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domingo, 10 de junio de 2012

El monstruo del lago


Rosa Montero (España)

Llevaba dos semanas comiendo porquerías y durmiendo en los bed and breakfast más modestos, pero el dinero se le iba de entre las manos como agua. El coche y el alcohol, eso era lo que le descabalaba el presupuesto. El alquiler del coche era lo peor, pero no había otra manera de moverse. La editorial le pagaba cuatro mil pesetas de dietas al día, lo cual, aunque Escocia estuviera barata, era casi una burla. Así que se alimentaba con la bazofia de los pubs, salchichas purpúreas y guisantes de lata, todo regado con unas cuantas pintas de cerveza. Eso estaba comiendo ahora, precisamente, acodado en la mesa de un pub, junto a la carretera. Un local oscuro como un mal pensamiento, aunque todavía no eran las cuatro de la tarde. Afuera, más allá de los ventanucos, el día moría prematuramente, agobiado por un cielo de nubarrones negros. Sólo estaban a primeros de noviembre, pero hacía ya un frío insoportable. El lago, al otro lado de la carretera,
tenía el color helado del mercurio. No tardaría en nevar.
-¿Es suyo el coche que hay delante?
M. se sobresaltó y miró hacia atrás dos veces, una por encima de cada hombro, buscando la persona a quien la pregunta podría ir dirigida: no estaba acostumbrado a despertar ningún tipo de interés. Pero detrás de él no había nadie. Contempló entonces con más atención al hombre que había formulado la pregunta. Era un tipo de cráneo y vientre redondos, grandes narizotas, ojos de miope. Poseía el aspecto de no haber tenido ni una sola idea propia en toda su vida.
-Supongo que sí -respondió M., en aceptable inglés.
-¿Extranjero?
-Español.
-¿Viajando?
-Voy a Inverness.
Tras este breve interrogatorio, el hombrecillo calló, aparentemente satisfecho. M. volvió a su salchicha, fría ya y con sabor a nitratos. Un asco. Como se pasaba los días conduciendo y trabajando, sólo comía una vez por jornada, un almuerzo tardío. Luego seguía camino y por las noches, antes de acostarse, se metía unos whiskys en el cuerpo. Bastantes whiskys. Pero no se consideraba un alcohólico: sólo bebía para poder dormir.
-¿Le importa si me siento un ratito con usted? -dijo el hombre.
-No, no... -contestó M. sorprendido. Ellos dos, el hombre y él, eran los únicos parroquianos que había en el local. Cosa que no era de extrañar, porque el pub se levantaba en mitad de la nada, entre colinas sombrías y desiertas. Seguramente el tipo se encontraba aburrido de estar solo y de ahí su locuacidad y su insistencia. Un pelmazo. Tenía todo el aspecto de ser un pelmazo. Pero a M. no le importaba: incluso agradecía su presencia. Llevaba dos semanas sin hablar con nadie, más allá de las mínimas frases necesarias para ordenar una comida y de las monótonas preguntas de su trabajo: «¿El garaje está incluido en el precio?», «¿cuántas habitaciones tiene?», «¿cuánto cuesta el menú?». Cómo odiaba su empleo. De entre todas las guías de viajes más baratas, más feas y peor hechas del mundo, las Orbe se llevarían sin esfuerzo el primer premio. La editorial las vendía por dos perras a una serie de periódicos regionales, y éstos
las regalaban, una cada semana, junto con el diario de los domingos. Eran unos librillos confeccionados a puñetazos, plagados de erratas y tan mal pegados que no aguantaban el recorrido del quiosco a la casa sin perder alguna hoja.
-¿A qué se dedica usted? -inquirió el hombre. Unos matojos de pelos negros sobresalían de sus narizotas.
-Soy periodista. 
-¡Qué interesante! -dijo el tipo. Y parecía de verdad impresionado.
Porque no sabe, se dijo M. Porque no sabe. Lo que peor llevaba era tener que entrar en los hoteles de lujo a preguntar las tonterías que preguntaba. Y cruzar los larguísimos vestíbulos soportando la mirada suspicaz y desdeñosa del conserje. Porque con él nunca se equivocaban los conserjes de los grandes hoteles: siempre sabían, desde la primera ojeada, que él no podía ser un cliente.
-Entonces quizá le interese saber quién soy yo -dijo el hombrecillo en tono modesto-. Yo, verá usted, soy el monstruo del lago Ness.
M. resopló, súbitamente dolido. Pero, entonces, ¿el tipo se estaba mofando de él? ¿Le había reconocido, de la misma manera que le reconocían los conserjes de los hoteles de lujo, como un objetivo fácil para la burla? Pero no, el hombrecillo parecía estar hablando en serio.
-Claro, ya comprendo que a usted le costará creerme -tartamudeó-. Pero es que, ¿cómo explicarle?, yo soy la apariencia humana del monstruo.
Un loquito, eso era. A M. no le asustaban los locos. Al contrario, con ellos se sentía incluso más a gusto. Con ellos no se veía en la obligación de justificarse por lo mal que le había ido en la vida. A los locos no les importaba que tuviera el hígado hecho papilla o que, a los cincuenta y cuatro años, viviera solo como un perro en una sórdida pensión madrileña. Ni que esta miserable chapuza de las guías se la hubieran dado casi por compasión.
-Y, entonces, ¿el verdadero monstruo dónde está? -preguntó por decir algo.
-Ahí abajo -contestó el tipo señalando con solemnidad el turbio lago que asomaba a través de la ventana-. Ahí, arropado por toneladas de agua fría. Está durmiendo.
-¿Y cómo sabe usted que duerme? -dijo M. sonriendo.
-Lo sé porque yo soy su sueño -contestó con sencillez el hombre-. El monstruo sueña con ser humano. Entonces duerme, y de su reposo salen criaturas como yo. Verá, es un monstruo muy viejo, el último de su especie, Se sabe diferente, y se siente solo. Por eso, cuando sueña con hombres, crea siempre personajes así: solitarios, distintos, quizá un poco monstruosos.
Calló el hombre unos instantes y se enjugó los ojos.
-Se sufre, ¿sabe usted?, porque mi monstruo es un monstruo sufriente -prosiguió-. Pero cuando al fin descubrí que yo sólo era un sueño fue un alivio. Porque en esta vida puedo parecer ridículo, insignificante o incluso loco, pero en realidad soy un monstruo magnífico, inmensamente poderoso, viejo y sabio. Me entiende, ¿verdad? Sé que me comprende: si me he acercado a usted es porque me parece haberle visto alguna vez por ahí abajo.
Entonces M. miró a través de la ventana al lago mercurial, amenazadoramente oscuro en el crepúsculo. Miró queriendo recordar, pero no pudo. Sobre el Lago Ness empezó a caer, muy lentamente, la primera nevada del invierno.

© Rosa Montero (España)