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miércoles, 1 de agosto de 2012

La deuda


Danilo Kis (Serbia)

Después de unos «días horribles», esta mañana ha sobrevenido la calma. El doctor sabía que se trataba de una calma aparente y temporal, y que en el organismo del paciente se producen unos cambios que la ciencia misma desconoce, que dependen tanto de Dios como del complejo mecanismo de los órganos y de la psique. El enfermo estaba tumbado boca arriba, apenas recostado en unas almohadas; el monitor mostraba las pulsaciones regulares del corazón. Su cuerpo estaba conectado a los complicados instrumentos a través de tubos que, por una parte, indicaban en la pantalla el funcionamiento de los órganos y, por otra, lo alimentaban artificialmente, sustentaban las venas, intestinos, órganos respiratorios exhaustos. En la tranquilidad de la habitación luminosa y blanca sólo se oía el débil susurro de los aparatos y, de vez en cuando, el tintineo de las probetas, siempre que el paciente movía imperceptiblemente los miembros. El hombre clavó su vista
un momento en la botella que colgaba sobre su cabeza, la botella de la que goteaba un líquido que, a través de un tubo transparente, introducía en su cuerpo el fluido vital.
Tenía los ojos abiertos de par en par, un poco apagados y bizcos, como las personas que acaban de quitarse unas gafas que llevan constantemente. 
Fuera reinaba el silencio...
Las gotas caían con lentitud de la botella, se hinchaban, y luego se deslizaban precipitadamente en el tubo. En el mismo instante en que una corría a lo largo del conducto transparente hacia su organismo, empezaba a hincharse otra. El enfermo las observaba. Le servían como una especie de rosario que de pronto cruzó por su conciencia, por un recoveco de su conciencia, que el momento de su muerte se aproximaba. Tras él quedaba una vida, ni mejor ni peor que otras; había amado, sufrido, viajado, escrito. Muchos pensaban y escribían, sobre todo después de su octogésimo cumpleaños, que su vida había estado llena de trabajo y soledad, pero nadie sabía cuántos sacrificios le había costado ese trabajo, y hasta qué punto la soledad había sido tan forzada como salvadora. Recordaba «como a través de la niebla» (él, estilista pulcro, seguramente no hubiera utilizado esta figura) que en los últimos días había tenido crisis terribles, que había
luchado con todas sus fuerzas contra la muerte, que se había resistido, que se arrancaba los tubos de las venas, le escupía a la cara, que lloraba, que se había batido con el fantasma de la parca, invisible, pero presente, unas veces de pie al lado de su cama, otras en su interior, en sus intestinos, en sus pulmones, en su cerebro febril.
Pero, esa mañana, no se sabía ni cuándo ni cómo, había llegado la calma. Había aceptado lo inaceptable: que para él todo había terminado, que sus días, sus horas estaban contadas. Intentó hacer un balance de su vida, contemplar su existencia tal como los otros la veían y sonrió para sí mismo. Así que moriría después de haber llenado su vida de soledad, sacrificio y trabajo;.«Porque todos los esfuerzos de los hombres nos enseñan lo mismo, que el sentido de las obras humanas se halla en la Tierra: la ley, la moderación, el orden y el sacrificio. Y todo aquello grande y hermoso que ha sido creado, ha sido creado con sangre o sudor, y en silencio». ¿Quién había dicho esto? ¿Lo había leído en alguna parte o quizá lo había escrito él mismo antaño? Tan sólo en ese instante, el pensamiento le parecía si no consolador, al menos verdadero.
Se le ocurrió que sería hermoso tener ahora a su lado a una de esas personas nobles y sabias que había conocido en su vida: a Alaupovic o al señor Ivo Vojnovic... Durante toda su existencia no había conocido más que a dos o tres hombres tan sabios como ellos. Los demás eran como suele ser la mayoría de la gente: limitados y egoístas; sin el menor sentido de la belleza, intransigentes con los otros, incultos; gente guiada por los instintos y la ambición de amor y comida, honores y fama perecedera. Y cada vez que entraban en su vida, la dejaban en desorden, como cuando un ejército ocupa una ciudad.
Se miraba a sí mismo con los ojos de los otros y hacía el balance de su existencia tal como la veían ellos, los demás, los desconocidos: tras él dejaba sus obras completas, que recogían su biografía, su lenguaje, mezclados con la historia de su pueblo; eso les garantizaba lo que los hombres denominan inmortalidad. Aún había entre sus papeles unos libros seleccionados a conciencia y guardados en carpetas: poesías, diarios, notas. Los había purgado, eliminando de ellos cualquier cosa que pudiera comprometerlo a los ojos de la posteridad, cualquier vestigio personal, cualquier hecho privado, a fin de perdurar en la memoria de las futuras generaciones más como una abstracción, más como un escritor, que como un hombre de carne y hueso. Había en ese gesto suyo algo de amargo y de justo; ciertamente toda su existencia había transcurrido en el mundo de la ficción, en el mundo de los ideales platónicos, y cada una de sus incursiones en la vida
no le había acarreado más que tormentos y desgracias, aturdimiento y hastío. Cualquier decisión vital, fuera del mundo de las ideas puras, fuera del silencio y de la soledad, acababa hiriéndolo; cada una de sus acciones era un fracaso, cada encuentro con la gente, una derrota, cada éxito, un problema más; también había eliminado de esas páginas los nombres de unos y otros, todo ese universo efímero que sólo podía ensuciar su propio nombre: porque probar que un imbécil es imbécil es comprometedor.
Y entonces, de repente, como una descarga eléctrica, lo asaltó un pensamiento que traspasó su corazón: no había saldado sus deudas. No las espirituales sino las materiales. (Por lo que respecta a las espirituales, nadie se las había devuelto nunca a sus acreedores: a Dios, a su madre, a su lengua, a la patria). No, no eran esas deudas las que lo preocupaban, se las llevaría consigo al otro mundo (y si ese mundo existe, si hay alguna razón para que exista, será precisamente por eso: para que el hombre salde las cuentas con sus acreedores). Simplemente pensaba en las deudas que se pueden liquidar con dinero, aunque sea simbólicamente, como un saludo, un apretón de manos, ahora que la espera llegaba a su fin, que se aproximaba el momento de ajustar cuentas con el mundo. Debía repartir de manera inteligente la modesta asignación -doscientas coronas- que le enviaba la asociación croata Napredak y que llegaba todos los meses, puntualmente (un
verdadero milagro en estos tiempos turbulentos, mérito este que debemos reconocer, a pesar de lo que piense la gente, a las instituciones de la monarquía austrohúngara); tenía que distribuir sabiamente el dinero para que todos recibieran una parte y no le faltara a nadie. 
Miraba las gotas inflarse en la botella encima de su cabeza, y las contaba, una a una, como se cuentan monedas de oro o se desgranan las cuentas de un rosario:

A Ivan Matkovsek, Wachtmeister, que me abrió los ojos a los paisajes, como un soldado aprende a reconocer el terreno en un mapa; dos coronas.
A Ajkuna Hreljic, que fue la primera en llevarme de la mano al otro lado del puente; dos coronas.
A Ana Matkovsek, que me enseñó el lenguaje de las flores y de las plantas; dos coronas.
A Draginja Trifkovic, maestra, que me enseñó las primeras letras; dos coronas.
A Idriz Azizovic, el Árabe, porque me ensenó a escuchar la voz humana, que puede ser un instrumento; dos coronas.
A Ljubomir Popovic, que me enseñó la bondad, porque no basta con ser bueno de corazón; la bondad se aprende como el abecedario; dos coronas.
A Milan Gavrilovic, que me dio lecciones de camaradería, porque la camaradería también se aprende como un idioma extranjero; dos coronas.
A Ratko Bogdanovic, que me enseñó que la camaradería no es suficiente, porque la camaradería también puede ser egoísmo; dos coronas.
A Jovan Vasic, maestro, que me alentó cuando me hizo falta coraje para encauzarme hacia la literatura; dos coronas.
A Tugomir Alaupovic, que ha velado por mi alma y mi cuerpo como sí de los suyos se tratara; dos coronas.
A Mijo Poljak, profesor, que me posibilitó leer en alemán, lo que durante toda mi vida me ha resultado muy útil, amén de una diversión espiritual; dos coronas.
A Dimitrij Mitrinovic, que me reveló que fuera de estas desdichadas aldeas existen otros mundos mejores y más felices- dos coronas.
A Vladímir Gacinovié, que me descubrió aquella parte del mundo y del alma que se parece al lado oscuro de la luna; dos coronas.
A Bogdan Zerajic, que me envenenó con la duda sobre el valor de la palabras; desde entonces las miro con desconfianza y las sopeso una por una como monedas de oro; dos coronas.
A Faníka y Evgeníja Gojmerac, que me envenenaron con música y amor; y la música y el amor son como hermanas gemelas cogidas de la mano... una toca la Polonesa de Chopin, y la otra con sus canciones, con sus cartas, atiza en mí el fuego sagrado del amor. Porque al principio era amor; cuatro coronas.

La gota de la botella descendía y en su lugar, otra empezaba a formarse, que así sea, pensó él, puesto que son dos personas, una cuenta de rosario para cada una, un pensamiento para cada una.

A Milán Resetar, Jozef Jiricek, Wilhelm Jeruzalem, Oskar Evald, Jozef Klem, mis profesores, porque me enseñaron que el saber lo es todo y que la ignorancia engendra el fanatismo y las tinieblas del alma; diez coronas.
Al doctor Oskar Aleksander, laringólogo de Ilica, que me operó de la garganta, después de explicarme el sentido de la intervención y porque me curó no como a una oveja, sino como a un ser humano; dos coronas.
Al camarero del Salón Verde de Cracovia, que me servía las infusiones como a mi me gustaban y como requería mi salud, haciéndolo, sin embargo, con una sonrisa y de buen grado; dos coronas.
A Helena Irzikovski, que me enseñó a descifrar los «jeroglíficos divinos» de las partituras musicales, a fin de impedir que pareciera un bruto ante esa gótica lírica; dos coronas.
A Jan Loc Nepomucen, por haberme revelado que en el gran árbol de las lenguas cada pájaro canta a su manera, como en la naturaleza, y que nuestras preferencias por una u otra también son individuales, arbitrarías y misteriosas como nuestras elecciones amorosas; dos coronas.
A Marjan Zdjehovski, que me descubrió las profundas raíces del árbol lingüístico eslavo, del que se ramificaron las lenguas de Pushkin, Slovacki, Murn, y la mía, el bosneski; dos coronas.
A Maja Nizetíc y Jerko Culic, con los que estoy en deuda por sus regalos, palabras y bondad durante mi estancia en prisión; cuatro coronas.
Al desdichado Vladimir Cerina, que me dio mil dinares cuando yo más los necesitaba, entregándolos casi de «forma anónima», para que el que los recibía, en su desgracia, no sintiera este regalo como una limosna y humillación; dos coronas.
Al guardia desconocido de los calabozos de Marburgo, que me hizo llegar un trozo de papel y un lápiz diminuto, en el momento en que escribir para mí significaba sobrevivir; dos coronas.
Al juez de Split, Jerko Moskovit, por haberme ayudado a salir libre del juicio, mostrando con ello en qué medida una actitud personal y el coraje cívico pueden, en tiempos difíciles, cambiar el destino de un individuo, el destino que los cobardes consideran inevitable, declarándolo fatalidad y menester histórico; dos coronas.
Al párroco fray Alojz Percinlic, por haberme descubierto la vida austera, pobre y cargada de trabajo de los franciscanos; si no me hubiera convertido en «poeta», habría sido sacerdote; dos coronas.
A Stipica Lukic, novicio franciscano, que me traía a la prisión de Zenica pan, fe y esperanza; dos coronas.
A las religiosas Hermina y Eparhija, por haberme enseñado con su ejemplo que el cuerpo puede ser sometido a las cosas del espíritu, lo que en la medida de mis modestas posibilidades he intentado aplicar en mí mismo durante toda la vida; cuatro coronas.
A la señora Zdenka Markovíc.
Al señor conde Ivo Vojnovié, mi benefactor y mecenas, que veía en mí lo que yo mismo esperaba tener: talento, ese bien y esa maldición que nos concede Dios; dos coronas.
Al señor Dinko Luksic de Sutivan, que con su hospitalidad alegró mis días y mejoró mi salud, gracias a lo cual pude terminar mi libro de poemas; dos coronas.
Al joven juez de instrucción vienes que, con ocasión de mi arresto en Split, permitió que enviara a recoger mis efectos personales de la pensión, me trajo a Kierkegaard, O lo uno o lo otro, libro que tendrá en mi desarrollo intelectual una influencia decisiva; dos coronas.
Al guardia que me autorizó a sacar el libro del almacén penitenciario, donde guardaban nuestras cosas confiscadas; dos coronas.
A Jaromir Studnjicki, librero y bibliófilo sarajevita, que me descubrió la «luz cósmica» de los libros; dos coronas.
A la señora Dunderovic, que sabía contar historias de la época otomana al modo de los antiguos tañedores de guzla, extensa, bella y confiadamente; dos coronas.
A Luj Bakotic, que posibilitó que en Roma no malgastara mi tiempo en tareas de oficina, que mi trabajo no me resultara pesado y que así pudiera estudiar, observar y escribir; dos coronas.

(«A la postre, cuando llega el final, el verdadero final, fuere como fuere, todo sale bien y reina la armonía». Ivo Andric, Crónica de Travnik).

A Vladislav Budisavljevic, que con su comprensión hizo posible que me dedicara a escribir e investigar la historia: cosas estas que se mezclan y entrecruzan en mi obra de tal modo que no se sabe dónde empieza una y dónde termina la otra; dos coronas.
A la señora Vera Stojic, que se ocupaba de mis manuscritos y de mi correspondencia con cariño y respeto.
A Midhad Samíc, que interpretó la revelación de mis fuentes como erudición y no como impotencia creadora; una corona.
A aquel profesor que por mi cumpleaños me regaló su libro de aforismos; una corona (aunque también me la podría dar él a mí por haberlo leído). Como dice el refrán: «Las cuentas claras y el chocolate espeso».
A la enfermera Olga, que me cuida y que todas las mañanas me pone flores frescas en el jarrón y con manos suaves y diligentes me da la vuelta en la cama.

Así hacía cálculos mentales, en el silencio de la habitación, iluminada por un sol artificial que confería al cuarto un brillo vespertino. Su pensamiento seguía primero un orden cronológico, y luego, a medida que los dolores aumentaban (no le dolía nada en particular, le dolía todo, le dolía la vida), esta cronología empezaba a embarullarse, los acontecimientos, a atropellarse, el tiempo, a perder su rumbo; su espíritu de nuevo comenzó a vagar; sólo de vez en cuando aparecía una idea humana clara, como el sol que tan pronto sale como se oculta tras las nubes.
Intentaba, mediante su rosario de gotas de insulina, cual rosario de perlas nacaradas, calcular todo el montón de dinero que había enumerado, sumar todas sus deudas. Empezaba y desistía, luego comenzaba otra vez a contar, abrumado por el vago temor, un temor semejante a un escalofrío, de que su pobre asignación -doscientas coronas- no fuera bastante y tuviera que excluir a alguno, quedando así en deuda con alguien para siempre. Además, ¿a quién eliminar de la lista, si ésta no era más que una parte de sus deudas? Trató entonces de reducir el importe, redistribuirlo, a fin de cuentas la cantidad de dinero no era lo más importante, sino el detalle, fruto de su deseo de irse sin deber nada a nadie en este mundo, al menos en la medida en que uno puede devolver lo recibido a su prójimo, a sus acreedores, a los benefactores y a los gorrones por igual.
La enfermera estaba en el cuarto contiguo y a través de la puerta abierta vigilaba el monitor que mostraba, como olas agitadas pero uniformes, la actividad del corazón del paciente. Con un delantal blanco almidonado y la cofia también blanca en el pelo, estaba sentada a un lado de la mesa y leía una historia de amor en la revista Bazar, viajaba por una amplia carretera asfaltada; a su lado estaba sentado Nick Chester, la camisa desabrochada dejaba ver su torso fuerte y velludo. «Nick posaba la mano derecha sobre su firme muslo; el coche se deslizaba silencioso por la amplia carretera de Colorado. Justo cuando volvió la cabeza para decirle lo que ella esperaba hacía tiempo que le dijera...»; la enfermera apoyó sus sandalias ortopédicas con todas sus fuerzas contra la pared para evitar la catástrofe que se avecinaba en la línea siguiente en forma de camión enorme apareciendo detrás de la curva y deslumbrando con sus faros a Nick Chester, que
no llegó a pronunciar las palabras que le dictaba su joven corazón. La enfermera levantó la vista del Bazar, donde un amor se había apagado ante sus ojos, y dirigió su mirada soñolienta y triste hacia el monitor; las olas se agitaban más y más, por encima de la línea horizontal blanca saltaba, con un silbido tenue, el punto luminoso, como en la pantalla del juego de «tenis» (uno que había visto hacía dos años en un hotel de Budva). 
Luego se volvió hacia el enfermo y le pareció ver que movía los labios. Sabiendo que se trataba de un paciente importante, dejó por un momento su puesto en el asiento del Cadillac, a la derecha de Nick Chester, y se acercó a la cama.
El enfermo la miraba directamente a los ojos.
-¿Necesita algo?
-Présteme dos coronas.
Hablaba bajo, con dificultad, pero muy claro.
-Perdone-dijo la enfermera inclinándose más hacia él-, no le he entendido muy bien.
-Me faltan dos coronas para saldar mis deudas. No le voy a dejar nada a deber, no se preocupe, enfermera. Quiero irme sin deber nada a nadie. Le devolveré hasta el último céntimo.
-Por supuesto que me lo devolverá. Se las traeré enseguida.
La enfermera se dirigió a otra habitación.
-Doctor, el enfermo de la cinco quiere que le preste dos coronas.
-Pues déselas, enfermera.
-Dos coronas, doctor.
-Está delirando, enfermera. Dele dos dinares. Si su estado empeora, avíseme. No quiero entrar ahora mientras está tranquilo. Podría excitarlo. Vuelva con él. ¿Tiene los dos dinares?
-Sí-respondió la mujer y sacó su monedero del bolsillo del delantal.
-Aquí tiene, dos-dijo la enfermera y depositó el dinero sobre la mesilla de noche, al lado de la cama dé enfermo; las monedas tintinearon sobre la superficie de mármol, luego el ruido se apagó de repente.
-¡Doctor, doctor!-gritó la enfermera-, ha dejado de respirar. Mire el monitor. Su corazón se ha parado.
-Avise rápidamente al director-dijo el médico-. Usted, enfermera, le ha pagado su pasaje en la barca de Caronte.