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domingo, 15 de julio de 2012

Recorriendo el mar y la tierra


Yana Vishnevskaia (Rusia)

En cualquier caso, la guerra terminó, aunque lo hiciera siguiendo la fórmula de Trotski: «Ni guerra, ni paz», con la que Lev Davídovich se opone abiertamente a Lev Nikolaievich (Tolstói). La guerra terminó, como la juventud continúa ardiendo bajo la capa frágil de la vejez.
Y después ellos comenzaron a regresar de la guerra.
A Suvorov, soldado de las tropas de desembarco aéreo, lo encontraron colgado en su cabina de operador de cine, en el de su unidad emplazada en Petrozavods (frente finés). «Todo va a ir bien», rezaba su última nota, hallada sobre una pila de latas de una película. Su firma, la fecha. La autopsia reveló que bajo el cráneo del soldado se manifestaba débilmente un tumor a causa del cual debía de sufrir insoportables dolores de cabeza. El día de su suicidio Suvorov había decidido proyectar a sus compañeros de regimiento la película homónima: Todo va a ir bien. La película fue suspendida.
El marinero Ushakov se encerró en uno de los compartimentos de su submarino nuclear con base en las cercanías de Najodka (frente japonés), amenazando por el teléfono interno con pulsar el botón de lanzamiento de misiles nucleares si intentaban atraparlo. Ushakov no planteó ninguna demanda, solo dijo que quería descansar un poco. Los compañeros del marinero le contaron al agente federal que Ushakov había recibido una carta de su chica en la que ella le juraba amor eterno, hacía planes para su feliz futuro en común y le pedía que regresara pronto. Ushakov no se creyó ni una sola de sus palabras, se fue y cerró la brazola. Solo consiguieron hacer salir a Ushakov al tercer día, mediante engaños. Y apenas se hubo formado entre la pared y la pesada escotilla una abertura diminuta por la que asomo la cabeza de Ushakov, el agente disparó y dio al soldado justo entre los ojos.
El soldado Kornílov, de las tropas del Ministerio del Interior (la gran unidad partisana bien oculta en los bosques de Briansk), antes de abandonar el servicio tras haber sido herido, decidió acercarse a la ciudad para ver el piso cuya cédula le habían entregado con honores para conmemorar el 23 de febrero, el Día del Soldado. Quería asegurarse de que podía trasladarse allí con su familia. Al finalizar el día, con el papel de la dirección en la mano, Kornílov consiguió encontrar por fin en las afueras el edificio nuevo de nueve plantas. Solo había luz en dos o tres ventanas, pero, por extraño que parezca, Kornílov calculó sin error alguno que una de las ventanas iluminadas era la suya. La entrada al portal estaba asegurada con una puerta metálica. Kornílov pulsó con fuerza el portero, marcó el número de su piso. Después de un rato le contestaron, pero a las perplejas y amables preguntas de Kornílov respondieron con brusquedad:
«Vete a tomar por culo, imbécil, y no arruines la fiesta a la gente, compramos este piso ayer». Sin pararse mucho a pensar en lo que hacía, Kornílov sacó de su cartera unas esposas, se encadenó al tirador de la puerta de hierro y tiró la llave lejos, entre la nieve. La instrucción arrojó las siguientes conclusiones: Kornílov había muerto hacia las cuatro de la madrugada a causa de una hipotermia. En la muñeca del brazo esposado el anatomopatólogo encontró huellas de mordeduras e identificó esas huellas de dientes como pertenecientes al difunto. Sin embargo la idea de que Kornílov intentara roer su mano para liberarse no terminaba de encajar del todo en la cabeza del doctor.
Los soldados de caballería Yudenich y Malenkov, así como el sargento de reenganche Vlasov, murieron asfixiados dentro de su tanque durante la instrucción. La columna de tanques forzaba el Amur (frente chino), algo se rompió en el motor y toda la dotación quedó en el fondo del río. La pérdida solo fue descubierta al día siguiente... 
Pero en general la guerra había terminado. Los mandos revisaban las listas, y en toda lista siempre hay un último. El último en en regresar fue el soldado Zhukov, de las tropas de operaciones especiales. Poco antes de su regreso lo encontraron en un hospital militar abandonado en la frontera con Irán en estado de coma narcótico. Un polvo blanco, de origen afgano, estaba desparramado alrededor de Zhukov, que estaba tendido en el suelo entre los catres, en un radio de metro y medio, lo que se corresponde con el embudo que se forma durante la explosión de una mina antipersona. El soldado estaba totalmente uniformado, pero, por alguna razón, descalzo. El médico y la enfermera que encontraron a Zhukov se pusieron enseguida a reanimarlo. A Zhukov le había ocurrido más o menos lo siguiente.
Sin saber todavía que era el último, Zhukov avanzaba a toda prisa en su carro blindado hacia el enemigo, convencido de que dirigía un ataque que iba a durar poco. El agua de su cantimplora y el combustible del depósito se agotaron al mismo tiempo. El vehículo se detuvo. Zhukov dejó caer el bote de hojalata, que golpeó el suelo con un ruido hueco y baldío. Zhukov apartó la escotilla y se asomó al exterior.
El potente vehículo pesado se había detenido justo donde el vivificante tono amarillo de la arena se convertía en polvo gris, en basura urbana pulverizada y triturada. Zhukov empezó a toser al aspirar el polvo caliente levantado tras su brusco frenazo. El polvo le abrasó los pulmones como si fuera pimienta, aunque por su sabor recordaba más bien a la canela. A través del polvo caído se distinguían las grietas en el asfalto. El polvo del aire ocultaba los contornos del puesto habitado.
Zhukov, el último («Omega» en las comunicaciones por radio), advirtió de repente con una risa ahogada, que se había parado en un semáforo en rojo. Zhukov sospechaba que se había metido en el mismo corazón del desierto caucásico, en la Capital Prohibida.
Zhukov volvió a zambullirse en la panza incandescente del vehículo, tanteó bajo el asiento buscando el megáfono, y se asomó de nuevo a un calor más sofocante aún.
-¡Atención! -gritó Zhukov y pudo oír un eco siniestro que golpeaba contra las paredes de las casas sin diluirse, una piedra lanzada a un pozo horizontal sin fondo. Así debe de sonar la voz humana en el vacío absoluto, pensó Zhukov-. Atención -repitió en un tono dos veces más bajo-, les ordeno a todos que se rindan. La ciudad está rodeada, resistir es inútil.
La tierra en derredor de Zhukov empezó a moverse y miles de serpientes, escorpiones, basiliscos, salieron reptando de las aberturas. Zhukov reconoció víboras de pallas, víboras de escamas, víboras lebetinas, de una tirada tres subespecies de vipéridos, crotálidos, culebras, coronelías -la colección completa de sellos de la serie «Serpientes de mar y de tierra» que, en su momento, toda la clase de 3° B de Zhukov había envidiado-. La agitación se prolongó unos cinco minutos, después cesó. La voz de Zhukov, diez veces ampliada, solo había espantado a los reptiles. Ni una sola persona, con armas o sin ellas, había aparecido.
Sobre el semáforo, que no cambiaba de color, se había posado un buitre. Parecía bastante saciado, pero eso no le impidió echar sobre Zhukov su codiciosa mirada de vidente. 
-No me cogerás -masculló Zhukov, y quiso lanzarle al cóndor una piedra. Pero lo más parecido que Zhukov pudo encontrar fue su bota izquierda. La bota pasó volando a unos centímetros del pájaro. El ave de rapiña echó la cabeza hacía atrás, se giró ligeramente hacia el sol y salió volando. Levantó el vuelo con una ligereza inesperada, como un pájaro de ensueño, mientras Zhukov observaba primero su rugosa cabeza desnuda, después las remeras negras de sus alas y, por último, su puntiaguda cola cuneiforme. Un olor fétido alcanzó las fosas nasales de Zhukov, como si la rapaz hubiera intentado besarle.
La ciudad era increíble. Los muros almenados de los templos con sus cúpulas doradas, las palmeras frondosas, acequias, arcos... Teterías, puestos de raviolis hinkali, de opio de hachís... La verdadera Arabia, imposible de describir ni en mil noches. Y ni un alma alrededor.
-Se habrán ido a ese ramadán pagano suyo -supuso Zhukov.
Probó a encender la radio una vez más. 
-Alfa, aquí Omega, quiero comunicar la situación, cambio.
Por toda respuesta, de los auriculares empezó a manar el sonido hechizante de la flauta de un encantador. El propio Zhukov no se dio cuenta de que empezaba a mecerse siguiendo el compás de una joven cobra. Interferencias repentinas devolvieron a Zhukov a la realidad.
-¿Pero qué pasa aquí? -preguntó Zhukov la emisora. La música cesó en ese mismo instante.
Zhukov se echó al cuello la correa del megáfono, salió del vehículo y por el asfalto incandescente, abrasándose sus pies descalzos y cojeando con los dos, se lanzó hacia la sombra adivinada tras la puerta abierta más cercana. Resultó ser un comedor, algo muy oportuno, ya que Zhukov tenía hambre. Ni clientes, ni dueño, solo moscas. En una olla grande de aluminio Zhukov encontró unas salchichas típicamente budistas, rellenas de soja y a saber de qué otras herejías.
Entornando los ojos, Zhukov pescó una, estaba fría y fláccida como el miembro de un muerto. Sentado en el centro de la tasca, sobre la alfombra, con las piernas encogidas a lo turco, Zhukov espolvoreó la salchicha con una pequeña botella de cristal que por su aspecto recordaba al clorato potásico, la embutió entre dos rebanadas de torta dura y se la comió rápidamente. Repitió. A pesar de todo, estos jázaros locos sabían lo que se llevaban a la boca.
Con gran placer Zhukov se hubiera tomado a continuación una copita de algo, pero ¿alcohol en la Capital Prohibida? No, abandona toda esperanza.
Claro que en el bolsillo del pecho de la guerrera Zhukov sí que tenía algo escondido para rogar por el alma de sus compañeros muertos. Zhukov deshizo la dosis bien cerrada y se empolvó ligeramente la nariz. Era polvo de lo más normal, a diferencia del «colón» o el «ariel».
Zhukov se tumbó de espaldas y clavó los ojos en el techo. Las manchas solares empezaron a desplazarse por el techo, llegaba un ligero viento. Y el viento trajo olores. El olor de las pinochas heladas en Arjanguelsk (su ciudad natal) el olor de las pipas de sandía fritas en Astraján (la escuela secundaria), el aroma delicado del pan, del sudor, del trabajo esclavo de civil. Los olores inflamables y lubricantes de la academia en las afueras de Riazán, donde Zhukov ya era un soldado, un hombre con su carta de libertad. Un verano extremo, pescar, cazar, setas, bayas, simples observaciones de provecho. Pero aquí, en el desierto, Zhukov había descubierto una rebuscada y estacionaria primavera.
Aquí las nubes del cielo y las grietas de la tierra modifican su contorno por momentos y se reflejan mutuamente. En las canciones locales las notas toman nuevos nombres con cada compás. Aquí, en los naranjos florecen unas enormes flores blancas y aquí mismo dejan caer sobre la sus frutos que se pudren en un abrir y cerrar de ojos. En una bocatería barata comen sobre oro y plata pero una medida de agua cuesta como doscientas de gasolina.
¿Y todo para qué? Además, a todo esto, ¿dónde se había metido la gente?
Zhukov quería conservar en su memoria los detalles de la muerte de sus dos compañeros de dotación, pero en la superficie de su memoria solo quedaba una fina capa: su entierro. Zhukov sacó a rastras sus cuerpos hasta la arena. El sol los recibió, los secó, dejó para la tierra solo un montón de trapos. Zhukov cubrió con una pirámide de arena los restos secos, pero la arena no hizo mucho caso a los esfuerzos de Zhukov, fue formando ondas y la pirámide desapareció. Hubiera querido sujetar la arena con una piedra. Y quizá escribir sobre la piedra algo sencillo, triste. Licencia del 96. ¿Pero dónde encontrar una piedra aquí? El corazón del desierto está hecho de arena. El resto de sus órganos, se temía Zhukov, también. Se vio obligado a utilizar su bota derecha.
Eso fue al principio. Pero luego, después de que Zhukov metiera la nariz en el paquete un par de veces más, bajo el influjo curativo del polvo la película protectora se disolvió y le envolvió la oscuridad.
Cuando la dotación se perdió en el desierto, el primero en dejarse llevar por el pánico fue el comandante. Culpó de todo al navegante. Mientras quemaba el mapa embustero y cortaba la lengua embustera del navegante, Zhukov cumplía órdenes del comandante. Pero él también se contagió de ese pánico. Mientras clavaba su cuchillo bayoneta en el corazón del comandante, Zhukov actuaba siguiendo su propio parecer. Y así fue como se quedó solo.
No, intentaba decirse Zhukov tranquilamente. Yo no he podido hacer eso.
El dolor le pinchó en el cerebro, en el corazón, en el hígado, se enrolló en su cuello y dibujó una serpiente en su pecho, una serpiente perversa, de la misma subespecie que la que en tiempos remotos se escondió en la calavera del caballo preferido de Oleg el Sabio.
Zhukov, con una extraordinaria fuerza de voluntad, se obligó a levantarse, pero perdió el equilibrio y se desplomó sobre sus extremidades. Tambaleándose y jadeando, salió fuera del bar; tras él, el megáfono se arrastraba por la tierra como una fierecilla fastidiosa.
Es un espejismo, el espejismo más corriente, gemía en su cabeza la vieja y pícara flauta del encantador. Pero le dio un ataque de tos, se quedó ronca y calló.
Zhukov se llevó el megáfono a la boca.
La lengua no le obedecía a Zhukov, sus labios estaban entumecidos, como con la anestesia del dentista, y Zhukov siempre había soportado mal la novocaína.
-Alfa -Zhukov soltó un susurro ininteligible que aturdió a serpientes y escorpiones-, aquí Omega, fin de la comunicación, repito, fin de la comunicación, fin.
El médico tenía cara amable, aunque totalmente oculta bajo la mascarilla y las gafas.
-Creo que va a volver -la voz del médico estaba afónica de cansancio, los brazos, después del masaje a corazón abierto, con sangre hasta los codos-. Estoy seguro de que lo traeremos de vuelta.
El zumbido del electrocardiograma pasó del registro de «ocupado» a una serie de interferencias, para por último empezar con la señal de línea libre.
El médico se lavó las manos. La enfermera lloraba en silencio.