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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 31 de agosto de 2012

Borrón

Borrón

Silviano Santiago (Brasil)

Por muchos años lo olvidé. Por tantos años lo olvidé, que expulsé de la memoria el hecho que voy a narrar. Lo expulsé, aparentemente. La forma más trivial de la inocencia es la de creer que es posible hacer de cuenta en la vida psicológica. Hice de cuenta ayer, hoy pago la cuenta. Hice de cuenta que nada había sucedido en aquel mediodía, en un restaurante de la ciudad de Fort Worth, en Texas. Nada había sucedido en el medio de uno de los primeros días de enero de 1963, después de un largo y agotador viaje en ómnibus desde el sur hasta el sudeste de los Estados Unidos. Después de la Navidad y el Año Nuevo pasados lejos de la casa paterna, junto a una pareja de amigos de Minas Gerais. Después del acogedor festejo en un grupo fraterno de compatriotas, la soledad del ómnibus cortando horizontalmente las tierras anegadas y húmedas de Louisiana y las planicies sin fin de Texas. Después de haber dejado una región subtropical y húmeda, era
insidiosa la sequedad del aire en el ómnibus proveniente de la calefacción -sequedad más seca que lo seco debido a la propia sequía de aquellos campos que se perdían de vista. Sequedad digna de Brasilia, que sólo fui a conocer una década más tarde. Tanto sucedió en el restaurante, que traigo una cicatriz en la memoria. La cicatriz permanece como centinela de la conciencia. El centinela guarda la tumba del hecho sucedido como si allí estuviese de paseo, es decir, sin uniforme y sin obligación formal de hacer el relato de lo sucedido al superior. Es a través de los recuerdos vivos que rodean la cicatriz, es a través del cuerpo-vivo que reluce y no es oro, que voy a llegar al hecho que yace recubierto por la piel y los pelos de la memoria. Por la cicatriz intentaré reconfigurar la profundidad de un antiguo dolor, de la herida, bajo la cobertura de esta narración. A ser escrita por encima de los labios de la llaga, que se cerraron. A ser
escrita por encima del olvido del hecho. Por encima de la expulsión del hecho. Borrando olvido y expulsión. Borrando el hecho. Una narración: un borrón. El diccionario dice que borrón significa rasguño. (Significa también individuo medroso. Dejemos eso.) Esta narración es el rasguño del acontecimiento vivido. De la experiencia, como gustan decir los filósofos alemanes. Las palabras están siendo escritas con tinta y serán diluidas por una gota de agua (una gota de sudor, es verano en Río de Janeiro) que caerá en el papel. Cuando las pase en limpio -y las pasaré algún día, no sé cuando-, la versión final será un papel secante que estará enjugando palabra después de palabra, frase después de frase, página después de página. Esta narración es tan íntima como un borrón o un rasguño. Ella exige tareas futuras para ser un cuento.  Buscaré palabras que se adecúen más apropiadamente al hecho que será narrado. Diseñaré frases
más incisivas para que sean más convincentes. Reestructuraré páginas debido a la falta de equilibrio en la composición de arte. Un buen cuento es un campo minado. Dejo esas tareas para el lector, doble del autor, del artista. Pregunto, salvándome del auto sacrificio: ¿Quién lee rasguños además de quien los escribió? Esta narración no tiene lectores. No es escrita para lectores. Por lo tanto, está siendo escrita para mí y para otros que deben ser dobles del autor. Está siendo escrita para decirme que, pese a las apariencias, no olvidé aquel viaje en ómnibus desde la ciudad de Nueva Orleans, en Louisiana, hasta Forth Worth, en Texas. Viaje que luego proseguiría hasta la ciudad de Albuquerque, en el estado de Nuevo México, destino final del ómnibus y del pasajero. ¿Por qué hice de cuenta que no tenía decidido interrumpir el viaje en el medio? ¿Por qué hice de cuenta que no había interrumpido el viaje un mediodía de enero de 1963?
El olvido funciona como antiséptico del dolor. Actúa como yodo sobre la herida abierta para que los microbios sean quemados lo mas rápido posible, evitando la infección. Un escalofrío, el ¡¡ay!! y pronto, cicatrizó. Estaba cansado, tenía hambre. No tenía sed. Traía conmigo una botella de agua mineral. Recomendación de los más experimentados. Tenía hambre e irritación. No olvidé el ómnibus de pintura metálica de Greyhound, donde estaba retratado el perdiguero, dando una formidable zancada. Ómnibus mucho más lujoso que los de Viacáo Cometa que tomaba cuando viajaba de Belo Horizonte a Rio de Janeiro, y viceversa. No olvidé el negro que pidió permiso para sentarse a mi lado (él tenía el asiento de la ventana). El primer negro con el que conversé desde que había llegado a los Estados Unidos en septiembre, los primeros días de septiembre de 1962. Dije conversé, debería haber dicho intenté conversar. Mi inglés era pobre,
pobrísimo, apenas alcanzaba para componer algunas frases convencionales que, avergonzado, enderezaba en mi cabeza antes de liberarlas por la boca. Endurecidas por la voz, debían sonar sin sentido para cualquier oyente un poco más exigente. Y allí estaba yo queriendo intercambiar ideas. Su sufrida experiencia y la de su pueblo en el valle de Mississipi-Missouri contrastada con mi experiencia de inmigrante recién llegado de otro sur -south of the border, como fuimos clasificados a partir y después de la Segunda Gran Guerra. No sé si le dije que había nacido en Brasil. No sé si significaba algo decirle que yo era brasileño. Pelé aún no existía en el país que desconocía el fútbol, el soccer. La única estrella deportiva -conocida apenas por los blancos- era la tenista María Ester Bueno, ganadora del torneo de Wimbledon. El carnaval de Río era entonces despreciado por los habitantes del país que ofrecía a los turistas los desfiles de
Mardigras en el Vieux Carré. Para todos los efectos Carmen Miranda era mexicana o cubana, sobrina de Xavier Cugat. No sé si le mostré mi green card (ya la había recibido por correo), made in Miami, aeropuerto donde aterricé por primera vez y entregué los papeles consulares. Sé que le hacía preguntas, muchas. Sé que entendía mucho menos de la mitad de las palabras que él profería como respuesta. Yo descifraba sucesivos telegramas, peor: montaba frases y más frases ajenas, a partir de dos, tres palabras que comprendía. El hombre negro vestía saco oscuro, camisa blanca y corbata. Había guardado el sombrero en la parte destinada al equipaje de mano. Traía zapatos relucientes. Era cordial sin hacer esfuerzos por mostrarse gentil. Sonreía en un país donde las personas no le sonríen a los desconocidos, y yo, novato en la materia, tomaba la seudo-sonrisa como Buen día, ¿cómo le va? Bien, gracias, ¿qué tal un poco de charla para acortar
el  viaje? Aldinha, quien me había dado algunas clases de inglés en Belo Horizonte, a fin de prepararme para el día a día profesional en tierra extranjera, decía que yo tenía un acento francés en inglés. No tenía acento portugués. Debía tener acento francés en inglés. Durante los años de juventud había preparado mi aparato fonador -pulmones, bronquios, tráquea y laringe- para adecuarse a las ridículas exigencias de perseverantes y exigentes profesores de francés. Mi segunda lengua. No sería un chasquido de los dedos lo que iría a deshacer todo aquello y reorganizar los  mecanismos para nuevos sonidos. Mi tercera lengua. No sería de repente que mis oídos, entrenados para escuchar la música arrebatadora de la lengua de Pigalle, absorberían con placer los sonidos masculinos e hirientes del inglés norteamericano del que Janis Joplin sería su mejor ejemplo. No era un autómata y mucho menos hecho de hierro. Siempre fui una persona
sensible. Hipersensible. El Sr. sensibilidad en carne y hueso. Tengo el nervio simpático a flor de piel. De ahí mi hipertensión, me asegura el competente cardiólogo. No me hacía entender en mi broken english, y el negro perdía la paciencia con el inoportuno vecino de asiento. Varías veces percibí que fingía dormir apoyado en la ventanilla. Fingía, repito. El ronquido de sus labios carnosos, dientes blancos y buenos, espantaba las palabras del vecino que lo asediaba, como los habitantes de Nueva Orleans espantaban durante la noche a los mosquitos con chorros de spray. Nunca había visto tantos mosquitos al caer la tarde. Aún no había pisado las islas alrededor de Angra dos Reis. Los mosquitos llegaban a montones, como los pájaros negros del film de Alfred Hitchcock. Miraban y vigilaban. Atacarían en cualquier momento. Aturdían por la cantidad, zumbido e insistencia. No desistían. Permanecían a la espera de cualquier movimiento en falso
de la ventana o la puerta. Cuando se desvanecía el hedor del flit, a la menor señal de luz en las rendijas, se sumergían en enjambre sobre la víctima que se resguardaba en el interior de la casa. Tengo la piel sensible. No sabía que era tan sensible. Desperté con enormes y abultadas manchas rojas desparramadas por el rostro y el cuerpo.  Mis anfitriones tuvieron que improvisar un cortinado de hilo para la noche. La gente olvida que Nueva Orleans es una estrecha faja de tierra situada entre el lago Pontchartrain y la desembocadura del Mississipi. Es una isla cercada de pantanos. Lodazales prolíferos, designados con nombre indígena, afrancesado por los viejos colonizadores de la región -Bayous. Allí se producen generaciones sucesivas de mosquitos y los más divinos frutos de lodo que irán a enriquecer los suculentos y pastosos platos empimentados de Louisiana, algunos con quiabo o couve como ingredientes. Cuisine creole, cocina bahiana: gumbo,
pompano en papillote, camarón jambalaya, gallina criolla. ¡Una delicia! Apenas iniciado el viaje de vuelta (había ido en avión) descubrí de manera bien concreta que la ciudad era una isla cercada de pantanos. El descubrimiento se dio cuando el ómnibus recorría un gran puente, si es que se puede llamar puente a una autopista de concreto que es construida encima de un terreno pantanoso. No tengo idea de la extensión del puente. No sé a qué distancia de Báton Rouge (primera parada del ómnibus) termina el puente. Cuando viajamos por tierra, y en tanto estamos despiertos, tendemos a alargar las distancias. Cuando dormimos una siesta, es como que saltamos con el avión de una ciudad a otra. Despertamos sorprendidos. Tan rápido es el viaje, ¡mi Dios! El sueño nos chupa del ómnibus hacia las velocidades de las aspas de la hélice, haciéndonos viajar por los aires. Nos saca los pies de la tierra y nos libera de la lenta tracción de las ruedas.
El viaje fue largo. No conseguía conversar con el compañero de asiento. No conseguía dormirme. El broken english justificaba la falta de diálogo en el clima cordial y unas placas con dichos repetidos y sinónimos, leídas en  la Estación Terminal de Báton Rouge, irritaban la imaginación frustrada, dejándome despierto e inquieto. Silencio e inquietud, he ahí el clima. Aquellos carteles aparecieron por primera vez en la estación terminal de Baton Rouge. Allí el ómnibus hizo la primera de una serie de paradas. Más que para alimentarnos, la parada era necesaria porque en aquella época los ómnibus de Greyhound no tenían baños. Los pasajeros que descendían lo hacían porque habían llegado a destino, o descendían para usar el baño de la estación. Había bebido mucha agua mineral debido a la exagerada calefacción. Descendí en Baton Rouge. Busqué como un espía en terreno enemigo, el lugar del baño. Soterradamente. Había cuatro
puertas de entrada para el baño. Descubrí. Dos y dos. Uno de los conjuntos de dos quedaba al lado de un bar limpio, aderezado de metales brillantes, y el otro conjunto, al lado de algo así como un tugurio sin importancia.  Las dos primeras puertas  estaban  rematadas, respectivamente, por las indicaciones Gentlemen y Ladies; las otras dos estaban rematadas, respectivamente, por las indicaciones Men y Women. Observé los dos conjuntos y fingí que no entendía. ¿Habré fingido para mí? ¿O sólo para el grupo de compañeros de ómnibus? ¿No habré entendido la diferencia entre las indicaciones? Opté por el baño de los Men y como podía haber optado por el de los Gentlemen. ¿Me estarían dando una libertad de elección que ahora me atribuyo? O sería que ya adivinaba, como Gary Cooper en el filme High Noon, lo que pasaría poco después, al mediodía azul y caliente de enero, en la ciudad de Forth Worth. En tierra extranjera, son muchas las
trampas que los pistoleros del Bien arman contra los intrusos del Mal. Mi palma, mi alma. En el baño en el que entré sólo había mulatos y negros. Observé. La memoria me confirmó que también eran mayoría en el ómnibus. No fue por accidente que me tocó viajar al lado de un negro. Si no era él, habría sido otro. Yo era el único de piel clara dentro del baño, dentro del ómnibus. La clase media se transportaba por las alas de Pan American, o en su propio y confortable auto. Los negros y los white trash viajaban en Greyhound. John Steinbeck y la novela De ratones y hombres no me salían de la cabeza. Me había transportado en avión en el viaje de ida. Había decidido tomar el ómnibus en el viaje de vuelta. Soporté el viaje largo, larguísimo, para conocer de cerca el paisaje y los seres humanos que conocía de lejos en las pantallas del cine. No me sentí vigilado en el baño. No era tan sanguíneo como lo soy hoy en día. La edad tornó la
piel de mi rostro más cobriza. Había pasado una temporada en Río de Janeiro, adoraba la playa de Copacabana, y después fui a trabajar en Albuquerque, donde el clima era desértico y el sol brillaba el día entero e intensamente. Hacía un frío de cortar la noche. Conservé la piel del rostro quemada. Conservé el bronceado carioca. Todo eso para decir que era blanco, pero no caucásico -para usar la palabra de que se valen los gringos. Tenía el cabello negro, tupido y largo, medio enrulado, la barba cerrada. Podría, cuanto mucho, dar la imagen de un black irish, expresión que aprendí años más tarde al leer, en las revistas de chismes, perfiles y descripciones físicas de Richard Burton. Había nacido en la Irlanda católica y no en la protestante. Eso escribieron después de su casamiento con Elizabeth Taylor. Debo haber sido tomado por un black irish en el baño de los negros. Al regresar reparé en que los dos bares tenían,
respectivamente, clientes blancos y clientes negros. De reojo redescubrí la segregación, que había descubierto en los colectivos de Nueva Orleans, donde los negros tenían que viajar de pie. Como dijo Malcom X algunos años después: "Ustedes segregaron, ahora es mi turno para segregar". Sobre el pantano fértil y los campos petrolíferos de la civilización del sur la rabia mutua construía un puente de convivencia entre blancos y negros. Antes hubo esclavismo en las plantaciones de algodón y de caña de azúcar, ahora predominaba el martillar monótono de las torres de extracción de petróleo. Caen como guantes en mi imaginación las parejas de policías en los filmes de acción. ¿Qué sería de Wesley Snipes y de tantos otros actores negros si no hubiese en el pasado dos baños al lado de otros dos en las estaciones terminales del sur del país? En el asiento delantero del radio patrulla, PM blanco al lado del PM negro. ¿Qué sería del
detective Mel Gibson sin su compañero negro? ¿Arma mortal se habría convertido en una serie de lucrativos filmes mortíferos? ¿Qué sería de las series que la NET exhibe, donde las comedias sitcom para blancos de la Sony y de la Warner conviven lado a lado con las comedias sitcom para negros de las mismas productoras? Quedarse afuera significa la exclusión total del sistema. La verdadera marginalidad. Hay un sistema dual donde cada uno tiene que acomodarse por su propia cuenta, responsabilidad y riesgo. El grado cero de la ciudadanía de primera y segunda clase. Yo debía acomodarme. ¿Mel Gibson o Morgan Freeman en la lucha por sobrevivir en la tierra de los cowboys del viejo oeste? ¿Por qué fui a entrar en el baño de los Men? ¿Estaría definiendo y sellando mi destino de extranjero en los Estados Unidos? ¿Me estaría ajustando para siempre en una minoría, en varias y diferentes minorías? Los baños. ¿Fue a causa de las cuatro puertas del
baño que traje a cuento, en el intento de conversar con mi vecino, la cuestión de la experiencia negra en los Estados Unidos? ¿O fue debido a la coexistencia,  en una  estación, de dos bares con clientelas restrictas? La lucha de la hamburguesa contra la gallina deep fried. Comida aséptica contra comida con grasa. Baño aséptico contra el baño infectado de gérmenes. Recuerdo que no era específico en las preguntas a mi vecino. Contaba generalidades. Razonamiento de alguien que había visto mucho cine de Hollywood, que leía diarios brasileños y franceses y novelas americanas traducidas. Hablé de una película, Pinky, que me había impresionado mucho en los tiempos del cineclub. Una joven linda, si no me equivoco, interpretada por Debra Paget, era blanca, pasaba por blanca. Ella se traicionaba al mostrar las uñas de los dedos. Eran de color rosa. ¡Pinky! ¡Negra trasvestida! La actriz no era Debra Paget. Estoy mezclando los films. Debra
Paget trabajó en la película The Broken Arrow, al lado de Jeff Chandler, que hacía el papel de indio. El film provocó escándalo en la época porque por primera vez un indio besaba en la boca a una blanca. Desde 1934 el Código de Producción del Cine decía claramente: "Miscigenation is forbidden". Me estoy perdiendo en el viaje de la narración y olvidando el punto neurálgico de la historia. El ómnibus paró en algunas otras estaciones antes de llegar a Forth Worth. Cada tres horas. Descendían pasaieros, otros subían. Los  pasajeros del ómnibus ganaban nuevas coloraciones. Descendían los negros en su mayoría esbeltos, vestidos de saco y corbata; subían mexicanos, gordotes, que eran  llamados  chicanos.  Caras redondas de indios, cabellos negros y lacios, barba crecida, todos vestidos de pantalón y campera de jeans, una especie de uniforme de tropa de asalto. El negro viajaba solo. ¿Individualistas? Los chicanos viajaban en grupo
¿Gregarios? El silencio del ambiente fue apedreado por el sonido de palabras y risotadas. Estaba en territorio texano frente a frente con los golondrina. Wet backs (espaldas mojadas producto de la travesía nocturna y clandestina del Río Grande) que  viajaban de empleo en empleo, como los antiguos vendedores viajantes viajaban de ciudad en ciudad. Descendí algunas otras veces para usar el baño. En todas las estaciones el mismo sistema dual para la alimentación y la higiene. En los baños habían añadido otras dos palabras. Debajo de Men e Women, bajo la forma de leyenda, estaban las respectivas traducciones en español: Hombres y Mujeres. Los pasajeros no podían tener dudas. Habíamos dejado el aristocrático espíritu galo de Louisiana y entrado en el amexicanado comportamiento cowboy de Texas. Llegamos a Fort Worth. Los alrededores de la ciudad indicaban prosperidad. La alta calidad del pavimento de la autopista era evidente, aun ante ojos
legos como los míos. Al fondo de la planicie que se distinguía desde la ventana del ómnibus estaba la suntuosa Dallas, que sería famosa años más tarde por la serie de televisión. Ya era codiciada por los nuevos ricos en virtud de las tiendas de departamentos que rivalizaban entre si como las Macy's y Bloomingdale's de Nueva York. Los antiguos cowboys y los nuevos señores del petróleo nadaban en dinero. Descendí para usar el baño. La estación era moderna y amplia. Bien diferente de las anteriores. Ya adivinan  mi  decisión.  Estaba cansado, quería un buen plato de comida. De la cocina creóle a la cocina texana, de una vez. Los dos bares disponibles no me tentaron. Pasé por el puesto de informaciones y vi que podía usar el español que había aprendido en las clases del profesor José Carlos. Pregunté si podía permanecer en la ciudad por algunas horas y tomar más tarde, con el mismo pasaje, un ómnibus para Albuquerque. La respuesta
fue positiva. Decidí quedarme. Almorzaría en un buen restaurante de la ciudad. Tomé un taxi. Le pedí consejo al taxista. Sugirió y me llevó a la dirección convenida. No recuerdo el nombre del restaurante ni la dirección. Sería demasiado que los recordase hoy luego de haberlos cicatrizado por tantos años. El restaurante era chic e imaginaba que podría saborear tranquilamente un T-bone steak o las famosas ribs de Texas. Opté mentalmente por las costillas de cordero. Tenían cordero en el menú fijado en la puerta del establecimiento. Tanto mejor. Escogí una mesa y me senté. Esperé al mozo. Esperé. Esperé. Los mozos no pasaban por mi mesa. No recibí el menú ni me ofrecieron el tradicional vaso de agua helada. Hice señales, inútilmente. Atendían todas las otras mesas. Esperé diez, quince minutos. En vano. Esperé media hora. De eso me acuerdo bien. El dolor no se reconoció como herida, por eso debe haber sido tan rápida la
cicatrización. Me levanté y salí del restaurante. ¿Cuántos ojos me siguieron hasta la puerta? No lo sé. Estaba de espaldas.