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domingo, 15 de julio de 2012

El y el otro


Augusto Roa Bastos (Paraguay)

a Josefina Plá

-El tipo se miraba las manos -dijo el gordo- o tal vez estuviese mirando simplemente a través de esas manos aniñadas y blanduzcas que se doblaban y plegaban en cualquier dirección como si no tuviesen articulaciones y que no podían ser tan chicas casi de acondroplásico al menos en un hombre morrudo como ese que estaba del lado de adentro de la verja salvo que se hubiesen achicado con el tiempo por alguna especie de degeneración o de atrofia o por esos ejercicios que practican los que trabajan en los circos para encalabrinar los ojos de los espectadores con sus chirimbolos de madera y pañuelos y cintas y toda esa ristra de aparatitos niquelados de dentista que esconden la trampa y nos abren la boca y hasta nos sacan una muela sin que nos demos cuenta en el picor de la anestesia, pero también los jíbaros vendan las cabezas de los hombres que cazan y las reducen hasta dejarlas del tamaño que sacan del antro materno, de modo que después de muertos
y acaso porque la misma operación de los cazadores y reducidores del Amazonas tiene algo de mágica victoria sobre el tiempo esos hombres cazados por ellos parecieran volver por lo menos con sus cabezas al limbo prenatal ¿no se han fijado en los ojos rosados de conejo o de criatura nonata que tienen esas cabecitas disecadas a pesar de los pelos de la barba y del bigote? vean ésa ahí sobre el piano junto a la mascarilla en yeso de Beethoven digan si no parece que nos estuviera mirando con una mirada distraída y burlona desde el tiempo de antes de nacer o de la no vida como les parezca mejor un vendaje adecuado produce maravillas de la clase que ustedes quieran las manos del hombre parado junto a la verja me llamaron la atención desde un principio parecían de otro hombre salvo como dije que hubiesen enfermado y envejecido antes que el dueño se notaba que sus movimientos eran lentos y torpes allí donde en otro tiempo debieron ser vivos y sinuosos
y hasta invisibles de tan rápidos miren las mías aquí donde las ven aporreaban en el piano a Chopin al gran sordo a Brahms y hasta al viejo Bach y no lo hacían mal creanmelo podían atar un hilo a la pata de una mosca y la música no es mucho más difícil que eso sobre todo cuando uno la saca de su propio cuerpo como la araña se saca del vientre el hilo con que teje su red pero ahora ya no me sirven para arañar un acorde en séptima disminuida vean lo que son las cosas, ¿no?, el hombre ese por momentos apoyaba las manos en la verja cargando el cuerpo sobre ellas y daba la impresión de que quería saltarlas o las golpeaba contra los pinchos como si les tuviese un poco de rabia pero tal vez sólo quería activarles la circulación y sentir que vivían ese anochecer hacía frío y el tipo seguro estaba con chuchos de fiebre por la manera que tenía de encogerse y mover sus manos a veces entrelazaba los dedos y soplaba en el hueco inflando los
cachetes las alzaba y las bajaba de nuevo alejándolas y acercándolas delante de los ojos con lagañitas en los ángulos unos ojos de dormir poco y andar mucho en la penumbra se miraba no las manos como dije sino algo a su alrededor como alguien que estuviese completamente perdido en un desierto sin saber para dónde tirar y no parado en medio de todo ese gentío que iba llenando el andén y continuaba volcándose por las escaleras y se apelotonaba por entrar en el brete haciendo matraquear interminablemente los molinetes entre empujones, codazos y pisotones como si el apuro les hubiese de regalar un día más o llevar un poco más lejos al que se apurara y empujara más igual que en las corridas del Lejano Oeste que uno suele ver en las películas pero aquí no como en las vistas por llanuras interminables y a caballo y en carromatos lanzados a toda velocidad hasta la puesta de sol sino en un agujero negro bajo tierra hediendo a aire viciado y muerto
y para qué corno digo yo apurarse aquí, allá o en cualquier parte si en esta ilusión de espacio y tiempo en que soñamos que nos movemos resulta redondamente lo mismo estar parado y con la cara pegada a la pared que salir disparando como alma que lleva el diablo ¿hacia adónde me quieren decir? se me frunce que somos peores que las hormigas que no paran ni cuando están quemando los campos unos perfectos imbéciles que trabajamos para la nada y que aunque nos estén asando a fuego lento vamos y cortamos la hoja y patitas para cuándo si no son para ahora en eso llegó el tren y el ganado humano se abalanzó al interior de los coches a fuerza de nuevos empujones codazos estrujamientos insultos todo ese aspaviento al que ya no le queda más que el furor domesticado de la costumbre el vago rencor del hombre cosificado con el honguito moral del yo aún sobre la coronilla y ahí dentro de uno de los coches vagamente iluminados fue donde volví a ver al
tipo y ahora lo veía bien buscando una brecha en el amasijo los ojos macilentos y absortos la boca floja con unas costritas de saliva seca en las patas de gallo de las comisuras se escurría avanzaba a contrapelo aplicando el ángulo de uno y otro hombro en los pequeños huecos que abría el balanceo del tren y daba gusto verlo mover la cabeza como siguiendo el compás de ese traqueteo que le permitía desplazarse culebreando ahora sí en su elemento como un nadador experimentado hasta que lo perdí de vista pero en ese momento fue cuando vi al otro porque lo tenía casi al lado me fijé en él cuando se levantaba y cedía su asiento a una mujer llena de paquetes que lo gratificó todavía refunfuñando con una mueca en que la pincelada de la sonrisa sólo iría apareciendo cuando ya el cortés caballero de sombrero y abrigo de pelo de camello le había vuelto la espalda y se aferraba a una de las argollas enlozadas para mantener el equilibrio en medio
de los empujones tratando de reanudar la lectura del periódico mientras la mujer gorda decía a quien la quisiera oír "todavía hay hombres bien educados" y aparentemente lo era pero de una manera postiza o por lo menos no habitual en ese hombre pequeño y si se quiere esmirriado a quien el abrigo y el sombrero daban un aspecto de jefe de sección por lo menos y hasta de gerente de banco al que un imprevisto desperfecto del coche ha obligado a viajar en subte por esa sola vez su mano enfundada en un guante de cabritilla con forro de piel se destacaba netamente entre todas las otras asidas a los aros una mano grande también desproporcionada al volumen del dueño pero a la inversa del hombre de la verja no sé si me explico una mano que también parecía de otro y aunque ya no le veía la cara tapada por las hojas del periódico desde el primer momento se me hizo que ni ese caballero era lo que representaba ni esa mano correspondía al caballero que la
enarbolaba en la actitud de prepotente individualidad y prescindencia de quien dice "yo aquí y ustedes allí" lo vi claro desde el primer momento por esta maldita costumbre que tengo de fijarme en los detalles cuando está girando algo a toda velocidad lo mismo que cuando se mira el rolido de una rueda no se ve en los bordes más que el soplo del trazo brillante y oscuro pero si uno corre la vista hacia el centro hasta se puede leer allí la marca del ventilador que nos echa viento o el título del disco que estamos escuchando y eso que llaman el "ojo de la tormenta" el puntito detenido y manso en medio del gran despiporre de viento y agua lo encuentran si miran bien en el fulano más fanfa que se está por tragar el mundo y ahí nomás le pueden chapar el número de la tintorería y hasta la fecha en que lo plancharon la ultima vez y claro no fue entonces sino después que ya todo había sucedido en el tren atiborrado de gente cuando recordé esa
historia que alguno de ustedes me contó alguna vez o que yo la habré oído en otra parte qué sé yo la de esos dos amigos que pelean por una mujer en un pueblito maderero aislado totalmente por la selva y donde todo la gente la tierra los animales viven como enterrados en el pasado y nadie espera nada porque para ellos el tiempo es esa selva interminable que los hombres van talando y aserrando poco a poco mientras las sangres también se van juntando en la descendencia de las uniones endogámicas que se muerden la cola y en las que el padre acaba siendo el abuelo de la misma criatura y ponen el incesto y la hemofilia en las cámaras reales y en los ranchos esos dos muchachos que se pelean por la misma chinita del lugar desde luego no serían hermanos pero para el caso como si lo fueran sus amoríos empiezan en los bancos de la escuela aparentemente pero en realidad han comenzado mucho antes y no son más que el espíritu o la emanación nefasta de
ese encierro y seguirá proyectándose mucho después como el tufo de miasmas que se levantan de los pantanos algo de esto ocurría con los dos hombres del tren y ha ocurrido en muchos casos parecidos me acuerdo también ahora de una pareja de enanos paraguayos que vinieron contratados para trabajar en la inauguración del trencito de la Exposición Rural y después cuando se funde el trencito o todos los chicos han crecido y a los nuevos ya no les interesa el trencito, los enanos pasan a un circo con los nombres de Diana and Bigger ¿no se acuerdan? hacían un número que llegó a hacerse famoso sobre el techo de una berlina negra tirada por un pony tan enano como ellos y conducida por Bigger alrededor de la pista a todo galope Diana hacía saltos mortales atravesando aros de fuego cada vez que escucho el Danubio Azul que era la música de fondo de su número me acuerdo de la volatinera ¡pobre petisa! parece que agarra y se enamora del domador de
fieras o algo por el estilo sí del domador no veo por qué han de reírse ¿o creen que una enana no puede tener sentimientos? hay que poner un poco de imaginación para las cosas que salen de nuestra escala lo cierto es que ahí estalló una tragedia de celos incesto y muerte como se hubiera podido dar dentro de las murallas de Troya en el monumental y trajinado lecho de los atridas estamos que la liliputiense no sería Helena pero tenía un encanto de miniatura antigua nada de ese borrón caricaturesco que desde el fondo del esqueleto trastocado por la estenosis da a los enanos una repelente figura de larva humana yo no le veía la cara tapada por las hojas del diario pero de pronto descubrí otra vez al hombre de la verja que viene acercándose al otro en medio del amasijo y eso es lo que estoy tratando de decirle que hay ciertos seres ligados inexorablemente como si hubiera entre ellos un cordón umbilical y todo lo que sucede no sirve sino para
juntarlos más porque el trozo de nervio placentario se va acortando y sólo la muerte o tal vez ni eso puede cortarlo que es lo que ocurrió a esos dos muchachones del pueblito maderero los dos creen que quieren a la misma mujer y eso es también lo que creen todos en el pueblo durante toda su infancia y adolescencia rivalizan por ella se pelean se pegan hasta sacarse sangre y después seguirán acechándose sin descanso como presuntos rivales como enemigos irreconciliables porque sienten o creen que se odian pero después los hechos mostrarán una nueva faceta de esos amoríos los hechos que no engañan y tienen un sentido que a la larga se aclara mostrarán entre otras cosas que la disputada muchacha sólo sirvió entre los dos ¿cómo podría decir? como carnada del destino ahora que la palabrita está de moda un elemento procatártico de ese odio o amor que los unía y acabó inflamándolos carne y uña de un mismo dedo desde una leve infección
una cosa de nada hasta la gangrena total ya que cada cosa busca su perfección en la muerte a todo esto había ido subiendo más gente en las estaciones y en la última dos monjas y un corpulento cabo de policía que trataba de protegerlas formándoles un cordón con sus brazos sobre una de cuyas jinetas se había ido a posar la cruz del cinturón parecido a un rosario de madera que llevaban las fratás en la cintura yo me retiré un poco porque el bufoso del cabo con cartuchera y todo se me iba hundiendo en un hipocondrio giré y vi que el hombre del abrigo volvía a cederles su sitio con una inclinación de cabeza y entonces fue él quien se acercó de espaldas al otro retrocediendo con la misma destreza y falta de respetabilidad de un croto habituado a las aglomeraciones municipales y no a la mullida colchoneta de un bote de ejecutivo en una palabra que ya estaban juntos y fija que ellos todavía no lo sabían pero aquellos dos muchachones han pasado
toda la vida juntos uno de ellos queda baldado de un pie a raíz de un accidente que el otro le provoca son llamados a filas uno resulta exceptuado por la invalidez y vuelve al pueblo el otro queda a cumplir el plazo de servicio alargado por alguna que otra "revolución" y
cuando a su vez regresa al pueblo encuentra naturalmente que el rengo se ha juntado con la muchacha y entonces resuelve emigrar hacerse humo por una buena temporada hacer que lo olviden y parece que lo consigue porque cuando retorna furtivamente casi un fantasma del pasado nadie lo ve se le aparece al otro en un recodo del camino y lo lleva a una quebrada del cerro con el cuento de que ha descubierto una veta o un tesoro enterrado o algo por el estilo ninguno de los dos volverá a aparecer la mujer asegura sin embargo y porfía que la noche de la desaparición del marido él ha estado a dormir con ella lo ha sentido bajo los efectos del pesado sopor provocado por la infusión de unas hierbas bebida en la noche para remediar de algún modo la angustia que le ha dado la tardanza de su hombre y que eso no ha sido un sueño lo prueban una manchita de sangre en la almohada y la arena gruesa del cerro que encuentra al despertar en el piso y en la cama lo más
que quedará en limpio de todo este enredo es un lento vuelo de caranchos por algunos días sobre una caverna del cerro cuya profundidad nadie conoce y en cuyos bordes los baqueanos descubren las huellas de dos hombres pero ésta es otra de las cosas que quedarán para ellos a oscuras y nosotros ahora desde aquí no podemos más que barajar conjeturas quién puede andar seguro en el tembladeral de las cosas humanas y no adelantamos nada si entramos a sospechar que ese hombre quemado hasta el fondo por su obsesión no se contentó solamente con asesinar al amigo arrojándolo al agujero insondable del cerro o más creo yo haciéndolo desaparecer en el pozo sin fondo de su propia obsesión devorándolo como quien dice en un acto de antropofagia ritual pero claro que eso solo no podía bastarle y debía hacerlo desaparecer poseerlo incluso en aquella mujer que los había separado y que al esperar ahora al otro lo seguiría esperando a él también dos veces
viuda de un hombre muerto a medias de todos modos no son más que suposiciones que cualquiera puede bordar a su antojo sobre cualquier hecho que se conoce de oídas distinto es cuando uno tiene delante a dos seres vivos como yo tenía a esos dos hombres junto a mí observándolos al detalle porque ya les digo no hay nada que revele mejor la singularidad de un tipo singularidad que en el fondo no es más que su diferencia con los otros como sus pequeños tics una manía la manera de moverse y hasta de estarse quieto el hombre de la verja estaba llegando en ese momento al hombre del orión que seguía de espaldas a él y con dos o tres esquives de ese yudo muy particular de los punguistas en los amontonamientos se le pegó como una garrapata pero sin tocarlo todavía yo estaba muy cerca y pude ver la función como desde un palco avant-scène el tipo de la verja regulaba al milímetro sus movimientos con los del balanceo del tren con los del hombre del
orión y con los de la masa apeñuscada alrededor para mantener el coeficiente de esa ínfima casi inexistente distancia entre su cuerpo y el del otro y lo más increíble del fato es que el uno nada supiese todavía del otro como si en ese mínimo hecho verdaderamente irrisorio si se lo considera a escala de lo que uno con cierta pedantería querría llamar dimensión euclidiana todo se confabulara para perderlos en la medida en que simultáneamente se ignoraran entre sí y aun se ignoraran a sí mismos del mismo modo que la enana nada sabría de sí ni de su amor por el domador porque no todo es un asunto de glándulas en lo que creo estaremos fácilmente de acuerdo y eso sí lo de la enana por el domador era lo monstruoso y entraba en el orden de los fenómenos de la naturaleza y aunque no diera señales de su existencia llegaría un momento en que iba a producir su correspondiente despatarro ¿no se han dado cuenta de que todas las cosas tienden
naturalmente al entrevero y al desorden y que la paz perpetua y la armonía de las esferas y todas esas pavadas de los filósofos no ocurren más que en sus cabezas? la enanita no diré que era un sueño pero se parecía de cara a la Maja Desnuda que tampoco era bonita con esas facciones de gallega bárbara que tiene como se la ve ahí en esa pasable reproducción que está sobre mi cama pero la enanita como la Maja tenía un cuerpo de una proporción admirable una mujer hecha y derecha y hasta alta y elegante sólo que vista con un prismático al revés si uno la miraba de cerca entrecerrando los ojos en el trencito de la Rural o después sobre el capó de la berlina en el circo se la veía distante haciéndonos señas en un lenguaje que sólo ella entendía una liliputiense flor y todo lo que le sobraba a ella de encanto el hermano tenía de repugnante un enano sin grupo los ojos saltones los bracitos cortos patizambo escrofuloso ¡puf! una porquería
de enano y parece que este engendro va y queda también flechado a su modo desde luego por el inglés de las fieras que enfundado en su uniforme de lancero bengalí en medio de todos esos rugidos y los aplausos y la música debía haberle deslumbrado como un semidiós hay que hacerse cargo de la situación anímica del medio hombre y aunque los diarios dijeron en su momento que el enano hizo lo que hizo para librar a la hermana de la fascinación que la iba consumiendo como una tisis para mí que también a él se le había pegado la infección siempre nos atrae el polo opuesto ¿no? y suelo pensar que nadie tiene una idea y una sensación más perfectas del movimiento y de la danza que el baldado de nacimiento claro que estos desajustes son los que han llenado de cruces la historia y el arte de alguna que otra obra maestra parece como digo que en un descuido del domador el enano agarra y mezcla a la comida de las fieras la droga excitante que solía
usar para que los leones viejos no hicieran mal papel ante el público como esas píldoras de hormonas que con el té o entre un traguito y otro de whisky suelen mandarse los solterones cincuentones para no perder el humor cuando reciben faldas en el cotorro la cosa es que el domador acababa de recibir unos tigres medio redomones a los que no había tenido mucho tiempo para adiestrar y con la fechoría del enano estaban que echaban chispas y no cabían dentro de la jaula el tipo de la verja estaba llegando en ese momento al hombre del orión como les dije y se le había echado encima sin tocarlo todavía buscándole el pálpito al principio daba la impresión de ese complicado juego que hace el gato con el ratón cuando lo tiene a tiro de uña y sabe que no puede escapársele y entonces nada más que por jugar o tal vez sintiendo ya por anticipado en las antenas de los bigotes el olor a carne fresca a muerte a triunfo en esa hinchazón de voluptuosidad
que le va esponjando el cogote y le hace entrecerrar los ojos como un chico ante un bombón sin sacar todavía las garras del pomponcito de seda de la patita y ronroneando fuerte peina con ella no precisamente el lomo del ratón sino el aire encima de él paralizándolo primero con dos o tres golpecitos magnéticos para clavarlo definitivamente en el lugar de su muerte una balita de ceniza todavía latiente el uno y el otro todo músculos y nervios cosido a los huesos a los rulemanes de los cartílagos bajo la piel tensa de erizada y lustrosa pelambre acuclillado sobre la cola oscilante que busca en el piso un punto de apoyo para catapultarlo sobre la presa en el momento preciso pero entre los dos todavía esa franja de separación infinitesimal esa relación y coincidencia imantada de volúmenes de ondulaciones en suspenso de campos gravitacionales en el que el tigre estaba en cuclillas agazapado y rugiendo huracanadamente sobre el caballete que
vibraba con su furor y su fuerza haciendo retemblar el piso de madera de la jaula la tierra acolchonada de aserrín de la pista y ya le había arrancado al domador con certeros zarpazos el látigo y la horquilla y hasta la banda había dejado de tocar y sólo el de la batería posiblemente idiotizado por lo que veía seguía arañando el parche con el peine metálico y eso se podía oír entre rugido y rugido en el silencio de bóveda que se había armado bajo la lona hasta que en ese momento alguien va y pega un grito y no precisamente un grito humano sino más bien un chillido de rata aterrorizada me fijo en las galerías en la platea a mi alrededor en todos esos cuerpos y cabezas y caras crispadas que respiraban como con asma muchos se habían tapado los ojos y hasta los oídos como si estuvieran a punto de ver disparar un cañón apuntado contra ellos y en ese momento el chillido vuelve a repetirse pero ya dentro de la jaula y veo un bultito
blanquecino que se ha metido a través de los barrotes y se echa delante del tigre la verdad que me costó reconocer a la enanita con su malla plateada en esa pequeña silueta que se había interpuesto entre el domador arrinconado junto a los cilindros y la fiera agazapada en lo alto pronta a saltar pero que ahora se fija en ese nuevo blanco pequeño y movedizo que la descoloca de repente en su ángulo de visión y de ataque de modo que no salta sobre la enanita sino que se descuelga elásticamente de su plataforma se acerca y la voltea con un golpe de zarpa sin violencia más vale como husmeándola con curiosidad la empuja y la hace girar sobre sí misma olvidada también repentinamente de esa furia que ya le está volviendo como el reflujo de una marejada y se le propaga por todo ese acantilado de tendones de nervios de anillos de tensores que se recogen sobre sí mismo con un ruido sordo y entonces el domador no tiene más remedio que sacar el
revólver y disparar varias veces hasta que el tigre se desmorona rugiendo y machacando el aire a zarpazos uno de los cuales engancha el cuerpo de la enanita y la proyecta contra las rejas el inglés enfunda el revólver y la recoge casi completamente desnuda veteada de surcos sanguinolentos todos oímos el chirrido metálico de la puerta de la jaula porque el silencio seguía cortándonos la respiración de tan espeso y vimos salir al domador llevando en brazos a la enanita que ya debía de estar muerta y le embarraba con su jugo el uniforme de alamares dorados como por una especie de presentimiento yo me volví hacia la berlina desde cuyo pescante el enano seguía con la mirada al domador que cruzaba la arena apretando contra su pecho ese cuerpo de mujer no mayor que el de una niñita de cinco años y cuál creen ustedes que fue la actitud del enano cuando el domador pasó a zancadas junto a él yo no esperaba que amagara ninguna actitud de dolor o
desesperación porque lo había estado viendo falsamente todo el tiempo cuando me volví hacia él y lo tenía a menos de diez metros en el ruedo imaginé que a lo sumo iba a echarse la galera sobre los ojos saltones en la cara enharinada para simular que lloraba pero en realidad para seguir contemplando a sus anchas al domador con una expresión de indecible arrobamiento debo confesarles que me equivoqué y lo que hizo fue exactamente lo contrario como disparado por un resorte saltó del pescante y atropello al domador como un mico rabioso abrazándose a sus botas y reclamándole con agudos chillidos que le entregara el cuerpo de la hermana que le devolviera a su hermana en cuerpo y alma aunque ya estuviera muerta el inglés ni lo miró lo apartó con la punta del pie y siguió su marcha el enano corrió un trecho tras él con sus patitas de loro chueco y al no poder alcanzarlo escupió a las espaldas del hombrazo y se echó al suelo hundiendo la cara
en la arena y golpeándola con los puños como si allí mismo quisiera enterrarse no acabó ahí todo ese asunto y procuraba recordar el fin pero tuve que concentrarme en los dos hombres que estaban a un pelo de distancia en el momento en que oí el chillido junto a mí y tal vez por eso tardé más que los otros en ubicarlo y en darme cuenta de la causa tuve que volver un poco atrás al momento antes del grito y ver a los dos el de la verja y el del abrigo y orión casi pegados pero sin tocarse los tenía enfrente la cara del más alto el de ojos terrosos y cachetes flojos con arruguitas en las comisuras por encima del hombro del otro fulano de ojos amarillos y rasgos feminoides las caras se me juntaban por momentos de suerte que parecían una sola bajo ese sombrero como dos bebidas que se van mezclando en un vaso y así los ojos medio barcinos del uno me miraban desde los ojos color de hoja seca o de víbora y la boca chupada se redondeaba en los
labios carnosos del otro pero ¡a la recontra! me dije también estos dos necesitan de toda una multitud para ocultar su misterio y saber que están solos precisan todo este olor triste de catacumba para venir a encontrar que están ensartados desde siempre y en ese momento cayó el grito y despegó las dos caras que giraron y se volvieron como el rayo una a otra pero ya el de orión levantaba en lo alto aferrada por la muñeca la mano del otro que llevaba en los dedos como muñones una billetera a tiempo que las dos miradas se cruzaban, llena de estupor, humillación y derrota la una, mientras murmuraba "¡vos Loncoche qué hacés!" y la otra implacable y burlona lo miraba desde esa mueca que lo desconocía y negaba por completo una vez más la cara chupada ensayó un mudo gesto de súplica de sometimiento de encono de años de traición y de cárcel el hombre de orión se demoró una fracción de segundo más y entonces chilló por segunda vez como en
un orgasmo sacudiendo por encima de las cabezas en el cepo de la mano enguantada el muñón de aquella mano que no había soltado aún la billetera mientras en el interior del coche se iba espesando ese tufo agrio que echa la multitud cuando va a destruir algo y entonces los primeros puntapiés y cachetadas cayeron sobre el tipo que ni siquiera intentó defenderse que no podía dejar de mirar al otro hasta que lo voltearon para seguir amasijándolo contra el piso en medio de una batahola infernal y después entre los pechazos yo sentí que el caballero de orión me hurgueteaba el bolsillo trasero donde como ustedes saben yo no suelo llevar más que una buena tira de papel esponjoso bastante abultada a pesar de los finos dobleces que me esmero en hacer y no sé más porque alguien en ese momento debió apretar el botón del freno de emergencia que clavó el tren sobre el aullido de las ruedas en ese viaje que parecía no iba a acabarse más.