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miércoles, 1 de agosto de 2012

Overbooking


Luis García Jambrina (España)
Se acabó. Tenía que ocurrir. Cada día son más los muertos que los vivos, y, claro está, ya no caben. Lo descubrí esta mañana, mientras me duchaba. Tenía prisa, como siempre, y no me di cuenta de que la bañera estaba ya ocupada. Lo malo es que yo vivo solo en mi propia casa.
-¿Quién diablos es usted? -le pregunté a la mujer, después de dar un respingo e intentar taparme con las cortinas del baño.
-Yo vivo aquí -me respondió ella cubriéndose los pechos con una fina capa de espuma.
-¡Cómo que vive aquí! -exclamé yo estupefacto. 
-Es que allí no cabemos. 
-¡Que no caben! Pero ¿dónde? 
-¿Dónde va a ser? En la Gran Ciudad Purgatorio. Allí permanecemos a la espera de que nos busquen acomodo definitivo. Pero, al parecer, ya no hay sitio en ninguna parte. Así que a algunos nos han devuelto a la tierra. Han empezado por los más díscolos y protestones y por los más antiguos. Yo aterricé esta misma
noche y no sabía adonde ir, hasta que me acordé de mi casa.
-De la mía, querrá decir -puntualicé yo.
-Eso depende de cómo se mire. Yo viví aquí durante mucho más tiempo que usted, hasta el mismo día de mi... desaparición. Creo que también tengo derecho.
Se había hecho tarde y no tenía muchas ganas de discutir. De modo que, al final, le permití que se quedara hasta que yo volviera del trabajo. Ella me dijo que, a cambio, podría limpiar un poco la casa, que buena falta le hacía, poner alguna lavadora y preparar la cena, para cuando llegara. Y a mí, la verdad, no me pareció mal el arreglo.
A simple vista, en la calle todo parecía normal. Pero pronto caí en la cuenta de que había mucha más gente que de ordinario. De hecho, en el metro no cabía literalmente ni un alma. Por los andenes y pasillos, los resucitados caminaban con un andar cansino, como si les faltara alguna vitamina o llevaran mucho tiempo sin dormir o sin salir de casa. Otros llamaban la atención porque iban vestidos a la moda de hace treinta años. Lo miraban todo con asombro, y, en un primer momento, parecían bastante desconcertados. Fuera de algunos detalles, tampoco eran tan distintos de nosotros, sobre todo a esas horas de la mañana.
Lo peor fue cuando salí de nuevo a la superficie. Yo trabajo en una zona de negocios y oficinas de la Administración, y, ante las puertas de los grandes edificios, se había ido concentrando una muchedumbre de resucitados muy poco amistosa. Al parecer, todos venían a reclamar sus derechos. Unos querían volver a su antiguo puesto de trabajo. Oficialmente, no habían sido despedidos; tan sólo habían estado de baja por una causa justificada, alegaban los más pertinaces. Otros solicitaban con contundencia el pago de una pensión, con sus correspondientes atrasos, o, en su defecto, una parte de la indemnización de su seguro de vida. También los había que deseaban regresar con su antigua pareja, que, a buen seguro, ya habría rehecho su vida con otra persona. Menuda papeleta, pensé, para los nuevos cónyuges. Mientras tanto, los abogados sin escrúpulos se frotaban las manos ante la perspectiva de una nueva y abundante clientela. La situación no
podía ser más espantosa.
Cuanto entré en la planta de oficinas donde trabajo, mis compañeros estaban pendientes de lo que decían en la radio y la televisión, los teléfonos no paraban de sonar y, cómo no, hacía un buen rato que Internet se había colapsado. Desde el Presidente del Gobierno de la nación hasta el Portero del Edificio en el que nos encontrábamos, todos parecían desbordados por lo que estaba sucediendo. El resto de la jornada ha sido un continuo sobresalto y un ir y venir de rumores y noticias contradictorias o muy poco halagüeñas. El sistema de pensiones pronto entrará en bancarrota, y la situación de la vivienda se ha complicado mucho más todavía, si cabe. Mientras algunos muertos vivientes vuelven a recuperar sus antiguas posiciones, los vivos más desesperados empiezan a arrojarse desde las ventanas de los pisos más altos.
De camino a mi apartamento, no he podido dejar de pensar en la mujer que allí me aguardaba desde esta mañana. Es cierto que, al principio, la lividez de su piel me repugnaba un poco, pero luego he pensado que, por alguna extraña razón, todavía resultaba joven y atractiva. Nada, por lo demás, impedía que pudiéramos vivir juntos e incluso formar pareja. Y hasta hacer el amor, si nos lo proponíamos. Pero, ¿podríamos engendrar una nueva vida? ¿Habría algún tipo de impedimento físico o incompatibilidad genética? De sólo pensarlo, me han entrado escalofríos, no sé muy bien si de terror o de placer. De todas formas, una vez en casa, me he dado cuenta de que estas preguntas eran estúpidas y ociosas. Allí estaba ella, sí, pero acompañada de su legítimo esposo, que había fallecido en el mismo accidente. Basándose en no sé qué derechos póstumos adquiridos, les ha faltado tiempo para apropiarse de mi única morada. Yo he llamado,
naturalmente, a la Policía, pero andan demasiado ocupados poniendo un poco de orden en las calles. ¡Que alguien haga algo, por favor!