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lunes, 2 de julio de 2012

El reloj


Hervé Jaouen (Francia)

Para diferenciarlo de su abuelo paterno, Gweltaz llamaba al padre de su madre Abuelo-tren, apodo que se merecía. Jubilado de un trabajo en la estación, adoraba los trenes y repetía a menudo que, de haber sabido que la compañía ferroviaria suprimiría y vendería los peénes, él le habría comprado uno, para tener así el placer de oír pasar los trenes bajo sus ventanas. En particular le hubiese gustado uno de los de la línea que corta los meandros del río a lo largo de una veintena de kilómetros; de este modo, de un lado hubiese tenido las vías y del otro las truchas. Con casi ocho años, Gweltaz entendió que los péenes eran los pasos a nivel (P. N.). Cuando Abuelo-tren bromeaba con esta adquisición que no había podido hacer, la abuela le respondía que así y todo no tenía de qué quejarse: vivían en una colina, al alcance de los sonidos de la vía, y oían los trenes de ida o de vuelta pitando en un extremo u otro del túnel de
Saint-Corentin. Abuelo-tren extraía de un bolsillo el reloj con forma de cebolla y se cercioraba de que el 8722, el 4360, el 3701 o el 8715, más todo un enjambre de números imposibles de recordar, eran o no eran puntuales. Eran puntuales noventa y nueve veces de cien. ¿De qué le servía tener un reloj si los trenes le indicaban la hora?, lo reprendía gentilmente la Abuela. ¡Ah, mejor que ella se ocupe de su tejido y de sus reuniones Tupperware y deje tranquila a la gente! ¡Así era y no de otra forma! Veintitrés años jefe de estación, pitando las partidas, reloj en mano, ¡algo así forma a un hombre! La hora de la merienda era la de la partida del tren de Lyon: 16:42. Abuelo-tren no se dignaba a sentarse a la mesa frente a su taza de café y sus dos tostadas de pan de campo hasta no haber oído el pitido previo a la entrada del túnel. Toleraba cinco minutos de retraso. Después, aunque merendaba pese a todo, se sentaba diciendo: «El Lyon
viene con más de cinco minutos de demora». Algo que la Abuela sabía, puesto que también él llevaba más de cinco minutos de demora. Ella entonces no dejaba de responderle: «Igual que tú». «Otra vez un problema de locomotora», afirmaba el abuelo. Nos preguntábamos si no fantaseaba. Cada vez que el Lyon no partía en horario, Abuelo-tren cogía los prismáticos y aseguraba ver unos monumentos significativos cerca de la zona de maniobras. Una máquina sin vagones maniobraba, lo que podía significar que estaba rota la que habían enganchado. A fuerza de escuchar aquello, Gweltaz acabó creyendo que una maldición pesaba sobre el tren de Lyon o que un individuo saboteaba las locomotoras de ese tren. Tenía once años y desde los seis y el primer grado tomaba todas las meriendas en casa de sus abuelos maternos, donde su madre iba a buscarlo, después del trabajo. Gweltaz podría haber ido a la escuela primaria cercana a su hogar, próxima al área
residencial donde sus padres habían hecho construir un chalet, pero la planificación escolar lo hubiese obligado a inscribirse en una escuela frecuentada por los chicos de una ZUP. En consecuencia sus padres habían escogido una escuela privada en los barrios antiguos, en la otra punta de la ciudad. En dicho establecimiento, dirigido tiempo atrás por los curas, todavía propietarios del lugar, se enseñaba aún moral y disciplina. Los alumnos de primaria proseguían su escolaridad en el colegio y el liceo adyacentes. El liceo figuraba normalmente entre los diez primeros de Francia por los resultados del examen del bachillerato.
Gweltaz acababa de ingresar al colegio. Frecuentaba cada día tres universos muy distintos: una escuela elitista cuyos profesores tenían exigencias de preceptores; el mundo de sus abuelos, orientados al pasado y aferrados a los valores de su juventud, la escuela del ahorro, del buen sentido y del gusto (dulce de rubarba, de moras y frambuesas, café de achicoria, un bollo de manteca y unas magdalenas calientes que su abuela metía en el horno justo antes de que él llegara); y por último, en su casa, el mundo moderno de los video-cassetes, los lectores de CD y los videojuegos.
Hacia el fin de año, Abuelo-tren debió admitir que su reloj empezaba a «cansarse». Su mecanismo andaba con dificultad, como el corazón de su dueño. Algunos días retrasaba un minuto, otros tres, de modo que le era imposible verificar la puntualidad de los trenes. ¿Hacerlo arreglar? ¿Quién sería capaz de ello? Eran tiempos de relojes de cuarzo de dos duros, que se echaban a la basura cuando se agotaba la pila. Claro que había un relojero en el barrio, un artesano más o menos retirado del negocio, que seguía trabajando, sin otra publicidad que el boca a boca, en el subsuelo de su casa. Reparaba los grandes péndulos. ¿Sabría reparar un reloj tan valioso, de más de sesenta años? Abuelo-tren fue a mostrárselo. El artesano quiso hacerle un presupuesto, pero le dijo muy honestamente que una «limpieza completa», única tarea factible, ya que cambiar las piezas era algo impensable por la buena razón de que no las encontraría en ningún
sitio, equivaldría a un yeso en una pata de palo. El reloj llegaba al final de una vida de exactitudes. El artesano, que poseía un alma de artista y comprendía cuán escaso amor pueden inspirar los relojes modernos, al ver al Abuelo-tren desconcertado le propuso encargar en Suiza un reloj de bolsillo nuevo, fabricado a la antigua por una muy vieja casa con la cual continuaba relacionado. El precio era muy razonable. Abuelo-tren aceptó la propuesta y dos semanas más tarde, a la hora de la merienda, con ojos pícaros, puso delante de Gweltaz un estuche cuadrado y le pidió que lo abriera. El reloj suizo era bastante más voluminoso que el otro; y menos bonito también aunque fuese de acero pulido pero en la esfera tenía unos números de gran tamaño que Abuelo-tren podría leer sin sus gafas, y, sobre todo, su exactitud se hallaba garantizada: no más de medio minuto de más o de menos por año. Con la condición de no olvidarse de darle cuerda,
desde luego. «¿Con esto estarás más adelantado?», se burló la abuela. Abuelo-tren puso cara de no haber escuchado. Solemne, con esos gestos lentos y medidos que le eran propios, desató de su cintura la cadenilla del viejo reloj, ató el reloj nuevo a una cadenilla nueva, lo deslizó en su bolsillo, puso el viejo en el estuche y empujó el estuche hacia Gweltaz. El niño abrió los ojos de par en par.
-Toma, te lo doy -dijo Abuelo-tren-. A ti no te importa si retrasa unos minutos por día. No debes olvidarte de darle cuerda todas las noches. Pero atención, ¡no muy fuerte! En cuanto sientas que el resorte no da más, ¡detente, no lo fuerces! Si no, podrías romperlo y dejaría de andar definitivamente. En ese caso, te quedará siempre el valor de la plata. Es un reloj de plata maciza.
-¿Plata maciza?
-Sí, en aquellos tiempos las cosas no se hacían a medias.
Abuelo-tren había comprado ese reloj en 1926, a la edad de dieciséis años, con los primeros duros obtenidos como obrero de la construcción (no se volvió ferroviario hasta 1936). El reloj representaba tres meses de trabajo, jugando a ser un funámbulo en las escaleras y en los andamios, la espalda encorvada bajo unas pesadas cubetas de cemento untuoso.
-¿Tres meses? ¡Bromeas, abuelo!
-¿Qué te crees? ¡Mi primera bicicleta me costó seis meses de trabajo!
Gweltaz llevaba en la muñeca un reloj de cuarzo comprado en el estanco. ¿Por cuánto? ¿El equivalente de qué? ¿De diez litros de gasolina? ¿De dos entradas de cine? ¿De tres o cuatro atados de cigarrillos? Puso en el hueco de su mano el precioso reloj de Abuelo-tren. Era liso, chato y redondo como una concha. ¡Plata maciza! ¿Se trataba pues de eso, el tinte mate, la pátina incomparable, se trataba de plata? Una tapa protegía la esfera. La levantó. En el interior -lo sabía, pero ahora que el reloj le pertenecía la inscripción adquiría otro valor- estaban grabados el apellido y el nombre de su abuelo, así como la fecha de adquisición. La esfera era blanca y alrededor las horas estaban en números romanos. Las manecillas eran de un extraordinario refinamiento, trabajadas como una especie de caligrafía unos momentos gruesa y otros momentos delgada, un tanto semejantes a las mayúsculas aprendidas en la escuela. En el centro, en redondas
letras minúsculas, el fabricante había pintado su nombre con un pincel de miniatura.
-¿Qué hora indica?-preguntó Abuelo-tren.
-Las seis menos veinticinco.
-¡Ah, ya ves! ¡Dos minutos treinta de retraso!
Con las mejillas encendidas, Gweltaz cerró la tapa de la esfera.
-¿Estás contento? -preguntó la abuela.
-¡Claro que sí! ¿Qué te parece?
Sus abuelos lo observaban, tan emocionados como él.
-No lo lleves al colegio, es muy frágil para eso.
-Lo guardará en su habitación -dijo la abuela
-¡Por supuesto! -dijo Gweltaz.
-¿Y mi brioche? ¿Hoy no está buena? ¡No será devorando ese reloj con los ojos que vas a llenar la barriga! -lo retó la abuela mientras sacudía las migajas en su delantal.
Se rieron los tres. Gweltaz metió la brioche untada con mantequilla y mermelada de frambuesa en su taza de café.
-Bendita sea la hora -gritó la abuela.
-Nunca más oportuno -bromeó Abuelo-tren.

En su casa, el regalo fue acogido como una bendición. Los padres de Gweltaz redoblaron las recomendaciones: que el reloj no salga de la habitación, que le dé cuerda con cuidado, que no «juegue» con él (traducción: que no se entretenga desmontándolo). El niño frunció el rostro. ¿Por quién lo tomaban? Sería digno de la confianza que le habían demostrado, no valía la pena tratarlo como un bebé.
Pasaron muchas semanas durante las cuales el objeto fue domesticado. Primero puesto encima de una cómoda, luego por ciclos cubierto de cuadernos y descubierto cuando se ponía orden, perdido en un cajón entre los lápices de color y los rotuladores secos, un día pisapapeles de ocasión en un anaquel, otro día
amuleto al cuello de un Sioux en póster tamaño natural fijado con chinchetas a la puerta de su habitación, el reloj se volvió un objeto ordinario.
En el colegio no había genuinos bandidos pero tampoco todos los alumnos eran ángeles. Mejor alumno, envidiado, poco apto para las rencillas, desde el inicio de las clases Gweltaz fue sometido a las usuales vejaciones que los malos hacen sufrir a los buenos. Se le propuso pagar por su tranquilidad y él aceptó. Los domingos, compraba unos cigarrillos que repartía los lunes por la mañana a los tres chicos recios, tras lo cual ellos cambiaban de camiseta y de agresores mutaban a guardaespaldas personales. A comienzos de las vacaciones de Pascuas, Gweltaz cometió la torpeza de esconder en su dormitorio un atado comprado con antelación, que su madre descubrió. ¿Alegar que esos cigarrillos no eran para él? ¿Confesar la extorsión de que era víctima? Imposible. Se imaginó el escándalo en el colegio: los tres golfillos convocados por el director, suspendidos por tres días o a lo mejor expulsados, y esperándolo a la salida a fin de saldar cuentas.
Prefirió mentir. Sí, unos compañeros le habían enseñado a fumar, el miércoles, en el terreno en torno a la urbanización.
-Bueno -dijo su madre-, no le diré nada de esto a tu padre, estaría muy decepcionado -y suspiró mirándolo de un modo extraño, como si de golpe se hubiese convertido en un monstruo.
-Es necesario que pase la juventud, supongo... Esta anécdota quedará entre nosotros, pero entenderás que debo castigarte, si no...
¿Si no qué? Ella no fue más lejos en su explicación, y el castigo que esperaba llegó, castigo cuyas consecuencias ella no podía prever, dado que ignoraba lo que vivía en el colegio: sería privado hasta las vacaciones del dinero para sus gastos personales.
El día en que se iniciaba el tercer trimestre, los fumadores lo empujaron durante el recreo. ¿Cómo? ¿Le habían birlado el dinero? ¡Patrañas! El se defendió. No era su culpa, al fin y al cabo. Precisamente sí. Tendría que haberlos escondido mejor, los cigarrillos, y su madre no los habría descubierto. Los estallidos de voces despertaron la atención del consejero de educación. Con el mentón en alto y las cejas fruncidas, se acercó al grupo. Los grandotes asestaron unas palmadas en la espalda de Gweltaz y susurraron que bueno, que le creían, pero que tuviera ojo la próxima vez, y que intentara jugar hábilmente con su madre porque sería muy extraño que ella no se conmoviera y no le diera algo de pasta antes de las vacaciones. El niño se tragó las lágrimas, conmovido por la indulgencia de sus verdugos. En el fondo, no eran tan malvados. Esto lo llevó a extraer de su bolsillo el reloj que había llevado a la escuela con la vaga idea de
que la mirada de los envidiosos le devolvería el carácter de objeto sagrado que había perdido un poco desde Navidad. La cadenilla estaba atada a un pasador de su pantalón, tanto para desanimar a los ladrones como para imitar los gestos de Abuelo-tren. Les contó la historia del reloj y la manía de su abuelo de verificar la puntualidad de los trenes. Los otros fueron sensibles a una sola cosa, que uno de los grandes tradujo con estas palabras, justo cuando sonaba el timbre del final del recreo:
-¡En plata maciza! ¡Joder, debe valer un pastón!
Y sopesó el reloj.
-¡Joder, sí, un mogollón de dinero!

Situada en una calle oscura dominada por las murallas de la ciudad vieja, enmarcada en un mármol antracita en el cual estaba tallado en letras de oro el nombre del comerciante, la tienda del joyero-relojero
se asemejaba a una tumba. En el escaparate de vidrio ahumado, unas candilejas invisibles alumbraban con reflejos verdosos el terciopelo negro en el cual crucifijos, misales, relojes, pulseras, cadenillas, medallas piadosas y marcos vacíos anunciaban mejor que los lirios el mes de las primeras comuniones.
La apertura de la puerta no desató ni un amable cascabel ni las contadas notas de una música alegre, sino una alarma estridente que tan sólo se detuvo cuando Gweltaz cerró la puerta tras de sí. Unas luces se reflejaban en los vidrios de los altos y sombríos exhibidores de caoba, en los cuales se alineaban copas y cálices fijos sobre zócalos macizos. Inquieto por la alarma, víctima de una especie de mareo, Gweltaz se sintió prisionero de una telaraña de reflejos, aislado en el centro de un recinto sumergido en una noche fosforescente e impregnada en un obstinado olor, similar al de los gruesos misales, que también le evocaba los acres vapores, de esos que hacen palidecer, de un quitamanchas que utilizaba su madre.
Al fondo de la tienda un gran espejo se abrió en silencio y el joyero surgió delante de él, con las manos apoyadas en el mostrador y el busto ligeramente inclinado hacia adelante. Llevaba una camisa blanca y una vieja corbata con un nudo reluciente de usura, que él nunca debía de desatar, y por encima un jersey tejido, de un ridículo color celeste de recién nacido.
-¿Sí? ¿Qué deseas?
-Quisiera vender este reloj. Me han dicho que es de plata maciza.
El joyero cogió el reloj.
-Es de plata, efectivamente. ¿No funciona más? ¿Quieres venderlo, eh?
Gweltaz bajó la cabeza.
-No hay problema, chaval.
El joyero desplegó un rectángulo de fieltro sobre el mostrador y posó encima una minúscula balanza, una caja con pesas y una bolsa de herramientas en la cual escogió un destornillador. Hizo saltar la tapa del reloj rompiendo la bisagra; extirpó el mecanismo de la corona de plata, como quien hace saltar el ojo de un conejo a fin de curarlo; botó el bloque de frágiles engranajes al desnudo, el cuadrante pintado, las preciosas manecillas trabajadas, el vientre, el corazón, el alma del reloj en un balde a sus pies; posó la tapa y la corona en la balanza, multiplicó el peso por el precio del gramo, dijo una cifra, abrió su caja registradora y pagó.
-¡Toma, chaval! Tienes suerte porque el valor de la plata está en alza, desde hace dos años.
El niño permaneció un instante sin moverse, la mirada clavada en el dinero.
-¿Algún problema? ¿Me he equivocado?
-¿Y... el resto? ¿No es de plata?
-¡Ja, ja, ja! ¡No! Pura chatarra. Pero a lo mejor tú querías el mecanismo, para entretenerte desmontándolo...
Gweltaz negó con la cabeza, recogió el dinero y se marchó. En su bolsillo tintineaban las monedas. ¿Plata? ¡Pero él había creído que todo el reloj era de plata! No sólo la tapa y su entorno, que no pesaban casi nada. Ese villano comerciante había destrozado el reloj, pero el asesino verdugo era él, el instigador del crimen premeditado, quien le había dado al joyero la orden de destrozar el reloj, de vaciarlo de sus tripas, de arrojar sus entrañas en el balde. ¡Pero yo no tenía modo de saberlo!, gritó para sí mismo. Podía oír un murmullo de voces, las de sus padres y de sus abuelos, y estas voces lo acusaban, le decían que él no era más que un monstruo. ¿Un monstruo? ¿Se veía eso en su rostro? Atravesó Monoprix y se observó furtivamente en el espejo de un probador. Bajó los ojos. La imagen de su propio rostro le resultaba insostenible. Entró en un estanco donde jamás había estado, estudió el precio de los cigarrillos y
compró los más caros, tres paquetes chatos, en rojo y dorado, bellos como unos cofrecillos. Al día siguiente, le dio uno a cada cual de los tres grandotes. Todos enmudecieron de sorpresa. Les dijo a las claras, con una voz titubeante, que eran los últimos, que no tendrían más cigarrillos, que podían hacerle lo que quisieran, no le importaba. Los dejó impresionados. Intuyeron que su determinación y su indiferencia frente a futuros tormentos, que dicho sea de paso ellos no renunciaban a infligirle, se basaba en algo que no lograban comprender y que era inútil tratar de entender, ya que cada uno de ellos tenía en su bolsillo uno de esos paquetes de cigarrillos que los padres o los tíos compran para fumar ostentosamente en las grandes fiestas familiares, casamientos, bautismos y comuniones. Se distanciaron de él como los perros instintivamente se distancian de los perros locos, y el niño, habiendo borrado con el desembolso las huellas de su
falta, creyó estar en adelante dispensado de todo remordimiento. A su edad se ignora que la conciencia se despabila con el crepúsculo y que viene a torturar en el minuto preciso en que estás cayendo de sueño. Esa noche daba vueltas y más vueltas en la cama. Revivía la escena, escribiendo y reescribiendo versiones opuestas. En una se rebelaba contra el joyero, lo trataba de ladrón y de asesino, lo intimidaba a rearmar el reloj y a devolvérselo, y el sujeto, avergonzado, obedecía excusándose por haber cedido al anzuelo del lucro. En la otra era el joyero, amable y paternal, quien lo convencía de conservar el reloj. «¿Qué es un poco de dinero contra la pérdida de un recuerdo invalorable? ¡Piensa en tu abuelo, en la tristeza que sentiría! ¡Este
reloj seguirá funcionando dentro de un siglo! ¡Y qué importa si atrasa! ¿Acaso el tiempo no se vuelve más lento a medida que va pasando, digan lo que digan los viejos para quienes ha transcurrido muy deprisa?» El niño le pedía perdón al joyero, el hombre le pellizcaba la mejilla, llamaba a su esposa, una bella mujer en delantal de encaje, como en las novelas norteamericanas, y lo invitaban a merendar en un salón comedor donde resonaba el tic-tac de decenas de péndulos. El daba vueltas en su cama: ¡nada de esto había ocurrido! Estaba furioso consigo mismo, pero más con el joyero-relojero. Ese imbécil ¿no tenía hijos acaso? ¿Ignoraba todas las ideas absurdas que a los hijos se les pasan por la cabeza? Hacía falta, pues, que fuera un Harpagón de la peor calaña para haber aceptado comprar unos pocos gramos de plata. ¿Con qué pingüe beneficio? ¡Maldito sea! Soñaba que le prendía fuego a su tienda y que por la acera, fundidos por el
calor de las brasas, chorreaban el oro y la plata de las joyas, cadenillas, pulseras, medallas, cálices y crucifijos. La visión del incendio lo reconfortaba: se dormía al fin. Pero al despertar la idea de volver a ver a sus abuelos lo hacía estremecerse de vergüenza. ¿Qué les diría cuando preguntasen por su viejo amigo el reloj? Inventaría, les diría que estaba bien, que atrasaba cada día un poco más. ¿Y si ellos, ante su madre, se inquietaban por el sitio en que se encontraba el reloj? Ella no podría responder sino: «Vaya, sí, ¡hace un rato que no lo veo!». Le anunció a su madre que no iría a merendar más a casa de sus abuelos, que prefería quedarse estudiando en el colegio donde podía trabajar mejor. «El abuelo y la abuela hablan todo el tiempo, no puedo hacer mis deberes», dijo. Era la clase de argumentos que convencen a padres y abuelos. Se lo aceptaron, conmovidos por tanta seriedad y ardor en el trabajo. Su madre sin
embargo se preocupó: desde hacía unos quince días su hijo estaba cambiado. Se encerraba en su habitación, sin mostrar verdadero enojo, pero se había vuelto misterioso y se negaba a responder a sus preguntas inquietas. Adjudicó esto al castigo, que canceló parcialmente acordándole la mitad del dinero que le daba antes del episodio de los cigarrillos. Y luego, aliviada, creyó dar con la explicación correcta: la pubertad. Su hijo entraba en «la ingrata adolescencia». Ella se había preparado para esto. Duraría dos o tres años sin duda, hasta que el niño se convirtiera en un apuesto joven que se lanzaría a la conquista de las chicas; y allí, al menos, su aire de conspirador tendría la mejor de las razones: el primer amor y sus torturas.

La fecha de su comunión se aproximaba. Se confesó. Como debió vérselas con un viejo canónigo convocado para la circunstancia -unos doscientos niños y niñas que absolver de sus nimios pecados-, le confió a este la historia del reloj, lo que no habría hecho con el cura de catecismo. El religioso lo premió con una lección de moral, minimizó su falta y le dio la absolución a cambio de tres Ave Marías y tres Padrenuestros. El niño no se calmó, no obstante. Quedaba en la ciudad un testigo de su delito: el joyero-relojero. ¿Qué edad tendría él? ¿No estaba ya en edad de jubilarse y de vender su tienda? Casi deseaba que muriera y que su cortina metálica permaneciera para siempre baja.
Un lunes su madre le avisó que tendría que ir a comer el miércoles siguiente a casa de sus abuelos. Su abuela y madrina tenía la intención de obsequiarle un reloj de pulsera y por la tarde irían juntos, los tres, a la ciudad para escogerlo. El abuelo y la abuela no se fijarían en gastos, sería un hermoso reloj, le prometieron.
El miércoles, cogió el autobús en compañía de sus abuelos. Se dirigieron a pasos lentos hacia la ciudad vieja. ¿Adonde vamos?, se atrevió él a preguntar. A una relojería-joyería que la familia acostumbraba frecuentar desde hacía lustros. Allá mismo donde le habían comprado su misal de comunión.
En cuanto doblaron la esquina de la calle Des Remparts, no dudó de que se trataba de la tienda en la que el crimen había sido perpetrado. Intentó arrastrar a sus abuelos hacia otro comercio donde vendían relojes «más de moda».
-De moda pueden ser -dijo Abuelo-tren-, pero seguramente no relojes suizos. A propósito, ¿cómo anda el tuyo?
El niño rompió a llorar.
-¡No quiero nada! -murmuró.
-¿Qué has dicho, mi tesoro? -preguntó la abuela, un poco dura de oreja- ¿Qué ha dicho?
-No quiero nada -repitió.
-Mira, abuelo, ¡tu nieto llora! ¿Pero por qué? Dile a tu abuela por qué lloras, mi tesoro.
Ella extrajo un pañuelo de su bolso. Olía a colonia de lavanda. Abuelo-tren lo abrazó.
-Vamos, te prometo que si no encuentras nada de tu gusto en esta tienda iremos a otra. ¿De acuerdo?
El niño se apartó brutalmente.
-¡Os digo que no quiero nada! ¡NO QUIERO NADA! ¡NADA! ¡NADA DE NADA! -gritó largándose a toda prisa.
-¡Gweltaz...!
Corrió en dirección al boulevard. El tráfico era denso. El semáforo estaba en verde. Un camión llegaba.
Se oyó un largo bocinazo, semejante al sonido de la corneta de la locomotora de las 15:44. Por un reflejo, Abuelo-tren sacó el reloj de su bolsillo.