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lunes, 6 de agosto de 2012

Un ligero incidente en Madrás


Julian Maclaren-Ross (Inglaterra)
I
Cien por cien verdad, no supe una mierda al respecto; había estado de juerga en el bar de Fenner con algunos de los muchachos y regresaba a casa cuando un maldito perro paria apareció disparando por la calle y yo desvié con brusquedad el coche para esquivarlo. No recuerdo el choque ni nada. Debo de haberlos golpeado y después ido al bungalow sin detenerme. Estaba tan borracho que no recuerdo nada, pero esos tipos salían de lo de Fenner, los dos, y lo vieron todo a la perfección y ese desgraciado de Krishnawami me reconoció: en esos días yo tenía un gran Vauxhall descapotable y conducía con la capota baja. 
El sereno de Spinner's también lo vio y se acercó. Allí estaban esos coolies bastante malheridos, uno de ellos con una pierna rota y Dios sabe qué más, y Krishnawami gritaba que me había visto y sabía quién era. Pero ojo, él mismo se hallaba en un estado calamitoso, y el otro tipo que lo acompañaba, tan borracho que el oficial en la comisaría se negó a aceptar su evidencia. Pero Krishnawami había tomado el número de mi coche, así que después de que transportaron a los dos coolies al hospital, el oficial vino al bungalow a verme.
En esa época yo compartía la vivienda con un sujeto llamado Stanton. Él también trabajaba para la compañía, un sujeto bien derecho, y cuando el sirviente le dijo que el oficial estaba ahí afuera preguntando por mí, vino a mi cuarto y ahí estaba yo, por supuesto, muerto para el resto del mundo. Entonces, Stanton salió y le dijo al oficial que yo estaba dormido y que si podía volver más tarde y el oficial dijo "bueno". Cuando él se marchó, Stanton me despertó y me contó. Francamente, fue como recibir un baldazo de agua fría: yo no recordaba nada. 
-¿Accidente? -dije-. ¿De qué diablos hablas? No he sufrido un accidente.
-Uno de los coolies puede morir -dijo Stanton. 
-Pero no tiene nada que ver conmigo. 
-El oficial dice que tiene tu número. 
-¡Santo cielo! -dije.
-Mejor que te despiertes -dijo Stanton-. Enseguida vuelve. -Así que me levanté y llamé a los gritos al sirviente para que me preparara el baño. Piensen que eran las cinco de la mañana y me sentía asqueado. Tenía un dolor de cabeza atroz y la boca como una cloaca de tanto fumar. No entendía de qué se trataba todo esto; pensaba que me habían confundido con alguna otra persona.
Después del baño me sentí mejor, pero aún seguía bastante mal. Me mantuve tomando enormes tazas de un fuerte té negro y, alrededor de las siete, el oficial regresó. Era un nativo, pero un tipo bastante agradable; he olvidado su nombre. Trajo a otros dos hombres con él, que se quedaron afuera tomando fotografías de mi coche, que tenía un guardabarros torcido y uno de los faros caído. Yo ya había ido a verlo y parecía, por cierto, que había participado de un choque, aunque yo todavía no recordaba absolutamente nada.
Por supuesto, en cuanto estos sujetos empezaron a tomar fotos, se me encendió la luz roja, así que, cuando el oficial me preguntó si presentaba una declaración, le dije que no, no sin primero ver a un abogado.
-Muy bien -dijo el oficial-, pero me temo que debo pedirle que me acompañe a la comisaría. 
-¿Es necesario? -pregunté.
-Me temo que sí, señor. Una cuestión puramente formal, sabe. -Así que dije "bueno", pero si de camino a la comisaría podía llamar a mi abogado. El oficial dijo que seguro y preguntó quién era mi abogado. 
-El señor Shankran -dije.
Por supuesto, el oficial conocía a Shankran; todo el mundo en Madrás lo conocía. Yo nunca había tenido que contratarlo, pero siempre habíamos sido buenos camaradas y sabía que estaría dispuesto a sacarme de apuros. Además, era un abogado muy astuto: miren lo que hizo por Cornford la vez en que se estrelló contra un funeral mahometano y mató a cinco. Bien, Cornford habría sido condenado a perpetua si no hubiera sido por Shankran; y así y todo recibió sólo tres años, y encima Shankran divulgó que poseía una fama tal que todo el mundo se cagó en las patas; hizo echar a varios oficiales, a dos sargentos de la policía les quitaron el rango, incluso amonestaron al magistrado, todo a través de palanca. Les digo, si Shankran no podía sacarme de esto, nadie podía.
Pero camino a la comisaría recordé que no sabía su dirección, así que le pedí al oficial que se detuviera en lo de Fenner, cosa que hizo.
-Por Dios, Adams, viejo -dijo Fenner al verme-, esta vez estás metido en un lío.
-Así parece -dije. Por suerte, el oficial se había quedado afuera, en el coche.
-Por Dios, sí que estás -dijo Fenner-. Tuve a la policía por aquí queriendo saber todo sobre ti, en qué condiciones estabas cuando te marchaste, si estabas sobrio y Dios sabe qué más. Por supuesto, no me sacaron nada.
-¿Te pidieron ver la cuenta de lo que bebí?
-Todavía no. Pero no te preocupes: ya arreglé el asunto.
-Gracias, viejo -dije.
-Cualquier cosa que precises -dijo Fenner, guiñando un ojo.
-¿Viste el accidente? -le pregunté.
-No, pero por lo que escuché suena bastante serio.
-Ahora estoy camino a la comisaría.
-¿Ya viste a un abogado?
-No. Voy a buscar a Shankran.
-No podría ser mejor, viejo.
-De hecho, es eso lo que vine a pedirte: su dirección.
Así que Fenner me la dio y regresé con el oficial y él me condujo hasta el bungalow de Shankran. Estaba comiendo chota hazri cuando el muchacho nos anunció. Al vernos entrar, se levantó bruscamente de la mesa y extendió la mano. Era un brahmán pequeño, que llevaba anteojos con armazón de oro, y uno no podía saber su edad por el aspecto.
-Hola, hola, hola -dijo-. Adams, ¿eh? ¿Cómo anda? Siéntese, siéntese. ¡Muchacho, trae gin! ¡Siéntese, Adams, no ponga esa cara de tan preocupado!
Pareció un tanto sorprendido de ver al oficial, pero le dijo "hola" también y habló algunas palabras en tamil, y el oficial sonrió.
-Mire, Shankran -dije-, me gustaría su consejo. Parece que anoche he tenido un leve accidente.
-¿Oh? Bueno, bueno. No uno tan malo, espero... Ah, aquí está el gin. Está bien, colócalo sobre la mesa. Sírvase, Adams, oficial...
El inspector dijo que no podía, que estaba de servicio. Yo me sentí mejor después de tragar un poco de gin.
-Ahora dime qué pasó -dijo Shankran. Habló con el oficial en tamil y el oficial salió a la galería, nos dejó solos. Le conté a Shankran lo que sabía, mientras él caminaba hacia un lado y otro de la habitación diciendo-: Sí. Sí. -Aspiraba el cigarrillo sin que este le tocara los labios, como hacen los brahmanes.
-Sí. Sí -dijo-. Por supuesto, haré todo lo que pueda por ti. Confía. ¡Sí, oficial! 
El oficial entró.
-¿Cuan malheridos están esos coolies? -le preguntó Shankran.
-Uno de ellos no tiene muchas expectativas, señor. 
-Humm, humm. Eso es malo. Sí. -Shankran se volvió hacia mí-. Lástima que no has venido a verme de inmediato, en cuanto sucedió. No existiría ninguna causa, yo la hubiera anulado desde un principio. Ahora, por supuesto, mmm. -Aspiró el cigarrillo, pensando. Luego, de pronto, se volvió de nuevo hacia mí y extendió la mano-. Está bien -dijo-, no te preocupes. Te sacaré de este aprieto. No realices ninguna declaración. Mantente callado y encuéntrate conmigo esta noche en lo de Fenner, a las nueve.
Nos acompañó hasta la puerta, diciéndome otra vez que no me preocupara, y nos marchamos. Era un buen tipo Shankran y, excepto por su piel, mucho más blanco que algunos de esos canallas que fanfarronean en el club creyéndose señores. Me sentí mejor ahora que el caso estaba en sus manos.
Llegamos a la comisaría y entramos. Había algunos policías nativos dando vueltas por ahí en botas y polainas, pero nadie más. El oficial se sentó frente a su escritorio y empezaba a hacerme algunas preguntas cuando de pronto se escucharon unas voces afuera y Holt, ese canalla subcomisario de la repartición, entró como un vendaval.
-¡Arresten a ese hombre! -gritó al verme-. ¡Colóquenlo bajo arresto!
-Pero señor Holt... -empecé a decir. 
-Cállese -gritó. Y al oficial-: ¡Deténgalo, no deje que salga! ¡Es un hombre peligroso!
Por supuesto, era totalmente ridículo y, para colmo, inaudito: tratar a un europeo de ese modo. La verdad era que yo había tenido un ligero problema con Holt por los permisos de unos ómnibus: él era el comisario de tránsito y, al mismo tiempo, yo le desagradaba.
Hacía esto sólo para vengarse.
-¿Puedo salir bajo fianza, señor? -dije.
-¿Fianza? Sí. Mil rupias. -Y salió a los pisotones de la comisaría. Bueno, por supuesto, el oficial no me colocó en una celda, simplemente me encerraron en un cuarto para mí solo. Estaba justo pensando en que debía llamar a la oficina, cuando quien se apareció no fue otro que el viejo comandante Brant: había estado conmigo la noche anterior y había escuchado acerca del accidente por boca de Fenner.
-Bueno, Adams, muchacho -dijo-, otra vez en un aprieto.
-Por Dios, sí que lo estoy. Es ese cretino de Holt. Me puso bajo arresto.
-¿No te dejan salir bajo fianza? 
-Mil mangos.
-Está bien, muchacho. Lo soluciono por ti. 
Así que él fue a responder por mí y el oficial nos dejó ir. Fuimos a lo de Fenner y Brant dijo: -Muchacho, trae un brandy generoso para el jefe. -Así que me tomé tres brandys generosos y Brant dijo que él atestiguaría que yo estaba sobrio la noche anterior, porque un rato antes de marcharme había tocado el timbal de la orquesta y es difícil mantener el ritmo si uno está ebrio, aunque aparentemente yo lo había logrado. Más aún, dijo Brant, yo había bailado con su esposa un poco antes, y él por cierto no dejaría que su esposa bailara con un borracho. Me guiñó un ojo y yo le agradecí y salí para la oficina. Cuando llegué, la secretaria tenía un mensaje del Viejo que quería verme.
-¿Qué significa todo esto, Adams? -dijo sir Alee. 
-Bueno, señor, anoche tuve un leve accidente. 
-Lo mismo dijo la última vez que estrelló el coche contra un árbol y lo destrozó por completo. ¿Estaba ebrio? 
-No, señor.
-¿Por qué, entonces, no se detuvo? 
-Debo de haber perdido la calma.
-¡Bah! -dijo sir Alee-. Bueno, él es el doctor Menon, el abogado de la compañía. Él lo representará.
El doctor Menon se acercó y me estrechó la mano. Era un hindú, diploma de Oxford, acento estilo BBC y vestido por completo con ropa europea, incluso con un sombrero verde de fieltro que estaba apoyado sobre el escritorio: en Oriente la gente no lleva cascos todo el tiempo como se lee en los libros. Conocía a Menon un poco: era un chupamedias y no confiaba en él en lo más mínimo. No solté que ya había estado con Shankran.
Menon sugirió que debíamos ir al escenario del accidente, y yo dije "bueno", sin decirle que no sabía dónde era. Sabía que era en alguna parte cerca de lo de Fenner porque el oficial me lo había dicho, y fuimos para allá. Por supuesto, a esta altura todas las pistas habían desaparecido y Menon dijo que por el momento no podía hacer nada más.
-Todo depende de la condición en que estén los coolies -dijo-. Preguntaré en el hospital y más tarde se lo hago saber.
-Súper.
II
Esa noche fui a lo de Fenner para esperar a Shankran. Estaba sentado afuera tomando un whisky doble cuando se me acercó un tipo llamado Turpin, un insignificante y presumido tarambana, que se suponía era jockey, aunque parecía no haber montado nunca a caballo. De hecho, descubrí más tarde que había sido sancionado.
-Buenas, señor Adams -me dijo el tipo.
-Buenas -dije. Nunca antes había hablado con el pequeño cretino y me pregunté qué diablos querría.
-Lamento haber escuchado sobre su accidente anoche -dijo-. Fue mala suerte.
-Sí.
-Algo desagradable.
-Sí.
-Suponga que este coolie estire la pata. Usted se las verá negras.
-Sí.
-Pero quizá yo pueda ayudar. 
-¿Cómo? -dije.
Lanzó una mirada a su alrededor para ver que nadie escuchara, luego se inclinó sobre la mesa. Yo me eché ligeramente hacia atrás: el pequeño indeseable apestaba a alcohol.
-Mire -dijo-. Sucede que conozco al sujeto que está haciendo todo el lío. Su nombre es Krishnawami. Es el sujeto al que tiene que estar atento.
-¿Qué quiere decir? -dije-. Hasta ahora no he escuchado de ese tal Krishnawami.
-Es el sujeto que vio todo. Tomó la chapa. Le contó a la policía.
-Ya veo. No sabía que tenían testigos. 
-Puede apostar que es así. Es la estrella de turno. 
-Bueno, ¿y entonces qué?
-Se podría solucionar -dijo Turpin, mirándome y colocando un dedo a lo largo de su nariz. 
-Pero ¿y si ya dio testimonio?
-Se puede salir de eso con bastante facilidad. Tiene palanca, ¿sabe? Su padre es Comisionado de Comercio en Inglaterra. Un pez gordo. Puede mover hilos.
-Ah. -Se me empezaba a aclarar el panorama. Turpin y Krishnawami estaban confabulados, y Turpin era la carnada. Pero no solté que me había avivado del jueguito y asentí a todo lo que él decía.
-Suponga que habla con Krishnawami, ¿sabe? Una charla amigable. No lo perjudicará. 
-¿Dónde puedo encontrarlo?
-Estará aquí en menos de lo que canta un gallo. Dijo que vendría a las ocho. 
-Está bíen.
-Me voy, entonces. Si Krishnawami viene, ¿se lo mando?
-Sí, hágalo. 
-Bueno, como diga.
Salió y me imaginé que había ido a buscar a Krishnawami. En efecto, en unos cinco minutos se apareció el tipo, con un saco blanco estilo Eton y fumando un cigarro. Lo había visto a menudo por el lugar, sin saber quién era. Siempre parecía tener una buena cantidad de efectivo para despilfarrar. Era un tipo robusto con un pequeño bigote y una mancha marrón en el blanco de su ojo derecho. Parecía astuto, y lo era, como los hechos lo demostraron.
-Perdón -dijo-, ¿estoy dirigiéndome al señor Adams?
-Sí.
-¿Podría sentarme?
-Con gusto.
Hizo una ligera reverencia y se sentó frente a mí. 
-¿Qué toma?-dije. 
-Un brandy, si me permite.
Se quedó allí sentado, sonriendo con ese aspecto presumido hasta que el muchacho le trajo el brandy. Entonces dijo: -Señor Adams. -Y se detuvo. 
-¿Sí? -dije.
-Parece que mi acto de dar testimonio anoche le ha causado un gran inconveniente -dijo Kríshnawami. Me gustaría disculparme por el problema en el cual se encuentra. -Extendió las manos y sonrió-. Créame, con sinceridad me disculpo.
-Está bien -dije.
-Es usted muy amable. Pero quizá, si me permitiera explicarle, entendería los motivos que suscitaron mi conducta. Estoy seguro de que usted comprenderá.
-Continúe.
-Señor Adams, ¡soy indio! Esos coolies que su coche lastimó también son indios, de mi pueblo. Yo soy un indio ilustrado, un demócrata. No creo en el sistema de castas. Es bárbaro y debería ser abolido. Para mí, todos los hombres son hermanos. Esos coolies son seres humanos como nosotros mismos, ¿no? 
-Oh, totalmente -dije.
-Entonces imagine mis sentimientos cuando al salir del bar de Fenner vi a esos hombres atropellados por su coche y abandonados en la calle sangrando, destrozados, mientras usted continuaba conduciendo sin siquiera prestar atención. Indios, señor Adams, ¡gente de mi pueblo! Nativos, es cierto, pero no animales para ser faenados como ganado. Me arrodillé junto a ellos, me bañé en esa sangre. Uno soportaba unas heridas espantosas en la cabeza, parecía que podía morirse en mis brazos. Usted comprende mi enojo, señor Adams, y por qué, como había anotado el número de su coche, lo denuncié de inmediato a la policía. Debo admitir que, en ese momento, yo también estaba ligeramente ebrio. Bajo la influencia del alcohol, que se me había subido a la cabeza. Si hubiera reflexionado, no habría tomado el rumbo que tomé. Pero actué por impulso. Sin pensarlo. Ahora me doy cuenta de que estaba equivocado, que si usted siguió conduciendo fue por alguna
otra razón, no por insensibilidad, y estoy preparado, hasta donde pueda, para rectificarme. No es posible, qué lástima, revocar mi declaración a la policía, pero hay maneras y medios con los cuales se pueden suavizar los efectos. -Sacó un pañuelo de la manga y comenzó a secarse la frente. Se había acalorado al hablar de los coolies. Tomó brandy y continuó-: Si, por ejemplo, usted ofreciera algún tipo de compensación a la familia del hombre herido...
-¿Serviría de algo?
-A mi parecer, sí. Cuando el caso se presente en tribunales, será un punto a su favor.
-¿Cuánto dinero debería ofrecer? 
-Algo así como quinientas rupias. -Me miró de costado con el ojo que tenía una mancha marrón-. Si colocara esa suma en mis manos, yo me encargaría de que se distribuya de la mejor manera y de un modo que resulte provechoso para usted.
-¿No debería entregarla yo mismo?
-No creo que quizá sería mejor que llegara a través de mí, uno de ellos, comprende. Por supuesto, yo dejaría bien en claro que usted fue el donante y que yo actúo sólo como intermediario.
-Bueno. Lo consultaré con la almohada y se lo haré saber. ¿Qué le parece?
-Magnífico. Yo me alojo en el Laburnum, aquí a la vuelta. Esta es mi tarjeta. Siempre puede contactarme allí. 
-Bien.
-Y respecto a mi testimonio, creo que podríamos llegar a un acuerdo. Mi padre, como sin duda usted está al tanto, es el actual Comisionado de Comercio en Inglaterra. Con gusto él ejercerá sus influencias en su favor. 
-Gracias.
-Me complace ser de utilidad -dijo Krishnawamí-. ¿Me acompaña con otra bebida?
-No, no tomaré más por ahora, gracias. 
-Sólo para mostrar que no hay resentimiento. 
-No, de verdad, gracias. No ahora. 
-Como guste -dijo Krishnawami-. Pero veo que es un caballero, no guarda rencor. Y quizá sea inteligente no beber de más. La policía tiene la inmerecida sospecha de que usted es un hombre de costumbres poco moderadas. El señor Holt, el comisario, es su enemigo. Cuídese de sus espías. ¡En este preciso instante lo están observando! 
-¿Usted cómo sabe todo esto?
Krishnawami sonrió, dio una pitada al cigarro. -Nosotros los nativos tenemos muchos sistemas de comunicación desconocidos para los europeos. Además, las noticias vuelan en Oriente. Si observa esa mesa detrás de usted, verá que le digo la verdad.
Miré hacia atrás. Había un repugnante grupo de infelices mahometanos sentado a la mesa: parecían más asesinos que detectives pero, era cierto, me observaban.
-Agentes del señor Holt -dijo Krishnawami. Se levantó e inclinó la cabeza-. Hasta nuestro próximo encuentro, señor Adams.
-Hasta luego -dije y, mientras se alejaba, observé cómo caminaba, pavoneándose, con el cigarro colocado elegantemente entre los labios. Miré la tarjeta que me había entregado. H. B. Krishnawami; decía: Bachiller en Humanidades, Oxon, y escrito abajo: Hotel Laburnum, Madras. Miré otra vez a los mahometanos. Investigadores un cuerno. Más probablemente amigotes de Krishnawami, vigilándome. Se necesitaba algo más que ellos para que yo dejara de beber-. Muchacho -llamé-, trae otro whisky. Uno grande.
Poco después apareció Shankran. Todo sonrisas, como de costumbre.
-¡Bueno, bueno, bueno! ¿Cómo va? 
-No muy bien -le dije.
-Ya, ya, no te desanimes. Nunca te rindas, sabes. Este caso no es tan complicado como parece. Hice algunas preguntas. Parece que la policía tiene un testigo. Un hombre llamado Krishnawami.
-Lo sé. Recién hablé con él. 
-¡Qué!
Le conté lo que Krishnawami me había dicho. Shankran escuchó; sostenía el cigarrillo en el hueco de la mano y cada tanto inhalaba humo.  -Sí, sí, sí -dijo, y cuando yo finalicé-: es como habías pensado. Este tal Krishnawami es un estafador. Lo tengo calado. Hace tiempo que estoy tras sus pasos. Por eso me sentí complacido cuando llegué. Si Krishnawami aparece en el juzgado, lo desenmascararé como un impostor. Su testimonio no tendrá validez.
-Pero, entonces, ¿no es Krishnawami el hijo de sir Alguien?
-No, no. Eso es pura cháchara. Cien por cien tonterías. Es un impostor.
-Dijo que había detectives observándome. En la mesa de atrás.
-¿Qué? Esos rufianes. Cháchara, muchacho, cháchara. Krishnawami está atrás de tu dinero. 
-Es lo que pensé.
-Tenías razón. Pero no te preocupes, podemos evitarlo. No presenta un obstáculo serio. No. El foco principal es ese coolie. Si muere, Holt te hará difícil la situación. 
-Esta mañana me puso bajo arresto. 
-Lo sé, lo sé. Y el comandante Brant respondió por ti. 
-Las noticias vuelan en Oriente -dije. 
Shankran dijo: -Me enteré por boca del oficial. Él y yo somos buenos amigos. Me mantendrá al tanto de todos los detalles y del desarrollo de los acontecimientos en cuanto al trabajo policial se refiere. -De pronto adoptó un aspecto serio-. Pero si ese coolie se muere... -sacudió la cabeza. 
-¿Y qué tal el otro? -pregunté.
-Oh, está bien. Una pierna rota, eso es todo. No necesitamos preocuparnos por él. -Shankran golpeó la mesa ligeramente con los dedos-. Y escucha, bajo ningún concepto le des dinero a Krishnawami. Preséntale excusas, ¿comprendes? Posterga. Pero no le des nada. No aceptes ningún consejo que no sea el mío.
-Sir Alee ha consultado al doctor Menon, en nombre de la empresa.
-¿Menon? Lo conozco. Uno de esos abogados escrupulosos. Sin bríos. No es el hombre para este caso. No le prestes atención.
-Está bien.
-Yo trataré con Krishnawami. En cuanto a lo demás, reza para que ese coolie no muera. Rézale a Dios. Yo mismo rezaré esta noche. -Hablaba con seriedad. 
-¡Santo cielo! -dije. 
-¡Muchacho, trae algo de gin! -dijo Shankran.
III
Esa noche entraron dos mosquitos en el mosquitero y no pude dormir. Cada vez que me quedaba dormido, uno de los desgraciados se me acercaba zumbando y me picaba, y al fin tuve que levantarme y aplastarlos. Aun así no pude dormirme pensando en ese coolie. Hacía un calor infernal y yo sudaba y pensé: "supongamos que se muera". No quería que me dieran tres años como a Cornford. No me importa decirles que esa noche recé; me sentía pésimo. Al fin me las ingenié para dormir y me desperté tarde a la mañana sintiéndome una basura. Multé al maldito muchacho con diez centavos por cada mosquito y salí para la oficina. No había estado ahí mucho tiempo, cuando el Viejo me mandó buscar. Subí y el doctor Menon estaba con él, que tenía un aspecto serio.
-Acerca de ese accidente suyo, Adams -dijo sir Alee-, ¿sabía que la policía tiene un testigo?
-Sí, sir -dije-. He hablado con él. 
-¿Es verdad que es el hijo de un Comisionado de Comercio en Inglaterra? -dijo el doctor Menon. 
-Así me dijo.
Menon asintió. Podía ver que le causaba impresión. 
-¿De qué le habló? -dijo sir Alee. 
-Sugirió que debía ofrecerle algún tipo de compensación a la familia del hombre herido, sir. 
-¡Bah! ¿Cuánto? 
-Quinientos.
-¡Bah! ¿Usted qué piensa, Menon? 
-No nos perjudicaría en nada hablar con ellos, sir -dijo Menon-. ¿Tiene su dirección, señor Adams? 
-Sí. Aquí está su tarjeta.
-Bueno, podríamos ir por allí esta tarde y verlo, ¿eh? -Miró a sir Alee, quien gruñó "buena idea", así que consentí.
Esa tarde, Menon y yo fuimos al hotel de Krishnawami, al final de la calle Mount. Estaba allí, por supuesto, muy halagado y complacido al vernos. Era una imagen infame la de esos dos juntos. Menon y él, ambos hablando un inglés de Oxford e intentando superar al otro. Por Dios, tendrían que haberlos escuchado. Krishnawami deslizó algo sobre su padre y pude ver que Menon le creyó. Se lo tragó todo. Al fin, después de bastante de todo eso, fuimos al grano. Krishnawami porfiaba en quinientos mangos y Menon parecía creer que sería bueno si yo aflojaba.
-Pero miren -dije-. La policía me entabla juicio, no la familia de este tipo. ¿Cómo ayudará darles quinientos?
-Causará una buena impresión en el juzgado -dijo Menon.
-De todos modos, la suma me parece un tanto abultada -dije, y en verdad lo era. Pues, qué diablos, quinientos mangos era casi el salario de un mes entero.
-Oh, venga, señor Adams -dijo Krishnawami-. Cuando pienso en ese pobre coolie, con su sangre y sus sesos salpicando la calle, cuando pienso en su pobre familia, por la terrible preocupación e incertidumbre que estarán atravesando, a veces me pregunto si existe alguna suma de dinero, por más grande que sea, que pueda suministrar compensación suficiente.
-Bueno, de todas maneras -dije-, aún no está muerto, porque esta tarde llamé al hospital y me dijeron que evoluciona bien.
Me había guardado esta carta en la manga y pude ver que era un revés para Krishnawami: no le gustó para nada. Entonces Menon apareció con otra.
-Bueno -dijo-, consideraremos su propuesta, señor Krishnawami. En lo personal, estoy a favor. Si el señor Adams nombra a alguna persona responsable para distribuir esa suma entre la familia del hombre, no tengo dudas de que una acción de este tipo tendrá una influencia favorable en el juzgado.
A Krishnawami tampoco le gustó esto. Contaba con apoderarse de la plata. Inclinó la cabeza y mostró los dientes, pero no fue una sonrisa. Dijo: -Quizás el señor Adams prefiera consultar a su otro abogado, el señor Shankran, antes de comprometerse a continuar con el procedimiento.
-El señor Shankran? -dijo Menon. Frunció el ceño.
-Creo que estoy en lo cierto, señor Adams, ¿o no? -dijo Krishnawami-. ¿El señor Shankran también lo representa? 
-Sí -dije.
Me pregunté unos instantes cómo diablos lo sabía, y entonces recordé a esos mahometanos.
-Las noticias vuelan en Oriente -dije. Krishnawami sonrió e inclinó la cabeza. Sabía que me había caído la ficha, pero no le importaba. El juego había quedado al descubierto. Menon seguía con el ceño fruncido. No dijo nada más sobre Shankran; sin embargo continuó contrariado. Cuando bajábamos las escaleras intenté explicarle cómo eran las cosas, pero volvió la cabeza y dijo: -Es muy poco profesional tener dos abogados. Tendría que haberme informado antes.
En el coche evidentemente pensó en algo, porque dijo: -Me pregunto si hoy por la tarde sería posible ver al señor Shankran. Dado que la situación ha trascendido, quizá pueda convertirse en una ventaja. El señor Shankran y yo deberíamos intercambiar opiniones lo antes posible. 
-Podemos ver si se encuentra -dije. 
Estaba. Lo encontramos sentado delante de una mesa repleta de alegatos, ocupado con un caso importante, nos dijo.
-El doctor Menon y yo hemos visto recién a Krishnawami -dije.
-Oh, sí. ¿Qué sucedió?
Menon, todavía en el rol principal y haciéndose respetar, dijo: -Parece que el señor Adams lo consultó a usted antes de que sir Alee me llamara. Por lo tanto, creo que deberíamos aunar nuestros conocimientos y trabajo lo más posible de aquí en adelante.
-Sí, sí. Por supuesto. Encantado, doctor Menon. ¿Qué dijo Krishnawami? 
Menon le contó.
-¿Usted está convencido de que este hombre no tiene ningún otro motivo para sugerir la compensación? -dijo Shankran.
-Por mi parte, estoy completamente convencido -dijo Menon. Discutieron el asunto durante un rato, pero Shankran no consentía; aún no le gustaba la idea. Al fin, Menon se puso de pie para marcharse. Dijo adiós y ya estaba en la puerta, cuando dio media vuelta, como si hubiera recordado algo.
-Oh, sí. Un momento, señor Shankran. -Se dirigió a mí-. Estoy seguro de que usted nos disculpará, señor Adams. Un simple asunto técnico.
-Por cierto -dije-. No se preocupen por mí. -Así que salieron juntos a la galería al tiempo que yo me preparaba otro whisky con soda. Mientras lo bebía, podía escucharlos conversar en tamil. Pronto regresaron, ambos sonreían y Menon parecía de mejor humor.
-Esto ya está en orden -dijo-. Si decide a favor de la compensación, ¿me lo hará saber, señor Shankran? -Shankran dijo que así lo haría y Menon se fue. No me dio la mano, sólo dijo "adiós" y pienso que aún estaba un poco molesto. Apenas se marchó, Shankran dejó de sonreír y se volvió hacia mí.
-Mugriento bainchut -dijo-. ¿Sabes lo que me dijo allá afuera?
-No tengo la menor idea.
-"No se preocupe, Shankran -dijo-. Consiga lo más que pueda de él. A mí me paga la empresa. No pediré mi tajada." ¿Lo ves? Corrupto bainchut Son todos lo mismo por aquí: lo exprimen a uno hasta el último centavo. Por Dios, Adams, ¡puedes estar agradecido a tu buena estrella que yo sea derecho! -Golpeó nuevamente la mesa con los dedos-. En cuanto a Krishnawami, si aparece cerca del juzgado lo destrozo. Pero no lo hará, puedes estar seguro. Esas quinientas rupias que quiere, las quiere para pagar la cuenta del hotel. ¡Es la suma que le debe al dueño! 
-¡Qué! -dije-. ¿Cómo lo sabes? 
-Lo descubrí -dijo Shankran-. Mi tarea es descubrir cosas. Krishnawami está hasta el cuello de deudas. ¡Es un farsante!
Se quitó los anteojos y los limpió. Estaba tan furioso que empezó a sudar copiosamente y el sudor corrió por su nariz hasta los anteojos, así que no podía ver. Limpió los anteojos y dijo: -De todos modos, no aparecerá por el juzgado. ¡Sabe que estoy tras él!
-No crees que Menon está trabajando con Krishnawami, ¿no? -dije.
-¿Menon? Oh, no. Él es también un farsante, pero no de ese tipo. No tiene las agallas. 
-¿No crees?
-Estoy seguro, muchacho, seguro. No. No tienes que preocuparte por el asunto. En cuanto al caso, todo saldrá bien si ese coolie se recupera.
-Por ahora se recupera. Mañana iré a verlo al hospital.
-Eso está muy bien -dijo Shankran-. Pero recuerda, no le entregues dinero. Yo te diré cuando sea el momento de pagar.
-Súper -dije.
IV
Al día siguiente me acerqué al hospital y allí estaba ese coolie con la cabeza y el rostro vendados y toda su familia llorando y gimiendo alrededor de la cama. El coolie con la pierna rota también estaba allí, pero no parecía tener familia, o al menos yo no la vi.
La madre del coolie con la cabeza rota vino y me habló. Por supuesto, en tamil, y yo no entendí ni la mitad de lo que me decía, pero le dije en inglés cuánto lo sentía y creo que me entendió, porque me saludó con un salaam y señaló a su muchacho y dijo algo más mientras sollozaba todo el tiempo. Me sentí horriblemente mal. La vieja no parecía enojada, sólo muy triste, y no cesaba de llorar. Casi me puse a sollozar yo mismo, no me importa decirlo. Le hablé al coolie, pero no me respondió: estaba recostado con los ojos cerrados, que uno podía ver a través de las vendas, y me pareció que estaba bastante mal. Me sentí espantosamente. Le hablé al otro coolie, que esbozó una sonrisa y pareció bastante animado, así que le dije algo más a la madre, quien profirió otro salaam, todavía sollozando. Y el resto de la familia se apiñó alrededor: todos parloteaban y algunos de ellos también hicieron salaams. Podían darse cuenta de que yo
lo sentía. Entonces salí y le dije a la jefa de enfermeras que le diera a los coolies cualquier cosa extra que desearan y me lo cobrara a mí.
-Es muy amable de su parte, señor Adams -dijo ella-, pero pienso que están bastante cómodos. Tienen todo lo que quieren.
-El que tiene la cabeza rota parece mal. ¿Vivirá? 
-Sin duda. Ya está fuera de peligro -dijo, así que le agradecí y salí. Sin embargo, camino al bungalow, en el coche, todavía me sentía espantosamente.
Pasó una semana y no escuché nada más, excepto que recibí una notificación de la policía en la que me decían que en tres días debía comparecer por varios cargos. Entonces, una mañana sir Alee me mandó buscar.
-Adams -dijo-, el señor Menon estuvo ayer por aquí. Dice que quiere dejar el caso debido a que usted ya tiene un abogado que lo representa. ¿Es así? 
-Sí, sir -dije.
-¿Quién es? ¿Un buen hombre? 
-Sí, sir. El señor Shankran.
-¡Humm! He escuchado sobre él. Siempre al borde de la cornisa, ¿no?
-Es un abogado astuto, sir.
-¡Humm! ¿No representó a Cornford?
-Sí, sir.
-¿Cree que logrará que lo absuelvan? 
-Parece estar bastante confiado en eso. 
-Me alegra. Entonces, ¿seguro que no necesita a Menon? 
-No, sir.
-Muy bien -dijo sir Alee-. Si está conforme.
V
No pude encontrar a Shankran en ninguna parte. Se había largado tras un caso y nadie parecía saber en dónde estaba. Yo debía comparecer al día siguiente y no sabía qué diablos hacer. Me quedé en lo de Fenner y bebí un whisky puro tras otro; me sentía atroz. Luego, de repente, hacia el fin de la tarde, Shankran apareció. Por Dios, nunca estuve tan contento de ver a alguien en toda mi vida.
-Hola, hola, hola -dijo-. ¿Cómo estás? Recién vuelvo de las montañas. Estuve tras un testigo. ¡Muchacho, trae gin!
-Escuche -dije-, mi caso se presenta mañana a las doce. ¿Tiene todo arreglado?
-¿Mañana? Yo no puedo comparecer por ti mañana. Estoy hasta el cuello. Una violación. Un caso muy difícil. He sobornado al testigo principal, pero aún hay otros dos a los que debo presionar. Mañana es imposible. No estaré aquí.
-Bueno, ¿qué diablos sucederá?
-No te preocupes. Tú tampoco te presentarás.
-¡Pero recibí la notificación!
Shankran sacudió la cabeza. -No comparecerás. Estás enfermo. No puedes presentarte si estás enfermo. 
-¿Qué quiere decir con enfermo? 
-Estás descompuesto. Tienes disentería. 
-No tengo disentería en absoluto.
-Claro que sí. No seas tonto. Lograremos que el caso se posponga. Ven a verme mañana por la mañana y yo lo resuelvo por ti.
Así que a la mañana siguiente me encontré con él y me llevó en su coche hasta George Town, a través del mercado y por un montón de estrechas calles apestosas. Nos detuvimos en una farmacia que afuera tenía pegados carteles que publicitaban curas para la sífilis.
-Por aquí arriba -dijo Shankran, así que subimos por unas mugrientas escaleras y llegamos a la sala de espera de un médico llena de nativos cubiertos de llagas. Shankran mandó a alguien con su tarjeta y el doctor nos recibió de inmediato. Era un hindú con una gran barba negra.
-Ah, sí. Señor Adams, ¿cómo está usted? Disentería, ¿no? De inmediato le firmo el certificado.
Se sentó y escribió el certificado que decía que yo sufría de disentería; le agradecimos y nos marchamos.
-Esto ya está arreglado -dijo Shankran-. Al pasar, déjame en el juzgado, registraré el certificado. No te asustes si no sabes nada de mí durante un tiempo, debo buscar a esos testigos. Maldición a los corruptos bainchuts. Coimas, eso es lo único en lo que piensan en este país.
VI
Una noche, Fenner me dijo: -¿Has visto últimamente a Krishnawami?
-No -dije.
-Bueno, no lo verás más. Se fue a la mierda. Salió disparando a Bangalore.
-Por Dios. ¿Es eso cierto?
-Absolutamente cierto. Le debe al tipo del Laburnum quinientos mangos.
-Por Dios. ¿Te debe algo a ti?
-No, pero ese pequeño desgraciado de Turpin sí, y él también se ha marchado. Se han fugado juntos. 
-Por Dios - dije-. ¿Quieres otro trago?

VII
Bueno, al fin se presentó el caso. La noche previa me encontré con Shankran y me dio una colosal lista de respuestas que debía emitir en el juzgado.
-Mejor memoriza esto -dijo-. Apréndelas al dedillo. No tendrás problema. Conozco al magistrado. Es un caballero. No tendrás que declarar. En cuanto al testigo, Krishnawami se fue. Se escapó cuando amenacé con dejarlo al descubierto. El sereno de Spinner's vio el accidente pero ya arreglamos y está todo bien. El comandante Brant, por supuesto, hablará por ti. El inspector también está de nuestra parte. A propósito, debes darle trescientos mangos cuando todo haya terminado.
-¿Crees que ganaremos?
-Claro que sí. Sin Krishnawami no tienen caso. Será una tarea fácil.
En el juzgado hacía mucho calor y estaba atestado de gente, con grupos de nativos desparramados en los pasillos; todos charlaban más fuerte que una orquesta, escupían y masticaban nuez de betel, unos tipos con fajas rojas y enormes platos de bronce a la altura del pecho se pavoneaban de un lado a otro y vociferaban que se callaran y hacían más estruendo que todos los demás juntos.
Adentro, algunos policías nativos mantenían el orden y se parecía bastante a los juzgados americanos que muestran en las películas, con bancos por todas partes y una tarima alta para que se siente el magistrado. Vi al viejo Brant y a algunos de los muchachos, pero ni señales de Krishnawami. Holt, por supuesto, al ser comisario, no estaba, pero toda la familia del coolie sí, y pronto se abrió camino una ambulancia y trajeron a los coolies en camillas.
-¿Te aprendiste bien las respuestas? -me preguntó Shankran. 
-Sí -dije.
Entonces entró el magistrado y todos nos pusimos de pie. Era un mahometano y Shankran lo conocía bien. Golpeó con el martillo y todos nos sentamos nuevamente. El mío fue el primer caso. El inspector dio su testimonio primero, en nombre de la querella, luego Shankran llamó al comandante Brant para la defensa.
Después de que hablaron, se pronunció el nombre de Krishnawami. No hubo respuesta. El asistente caminó hacia un lado y otro gritando "¡Señor Krishnawami.'", pero Krishnawami no apareció. Llamaron de nuevo al inspector para que declarara. Leyó en voz alta la declaración hecha por Krishnawami, en el sentido de que yo había provocado el accidente y, aún más, insensiblemente había continuado mi camino, estando en el momento bajo la influencia del alcohol.
Shankran dio un salto. Sudaba en abundancia. Se limpió los anteojos y la nuca y gritó:
-¿Niega que este testigo estaba ebrio en el momento de dar su testimonio y, más aún, que uno de sus acompañantes estaba en una condición tan deplorable que usted rechazó aceptar su declaración?
El inspector no lo negó.
-Por lo tanto, para la fiscalía el caso se apoya sólo en la declaración de dos hombres que estaban embriagados, y quienes desde ese momento han abandonado la ciudad -dijo Shankran-. Gracias, eso es todo. -Se sentó otra vez.
-¿Usted dice que no puede hallarse a los testigos? -dijo el magistrado.
-No, Su Señoría -dijo el inspector-. Sus paraderos actuales son desconocidos.
-Humm. ¿El acusado se declara culpable o inocente? 
-Culpable, Su Señoría -dijo Shankran-, del cargo de provocar el accidente; no del cargo de ebriedad. 
-¿Se acerca, por favor, el acusado...? Shankran me dio un ligero codazo, yo me adelanté y me coloqué frente a la tarima.
-¿Se declara usted culpable de los cargos que se le imputan?
-Excepto del de ebriedad, Su Señoría -dije. 
-¿Qué provocó que su coche embistiera a estos hombres? 
-Un perro paria, Su Señoría. Apareció corriendo en medio de la calle, y al hacer un esfuerzo para esquivarlo, provoqué el accidente.
-¿Por qué continuó conduciendo, en lugar de detenerse para socorrer a los hombres que había lastimado?
-Perdí la calma, Su Señoría.
-¿Por qué no le informó a la policía?
-La misma razón, Su Señoría.
-Humm. Bueno, en ausencia de una mayor evidencia, el caso deberá ser aplazado para que el tema de la compensación se discuta entre las partes interesadas.
Shankran dio otro salto, se limpiaba los anteojos como un loco.
-¡Su Señoría! -dijo-. ¿No puede ser discutido sin demora el tema de la compensación? Mi cliente ha sufrido considerables molestias a raíz de este caso y pronto procederemos a su conclusión sin una nueva postergación.
-Muy bien -dijo el magistrado. Examinó a los coolies. El que tenía la pierna rota tenía un yeso blanco y el otro se había quitado algunas de las vendas de la cara y parecía un poco mejor.
-Digamos, entonces... -El magistrado se acarició la barbilla-. La suma de trescientas cincuenta rupias.
Repitió la suma en tamil y miró a los coolies y a la vieja madre que estaba sentada con la familia en uno de los bancos delanteros. Ella asintió con la cabeza y comenzó a llorar de nuevo, y el resto de la familia comenzó a discutir y a hablar en tamil.
El magistrado llamó al orden con el martillo y dijo: -También deberá pagar una multa de ciento cincuenta rupias por conducir un vehículo en contra del bien público y cincuenta rupias por no haber informado el accidente a la policía. Estas sumas deben pagarse al empleado administrativo del juzgado. Caso cerrado. -Así que en total me costó ochocientos cincuenta mangos... Esto incluía trescientos para el inspector y, encima, los honorarios de Shankran. Por Dios, valió la pena de todos modos. Después de esto, estuve un mes entero de juerga. Tal fue el alivio que sentí al salvarme. De hecho, esa fue la causa de que me despidieran, no el accidente. Considerándolo bien, sir Alec fue increíblemente amable al respecto, dijo que yo no podía continuar dadas las circunstancias pero, sin embargo, me dio unas excelentes referencias. Así es como regresé a Inglaterra.
No conocen ningún buen trabajo disponible, ¿no?