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miércoles, 1 de agosto de 2012

El disfraz


Juan José Hernández (Argentina)
El domingo pasado, al mirar por un postigo entreabierto del balcón, vi detenerse un coche de alquiler enfrente del hotel Los Paraísos. Una mujer bajó del coche: llevaba un vestido celeste y una valija de cuero en la mano. Cuando la reconocí, por poco me desmayo de alegría. ¡Era la Delfina, mí querida Delfina!
Habían transcurrido dos años desde que la ingrata se fue con esa compañía de revistas de mala fama que por entonces daba funciones en un teatro del centro de la ciudad. La Delfina, lo recuerdo, andaba ensoberbecida, todo porque salió elegida Reina del Sindicato de Costureras, aquel maldito baile de carnaval. A decir verdad, estaba preciosa con su disfraz de Noche. Yo misma le ayudé a pegar las lentejuelas, las estrellas de papel plateado, la media luna del sombrero. Era mi amiga, la única de la Sucursal que no tenía vergüenza de salir conmigo a la calle. Por eso me regocijé cuando la coronaron. Imaginaba la rabia que tendrían las demás empleadas, sobre todo la Claudia, esa italiana falsa que se cree una belleza (ella fue quien me tocó y me puso en evidencia: la aborrezco). La Delfina será morocha, delgada; tendrá los dientes separados, pero ni punto de comparación con la Claudia, que siempre me pareció el colmo de la ordinariez. Yo, por
supuesto, no fui al baile y me quedé sentada en el balcón hasta muy tarde.
Mi padre, cuando vivía, tuvo la feliz ocurrencia de hacerme esta silla desde la cual puedo mirar la calle sin fatigarme demasiado. Me hubiera pasado la vida en el balcón, pero mi padre murió y debí resignarme a trabajar en la Sucursal. Con todo fue una suerte que la Delfina ocupara un cuarto en el hotel Los Paraísos, justo en la esquina de mi casa. Por las mañanas pasaba a buscarme. Tomábamos el tranvía 26.
Recuerdo esas mañanas como las más felices de mi vida. La Delfina me cedía el asiento de la ventanilla, me hablaba de su novio, de las actrices de cine que admiraba, de la novela que leía por las noches. Yo le prestaba libros y revistas. Aunque nunca fui a la escuela, tengo instrucción. Yo sola, por mis propios medios, aprendí a leer. Mi padre me regaló una Biblia; sé de memoria algunos proverbios. Pero mis dones de clarividencia y de sabiduría no provienen de esa fuente. Mi raza, en otras épocas, disfrutó del apoyo de los poderosos, fuimos favoritos de príncipes; la corte celebraba y temía nuestra lengua brillante y venenosa: lo leí en el tomo de la Enciclopedia Ilustrada que compré con el último aguinaldo, la Delfina, a pesar de su cabeza de pajarito, adivinó mi superioridad, me hizo su confidente. Quería que viviéramos juntas. Yo me negué. Después de la muerte de mi padre decidí aislarme del mundo y de los ultrajes que
necesariamente debo soportar cuando salgo a la calle. Pensé que iba a recibir una pensión del Estado, pero, según las leyes, no me corresponde. Tuve, por lo tanto, que aceptar el empleo en la Sucursal. Al principio sufría; las empleadas no me quitaban los ojos de encima, pero en general creo que mi aspecto las volvía serias, las desconcertaba. Sólo la Claudia, esa italiana odiosa, se atrevió a tocarme. Dijo que le traería suerte. Me puse roja de vergüenza. La hubiera matado.
No podía soportar que nadie viviese a mi lado. Soy de carácter irritable, he nacido bajo el signo de Saturno. A veces, cuando vuelvo del trabajo, me siento en la hamaca del patio y digo malas palabras hasta calmarme. El loro que perteneció a mi padre las escucha y aprende a repetirlas. Antes solía entonar La Cumparsita; también silbaba los primeros compases del Himno Nacional. Ahora insulta, maldice. Eso me divierte.
Debo confesar que nunca sentí cariño por mi padre. A mi madre no la conocí. Murió al darme a luz. Supongo que tendría los ojos sombreados y un poco saltones, como los míos. Mi padre, al enviudar, trajo a una mulata del Litoral para que se ocupara de las tareas de la casa, la Mercedes, así se llamaba, acostumbraba a frotarme con ungüentos preparados por una curandera coprovinciana suya y medio bruja; la misma que fabricó el amuleto que habría de convertirme en una persona común. No quiero cambiar; pertenezco a un linaje muy antiguo, lo repito, cuya inteligencia y astucia han llegado a ser proverbiales. Si bien es cierto que en estos tiempos desprovistos de imaginación sufrimos postergados en circos y parques de diversiones, yo tengo el orgullo de ser una excepción. Gracias a mi puntualidad, a mi discreción, a mis hábiles y refinadas sumisiones, pronto seré nombrada Jefa de la Sección Ojales. Entonces tomaré medidas contra la Claudia.
Una noche (mi padre estaba muerto) descubrí que la Mercedes tenía relaciones con un hombre en el cuarto del fondo. Espié por los visillos de mi dormitorio: vi al hombre que cruzaba el patio en dirección a la puerta de calle. Odié a la Mercedes con toda mi alma. Al otro día le dije que no me alcanzaba el dinero, que debía arreglármelas sin ella. La despedí. Fue una suerte que se marchara; ahorro dinero, casi no como; me basta un puñado de arroz y un pedazo de pan para vivir. Compro libros que me interesan, miro por el balcón. Ayer, casualmente, volví a ver al amante de la Mercedes. Es moreno y rizado; parece un turco. Pasó en su carro de bebidas gaseosas. 
La única persona que ocupaba mi recuerdo, mi nostalgia, era la Delfina. Por eso, el domingo, cuando bajó del coche y entró al hotel Los Paraísos, mi primer impulso fue correr a su encuentro y abrazarla. Pero reflexioné: es ella quien debe venir a visitarme, se portó mal conmigo, no me escribió a pesar del dinero que le presté antes de que se marchara a Buenos Aires. 
La verdad es que la Delfina fue un poco falsa en aquella oportunidad. Me ocultó en un principio el vergonzoso carácter de su compañía de revistas. ¿Mintió porque no quería escandalizarme? Dijo que Androcles, el empresario, trataba de formar un conjunto de bailes regionales y que a ella la contrataban por su tipo de criolla. Yo, que estaba enterada de todo, me enfurecí. Le dije, llorando, que corría hacia su perdición, que se arrepentiría de abandonarme. La Delfina, emocionada, me tomó entre sus brazos, me secó las lágrimas con su pañuelo. Entonces me contó sus verdaderas intenciones: lo de Beldades de Medianoche no era de su agrado pero, a falta de algo mejor, aprovechaba esa oportunidad para salir de la provincia. No iba a pasarse la vida encerrada en la Sucursal. Triunfaría. La Claudia, dijo, quedaría retorcida de envidia. Estas últimas palabras me convencieron. Sin vacilar le presté mis ahorros. Jamás olvidaré que la Claudia me
tocó la espalda, que me puso en ridículo. Deseo verla muerta. 
Recuerdo que acompañé a la Delfina a la estación la mañana de su partida. En el andén conocí a Androcles, un hombrecito autoritario, pálido, que fumaba innumerables cigarrillos negros. Las otras chicas de la compañía me parecieron unas descaradas. La Delfina, que prometió escribirme, me dejó de recuerdo la maravillosa capa de su disfraz de Noche. Yo sentía que, al irse ella, quedaba a merced del odio de las demás empleadas de la Sucursal. Durante los dos años que duró su ausencia, sólo recibí una fotografía que guardo en mi mesa de luz. La Delfina, más bonita que nunca, caracterizada de beldad oriental o de Cleopatra, lleva una curiosa diadema de serpientes enlazadas en forma de corazones. Sus pechos desnudos y pequeños asoman entre los collares de perlas; a través de la muselina se adivina el vientre, la clásica penumbra del ombligo. Al pie del retrato la firma, sin ninguna dedicatoria: Delfina Coronel, y la fecha. Sufrí mucho por
esa muestra de frialdad. Pudo haber agregado algo cariñoso. Después de todo, fui su única confidente; le presté dinero. 
No puedo ocultar la decepción que me produjo el encuentro con la Delfina. Yo terminaba de lavarme la cabeza; tenía el pelo húmedo y suelto, me cubría la espalda. (Sé que mi cabellera es espléndida; una vez por semana la enjuago con raíces de caña tacuara; eso la fortalece. También mis piernas, aunque delgadas, son perfectas; las he mirado largamente, hasta el arrobamiento.) Cuando abrí la puerta de calle simulé una gran indiferencia. La Delfina me abrazó, dijo que me había escrito: "Te lo juro, querida", se disculpó, "el correo debió de extraviar las cartas". Me acompañó al dormitorio, donde acabé de secarme el pelo. La ingrata, recostada en mi cama, encendió un cigarrillo. Miré por el espejo su hermoso cuerpo esbelto y me ruboricé al recordar los entusiasmos que me asaltan por las noches mientras contemplo su fotografía. Traté de parecer natural, de sonreír. Temía que la Delfina descubriera mi secreto, que lo leyera en mi cara.
Le pregunté si había venido por mucho tiempo. "Una semana apenas", me contestó. "Vine a buscar una cocinera para el negocio de mi marido." Sentí que el suelo cedía bajo mis pies, empalidecí. La Delfina, que advirtió mi turbación, dijo: "¿No sabías que estoy casada? Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, Androcles me propuso matrimonio. Acepté con la condición de que abandonara para siempre la compañía de revistas. Deseo un hogar decente. Androcles, que había ganado dinero en las carreras, compró la llave de un restaurante, y como quiere especializarse en comidas del norte, me encargó que le buscara una cocinera". "Pero yo recibí una fotografía", murmuré con voz atribulada; "llevabas, creo, collares de perlas, un disfraz oriental." La Delfina sonrió con malicia: "Recuerdo esa fotografía. La sacó Androcles en un cuarto del hotel donde vivíamos. Tiene la manía de los desnudos artísticos. A veces le sirvo de modelo para su
colección. No me atreví a enviarte uno de esos retratos. A pesar del antifaz me hubieras reconocido. No hagas ese gesto, querida. El hobby de Androcles es bastante inocente", dijo. Después la Delfina me preguntó si continuaba trabajando en la Sucursal. Le dije que a fin de mes iban a nombrarme Jefa de la Sección Ojales. Pero la Delfina no prestaba atención a mis palabras: era feliz con su Androcles, con el departamento recién comprado en un suburbio de la capital. Esas habían sido, en el fondo, sus verdaderas intenciones; para eso me pidió dinero, la farsante. Súbitamente me sentí herida, traicionada. Hice un esfuerzo para no arrojarme sobre ella y golpearle la cara. Le hubiera gritado: ¡Canalla, haciendo porquerías con Androcles y con otros! ¡Porque hay otros, muchos otros! ¿Quiénes son? ¿Quiénes? Sólo atiné a decirle: "Me duele la cabeza. Me siento afiebrada. Mañana o pasado hablaremos. Perdóname".
Cuando la Delfina se fue rompí la fotografía y arrojé los pedazos a la basura. Después, encerrada en mi dormitorio, escupí sobre el espejo del ropero, me rasguñé la cara, lloré amargamente. La idea de que la Delfina posaba desnuda para satisfacer los impúdicos gustos de su marido lastimaba mi delicadeza. Preparé tilo, ensayé distraerme con la lectura de la Enciclopedia Ilustrada, pero la misma idea volvió a atormentarme. Cerré los ojos: una imagen, insoportable me cortó la respiración: la Delfina estaba acostada en mi propia cama, con el vendedor de bebidas gaseosas (aquel que descubrí saliendo del cuarto de la Mercedes y que parece un turco). Sentí que la imagen de esos dos cuerpos no me abandonaría nunca; que yo estaba condenada a no conocer el amor sino a través de uno de ellos: yo era el vendedor de bebidas gaseosas y tenía en mis brazos a la Delfina; o bien, yo era la Delfina y estaba en brazos del vendedor. Abrí los ojos,
aterrorizada. Los dedos de mis manos empezaron a torcerse, echaba espuma por la boca. Grité.
Si yo fuera una persona vulgar me habría suicidado. El sábado, la Delfina tomó el tren de la tarde, volvió junto a Androcles, su marido. Antes de marcharse a la estación pasó por mi casa y me devolvió el dinero que le había prestado (lo dejó en un sobre que deslizó por debajo de la puerta de calle). Golpeó el llamador, golpeó las persianas del balcón: no tuve coraje para abrirle la puerta. Permanecí en mi cuarto, llorando, hasta que se marchó.
Ayer, para colmo de mis desgracias, me enteré de que la Claudia se casa con un telegrafista y abandona la Sucursal. Durante años soñé con el momento de ser ascendida a Jefa y vengarme de esa infeliz que me tocó la espalda. Las demás empleadas simularon (estaban muertas de envidia) alegría; le hicieron bromas, propusieron una colecta para el regalo de casamiento, discutieron el regalo; al fin se pusieron de acuerdo: le regalarían un ventilador Yo permanecí absorta en mi trabajo, tratando de no escuchar, pero las manos heladas, me temblaban de furia. Pedí permiso para retirarme una hora antes (es la primera vez que lo hago en cuatro años de trabajo). Volví a mi casa, compré nafta en el almacén de la esquina. Quería prenderme fuego, morir. La Delfina, pensaba, estará en este momento con su marido que la fotografía desnuda. Y yo, que consigo el ascenso a Jefa de la Sección Ojales, no podré vengarme de la Claudia. Mi vida no tiene objeto:
me consumen el insomnio y la pena. Me paso las noches devorada por visiones repugnantes, alucinada entre el deleite y el horror. Esto no puede continuar. Pero algo en mí se aferra a la vida tenazmente como una cucaracha que trepa por la pared con la mitad del cuerpo reventado. Mientras miraba por el balcón, vi al vendedor de bebidas gaseosas que bajaba como un mono gigante de su carro, llevando sobre los hombros un cajón de botellas de naranjada. Una idea me iluminó. Olvidé al instante mis pensamientos sombríos y lo llamé con un chistido. El hombre se acercó al balcón. Tiene la barba tupida y algunas cicatrices de viruela en las mejillas. Los ojos son oblicuos, retintos; el cuerpo es ágil, vigoroso. Me bastó una mirada para saber que es una persona inofensiva, de mentalidad simple, y que no me sera difícil hacerlo representar su papel de acuerdo con mis planes. Le dije que tenía un mensaje de la Mercedes, que si podía, una vez terminado el
reparto, pasara un momento por mi casa. El hombre no pareció sorprenderse; mostró sus dientes manchados de nicotina y me dijo: "Bueno, mañana daré una vuelta por aquí, a la siesta, a eso de las tres". 
Estoy sentada en mi cuarto esperando al vendedor de bebidas gaseosas. He cerrado las puertas que dan al patio; la casa está a oscuras; hace calor. Los jazmines del florero exhalan un perfume parecido al vértigo; aunque marchitos, huelen de una manera intensa y melancólica; sugieren la noche, el deseo ofrecido al olvido, a la desdicha. No estoy acostumbrada al alcohol; el vino me ha mareado. Sé que esta es la única oportunidad que tengo para conjurar la visión que me persigue desde la última vez que vi a la Delfina. A fuerza de irrealidad conseguiré saciarme. Tendré el sueño, la paz. Por momentos la idea de un fracaso me estremece: supongamos que la alucinación me rechace, ¿tendré que soportar la violencia de un cuerpo que detesto mientras la Delfina escapa de mí para siempre? Necesito ser astuta y asegurarme el triunfo. He sacado del ropero la capa del disfraz de Noche que me regaló la Delfina y que guardo como un tesoro. Aún recuerdo
cuando la coronaron reina en aquel baile de carnaval, hace dos años. Yo le ayudé a pegar las estrellas y las lentejuelas del vestido. Me pongo la capa brillante, suelto mi cabellera que me cae más abajo de la cintura; me contemplo en el espejo. La imagen me sobresalta de admiración. Parezco un insecto suntuoso de ojos saltones y piernas delicadas. Pero abandono el espejo y ensayo repetirme en voz baja: "Me llamo Delfina, Delfina Coronel". Súbitamente cruza por mi imaginación la idea de que el vendedor de bebidas gaseosas pueda negarse a participar del juego. Quizá mi aspecto le desagrade, quizás eche a correr. Vuelvo a mirarme y me tranquilizo: estoy hermosa; la capa y los cabellos revueltos disimulan mi espalda. Si el hombre se resiste le ofreceré dinero, le diré que soy virgen para excitarlo. Después de todo, la Mercedes era casi una vieja y no tenía piernas tan bonitas como las mías. El alcohol me marea, tengo hipo. El perfume de los
jazmines me exalta y me llena la boca de palabras obscenas. Soy los jazmines, soy la noche. ¡Brillo, camino, arrastro por el cuarto una cola de seducciones, de dulces inmundicias! Han llamado a la puerta de calle. Mientras cruzo el zaguán me repito incansable: "Soy la Delfina. Soy Delfina Coronel".