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martes, 5 de junio de 2012

El pavo navideño


Mário de Andrade (Brasil)

Nuestra primera Navidad en familia después de la muerte de mi padre, que había sucedido cinco meses antes, tuvo consecuencias decisivas para la felicidad familiar. Nosotros siempre habíamos sido familiarmente felices en ese sentido bien abstracto que tiene la felicidad: gente honesta, sin crímenes, un hogar sin peleas internas ni graves dificultades económicas. Pero, debido principalmente a la naturaleza grisácea de mi padre, un ser desprovisto de todo lirismo y de una inepta ejemplaridad, ataviado en la mediocridad, siempre nos había faltado ese aprovechamiento de la vida, ese gusto por las felicidades materiales, un buen vino, una estadía en un balneario, la adquisición de una heladera o ese tipo de cosas. Mi padre era un bonachón equivocado, casi dramático, el purasangre de los aguafiestas.
Se murió mi padre, lo lamentamos mucho, etc. Cuando llegó la Navidad, yo ya no sabía cómo hacer a un lado aquella memoria obstructora del muerto, que parecía haber sistematizado para siempre la obligación de un recuerdo doloroso en cada almuerzo, en cada gesto mínimo de la familia. Una vez, cuando le sugerí a mi mamá ir a ver una película al cine, su única respuesta fueron lágrimas. ¡Dónde se vio ir al cine en pleno luto! El dolor estaba siendo cultivado por sus apariencias y yo, que había apreciado generalmente poco a mi padre, y más por instinto de hijo que por espontaneidad de amor, me encontraba a punto de fastidiarme con las bondades del muerto. 
Fue a causa de esto que nació, espontáneamente, la idea de hacer una de mis llamadas "locuras". Estas fueron además, y desde muy temprano, mi espléndida conquista contra el ambiente familiar desde hacía mucho tiempo, desde los tiempos de la secundaria en los que conseguía regularmente una reprobación cada año. Desde el beso a escondidas a una prima, a los diez años, cuando fui descubierto por la Tía Vieja, detestable como tía, y principalmente desde las lecciones que di o recibí, no lo sé, de una criada de unos parientes: conseguí, en el reformatorio de mi hogar y en la vasta parentela, la fama conciliatoria del "loco". "¡Está loco, pobrecito!", decían. Mis padres hablaban con cierta tristeza condescendiente, el resto de la parentela buscaba ejemplos para sus hijos y, probablemente, con el placer de los que se convencen a sí mismos de alguna superioridad. No tenían loquitos entre sus hijos. Pues bien, esa fama fue la que me salvó.
Hice todo lo que la vida me presentó y lo que mi ser exigía para realizarse con integridad. Y me dejaron hacer de todo porque estaba loco, pobrecito. De todo esto resultó una existencia sin complejos, de lo que no me puedo quejar ni un ápice.
La cena de Navidad fue siempre una costumbre en la familia. Cena ordinaria, como es de suponer: cena tipo mi padre, con castañas, higos y pasas, después de la Misa de Gallo. Atiborrados de almendras y nueces (mientras discutíamos los tres hermanos por causa de los cascanueces...), atiborrados de castañas y monotonías, nos abrazábamos y nos íbamos a la cama. Fue acordándome de eso que salí con una de mis "locuras":
-Bueno, esta Navidad quiero comer pavo.
Se produjo uno de esos sustos que nadie puede imaginarse. Enseguida mi tía solterona y santa que vivía con nosotros advirtió que no podíamos convidar a nadie a causa del luto.
-¡Pero quién habló de convidar a alguien! Qué manía, ¿cuándo fue que nosotros comimos pavo? Pavo acá en casa y en plato de fiesta, viene toda esa parentela del diablo...
-Mi hijo, no digas eso...
-Pues lo digo y listo.
Y descargué mi helada indiferencia por nuestra parentela infinita, dicen que descendiente de los bandeirantes1, ¡qué poco me importa! Era justo el momento para desarrollar mi teoría del pobre loquito y no perdí la oportunidad. Me dio de golpe una ternura inmensa por mamá y la tía, mis dos madres, tres con mi hermana, las tres madres que siempre divinizaron mi vida. Siempre pasaba lo mismo: alguien cumplía años y sólo entonces hacían pavo en aquella casa. Pavo era el plato de fiesta: una inmundicia de parientes ya preparados por la tradición invadían la casa a causa del pavo, de las empanaditas y de los dulces. Mis tres madres ya no sabían nada de la vida sino trabajar durante los tres días previos. Trabajar en la preparación de los dulces y de la comida fría, finísimos por lo bien hechos, la parentela se devoraba todo y todavía se llevaba paquetitos para los que no habían podido venir. Mis tres madres apenas podían moverse de lo
exhaustas que estaban. Del pavo, sólo cuando se enterraban los huesos, al día siguiente, es que mamá con mi tía podían probar un pedazo de pata, vago, oscuro, perdido entre el arroz blanco. Y eso que era mamá la que servía y lo probaba todo para el viejo y los hijos. En verdad, nadie sabía en realidad qué era el pavo en nuestra casa, pavo era la sobra de la fiesta.
No, no se invitaría a nadie, era un pavo solamente para nosotros cinco, Y tenía que ser con dos tipos de harina de mandioca: una grasosa con los menudos y la otra, seca, doradita, con bastante manteca. Quería el pavo relleno sólo con farofa grasosa, a la que habríamos de agregar ciruelas negras, nueces y una copa de jerez como había aprendido en la casa de mi querida compañera Rose.
Obviamente omití dónde había aprendido la receta, pero todos desconfiaron. Y se quedaron con ese aire de quien sopla incienso, pensando si no sería una tentación del Diablo aprovechar una receta tan sabrosa. Y cerveza bien helada, aseguraba yo casi gritando. Es cierto que con mis "gustos", ya bastante afinados fuera de casa, pensé primero en un buen vino, completamente francés. Pero la ternura por mamá venció al loco; a mamá le encantaba la cerveza.
Cuando terminé de exponer mis proyectos, percibí que todos estaban felicísimos y con un deseo fuertísimo por realizar aquella locura en la que yo había estallado. Sabían que era una locura, sí, pero todos simulaban que era yo solamente quien estaba deseando aquello y que había una manera fácil de echarme encima la culpa de sus deseos enormes. Se miraban de reojo sonriendo, tímidos como palomas desgarradas, hasta que mi hermana halló la solución con el consentimiento general:
-¡Está loco en serio!...
Se compró el pavo, se hizo el pavo, etc. Y después de una Misa de Gallo rezada a los apurones, se produjo nuestra más maravillosa Navidad. Fue gracioso: en cuanto me acordé de que finalmente iba a hacer que mamá comiera pavo, no hice otra cosa que pensar en ella, sentir ternura por ella, amar a mi viejita adorada.  Y  mis hermanos también estaban en el mismo ritmo violento del amor, todos dominados por la nueva felicidad que el pavo venía imprimiéndole a la familia. De modo que, aun disfrazando las cosas, dejé muy  sosegado que mamá cortase todo el pecho del pavo. Además, en un momento, ella se detuvo con las tajadas de uno de los costados del pecho del ave, como no resistiendo aquellas leyes de economía que siempre la habían entorpecido en una casi pobreza sin sentido.
-¡No doña, córtelo todo entero! ¡Yo solo me como todo eso!
Era mentira. El amor familiar estaba incandescente de tal forma en mí, que hasta era capaz de comer poco sólo para que los otros cuatro comiesen más. Y el diapasón de los otros era el mismo. Aquel pavo comido a solas, redescubría en cada uno lo que la cotidianeidad había ahogado por completo, el amor, la pasión materna, la pasión de los hijos. Dios me perdone pero estoy pensando en Jesús. En aquella casa de burgueses bien modestos se estaba realizando un milagro digno de la Navidad de un Dios. El pecho del pavo quedó enteramente reducido a amplias tajadas.
-¡Yo lo sirvo!
¿"Está loco en serio" pues por qué habría de servir yo si siempre lo hacía mamá! Entre risas, me pasaron los grandes platos llenos y comencé una distribución heroica, mientras mandaba a mi hermano a servir cerveza. Me di cuenta enseguida que había un pedazo admirable de la "cascara", lleno de grasa y lo puse en el plato. Y después varias rodajas blancas. La voz severa de mamá cortó el espacio angustiado en el que todos aspiraban por su porción de pavo:
- ¡Acordate de tus hermanos, Juca!
¡Cómo ella iba a imaginarse, la pobre, que ése era su plato, el de Mamá, mi amiga maltratada que no sabía nada de Rose, de mis crímenes, a la que yo sólo le comunicaba lo que la hacía sufrir! El plato quedó sublime.
-Mamá, esto es tuyo, no lo pases por favor.
Fue cuando ella no pudo más con tanta conmoción y comenzó a llorar. Mi tía también, apenas se dio cuenta de que el nuevo plato sublime que seguía era el de ella, entró en el refrán de las lágrimas. Y mi hermana, que jamás vio una lágrima sin también abrir la canilla, se deshizo en llanto. Entonces comencé a decir muchas tonterías para no llorar yo también, tenía diecinueve años...   ¡Diablo de familia ignorante que veía un pavo, lloraba y cosas así! Todos se esforzaban por sonreír, pero ahora que la alegría se había vuelto imposible, el llanto evocaba por asociación la imagen indeseable de mi padre muerto. Mi padre, con su figura cenicienta, venía como  siempre  a  arruinar nuestra Navidad. Me puse como loco.
Bueno, se comenzó a comer en silencio, luctuosos, y el pavo estaba perfecto. La carne tierna, de un tejido muy tenue flotaba apacible entre los sabores de las harinas de mandioca y del jamón, de vez en cuando herida, perturbada y de nuevo deseada, por la intervención más violenta de la ciruela negra y el estorbo petulante de los pedacitos de nuez. Pero papá sentado allí, gigantesco, incompleto, una censura, una llaga, una incapacidad. Y el pavo estaba tan sabroso y mamá sabiendo que el pavo era un manjar digno del niño Jesús recién nacido.
Comenzó una lucha sorda entre el pavo y el bulto de papá. Supuse que alabar al pavo era fortalecerlo en la lucha y, obviamente, tomé decididamente partido por el pavo. Pero los difuntos tienen medios viscosos, muy hipócritas y difíciles de vencer: ni bien alabé al pavo, la imagen de papá creció victoriosa, insoportablemente obstruyente.
-Sólo falta tu padre...
Yo ni comía ni me podía gustar más ese pavo perfecto de tanto que me interesaba por esa lucha entre dos muertos. Llegué a odiar a papá. Y ni sé qué inspiración genial me volvió, de repente, hipócrita y político. En ese instante que hoy me parece decisivo para nuestra familia, tomé aparentemente el partido de mi padre. Fingí, triste:
-Es así... Pero papá, que nos quería tanto, que murió de tanto trabajar para nosotros, papá allá en el cielo debe estar contento... (dudé, pero resolví no mencionar más al pavo) contento de vernos a todos reunidos en familia.
Entonces todos comenzaron con mucha calma a hablar de papá. Su imagen fue disminuyendo, disminuyendo y se convirtió en una estrellita brillante en el cielo. Ahora todos comían el pavo con sensualidad, porque papá había sido muy bueno, siempre se había sacrificado por nosotros y había sido un santo que "ustedes, hijos míos, no le podrán pagar nunca lo que le deben a su padre", un santo. Papá se había vuelto santo, una contemplación agradable, una estrellita en el cielo que no estorbaba. Puro objeto de contemplación suave, ya no perjudicaba más a nadie. El único muerto allí era el pavo, dominador, completamente victorioso.
Mi madre, mi tía, nosotros, todos inundados de felicidad. Iba a escribir "felicidad gustativa", pero no era exactamente eso. Era una felicidad mayúscula, un amor de todos, un olvido de los otros parentescos que distraían del gran amor familiar. Y fue, sé que fue aquél, el primer pavo comido en el retiro de la familia, el inicio de un amor nuevo, reacomodado, más completo, más rico e inventivo, más complaciente y cuidadoso de sí. No quiero ser excluyente, pero la felicidad familiar que nació entre nosotros puede ser que algunos la tengan así de grande, pero más intensa que la nuestra es algo imposible de concebir.
Mamá comió tanto pavo que en un momento imaginé que aquello le podía hacer mal. Pero enseguida pensé: ¡ah, que siga, aun si ella muriese, por lo menos una vez en la vida comería pavo de verdad!
La enorme falta de egoísmo me había transportado a nuestro infinito amor... Después vinieron unas uvas leves y unos dulces, que allá en mi tierra llevan el nombre de Bem-casados2. Pero ni siquiera este nombre peligroso se asoció al recuerdo de mi padre a quien el pavo había convertido en dignidad, en cosa verdadera, en culto puro de la contemplación.
Nos levantamos. Eran casi las dos, estábamos todos alegres, relajados por las dos botellas de cerveza. Todos se iban a acostar, a dormir o a moverse en la cama, poco importa, porque es bueno el insomnio feliz. Lo endemoniado es que Rose, católica antes de ser Rose, había prometido esperarme con champagne. Para poder irme, mentí, dije que iba a una fiesta de un amigo, besé a mamá y le guiñé el ojo de modo que supiera a dónde es que iba y así hacerla sufrir un poco. A las otras mujeres las besé sin guiños. Y ahora, ¡Rose!...

1 Bandeirantes; pioneros paulistas que avanzaron hacia el interior en la colonización de tierras y que formaron las familias fundadoras de la ciudad de San Pablo (n. del t.).
2 Dulces que se entregan como regalos en los casamientos y que se hacen con bizcochuelo y dulce de leche (n. del t).