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Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 4 de junio de 2012

Mañana igual a un cuadro


Jorge Amado (Brasil)

Mientras sube la ladera de la montaña, Pedro Bala piensa que no hay nada mejor en el mundo que andar así, al azar, por las calles de Bahía. Algunas están asfaltadas, pero la mayoría son empedradas con piedras negras. Las muchachas se asoman a las ventanas de los viejos caserones y nadie puede saber si es una costurera que románticamente espera encontrar un novio rico o si es una prostituta que se asoma desde un antiquísimo balcón adornado sólo con flores. En las iglesias entran mujeres de velos negros. El sol golpea en las piedras o en el asfalto e ilumina los tejados de las casas. En un primer piso aparecen pobres latas con plantas. Son de diferentes colores y el sol les da su diario alimento de luz. Las campanas de la iglesia de la Concepción llaman a las mujeres con velos que pasan apresuradas. En medio de la ladera un negro y un mulato están inclinados sobre unos naipes que el negro acaba de tirar. Al pasar, Pedro Bala saluda al negro: 
-¿Qué tal, Coruja Branca? 
-¿Qué tal, Bala? ¿Cómo andás? 
Pero el mulato ya tiró los dados y el negro sigue el juego. Pedro Bala continúa su camino. El Profesor lo acompaña. Su flaca figura se echa hacia adelante como si le resultara difícil vencer la ladera. Pero la fiesta del día lo hace sonreír. Pedro Bala lo mira y descubre su sonrisa. La ciudad está alegre, llena de sol. "Los días de Bahía parecen días de fiesta", piensa Pedro Bala, que también se siente invadido de alegría. Silba con fuerza, palmea risueñamente el hombro del Profesor. Y los dos se ríen y en seguida la risa  se convierte en carcajada. Mientras tanto no tienen más que unos pocos níqueles en los bolsillos, están vestidos de harapos y no saben si comerán. Pero están llenos de la belleza del día y de la libertad de andar por las calles de la ciudad. Y van riéndose sin tener de qué, Pedro Bala con un brazo pasado por los hombros del Profesor. Desde allí pueden ver el mercado y el dique de los saveiros e incluso el viejo
depósito donde duermen. Pedro Bala se recuesta en el muro de la ladera y le dice al Profesor: 
-Deberías hacer un cuadro de esto... 
La fisonomía del Profesor se pone seria: 
-Creo que nunca voy a poder... 
-¿Por qué? 
-A veces me quedo pensando... -y el Profesor mira el dique allá abajo, los barquitos parecen de juguete, los hombres chiquitos cargando las bolsas. 
Sigue con voz áspera, como si alguien lo hubiese golpeado: 
-Yo pienso pintar cosas de aquí... 
-Tenés mano. Si hubieras ido a aprender... 
-... pero nunca va a ser una cosa alegre. No... (el Profesor no parece haber oído la interrupción de Pedro Bala. Ahora tiene los ojos lejos y parece todavía más flaco). 
-¿Por qué? -Pedro Bala está asombrado-. ¿Acaso no ves que todo es tan lindo? Todo tan alegre... 
Pedro Bala señaló los tejados de la ciudad baja: 
-Tiene más colores que el arco iris... 
-Sí... pero cuando mirás a los hombres todo es triste. No hablo de los ricos. Vos sabés. Hablo de los otros, de los que están en tos diques, en el mercado. Vos sabés... Andan todos hambrientos, yo qué sé. Pero lo siento... 
Pedro Bala ya no estaba asombrado: 
-Por eso João de Adão hizo la huelga en los diques. Él dice que un día las cosas van a cambiar, que todo va a ser diferente... 
-Yo leí un libro... Un libro de João de Adão. Si yo hubiera ido a la escuela seria de los buenos. Y un día 
podría hacer dibujos lindos. Con días lindos, con gente alegre que anda por ahí, riéndose, enamorándose, como la gente de Nazareth, ¿sabés? Yo quisiera hacer un dibujo alegre, con un día lindo, todo lindo, pero los hombres me salen tristes, no sé cómo... Yo quisiera hacer un dibujo alegre. 
-A lo mejor es mejor hacer cosas como las que haces vos. A lo mejor es más vistoso. 
-¿Vos qué sabes? ¿Y yo qué sé? Nunca fuimos a aprender nada... Yo tengo ganas de hacer caras de hombres, de dibujar las calles, pero como nunca fui a la escuela, hay un montón de cosas que no sé... 
Hizo una pausa, miró a Pedro Bala que lo escuchaba, siguió: 
-¿Conocés la escuela de Bellas Artes? ¡Es una locura! Un día fui y entré. Me metí en una sala. Todos estaban con guardapolvos y ni me vieron. Estaban pintando a una mujer desnuda... Si yo pudiera... 
Pedro Bala se quedó pensativo. Pensaba y miraba al Profesor. Luego habló muy seriamente: 
-¿Sabés el precio? 
-¿Qué precio? 
-Para pagar la escuela, el profesor... 
-¿De qué historias hablás? 
-Juntamos la plata, te la pagamos... 
El Profesor se rió: 
-Vos no sabés... Hay tantas complicaciones... No se puede, no digas pavadas. 
- João de Adão dijo que algún día vamos a poder ir a la escuela... 
Siguieron andando. El Profesor parecía haber perdido la alegría del día. Como si se le hubiera ido lejos. Entonces Pedro Bala le dio un golpe suave: 
-Un día vas y te hacés una pintura en un salón de la calle Chile, hermano. Sin escuela ni nada. Ninguno de esos bananas que van a la escuela dibuja una cara como vos... Vos sabés cómo se hace... 
El Profesor se rió y Pedro Bala lo acompañó: 
-¿Y haces mi retrato, eh? ¿Y le pones el nombre abajo, eh? Capitán Pedro Bala, macho corajudo. 
Adopta una posición de luchador, con un brazo extendido. El Profesor se ríe, Bala también se ríe y la risa termina en carcajada. Sólo dejaron de reírse para seguir a un grupo de desocupados que rodeaba a un guitarrista, quien cantaba una canción de moda en Bahía: 
"Cuando ela disse adeus. 
meu peito em cruz transformou..."1 

Después se pusieron a cantar con el guitarrista. Y con ellos cantaron todos y eran estibadores, portuarios, compadritos y hasta una prostituta. El hombre de la guitarra estaba completamente entregado a su música sin ver a nadie. 
Si el guitarrista no se hubiera levantado para irse, siempre tocando y cantando, hubieran seguido con él, totalmente olvidados de su caminata hacia la ciudad alta. Pero el hombre se había ido llevándose la alegría de su música. El grupo se dispersó, un vendedor de diarios pasó pregonando los diarios de la mañana. El Profesor y Pedro Bala siguieron subiendo la ladera. Del Largo do Teatro hacia la calle Chile. El Profesor sacó una carbonilla del bolsillo y se sentó en el paseo. Pedro Bala se sentó a su lado. Apareció una pareja y el Profesor se puso a dibujarla. Lo hizo lo más rápidamente que pudo. La pareja se iba acercando y el Profesor empezó a hacerle las caras. La muchacha sonreía, sin duda eran novios. Pero estaban tan entretenidos en su conversación que no se dieron cuenta de que los dibujaban. Fue necesario que Pedro Bala les avisara: 
-No tape la cara de la joven, señor... El hombre lo miró y ya iba a insultarlo cuando la muchacha descubrió el dibujo del Profesor: 
-¡Oh! qué lindo... -y palmoteaba como una niña a quien le hubieran regalado una muñeca. 
El joven lo observó y se sonrió. Se volvió a Pedro Bala: 
-¿Usted lo dibujó? 
-No, fue mi compañero, el Profesor... 
El Profesor le daba los últimos toques al elegantísimo bigote del hombre. Después se puso a mejorar la silueta de la muchacha. Ella entonces adoptó la actitud de quien posa. Los dos sonrientes, ella apoyada en el brazo de su amado. El hombre sacó su monedero y tiró una moneda de dos mil reales que Pedro Bala recogió en el aire. Siguieron. El dibujo quedó en medio del paseo. Unas señoritas que andaban de compras, al verlo de lejos dijeron: 
-Apurémonos, que aquello parece un afiche de la última película de Barrymore.. . Dicen que es un amor... Y él está bárbaro... 
Pedro Bala y el Profesor las oyeron y largaron una carcajada. Y abrazados siguieron andando en la libertad de las calles. 
Casi al lado del palacio de gobierno se pararon de nuevo. El Profesor se quedó con la carbonilla en la mano esperando que saliera algún candidato. Juntarían la plata necesaria para un buen almuerzo y hasta para llevarle un regalo a Clara, la amante del Querido-de-Deus que cumplía años. 
Una vieja les dio diez tostones2 por su dibujo. La vieja era fea y el Profesor la hizo tal cual. Pedro Bala le dijo: 
-Si la hubieras dibujado más joven y linda te habría dado más. 
El Profesor se rió. Pasaron así la mañana. El Profesor dibujando a los que andaban por la calle, Pedro Bala recogiendo el dinero que le tiraban. Casi al mediodía apareció un hombre que fumaba con boquilla. Pedro Bala corrió para avisarle al Profesor: 
-Dibújalo a ése que parece que tiene plata de todos los colores.... 
El Profesor se puso a delinear la figura delgada del hombre. La boquilla larga, la cabellera enrulada, que aparecía debajo del sombrero. El hombre llevaba un libro en  la mano y al Profesor le gustó la idea de dibujarlo leyendo. El hombre pasaba y Pedro Bala le reclamó atención: 
-Mire su retrato, señor. 
El hombre se sacó la boquilla de la boca y le preguntó: 
-¿Qué, hijo? 
Pedro Bala le señaló el dibujo que hacía el Profesor. El hombre aparecía sentado (aunque no había ninguna silla, el hombre aparecía sentado en el aire), fumando su larga boquilla y leyendo su libro. La cabellera enrulada volaba bajo el sombrero. El hombre examinó atentamente el dibujo, lo observó desde diferentes ángulos sin decir nada. Cuando el Profesor concluyó su trabajo, le preguntó: 
-¿Dónde estudió dibujo, joven? 
-En ninguna parte... 
-¿En ninguna parte? ¿Cómo? 
-Y sí, señor... 
-¿Y cómo dibuja? 
-Como se me da, como me sale. 
El hombre permanecía algo incrédulo, pero sin duda recordó otros ejemplos que tenía en el fondo de su memoria: 
-¿Quiere decir que nunca estudió dibujo? 
-Nunca, no señor. 
-Se lo puedo garantir -dijo Pedro Bala-, nosotros vivimos juntos, así que yo sé. 
Volvió a examinar el dibujo. Echó una larga humareda de su boquilla. Los dos chicos miraban la boquilla encantados. El hombre le preguntó al Profesor: 
-¿Por qué me hizo sentado y leyendo el libro? 
El Profesor se rascó la cabeza como si fuera una pregunta difícil de contestar. Pedro Bala quiso decir algo pero no pudo, estaba confundido. Por fin, el Profesor explicó: 
-Pensé que le quedaba mejor... -volvió a rascarse la cabeza-. No sé por qué... 
-Es una verdadera vocación... -murmuró el hombre en voz más baja, como quien está haciendo un descubrimiento. 
Pedro Bala esperaba una moneda, algo apurado porque 
el vigilante los estaba observando de modo desconfiado desde la esquina. El Profesor miraba la boquilla del hombre, larga, diseñada a fuego, una maravilla. Pero el hombre continuó: 
-¿Dónde vive? 
Pedro Bala no le dejó tiempo para la respuesta al Profesor, habló él: 
-Vivimos en la Cidade de Palha...
El hombre metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta: 
-¿Sabe leer? 
-Sí, señor, sabemos -contestó el Profesor. 
-Aquí está mi dirección. Venga a verme. Tal vez pueda hacer algo por usted. 
El Profesor agarró la tarjeta. El policía ya se les acercaba. Pedro Bala se despidió: 
-Hasta luego, doctor. 
El hombre iba a sacar su billetera, pero notó cómo miraba su boquilla el Profesor. Le sacó el cigarrillo y se la entregó al muchacho. 
-Es por el retrato. Vaya a mi casa... 
Los dos chicos se largaron por la calle Chile cuando ya tenían casi encima al vigilante. El hombre los miró sin comprender hasta que oyó la voz del agente: 
-¿Le robaron algo, señor? 
-No. ¿Por qué? 
-Porque vi que esos sinvergüenzas estaban con usted... 
-Eran unos muchachitos... Y uno tenía una maravillosa inclinación por la pintura. 
-Son unos ladrones -le contestó el vigilante-. Son de los Capitanes de la arena. 
-¿Capitanes de la arena? -puso cara memoriosa-. Leí algo, sí... ¿No son chicos abandonados? 
-Ladrones son, eso son... Tenga cuidado, señor, cuando se le acerquen. Vea si no le falta nada... 
El hombre hizo que no con la cabeza y observó la calle. Ya no había rastro de los dos muchachos. El hombre dio 
las gracias al vigilante, volviendo a asegurarle que no le habían robado nada y bajó por la calle murmurando: 
-Así se pierden los grandes artistas. ¡Qué pintor sería! 
El agente lo observaba. Después comentó a los botones de su chaqueta: 
-Tienen razón los que dicen que estos poetas son locos... 

El Profesor exhibía la boquilla. Estaba en los fondos de un rascacielos donde había un restaurante fino. Pedro Bala sabía cómo hacer para que los cocineros le dieran los restos del menú. Esperaban el almuerzo en la calle desierta. Después que comieron, Pedro Bala le ofreció cigarrillos y el Profesor se disponía a fumar en la boquilla que el hombre le había dado. Trató de limpiarla: 
-Ese bicho era flaco como una espina. Capaz que estaba enfermo... 
Como no encontró nada mejor con que limpiarla, con la tarjeta del hombre hizo un palito y lo metió dentro de la boquilla. Cuando terminó, tiró la tarjeta a la calle. Pedro Bala le preguntó: 
-¿Por qué no la guardás? 
-¿Para qué la quiero? -y el Profesor se rió. Pedro Bala se rió también y por un instante las carcajadas llenaron la calle. Se reían sin motivo, sólo por las ganas de reír. 
Pedro se puso serio: 
-El hombre te podía ayudar a ser un pintor... -agarró la tarjeta y leyó el nombre-. Deberías guardarla. ¿A lo mejor? 
El Profesor bajó la cabeza: 
-¡No seas animal, Bala! Sabés que de nosotros sólo se pueden sacar ladrones... ¿Quién nos puede querer? ¿Quién? Ladrones, sólo ladrones... -y su voz se elevaba, ahora gritando con odio. 
Pedro Bala hizo que sí con la cabeza, su mano soltó la tarjeta que cayó en el agua sucia de la calle. Ya no se reían 
y estaban tristes en la alegría de la mañana llena de sol, de la mañana igual a un cuadro de cualquier pintor salido de la escuela de Bellas Artes. 
Los obreros iban hacia el trabajo después del pobre almuerzo y era todo lo que veían, todo lo que podían ver en la mañana.

1 "Cuando ella dijo adiós mi pecho en cruz convirtió." 
2 Tostón (tostão): antigua moneda portuguesa y brasileña equivalente a diez centavos.