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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 31 de agosto de 2012

Palma

Palma
Ana Basualdo (Argentina)
...individuos deslumbrantes, un poco menos sólidos
PAUL VALÉRY, Monsieur Teste

Carlos me regaló ayer un espejo ovalado, más alto que yo. Me dijo que cómo puedo vivir sin un espejo que me refleje entera. Nunca me hizo falta pero, ahora que lo tengo, me gusta tanto que casi no me alejo de él. Es bueno que existan los espejos, pero siempre me inquietó compartir con ellos una casa. Si no puedo compartirla con Carlos, ni con nadie, porque tropiezo con sus miradas, mucho menos podría andar por ahí tropezando con mis propios ojos, que me asustan. Por eso, creo que estaré frente al espejo hasta que me canse y después lo pondré de cara a la pared. Ahora he traído a mis dos gatos para que también se miren. Y aquí estamos los tres, sentados como en el teatro, mirándonos sorprendidos a nosotros mismos.
Llama Carlos. Dice que me espera desde hace una hora, que nunca dejaré de ser egoísta y que de nada sirve hacerme regalos. Su voz irritada hace añicos la lenta estrategia que me permite llegar al mediodía. No sé qué hora es. La ventana que da al patio está cerrada y me veo a medias en el espejo gracias a la luz que se filtra de la sala, la única que soporto a esta hora. Cuando fui a buscar los gatos anduve a tientas por el pasillo, como quien nada en la oscuridad. A mí la mañana me confunde como a otros, a la mayoría, los confunde la noche. Julio dice que debería levantarme al amanecer, así me aclimataría a la luz tan fácilmente como lo hace el día. Despertarse es dar un salto, sin puente, de ayer a hoy: destruir el día de ayer o cargar con él durante todo el día de hoy. A la tercera taza de café, nace el puente. El pasillo y la sala empiezan a ser transitables.
Lleno hasta el tope la cuarta taza, enciendo el segundo cigarrillo y atiendo, otra vez, el teléfono. Voces que tironean. Los helechos, cerca de la ventana, flotan en una luz que nunca despierta de un salto, que se desenrolla quedamente en la punta de las ramas. Afuera, el chopo vigila como un caballero incorruptible. Chopos. Una isla de chopos que visité (o soñé que visitaba) con mi padre hace veinte años, solos él y yo, sin ninguno de mis hermanos. Quizá las islas viajen por la noche y, a esta hora (eso habrá sucedido más temprano, corregiría Julio), tendrán que volver a sus discos de agua y quedarse allí, sentadas, durante todo el día. El borde azul de la taza se redondea, por fin. La taza cabe segura en mi mano, los colores se ordenan y el espacio ya no me separa de la ventana: me une a ella. Como un mar, la luz devuelve ahora los objetos de la casa, perdidos desde ayer. De pronto, el racimo de canicas verdes que se amontonaban neutras en
el fondo del florero resplandecen una a una: es el primer minuto vivo del día. En algún lugar debe haber un amigo perfecto, pienso ahora, despierta, que nunca abrume y que apenas exalte. Carlos llama otra vez. Obligada, le miento. Me despido de los gatos: nos miramos sabiendo que todo es inútil; lo es, al menos, más allá del círculo sin equívocos de nuestra mirada. Quise construir alrededor de la casa un círculo tan perfecto como éste, pero es apenas una tapia cubierta de hiedra oscura y con la peligrosa fisura de un portón de madera. Más débil que mis gatos, lo abro y cierro todos los días.
Pero estoy segura en mi auto: viajaría así, sin hablar y sin rumbo, meses enteros. Al doblar la esquina encontraré el enorme cartel de Peugeot con la foto del león de mirada tierna. Si tuviera los ojos de ese león, no me importaría llenar la casa de espejos. Soy ese león, sin embargo; sé que todos me miran, hipnotizados, como si lo fuera, pero nadie descansa en mis ojos como yo en los suyos. El cartel duró un segundo. Ahora vendrá el campo de girasoles y, en seguida, la horrible ciudad. Algo debe esconderse en el corazón oscuro de los girasoles: panales de abejas, quizá. Son como cabezas de locos o como cajas redondas, imposibles de abrir. Los autos se detienen, ahora, unos detrás de otros, hirviendo bajo el sol. No hay casi viento, pero los papeles sucios revolotean al borde de la autopista.El camino de las moras, hondo y húmedo, zigzagueante y cuesta abajo, nos alejaba del sol y de la casa hasta que mi madre hacía sonar la campana. A
Julio también le gustan los girasoles y debe saber que yo veo cabezas de locos en el fondo de sus corazones oscuros. Julio sabe demasiado. Es sabio, pero iluso. Sabe de mí más que Carlos pero, aunque nunca las exige, espera las mismas cosas. Cree que, así, le lloverán como regalos. Pero los verdaderos regalos son siempre imprevistos y, sobre todo, inmerecidos. Julio me escribe largas cartas mudas y Carlos me regala espejos para que aprenda a exhibirme como en un vulgar escaparate. Nada encuentro en las cartas de Julio y al enorme espejo lo pondré de cara a la pared. Mi imagen se refleja sólo en mí.
La furia de Carlos se calma en cuanto me ve con la blusa de seda azul, brillante. Me la puse a propósito, para no tener que explicarle que la mañana es como un fluido que debo envasar con cautela; para no contarle con cuántas tazas de café las canicas resplandecen verdes en el fondo del florero y recién empieza el día. Pero su piel blanca me adormece, ahora. Vuelvo a dormirme. Con el tenedor desmenuzo las codornices flacas que tengo en el plato. A Carlos no le gusta que coma codornices y dice que siempre se me ocurre comerlas cuando me encuentro con él, para molestarlo. Su barba enrulada parece una población de insectos (¿o de cangrejos?) quietos, muertos. Desmenuzo la codorniz lentamente, sin levantar los ojos, mientras Carlos ha pedido ya el café. Sé que está mirándome, anhelante, farfullante y molesto. Sé que, cuando por fin lo mire, se quedará mudo y desconcertado y empezará una tregua. Pero las treguas son cada vez menos frecuentes y
duran cada vez menos. Había cangrejos en el arroyo, entre las moras. Los pescábamos pero no los comíamos. Mis hermanos los clavaban en el tronco de los árboles. Los dejaban allí, como estrellas de pesadilla. Me duermo otra vez. Toma su último café, molesto, lleno de voluntad. Su áspera voluntad me desanima, me entumece. Cuando me encuentro con él, tengo ganas de comer codornices. Y cuando compruebo que le duele verme desmenuzar las codornices, entonces lo miro y, por única vez, su presencia me entibia y conforta. Cubro su mano con la mía (sé cuánto le gusta): lo consuelo del dolor que le causo al comer codornices. Me dice que nunca como nada, que quiero a los animales más que a la gente (más que a él, quiere decir), que soy capaz de correr cualquier riesgo con tal de salvarlos de cualquier peligro y que no entiende por qué siempre me ve comiendo codornices, conejos o palomas. Le pregunto qué diferencia hay entre una codorniz y una
ternera. Le digo también que en mi familia estamos acostumbrados a comer poco. Quizá teníamos siempre un poco de hambre, pero no nos gustaba comer. Ni a mis padres, ni a mis hermanos ni a mí. Con la cara y las manos manchadas de rojo oscuro (debíamos parecer una banda de pequeños asesinos), mis hermanos y yo nos atiborrábamos de moras a la hora de la siesta. La comida que como soy yo; seré yo. Si a veces como animales trémulos, sé que los guardo dentro de mí. Los como lentamente, con cuidado, hebra a hebra. Pero, por eso mismo, casi nunca como nada. No habría que comer nunca. Sólo beber (aire o alcoholes: el alcohol es aire fermentado): lo que bebo no soy yo sino, quizá, lo que no puedo ser. Carlos pide otro café y me dice que no empiece a beber desde tan temprano. La botella de vino, verde y vacía, resplandece ahora como las canicas en el fondo del florero. La silla, la gente que se levanta y se va, las camareras vestidas de negro son
figuras planas que se mueven como en una película. Su volumen es ilusorio. Tanto al salero como a aquella horrible mujer gorda sentada ahí enfrente les falta algo: una costura que los cierre por detrás, un ombligo en el que todo confluya. Es como la famosa otra cara de la luna. A todo le falta esa otra cara. Julio siempre se admira de cuánto veo alrededor: de cuánta certeza tengo, dice, de las distancias, los contornos y los movimientos. Dice, literariamente, que el aire tiene que replegarse cuando mi mano lenta y segura va en busca de las cosas; que hasta el aire es torpe cuando yo voy de un punto a otro. Pero no sabe nada Julio. No me muevo con soltura sino con cuidado, con incertidumbre: nunca sé qué hay al otro lado. Tengo que adivinarlo. Y Carlos sabe menos. Engarza las frases como si fueran premisas de un teorema. Me entumece; me oxida, casi. Como las vasijas de barro cocido que colecciona mi madre, las palabras tienen asas para ser
llevadas de boca en boca, pero no las tienen para hacerlas salir de adentro hacia afuera. Julio, que también pretende saber esto, dice que yo, en lugar de pensar, es como si nadara. Y hablar me resulta tan difícil, dice, como le resultaría al nadador explicar con palabras sus movimientos en el agua. Es así. Pero las palabras, a veces, son tan grandes como los objetos que nombran. Cómo abrir la boca para que salga un árbol entero. Mucho menos una frase: vagones interminables, atestados. Carlos dice que es a propósito que no le hablo, para inquietarlo. Cuando lo repite más de tres veces, le grito alguna tontería de esas que no pesan nada, y me voy.

Encuentro en el buzón otra carta de Julio. No la leeré hasta más tarde: demasiado larga. Sí leo un recorte de periódico, que Julio agregó a la carta, donde se habla de una pintoresca población de serpientes australianas a punto de extinción. A Julio y a mí nos gustan las serpientes. Dice que vendrá pronto. La última vez que vino, hace meses, lo esperé en la estación, metida en el auto, imaginando qué cara pondría cuando me viera con el pelo corto. Yo había sospechado que sólo me quería por la exuberancia de mi pelo largo y rubio. Le costó reconocerme. Estuvo a punto de ser abandonado por el encantamiento. Espié con dolor cómo luchaba silenciosamente por recuperarlo y respiré cuando me di cuenta de que lo había conseguido. Su devoción, renovada y puesta a prueba, me animó durante una semana entera. Y yo, sin mirarlo, lo obligaba, como siempre, a mirarme. Siempre bajo los ojos para que los otros se impregnen de mí como si yo fuera
un perfume; para que absorban la fuerza que creen que tengo y de la que yo, después, vuelvo a nutrirme.
Los gatos siguen ahí, ahora, dormidos y alertas. La casa, sin mí durante varias horas, se ha fortalecido y suavizado: es amplia, ahora, y amable. Tres o cuatro pasos, a la espera del centro. Siempre hay un centro en las casas, una costura primera que irradia y orienta. Lo encuentro sin buscarlo pero, cuando paso junto a él (o a través de él), lo sé bien. Por las tardes, se deja sentir enseguida. No es de ninguna materia visible, ese centro. Tampoco es invisible, sino cristalino. Me rescata de la confusión, me aloja y me sostiene. Y todo se une: es como en esas películas viejas, cuando la moviola retrocede y junta los fragmentos de una botella destrozada un segundo antes contra el suelo. Pero, también, me abandona. La inanición es ésa, Carlos, y cómo no beber. En la mesa de vidrio está el florero con las canicas verdes, que no se iluminan solas por efecto del café de la mañana sino porque el sol las está convirtiendo en uvas maduras. Suena
el teléfono, ahora. No sé si contestar. Nunca sé, pero siempre contesto. Es Julio. Me cuesta, cuando hablo por teléfono, convencerme de que esa voz remota pertenece a alguien que conozco y a quien se supone que, más o menos, quiero. Julio lo sabe y, durante un rato largo, habla solo, casi divertido. Julio y Carlos son amigos. No compiten por mí: sé que discuten acerca de mí. Julio sabe que estoy a la vez tan cerca y tan lejos de uno como de otro; Carlos cree saber que me empeño en simular que estoy cerca de otros sólo para hacerle sentir que estoy lejos de él. Me habla del verano, Julio. De aquellos árboles de fuego verde, aquellos fuegos artificiales interminables que vimos juntos, el verano pasado, en el mar. Mi hermano Luis no hacía caso de la campana. Yo me quedaba con él, en el camino de las moras. Armado de un palo largo y retorcido, cavaba en los bordes del arroyo un foso en forma de medialuna. Me tomaba de las manos y dábamos
vueltas alrededor del arroyo hasta marearnos. Y también, a veces, me mostraba una cesta llena de víboras. Elegía la más grande, la mataba y la colgaba de un árbol. Me obligaba a acariciarle la piel. Le cuento que este mediodía me encontré con Carlos y que no me dejó comer en paz, a pesar de que siempre se queja de que nunca como nada. Julio me pregunta enseguida si yo habré pedido codornices o algo así. No le contesto, pero sé que él, sonriente, está viendo que me sonrío. Sabes, le digo, mi hermano Luis, que es el que más se parece a mi padre, me obligaba a acariciar la piel de víboras muertas en el camino de moras donde jugábamos todos los veranos. También le cuento que Carlos está cada vez más irritado -ofendido, casi- porque me niego a leer el periódico todos los días. Se ríe. Cuando lees el periódico, dice, pones la misma cara que ponemos todos después de ver la película de terror. (Julio: onda levísima, estímulo certero
pero demasiado lento. Me alcanza para flotar en paz pero no para estallar como esos fuegos verdes que a él tanto le gustan.) Me habla de animales, ahora; me hace hablar de animales. Sabe que sólo amo a la gente cuando es como un animal que sufre. Pero el estímulo decae. También para Julio, pero él ensaya, insiste. Es sólo una voz, ahora (y para mí es bien poco una voz sola); sólo un cuerpo frío que me reclama calor, cuando debería saber que yo también estoy obligada a buscarlo en él. Somos dos astutos conductores de electricidad que languidecen, desconectados. Cómo te gustaría llamarte, pregunta con falsa soltura, con ingenuidad que finge ser fingida. Palma. Qué harás esta noche, pregunta inquieto, avergonzado de su inquietud o quizá sólo de mostrarla.
La casa es ahora un barco anclado que se mueve apenas (se desconcierta), como cuando la marea baja de golpe. Estoy de pie en el centro de la casa (pero no en el verdadero centro), sobre un suelo en declive: exactamente al revés de la Torre de Pisa. Un árbol fino y recto, sin hojas. La luz se ha ido, barrida por la breve tormenta de verano que se refleja en el espejo. Es casi como aquella fiesta de fuegos frente al mar, en agosto pasado. Pero se apagan pronto, estos relámpagos. La luz se lo lleva todo. Ahora, sólo brillan los ojos de los gatos. La respiración de la casa (escucho todo el día la respiración serena de la casa) es ahora profunda y avara como la de los moribundos. El barco se inclina un poco más; yo sigo firme, como un mástil indiferente, autónomo. El tiempo es tan lento que ya no existe: no es tiempo, ya, sino espacio intransitable. Animales trémulos, somos todos, ahora, desmenuzados hebra a hebra: mi madre, que nunca me quiso; mi
padre, que no termina de decidir si me quiere o no me quiere; Carlos, que me quiere sólo para él, y Julio, que me quiere como si yo fuera una hebra de seda (la hebra más fina y fácil que encontró en el plato). Y yo: de pie como un mástil fanático que se niega a inclinarse del lado de su barco, absurda con mi vaso de ginebra en la mano. Todas las cosas empiezan y, al mismo tiempo, terminan: nada continúa, Carlos. Nada se sostiene seguro en un punto. No hay costura última ni ombligo primero. Pero el dolor de Carlos no termina: continúa mientras yo no lo llame y le diga lo que quiere oír. Carlos es ahora como un animal que sufre; sin embargo, no puedo decirle lo que quiere oír. Si lo miro una vez, pretende que lo mire siempre; si lo miro a él, no puedo mirar a nadie más. Carlos quiere encerrarme entre cuatro paredes, y Julio, entre cuatro frases. Pero ahora (a esta hora), mientras sólo brillan los ojos de los gatos, sé que, para tener yo
una mirada particular, tengo que destinar las mías. Si no elijo, si no entrego en propiedad, me desvanezco sola, a esta hora, frente a un espejo negro. Como los gatos, puedo verme entera en un espejo negro, pero mi círculo no es perfecto. En el tapial, he permitido la fisura de una puerta.