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lunes, 18 de junio de 2012

Eucaliptos muertos y quemados por el rayo


Patricia Suárez (Argentina)

Él me llamaba para decirme que me quería. Yo ya sabía que me quería, venía sabiéndolo, pero no me atrevía a contestarle. No le contestaba, me quedaba estática, con el tubo en la mano, sin poder articular palabra, y eso que yo sabía que él me quería. Me había mandado La muerte en Venecia en una edición lujosa, con tapas de cuero, filigranas y papel biblia. Solamente alguien que me quisiera podría enviarme un libro así, un libro que yo amaba desde la primera vez que lo leí, en una ruinosa biblioteca, y que había venido leyendo más o menos una vez por año, porque tenía la propiedad especial, ese libro, de tranquilizarme.
Únicamente podría habérmelo mandado alguien que me quisiera, y yo no dudo que él me quería bien. Siempre estaba enviándome libros, y una vez hasta me regaló un par de aros de coral, que me fascinaron, yo nunca jamás antes había visto el coral. Eran colorados, y él me explicó, me lo explicó a los días que llegó el paquete, que el coral rojo significa pasión, y pasión era lo que él sentía por mí. Claro que de todos los regalos, yo prefería los libros, y él lo sabía. El sabía prácticamente todo de mí, era lo que yo sentía cada vez que levantaba el teléfono y estaba su voz pálida, anhelándome. Me había mandado La muerte en Venecia, y también libros de Tolstoi y Flaubert, y de Quevedo. De Quevedo me envió La hora de todos o la Fortuna con seso, y yo me divertí, me divertí tanto leyéndolo, que fue la única vez que casi me animo a decirle algo. A decirle que él, el hombre que me hablaba por teléfono desde muy lejos, era mi
única conexión, mi puente con el mundo. Que yo lo necesitaba con desesperación, tanto como él decía necesitarme a mí. Sin embargo, por la noche, cuando él llamó, yo permanecí en silencio, mordiéndome los labios. Yo, que me moría de ganas de agradecerle el envío de libros, tantos libros, que aquí no había forma de conseguir, no llegaban a la isla. Había habido libros en alemán, al principio. Después fueron quemados. Mi padre alzó una fogata de libros, de los libros escritos en una complicada letra gótica, en idioma alemán. Los quemó como se quemaron todas las cosas que tuvieran que ver, que habían tenido que ver con Alemania. Ni siquiera la lengua aprendimos. Ni mis hermanos ni yo. Ninguno. Excepto Fausto. Sabíamos, por ejemplo, la palabra araña. Spinner. La conocíamos porque hacía referencia a una asociación, la Asociación de la Araña, Die Spinner. Mi padre solía hablar con mucho respeto de La Araña, aunque jamás decía
La Araña, pronunciaba Die Spinner con su acento bávaro, un acento, una voz, que nacía de sus fosas nasales, y salía de allí, el aire salía de las fosas nasales de mi padre impetuoso, salía como si hubiera pertenecido a un dragón el terrible acento bávaro. Die Spinner era, había sido la única palabra en alemán que pronunciaba mi padre. Recién cuando se puso viejo, la senilidad lo confundía de vez en cuando, y al hablar de mi madre, del recuerdo imborrable que había dejado mi madre en su vida, se confundía y la llamaba Vera, y no Martina. Vera Huss, que fue su nombre hasta la fuga de Alemania, allá por el cincuenta, y cambió su nombre por el de Martina, más autóctono creía ella. La única Martina tan gorda y blanca y rubia que ha existido y existirá en la isla. Aparte de mí, claro. Que soy un poco como ella, según mi padre. No sé cómo puedo parecerme a ella, a mi madre, cuando ella, mi madre, la señorita Vera Huss tocaba el
piano del día a la noche, era concertista, en Berlín, para la gente culta. Después se arruinó las manos, los dedos, esas manos tan especiales que dicen que poseen los pianistas; largas y finas. Debíamos lavar la ropa en el río, contra unas piedras, por eso se arruinó las manos. En aquel tiempo, yo preguntaba, siempre he estado preguntando lo mismo, mi vida toda no es sino el eco constante de una sola pregunta, ¿Por qué dejamos Alemania? ¿Por qué dejaron Alemania? Al principio no me contestaban. Mi madre se encogía de hombros o miraba a lo lejos, a la otra orilla del río, a la ciudad. Miraba el río con sus ojos celestísimos, transparentes, ojos iguales a los que tenemos todos, nosotros, mis hermanos y yo. Excepto Fausto. Todos mis hermanos menos Fausto, que era el Oscuro. De todos nosotros, Fausto no era como nosotros, era el Oscuro, él fue el que intentó explicarme, que si nos hubiéramos quedado, si ellos, mi padre y mi madre se
hubieran quedado tan parsimoniosamente en Alemania, a mi padre lo hubieran ahorcado. Me pregunté, me preguntaba tantas veces cuando el hombre que decía quererme me llamaba, me pregunté si él sabría, si él conocería la historia, si él conocía el hecho de que mi padre hubiera sido ajusticiado en Alemania, si se quedaba. Él, el hombre que me llamaba, sabía todo de mí. Sin embargo, yo temía, yo tenía el temor, un temor que no me dejaba respirar, que anidaba en mi pecho como un pájaro flaco, de voz aflautada, un pájaro largo y fino con las manos de los pianistas que, según dice, son tan especiales, como las habría tenido mi madre, allá en Berlín, cuando se llamaba Vera Huss y tocaba el piano. O no. El temor era una araña, Die Spinner, tejiendo su tela en los bordes de mi respiración, en los bronquios. Me decía, el temor me decía, me dictaba, que tal vez el hombre que proclamaba quererme llamándome desde muy lejos, no venía, no era
sino un enviado que venía a sacar a mi padre de su sillón de mimbre. A pesar de sus años, de los años que pasaron desde que llegó de Alemania, además del pasaporte argentino que le entregó en la mano un funcionario enjuto que decía que los papeles venían autorizados desde arriba, lo decía un funcionario falto de gordura y con su dentadura nívea, que le entregó a mi padre el pasaporte, el documento argentino donde él empezó a llamarse distinto, Eugenio se llamó, Eugenio Sterba. Pobre mi padre que casi no podía pronunciar su propio nombre, su terrible acento bávaro le impedía decir Eugenio, su acento, su origen, quemaba la ge de Eugenio, la aspiraba. Sospechaba, yo sospechaba entonces del hombre que me llamaba, suponía que luego de todos estos años, vendría a levantar a mi padre de su sillón de mimbre, después del largo silencio de los años, vendría este hombre que decía que me amaba, pero quizá no me amara en absoluto, vendría
con la canina ambición de levantarlo del sillón de mimbre donde estaba sentado murmurando palabras huecas, sin fondo, palabras en un castellano relamido, mal traducido, diría yo. Para llevárselo a la justicia, a lo que el hombre que me llamaba podría creer que era la justicia: un tribunal, una pantomima, y la horca. Y, ¿quién podría? ¿Quién podría juzgar lo que vive fuera del entendimiento? La horca sí, la horca entendería. Forraban las sogas con suave piel de becerro, me lo ha dicho Fausto, para que no dañaran el cuello de los ajusticiados. La fábrica era de un tal John Edgington, en Inglaterra, mandó cuarenta cuerdas de cáñamo italiano para las tres horcas que se levantaron en Nuremberg. A lo mejor el hombre que me llamaba, que me quería, buscaba a mi padre. Lo pensaba, porque cuando el teléfono era atendido por uno de mis hermanos, por cualquiera de mis hermanos excepto Fausto que es el Oscuro, el hombre decía, ordenaba: Noth,
páseme con la chica. Era el único que sabía, que conocía el nombre Noth, el antiguo apellido, aquel con el que mi padre se había paseado por las filas de sus soldados. Noth, páseme con la chica, decía, ordenaba el hombre que me llamaba, y el pájaro, el cuervo que anidaba en mi pecho, o la araña, die spinner, de pronto se debatían dentro mío, provocaban espasmos en mis bronquios y mi respiración silbaba. Silbaba, y apenas si yo podía responder con un sibilante, ¿Si?. A Fausto, que era el Oscuro de nosotros, el hombre que me llamaba no le decía ni una palabra. Aunque, Fausto sabía que era él, el hombre que había enviado los libros y el coral, que llamaba Noth a mis otros hermanos, y a él, a Fausto no, porque Fausto era el Oscuro. Mi padre lo había hecho así, mi padre confiaba en él, confió en él desde siempre, debido a su oscuridad. Era Fausto el que iba y venía de la isla a la ciudad, el que vendía la miel, el que traía
hebillas de nácar para el pelo de mi madre, y el broncoespasmódico para mí. Fausto el Oscuro, el hijo de mi padre, más hijo de mi padre que todos nosotros, que nos quedábamos acá, en la isla, entre los eucaliptos muertos y quemados por el rayo, nos quedábamos viendo al dichoso Fausto ir y venir de la ciudad, gracias a la fortuita oscuridad de su tez y su pelo enrulado, su pelo de cordero; y nosotros, los Noth, sintiéndonos más Noth que nunca, más Noth que él, por lo menos, apiñados en la isla como enfermizas y temblorosas ratas blancas. Páseme con la chica, Noth, eran las palabras que el desconocido repetía cuando cualquier otro de mis hermanos, excepto Fausto, atendía el teléfono. Mi padre no atendía, mi padre ya no andaba, no se levantaba de su sillón de mimbre. Musitaba cosas, palabras para sus adentros, o murmuraba el día entero, de suerte que a fuerza de pasar a su lado y escucharlo, al final de la jornada, se tenía la
impresión de que él emitía un zumbido. Que se había convertido, un poco, en esas abejas que con tanto ahínco había cultivado, alimentándolas con flores que él plantaba para las abejas, peonías, dalias, siemprevivas, y hasta un arriate de rosas de té que duraron muy poco. Que tapó la inundación. Trataba a las abejas como a pequeños comensales exquisitos, educados, cuya colmena era, a su entender, el producto de un trabajado pensamiento, una reflexión. Trataba a las abejas como a seres pensantes. Con los años, dejó de interesarse en la apicultura. Con los años y con la muerte de mi madre. A veces, en el zumbido de mi padre durante la senilidad, se oía, yo percibía su nombre, Vera, el nombre de mi madre. La llamaba, él siempre estaba llamando a mi madre. Conocía una anécdota de su vida, de la vida de mi madre, que me había contado Fausto. Fausto era el que más sabía de nosotros, de la historia, de nuestra historia, porque mi padre
había confiado en él, conversaba sólo con él, con Fausto, confiaba en él desde el principio, debido a su oscuridad. Conocía la anécdota por la cual mi madre había dejado de tocar el piano. Por mi padre. Fue por mi padre, por su amor, decía Fausto, que mi padre que la amaba tanto, tanto, que tenía celos del piano. De la música. Mi madre lo amaría también, supongo, porque no dudó, no pestañeó cuando hubo de elegir entre mi padre y el piano. ¿Qué era el piano, al fin y al cabo?, preguntaba mi hermano. Un mueble, se respondía. Pero no se preguntaba, mi hermano no se preguntaba Qué era mi padre, al fin y al cabo, y no se lo preguntaba, porque temía responderse con una respuesta harto concisa, una respuesta que articulara algo así como un Joven oficial en ascenso que nunca no llegó a nada; una respuesta mezquina. Era obvio que a mi hermano Fausto tampoco le interesaban demasiado las preguntas y las respuestas. Él era feliz, estaba
claro. Él iba y venía de la isla a la ciudad, vendía la miel, conocía gente, muchachos, mujeres, mientras nosotros nos quedábamos a la sombra de los eucaliptos muertos y quemados por el rayo, protegiéndonos la piel, como temblorosas ratas blancas. Él, Fausto, no era inocente. En mi lugar, él no hubiera dudado sobre las razones que tendría un hombre para llamarme desde tan lejos, diciéndome que me quería, que sentía pasión por mí, que es lo que significaba el coral rojo que me envió, el hombre que sabía todo de mí, como por ejemplo que mi apellido, mi real, mi verdadero apellido era Noth, y que pasaba mis horas leyendo y releyendo los libros que él me mandaba, debajo del eucalipto, azuzada por el sol implacable de esta isla como una pobre rata blanca, mientras escuchaba el quejido de mi padre, zumbando, Vera, Vera, que era el nombre que usaba mi madre allá en Berlín y él la llamaba, incansable, porque ella, su existencia, su cuerpo
claro era el único nexo de mi padre con su vida de allá, con su vida de Alemania, ella era la única que lo transportaba a esa vida, a ese mundo exento de inundaciones y mosquitos, tábanos, yararás y toda esta peste de la isla en la que estamos escondidos, todos nosotros excepto Fausto, porque era Oscuro, todos nosotros agazapados en la isla, y arriba, afuera, el mundo. Y, sin embargo, aparte de mi madre, y tal vez aparte de Fausto que fue elegido por él para transmitir la historia, nosotros, mis otros hermanos y yo, no contamos para él, para mi padre. Somos fantasmas que cruzan esta maldita isla, abriéndose paso a machete, macheteando una vegetación que nos encierra como una cárcel. Le había dicho, al principio de los llamados que me hacía el hombre desconocido, le había dicho que yo iba a irme de la isla. Y él, mi padre, se puso tenso, una sombra de tensión aleteó en su rostro, y declaró que yo no servía, que irme sería morir y
llevarle la muerte a todos ellos. Que me iban a reventar los pulmones, la primera vez que hiciera el amor. Yo le decía, ¿Por qué, papá, me hace esto?, y él me hubiera pegado si hubiera podido, pero ya no podía andar ni levantarse del sillón de mimbre, y no tenía fuerzas para mandar a uno de mis hermanos para que me pegara, nadie nunca me podría pegar a mí, porque ellos, mis hermanos, incluso Fausto a pesar de ser distinto, no se atrevían a tocarme. Como si yo fuera, hubiera sido de dos materiales opuestos. De una delicada porcelana y de una barro fétido e inmundo, por eso era, que ninguno de todos ellos, hasta Fausto, se atrevía a tocarme. Ni se atrevieron a cortar la comunicación, cada vez que me llamaba ese hombre desde lejos, el hombre que quizá poseía un extraordinario sentido de la justicia, y viniera persiguiendo la presa que era mi padre, para realizar, completar, ese particular sentido de justicia suyo. O quizá esperaba, que yo
le contestara, le hablara, porque estaba enamorado de mí, podría estar perdidamente enamorado de mí y a la vez ocultar los tres metros de soga de cáñamo italiano recubierta con piel de becerro para no herir la decrépita piel de mi padre. Mi padre, que cada noche era cargado en brazos por uno de mis hermanos, para llevarlo a la cama. Esperaba el llamado, yo, era la hora, y pensaba, y oía la voz queda graznando Vera, Vera, y el teléfono comenzó a sonar, con su timbre absoluto, y a mí el corazón me saltaba en el pecho, y a cada salto del corazón, los pulmones, los bronquios eran raspados y erosionados igual que rocas antiguas, rocas muy antiguas que recién ahora estuvieran a punto de erupcionar. Aguardé el tiempo necesario para que el hombre que me llamaba dijera a mi hermano el menor la frase rigurosa, la frase iniciática: Noth, páseme con la chica; y mientras aguardaba, pasaba lentamente las hojas del libro de Tolstoi que él me había
enviado, las hojas, las hojas, y entonces fui hacia el teléfono, y contuve la respiración durante unos segundos, para que mi corazón se aplacara y dejase de rugir, y apenas si pude titubear, ¿Si?, el ¿Si? de siempre, liso, aflautado, al que le seguía el interminable silencio que había sido, que podían llegar a ser, nuestras vidas, la mía. ¿Si?, titubeé, y junté aire, me pareció que sorbía todo el aire de la habitación, y me temblaban las rodillas, y despaciosa, parcamente, agregué: Habla Eva Noth, ¿quién habla?