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lunes, 6 de agosto de 2012

El pianista holandés


Andrés Neuman (Argentina)
A Erika

Recuerdo que llovía. No digo que mucho. Unas gotas.
Mientras subíamos la cuesta el aire se enfriaba, porque en esta ciudad, no sé por qué, hace más frío en verano. El mirador ofrecía en bandeja los tejados. Atardecía. Las nubes de colores violentos nos parecieron témperas volcadas.
Mezcladas con la llovizna, las ondas de un sonido nos detuvieron: era un piano. Provenía de una de las casas, al pie del mirador. Nos acercamos corriendo al umbral. Durante un rato escuchamos la espléndida, triste melodía de aquel piano. De repente hubo una pausa, un carraspeo agrio, silencio. Después la melodía se reanudó. Ella y yo nos miramos intrigados. No sabíamos que por allí viviera ningún pianista. Sentados en el umbral, nos intercambiábamos hipótesis en voz baja: Es un estudiante de conservatorio; no, una profesora aburrida; un concertista ensayando; mejor que eso, un compositor viudo. Nos reímos a carcajadas, pero callamos de inmediato al notar que el piano había enmudecido. Esperamos, inmóviles. La música siguió. ¿Quién escuchaba a quién?
Nos pusimos en pie. Volvimos a mirarnos. Como no nos atrevimos a besarnos, alguno de los dos golpeó tímidamente el portón de madera. Un nuevo carraspeo interrumpió el fluir del piano. Unos pasos. El portón se desplazó, lento como la noche que empezaba a caer. Tuvimos miedo.
Y ahí estaba él, ojeroso, envuelto en una bata gris.
Nos miró sin sorpresa. Haciéndome el gracioso para espantar el susto o para impresionarla a ella, me incliné y dije: Buenas noches, señor, venimos a hacer de público. Ah, contestó él. Y, como si no hubiera quedado otro remedio, se movió para dejarnos entrar en su casa. Glink, me llamo Marcel Glink, nos dijo mientras el portón se cerraba. De todas formas..., murmuró sin terminar la frase.
Glink regresó al piano. Ella y yo dedujimos que debíamos colocarnos en el único hueco que quedaba en el sofá invadido de libros, ropa arrugada y partituras. La habitación era un desorden estático: daba la impresión de que las cosas, alguna vez dejadas por azar, habían permanecido durante años en el mismo lugar. Colgada encima del piano había una reproducción del Guernica. A su lado, una foto del canal de Amsterdam: más joven y con aspecto saludable, abrazando a una mujer rubia, Glink sonreía a la cámara. Alrededor de una mesita de cristal vimos decenas de latas de cerveza volcadas y un par de botellas de whisky. Aparcada junto a la biblioteca, absurda, había una motocicleta de color naranja. Sin pensar lo que hacía, me sorprendí guardándome en un bolsillo una de las tarjetas que había desparramadas entre los papeles del sofá. En ese momento noté sobresaltado que, a nuestros pies, alguien nos olisqueaba. Entonces Glink dijo: Es ciega.
Seis años, perra ciega. Y, sin esperar a que contestáramos, se volvió hacia la partitura y retrocedió una página. Yo toco, anunció con voz grave, última pieza antes de morir. Ella y yo nos miramos entre incrédulos y alarmados. Pero el rictus de Glink no era el de un hombre que bromeaba. Ni siquiera parecía demasiado interesado en hacerse entender. Se limitó a hablarnos una sola vez más: Fantasía de Schumann, después muero.
Dicho esto, dejó caer sus manos sobre el teclado. La música era noble, atormentada. Glink cerraba los ojos.
Fue a mitad de la interpretación cuando comprendimos que el pianista holandés no volvería a dirigirnos la palabra. Tocaba para él mismo apretando las mandíbulas, con los párpados translúcidos y la cabeza en péndulo, como si se anticipara una fracción de segundo a las notas que escuchábamos. Nosotros tratábamos de sonreír y darnos mutuamente la impresión de divertirnos. Unos minutos más tarde tuvimos la impresión de que la pieza estaba a punto de acabarse. La perra ciega pareció mirarnos, y nosotros miramos a los ojos blancos de la perra. Nos pusimos en pie al unísono, sin saber si lo más correcto sería formular alguna despedida o permanecer callados para no interrumpir. El pulso de la música aumentaba. El silencio, al final, fue lo más respetuoso que encontramos para Marcel Glink. La música se aceleraba cada vez más y, al mismo tiempo, iniciaba un fortissimo. Apresurándonos, tropezando casi con los muebles, abrimos nerviosamente
la puerta y dejamos allí a Glink con sus últimos acordes. No podría jurarlo, pero diría que, antes de que el portón terminara de cerrarse, en los labios del pianista se dibujó una débil sonrisa.
Echamos a correr cuesta abajo. Ella reía y buscaba mi mano. Yo quise reír también, pero no supe. Fantasía de Schumann, recordaba sin cesar con una voz que era de otro. El aire se iba helando entre las callejuelas. Descendimos, conversamos y nos separamos. Esa noche tampoco me atreví a besarla. Visto desde ahora, creo que aquel pudo ser el principio de esta larga soledad.
Todavía conservo, entre mis fetiches más queridos la tarjeta que robé aquella vez de entre los papeles del sofá:
Marcel Glink, 
PIANISTA

Me consuelo mirándola cuando pienso demasiado Schumann.