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martes, 10 de julio de 2012

Danielito y los filósofos


Hebe Uhart (Argentina)

La señora que entregaba los cheques tenía muy buenos modales, era correcta y hasta personal en su trato. A pesar de los buenos modales y de la cortesía, parecía ofendida por algo, llevaba una ofensa muy atrasada y estaba dispuesta a vengarse secamente sin que ella ni su víctima supieran de qué se estaba vengando. Cuando vio al profesor de filosofía dijo con aire de estar muy cansada pero generosamente dispuesta a beneficiar una vez más a la humanidad.
-¿Usted era 32.586, verdad?
-32.584 -dijo el profesor.
Ella buscó maquinalmente el cheque y dijo:
-¡Qué barbaridad!
Pero no se refería al cheque; mientras decía eso, no parecía indignada, sino reconfortada. Producía también un efecto reconfortante. Como si supiera de qué se trataba o como si hubieran hablado antes, el profesor de filosofía dijo:
-¡Qué le parece!
En un tono de leve sufrimiento y alegre indignación.
La señora dijo:
-Cada vez lo atropellan más a uno, la gente no repara en nada.
-Si lo sabré yo -dijo el profesor-. Yo tomo "eso" como algo natural y si ocurre algo nuevo, algo que no es "eso", lo tomo como un milagro del cielo.
-Hay que creer o reventar -dijo la señora, como si todos tuvieran la culpa de que ella hubiera llegado a esa conclusión. El profesor meneó la cabeza y recibió su cheque, se podía ir; no había alumnos para examinar. Podía estar contento, ya que estaba libre, pero no lo estaba; hubiera preferido tomar examen. Cuando estaba en la puerta, lo corrió la profesora Lene.
-Profesor, venga que hay un alumno. ¡Qué suerte que lo pesqué!
-Qué se le va a hacer -dijo con aire resignado, pero la acompañó con movimientos vivaces.
La profesora Lene dijo:
-Yo me clavé. Quiero irme a las nueve y cuarto, así que hacemos ligero.
Ella estaba apurada, porque era filósofa y madre. Repitió con aire entusiasta.
-¡Cómo me clavé!
El alumno, Daniel Eppelbaum, para la profesora Lene se llamaba "ése". Venía a rendir filosofía por tercera vez. Cuando lo vio, dijo:
-¡Ay, ése!
El profesor respetaba mucho a la profesora Lene, ella era una persona de gran olfato. Distinguía perfectamente y al instante no sólo si una prueba de la existencia de Dios era a priori o a posteriori, sino también si a una torta le faltaba una cucharada más de limón para quedar mejor.
La profesora Lene tenía un vestido con ravioles estampados. Sobre un fondo beige aparecían los ravioles blancos. Llevaba un saquito rojo, de un rojo tomate y las uñas y labios pintados al tono. Todo era de un rojo casi comestible, pero seguramente nadie se hubiera atrevido a comerle el saquito a la profesora. Cuando no llevaba el de ravioles, tenía otro con flores de lis.
Daniel sacó su bolilla con calma y se puso a escribir. La profesora Lene advirtió:
-Y no escriba ningún disparate.
Danielito no escribía con el brío emprendedor del que ha estudiado mucho, tampoco parecía asustado. Su cara parecía decir: esto tiene una vuelta y se la voy a encontrar.
Su cara era como la de alguien que hace Palabras Cruzadas y encuentra "Ciudad de Caldea" y se pone contento, porque ya lo vio muchas veces, pero había algunos claros.
Mientras Daniel escribía, el profesor dijo a la profesora Lene:
-¿Dónde pasó las vacaciones, profesora?
-Fui a Estados Unidos -dijo ella-. Pero la realidad no coincidió con la idea que me había hecho. No vi suciedad por ninguna parte, ni hippies.
-Será por la estación del año, profesora, no nos olvidemos que allá es invierno, tal vez en verano.
-Puede ser. Fuimos a Harlem, vimos unos negros con caras de pendencieros, el guía nos dijo "Mejor no bajar". No bajamos. Pero ellos no nos hicieron nada. Yo, no puedo decir que me hayan hecho algo.
-Yo estuve en Europa -dijo el profesor-. Ay, lo que es Amsterdam. -Y movió la cabeza reprobando Amsterdam, en tono leve y triste.
-Sí -dijo ella-, parece que Amsterdam es el colmo de todo eso.
Al profesor los colmos lo invadían, asustaban y conmovían. En el caso de ella era distinto: si le hubieran dado poder, hubiera exterminado a punterazos todo colmo y caos que encontrara a su paso; como no podía y tenía una mente clara, ella acá y los colmos allá.
Miraron el examen escrito, mejor dicho lo examinó la profesora poniéndolo a prudente distancia de sus ojos, mientras el profesor atisbaba.
Vio algo que no le gustó. Hizo:
-Mm.
El profesor, solidario, también meneó la cabeza, pero había meneado la cabeza a destiempo, por un error distinto y la profesora Lene lo advirtió.
Le dijo:
-No, vea esto.
El profesor meneó la cabeza con efusión. Con eso no encontró complicidad en la profesora Lene: no era persona para deshacerse en lamentos sobre lo poco que saben los chicos.
-Decime -le dijo la profesora Lene a Danielito-, ¿qué quiere decir la palabra filósofo?
Todo lo que decía ella se convertía en un hecho histórico. Lo mismo ocurría en su casa, cuando decía por ejemplo "hay olor a pescado" era a pescado y a ninguna otra cosa. Si los demás no sentían o no sabían claramente qué olor había, en ese momento se daban cuenta de que efectivamente había olor a pescado y además de que debían obrar o hacer algo en consecuencia. Danielito respondió:
-Que busca la sabiduría.
Respondió de modo rápido y dinámico por tratarse de él. Esa voz y esa facilidad en la respuesta, ese lugar común, puso furiosa a la profesora Lene. Pensó que Danielito estaba muy lejos de saber lo que era la sabiduría. Y es que con la filosofía ocurre eso; si uno no ensambla un razonamiento con otro, y presenta un argumento suelto, ocurre como en la música, un acorde suelto, una frase musical, no dice nada, suena como un rasguido de violín desafinado.
-¿Y qué es la sabiduría? -dijo la profesora Lene.
El profesor suspiraba.
-La sabiduría -dijo Danielito- era que los filósofos se preocupaban por los fundamentos de las cosas, que había un mundo de las apariencias.
Ahí la cortó.
-¿Y qué entiende por fundamento de las cosas?
-Y bueno, cada filósofo pensaba que era distinto, por ejemplo para Tales era el agua, para Heráclito el fuego.
El profesor apoyaba, asintiendo. Todo estaba en orden, el agua, el fuego.
-Dejemos eso -dijo ella.
Señaló el programa con la uña roja:
-El problema del conocimiento de Descartes.
Danielito dijo:
-Descartes, sentado junto a la estufa.
-Deje la estufa en paz -dijo impaciente-. Lo único que recuerdan es lo de la estufa. Vamos a lo medular.
-Tiene que usar la cabeza -dijo el profesor, tratando de ser severo. En tono más suave dijo-: ¿Qué carrera va a seguir usted?
-Ingeniería -dijo Danielito sonriendo.
-Para ser ingeniero tiene que usar la cabeza. Yo tendría miedo de pasar por un puente que usted construya. ¿Mire si el puente se cae y se viene abajo porque usted no usó la cabeza?
Danielito no contestó nada.
Para comprender la pregunta siguiente hay que explicar algo.
El filósofo Leibniz dijo: "Dios hizo el mejor de dos mundos posible. Antes de crear, Dios contempló todas las posibilidades y las comparó desde el punto de vista del sumo bien, que es su objetivo soberano.
Colocado ante la infinidad de posibles y antes de hacer elección de ellos, Dios no podría dejar de atenerse al mejor".
En una escala más humilde, todos tenemos experiencia de esto. Cuando uno dice por ejemplo, tengo 500 pesos, debo comprar una botella de aceite que vale 250 pesos, pero además quisiera salir a pasear un poco; si salgo, con lo que me queda no puedo comprar nada. El paseo hará bien a mi espíritu; el aceite es necesario para mi subsistencia. Tener aceite me produce tranquilidad, pero mi espíritu está triste. De repente mi espíritu se puede llegar a morir si no va a pasear y generalmente uno ¿cómo elige? De cualquier manera. Cuando no aguanta más, siente que las piernas lo llevan y dice: salgo (para bien o para mal). Dios no haría así, según Leibniz. Como para él no existe el tiempo, todo lo ve de un golpe de vista. Dios vería inmediatamente las consecuencias nefastas de no tener aceite, cosa que uno ve a los tres o cuatro días; también Dios vería inmediatamente las consecuencias de ir a pasear y elegiría, dentro de lo posible, lo mejor. Un
comentarista de Leibniz, que aclara su pensamiento, dice que Leibniz quiso decir que si Dios no ha hecho mejor el mundo, es que no ha podido hacerlo mejor. Esto nada tiene que ver con la frase habitual entre nosotros. "Hice lo que pude".
Porque todo lo que se diga referente a nosotros, los hombres, está impregnado de nuestra miseria humana. Cuando alguien dice "Hice lo que pude", se trate de un pobre de espíritu, de un hipócrita o de alguien que terminó de trabajar y llegó la hora de tomar un Cinzano, eso nada tiene que ver con la frase referida a Dios cuando se dice de él: "Hizo lo que pudo". Siendo el sujeto del que se habla de otra magnitud, "Hizo lo que pudo" quiere decir otra cosa.
La profesora Lene le preguntó a Danielito:
-¿Cuándo Leibniz dice que Dios hizo el mejor de los mundos posibles, quiso decir que se trataba de un mundo donde no había injusticia, ni dolor, ni pena, ni males?
Por la voz de la profesora, por un pálpito que le decía que debía contestar que no y porque en filosofía cada vez que a él le parecía que había que contestar que sí, la respuesta era "No", dijo, no muy convencido:
-No.
-Entonces -dijo ella-, ¿qué quería decir Leibniz?
Ya lo habían aplazado tres veces en filosofía, sabía que no hay que apurarse a decir lo que pensaban los filósofos, porque con ellos nunca se sabe. Optó por quedarse callado, con su mejor cara de muchacho angelical. Entonces el profesor lo miró y le dijo:
-Yo sé, porque soy medio brujito -y sonrió-, que a usted, en algún momento de su vida le va a gustar la filosofía. Más aún, la va a amar. Mire que yo soy medio brujito, eh.
Y lo miró con ojos de picardía.
-Buen -dijo la profesora Lene-. No te voy a meter en honduras porque no sos para eso. Estás aprobado.
Lo dijo con voz del más profundo desprecio.
Habitualmente, cuando se le dice a un chico que está aprobado, va corriendo a comunicarlo a su comité de apoyo que lo espera afuera. Cosa curiosa, Danielito no se movía de ahí, estaba quieto, parado, mirando a uno y a otro.
La profesora Lene dijo:
-Pero ahora que está aprobado, ¿cree en algún principio básico que rige el universo, en una existencia superior?
-Bueno -dijo él (dudó)-, de alguna forma.
Y el profesor preguntó:
-¿Conoce las virtudes teologales?
Danielito, en un tono levemente interesado, como si le hubieran preguntado si conoce la heladería nueva que se inauguró en la otra cuadra, dijo:
-No.
-Fe, esperanza y caridad -dijo el profesor-. Yo sé -repitió- que la filosofía te va a gustar.
Danielito dijo entonces algo inesperado, siempre con su voz monocorde:
-La verdad es que yo a los filósofos no los comprendo. Yo entiendo las cosas como a mí me parece, como yo pienso, de otra manera.
La profesora Lene no registró el pensamiento de Danielito porque estaba haciendo la planilla resumen. Sin escuchar, le dijo:
-Vaya, vaya a su casa. Su madre lo debe estar esperando atormentada. Hay que ver lo que es la angustia de una madre cuando su hijo da examen. Lo apruebo por su madre.
Danielito seguía parado y no se iba.
La profesora Lene le dijo:
-¿Qué se dice?
Él la miró desconcertado.
Ella volvió a repetir:
-¿Qué se dice?
Él se dio cuenta y dijo:
-Ah, gracias.
Y recién entonces salió. Afuera, el comité de apoyo en pleno lo agarró del saco al grito de:
-¿Qué preguntan, qué preguntan?
-Nada, pavadas -dijo Danielito con suficiencia.
La que más lo acosaba era una petisita, que tenía unos zapatos grandes afelpados y abotinados.
-¿Te preguntó Kant? ¿Qué te preguntó de Kant?
-De eso, nada -dijo Daniel.
Eso era lo que ella le había enseñado en el café de la esquina. Quedó callada, un poquito desilusionada un momento. Después lo miró y se dio cuenta de que, con sólo mirarlo, era feliz.