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domingo, 7 de octubre de 2012

El final de Santiago Velasco

El final de Santiago Velasco
Antonio Pereira (España)
Anda, vístete, ese chapoteo de los bronquios se cura -me tranquilizó Velasco aquella mañana. 
Como si quisiera dejar bien claro que aquello era un acto médico, fue a sentarse detrás de la mesa maciza de su despacho. 
-Pero tienes que dejar el cigarro, sin esa condición no vamos a ninguna parte -atenuó sus seguridades mientras yo me metía el faldón de la camisa y me pasaba el peine.
Por entonces Velasco era un hombre fuerte, con su barba rojiza parecía un vikingo, quién pensaría que yo iba a sobrevivirle. Completó su papel haciendo que la vieja asistenta me acompañara hasta la puerta de lo que era consulta, en el caserón de una estirpe de varones dominantes que habían llenado la comarca de hijos naturales, de hermanos que acaso no se reconocían unos a otros...
Cuando yo llegaba al final de la escalera de piedra noble, empezaba a subirla, despacio, cabizbajo, aquel
hombre rubio de la fabrica de harinas de las afueras, Velasco me había citado como a cualquier otro paciente, a sabiendas de que unas horas más tarde volveríamos a estar juntos, él y yo, frente a la chimenea donde se dorarían unas castañas y silencios y nuestras historias. Así venía siendo desde el regreso reciente de Velasco a la ciudad, con sus sesenta años y el cansancio elegante del hombre que ha vivido por esos mundos: «A acabar ejerciendo aquí, como un simple médico de los de antes».
Fue una decisión extraña la de Santiago Velasco, un profesional de experiencia intensa, nada menos que director, en hospitales de España y hasta de África. Pero esos méritos no figuraban en el papel de recetas que se encargó, ni en la placa escueta que apareció en la portalada de la casona.
El comienzo de la noche es una hora mala si uno no tiene a mano un amigo y un vaso. En la noche de aquel mismo día de mi consulta, lo recuerdo porque él quiso celebrar mi promesa de abandonar el tabaco y bebimos un Valdaiga 1979, sacó un recuerdo que le venía desde hace mucho. El joven estudiante de entonces volvía a casa a pasar unas vacaciones. Tenía motivos para sentirse feliz. Le faltaba poco para ser médico y esto fascinaba a las chicas, más que las carreras de perito agrícola o de abogado que seguíamos otros mozos de la misma hornada. Yago Velasco hacía el viaje con su padrino, el Velasco que un día iba a dejarlo heredero de una maraña de bienes raíces. Y en el Ford de dos plazas, el más prestigioso entre las tres o cuatro docenas de autos que habría en la comarca. Se hablaban poco el padrino y su ahijado. A mediodía se detuvieron a comer en el alto de la Cruz, «debería ser un episodio corriente» dice Velasco, que a veces
hablaba como un poeta: «pero presentí que sería una vivencia imborrable. En una mesa, la segunda de la derecha entrando al comedor, junto al perchero de árbol, comían el conductor y el ayudante de un camión, quizá hubiera algún viajante. En la mesa contigua a la nuestra estaba el médico del pueblo, hasta que le trajeron un aviso y dobló el periódico que tenía junto al plato y la niña rubia vino muy deprisa a servirle el arroz con leche. Porque había una niña rubia y una niña morena, para la docena de comensales que seríamos. No sirvientas a sueldo, claramente las hijas del dueño del hotel, las señoritas de la casa. Yo era ambicioso en mi carrera y el éxito lo imaginaba en las costosas caobas de la consulta de un especialista de la capital, en las luces brillantes de los quirófanos. Y de repente cambié mi sueño secreto, junto a la indiferencia de mi padrino que se había comprado un habano para enfrentar la tarde. Ser médico de un
pueblo, vivir en un hotel y casarse con la hija del dueño del hotel y tener una habitación al mediodía, frente a la montaña. Eran como princesas. Como hijas de un rey o de un jefe de tribu: de la Reconquista podrían ser, en tratándose de aquellos riscos. Resultaba duro tener que decidir entre la del pelo negro, más hechita de carnes, y la que recogía en el pelo y en el vestido los flecos de sol que entraban por los cristales muy limpios. Me entretuve en maquinar una solución, el adulterio en casa, que además sería incesto, todo muy suave y con delicadeza. Cómo sería la cosa que mi padrino me estorbó esta vez los pensamientos: "Me parece a mí que si tienes moza va a tener razón de celarse, rapaz". Y nos fuimos al coche, y yo sabía que estas dos horas no se marcharían nunca de mi vida».
-Pues no te hizo mucho efecto -le dije a Velasco-, por lo menos durante estos cuarenta años. -Y que me parecían romanticismos.
-Yo fui médico director. O director médico. Demasiadas veces oía: «Señor director», en vez de «doctor Velasco». Firmaba cuentas, proponía nombramientos, tenía mis responsabilidades y pasaba revista a los aparatos, inspeccionaba la lavandería. Un día, un representante de placas para rayos terminó su oferta y se estaba despidiendo, y ya de pasada, me pidió un alivio para la tos aguda, yo trataba con los laboratorios pero no recordaba el nombre de ningún antitusígeno...
Esto dijo Velasco aquella tarde. Empezaron a pasar los días, los meses. Aunque fuera con lágrimas vergonzantes, yo me mantenía alejado del vicio tranquilizador y suave, que mi médico amigo llamaba homicida. El se fue acomodando al pulso lento de nuestra ciudad. Había venido con poco más que el estetoscopio y el aparato de medir la tensión y algunos libros. Se arreglaba con un vademécum para recetar era prudente y no abordaba más casos que los que él sabía a su alcance. Tenía sentido común. Al principio le llegaban enfermos a la consulta, por la novedad de que era un médico como los de antes, y que apenas cobraba. Pero, a fin de cuentas, los enfermos y las familias tienen el ambulatorio, donde se mata la mañana con mucha convivencia y palabreo, y además es gratis del todo. Le fueron quedando no mas que algunos fíeles, casi todos autónomos, una clase a extinguir.
Velasco mismo empezó a amustiarse. Era fatal, eso tenía que ocurrir más pronto o más tarde. Yo se lo había dicho a tiempo: «Tú mira lo que haces, has llegado en septiembre que es el mes de oro, pero espera a que llueva y empiece el campaneo de las Ánimas, se ve que te has olvidado por esos mundos...».
Decididamente, se había puesto a envejecer por dentro, y no puede decirse que tuviera edad para tanto, a estas alturas de la ciencia. Aquel hombre vivía como suyos los padecimientos de los pacientes. El mismo «les sudaba las fiebres» como dicen por aquí para casos de demasiada conmiseración con los enfermos.
-La verdad es que apenas había visto enfermos -él me lo confesaba-, como no fuera de inspección por las salas, por si convenía reponer los pijamas o las ropas de cama. Y ni a mí mismo, como enfermo, me había visto nunca...
Le ayudé trayéndole la Ninfa, una perrita muy lista. Le había «prestado» a Magdalena. En los sitios pequeños no hay mucho donde elegir, y mi amiga de sábados ocasionales resultaba bien para abrirles la puerta a los visitantes, mejor que la vieja asistenta. No fue extraño que la nueva terminara haciendo algo más, consolando en horas tantas a un hombre que vive solo y en una casa grande y sombría. Un hombre todavía apuesto. Un día apareció sin la barba y resultaba una tez más clara que lo que uno esperaba, y sus ojos parecían ahora de un gris azulado. A mí no me importaba mucho su apaño con Magdalena, cada vez necesito menos a Magdalena.
-Si este hombre tuviera sentido común -me confesó ella misma-, empezaría por ir de cliente a un buen médico, no es el hombre que aparenta por fuera. 
Pero el dueño de la casa no dejó nunca de propiciar aquel rito nuestro de las ocho de la noche, aunque hoy podía estar franco de carácter y mañana contenido y cerrado.
Por aquellas expansiones de amigos y por algunas palabras de Magdalena y hasta por signos de la Ninfa, puedo contar el acto final de la vida de Santiago Velasco. Un caso curioso, el de aquella hipocondría que le vino como por contagio. Para entonces ya se había quedado con un solo paciente. La perra se alborozaba con este, le hacía las mismas zalamerías que a su amo, como si el paciente único fuese de la familia.
Este paciente era un enfermo resabiado que desmenuzaba los indicios más sutiles, probablemente había pasado la vida de consulta en consulta. Refería un nuevo síntoma y el médico empezaba a sentirlo en su propio cuerpo, y sobre todo en su alma. Todo empezó cuando un día, después de la toma de tensión, Velasco a solas se la tomó a sí mismo y encontró que tenía exactamente los mismos valores que el otro, tanto en la máxima como en la mínima.
No era portentoso, el calculo de probabilidades dice que un azar así no es gran cosa. Quizá Velasco llegó a olvidarlo. Hasta que volvió el individuo con unas palpitaciones y hubo que recetarle un sedante; entonces a Velasco le dio por tomarse el pulso y le saltaban algunas extrasístoles, dicen que no hay cosa más caprichosa y fomentadora de las aprensiones que esto del pulso. Cuando el otro vino quejándose de insomnio, Velasco dejó de dormir. Velasco tuvo dolores vicarios de estómago y sufrió el taimado picor del polvillo de los cereales. Los primeros gatillazos de Velasco en la cama ocurrieron a continuación de que el paciente aludiera con timidez a su problema conyugal, «a ver si usted me puede dar algo para fortalecer la naturaleza».
De todos modos, las coincidencias podían ser subjetivas, bromas de la mente. Hasta que el paciente acudió a la consulta y exhibió un lunar de mal color por si pudiera ser maligno, algo que podía verse y tocarse. No sabemos si un lunar o una verruga, para el caso da igual, y Velasco se vio en el mismo lugar de su cuerpo una excrecencia gemela de la del fabricante de harinas...
Porque el paciente era aquel hombre rubio y de ojos azules, pálido como la harina de trigo, de la fábrica La Maragata, el mismo que yo había visto subir a la consulta el día en que me apuró la bronquitis... Si esto fuese un cuento, valdría lo del clavo que si figura al principio tiene que servir luego para algo... El 11 febrero de 1988, lo sé porque tengo anotada la fecha en que recaí con furia en el tabaco, el paciente último del doctor Velasco remontaba la noble escalera, y esta vez la Ninfa ladró, ronco y prolongado. Con dificultad alcanzó el hombre el timbre de la puerta de arriba. Con la mano derecha se apretaba el pecho en el sitio del corazón, Magdalena lo pasó deprisa al despacho, y al médico debió de bastarle la primera ojeada para comprender de qué iba la cosa. Santiago Velasco, con diligencia fraterna, le alargó al otro una pastilla para que la pusiera debajo de la lengua y él mismo no quiso perder ni un instante y ya estaba
con una pastilla idéntica en su propia boca. En el mismo día murieron los dos. Comprendo que haya incrédulos, pero allá cada cual.