un chorro de sangre. El viejo dejó la vara, se inclinó hacia el otro, y comenzó
a registrarlo, hasta que encontró un montón de billetes en el bolsillo del pantalón; separó dos o tres, los contó, volvió a contarlos, y dejando el resto de los billetes diseminados por el suelo se guardó los que había separado. Después subió a la chata, dio la vuelta y se alejó hacia la costa, levantando una polvareda amarilla que nos dejó como ciegos.
El de la camioneta fue incorporándose lentamente, pegado a la pared. Nosotros lo contemplábamos sin movernos. Estaba oscureciendo, y después que recogió los billetes y se sacudió torpemente la ropa, se alejó hacia el motel sin saludar, cruzándose en el camino con el sordo Sebastián, que bajaba hacia el almacén y que ni siquiera lo miró. Lo vimos alejarse oscilando como la noche antes, la ropa manchada de polvo y el brazo izquierdo colgando como sin vida. Después atravesó el portón del motel y no lo vimos más. No quiero decir por ese día, sino nunca más. Al otro día la camioneta amarilla había desaparecido. No quedaban más que el portón vacío del motel, el círculo de paraísos, el sol seco de enero. Y en medio de las turbias historias de Sebastián sobre otras inundaciones y sequías, nos quedaban también nuestro silencio, nuestra soledad y nuestro miedo.