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lunes, 6 de agosto de 2012

Fiebre dental

Fiebre dental
José Jiménez Lozano (España)
Cuando comenzó a hacerse las extracciones para ponerse una prótesis dentaria, comenzó a descubrir realmente cada rincón de la pequeña clínica. Para animarle, el doctor le mostró otras prótesis para personas mucho mas jóvenes que él, y le explicó cosas sobre ellas o sobre los modelos o impresiones y el mecanismo dentario. Vio un muestrario de dientes, y también las deterioradas piezas que habían estado en su boca hasta un momento antes.
Le habló asimismo el doctor de las nuevas técnicas de implantación dentaria, le mostró radiografías de dientes y muelas, y un día le enseñó, además, una calavera con su dentadura perfecta y una sonrisa perfecta.
-Como si se encontrara a gusto -dijo la enfermera. 
Y rieron. Pero fue precisamente ese día cuando comenzó a sentir algo raro allí: en el aire de aquella pequeña consulta tan aséptica, tan blanca, con el brillo tan intenso de los instrumentos quirúrgicos, en medio de aquella amabilidad y solicitud tan extremas.
El doctor era un hombre de edad mediana y muy moreno, con el pelo muy negro, pero tenía los ojos muy azules y unas manos muy delicadas, con los dedos muy largos y muy finos, y, en un dedo de la mano izquierda, llevaba un anillo de oro con una piedra de lapislázuli; y las enfermeras que le ayudaban eran muy rubias, casi con el pelo color de llama, y muy alegres. Se movían muy silenciosamente y no hablaban apenas, sólo soltaban una risita de vez en cuando. Y, una de ellas, también de vez en cuando, desceñía un instante el cinturón de la bata del doctor y éste se alzaba un poco de hombros como para acomodarse algo.
-Es que de tanto estar agachado sobre el sillón... -decía la enfermera.
Y todos sonreían. Pero él notó que el doctor tenía como dos bultos a la altura de los omóplatos y que era como si la bata le oprimiera demasiado allí. Y, cuando antes de una de las extracciones tuvo unos días de fiebre, esos bultos del doctor aparecían en medio de ésta y veía que eran el arranque de unas alas, y la clínica era como un laboratorio donde se fabricaban sonrisas perfectas como la de la calavera, como para presentarse en el Día del Juicio Último. Así que, cuando contó luego la pesadilla en la consulta, el doctor y las enfermeras se rieron mucho. Pero el doctor dijo al final:
-¡Bueno! Lo que fabricamos es incorruptible. 
Y, al volverse un momento de espaldas, él vio bajo la bata un poco demasiado abierta no lo que eran
los bultos, sino, al comienzo de las piernas, como la punta de unas alas. Pero una de las enfermeras le advirtió que debía mirarse en el espejo, le preguntó si se encontraba satisfecho y le pidió que sonriera.
Lo hizo muy forzadamente, y la enfermera repitió el ruego:
-Como si se encontrase a gusto -dijo.
Pero él debía de tener todavía algo de fiebre.