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miércoles, 17 de octubre de 2012

la faja del kimono


«¿Estás más delgado, no? ¿Te pasa algo? No tienes buen aspecto últimamente...»
Eso le había dicho de pasada su amigo T., cuando un rato antes se encontraron con él en el Ginza. Okada recordó entonces que también esa noche la había pasado con Aguri, y se sintió más cansado que nunca. Por supuesto que T. no le atacaba por eso: sus relaciones con Aguri eran archisabidas, no había nada de raro en verle pasear con ella por el centro comercial de Tokio. Pero para Okada, para sus nervios en tensión y su vanidad, aquellas palabras de T. eran inquietantes. Todo el mundo le veía más delgado; hacía ya un año que la cosa le preocupaba. En los últimos seis meses el cambio era perceptible de día en día: sus opulentas carnes iban desapareciendo poquito a poco. Había tomado la costumbre de examinarse furtivamente en el espejo cada vez que se bañaba para comprobar su enflaquecimiento, pero ya le daba miedo mirar. Antes (por lo menos hasta hacía un par de años) se decía de él que tenía hechuras casi femeninas, lo cual más
bien le enorgullecía. «Tengo una constitución que recuerda la de una mujer, ¿verdad?», les decía maliciosamente a sus amigos en la casa de baños. «¡A ver si vais a pensar algo raro!» Pero ahora...
Era de la cintura para abajo donde su cuerpo parecía más femenino. Recordó cómo se paraba frente al espejo y se extasiaba ante su imagen, pasándose la mano amorosamente por las blancas y obesas nalgas, redondas como las de una muchacha. Sus muslos y sus pantorrillas eran casi demasiado abultados, pero le encantaba ver lo macizas que parecían sus piernas, piernas como de moza de taberna, al lado de las flacas de Aguri. En aquel entonces Aguri sólo tenía catorce años, y las piernas tan delgadas y rectas como las de cualquier chica occidental: estiradas junto a las de él en el baño parecían más bonitas todavía, y eso a Okada le complacía tanto como a ella. Aguri era un chicazo: de un empellón le tumbaba de espaldas y se le sentaba encima, o se paseaba sobre él, o le pisoteaba los muslos como amasándoselos... Ahora, en cambio, ¡qué piernas tan escurridas y miserables! Antes se le hacían hoyuelos en las rodillas y en los tobillos, pero
últimamente era patético ver moverse los huesos bajo la piel. Las venas sobresalían como gusanos. También las nalgas se le estaban aplanando: cada vez que se sentaba sobre algo duro, era como un entrechocar de tablas. Hasta hacía poco no se le habían empezado a marcar las costillas: una por una fueron señalándose en relieve de abajo arriba, y ahora era ya todo el esqueleto del pecho lo que se le dibujaba con tal nitidez que parecía una macabra lección de anatomía. Como era muy comilón, pensó que la redondez de su barriguita estaba asegurada, pero hasta eso se iba encogiendo paulatinamente: ¡a ese paso, pronto se le marcarían las tripas! Casi tanto como de sus piernas había presumido de sus brazos tersos, «femeninos»; cualquier pretexto era bueno para arremangarse y lucirlos. Eran la admiración y la envidia de las mujeres, tema de bromas con sus amigas. Ahora la mirada más benévola no habría encontrado en ellos nada de femenino, ni
de masculino tampoco, a decir verdad. Más que brazos humanos semejaban un par de palitroques, dos lápices colgados del tronco. Cada pequeña oquedad entre hueso y hueso se iba ahondando, vaciándose de carne. «¿Hasta cuándo podré seguir enflaqueciendo de esta manera?», se preguntaba. «¡Es milagroso que todavía pueda salir a la calle con esta horrible escualidez!» Daba gracias por estar vivo, pero también estaba un poco aterrado...
Aquellos pensamientos eran tan desmoralizantes que Okada sintió un súbito mareo. Tuvo una sensación opresiva en la nuca; sintió como si le temblaran las rodillas y se le doblaran las piernas, como si fuera caerse de espaldas. Sin duda también influía su estado de nervios, pero sabía muy bien que aquello era el resultado de largos excesos, sexuales y de otra índole; lo mismo que su diabetes, que era el origen de algunos de esos síntomas. Ya de nada servía lamentarse, pero sí le irritaba tener que pagarlo tan pronto y pagarlo, además, con la ruina de su aspecto, que era su más preciada posesión. «Aún no he cumplido los cuarenta años», pensó. «No sé por qué me tiene que fallar la salud así...» Quiso llorar y patalear de rabia.
-Espera un momento... ¡Mira ese anillo! Es un aguamarina, ¿verdad? ¿Qué tal me quedaría?
Aguri, tirándole de la manga, se había parado en seco delante de un escaparate, y al decir eso agitaba el dorso de la mano debajo la nariz de Okada, flexionando y extendiendo los dedos. Sus largos y finos dedos, tan suaves que parecían hechos sólo para el placer, relucían bajo el brillante sol de mayo con un encanto particularmente seductor. Una vez, en Nankín, Okada, mirando las gráciles manos de una cantora, apoyadas sobre una mesa como los pétalos de una exquisita flor de invernadero, había pensado que no podía haber belleza más delicada que la de las manos de una mujer china. Pero las manos de Aguri eran sólo un poquito más grandes, ligeramente mas parecidas a las de un ser humano vulgar. Si las manos de la cantora eran flores de invernadero, las suyas eran flores del campo frescas y lozanas, aún más atractivas por ser menos artificiales. Qué bonito sería un ramillete de flores con pétalos así... 
-¿Qué te parece? ¿Me quedaría bien? 
Aguri apoyó las puntas de los dedos en el antepecho del escaparate, las recogió con un ademán sinuoso de danzarina y se las quedó mirando como si ya no se acordara del anillo.
Okada respondió balbuceando algo que se le olvidó inmediatamente. También él se quedó mirando las bellas manos que conocía tan bien... Habían pasado varios años desde que empezara a jugar con aquellas deliciosas porcioncitas de carne: estrujarlas en las suyas como si fueran pellas de barro, metérselas en los bolsillos a modo de calentador, o en la boca, debajo del brazo, debajo de la barbilla. Pero mientras que él envejecía sin pausa, aquellas manos misteriosas parecían cada vez más jóvenes. Cuando Aguri sólo tenía catorce años estaban amarillas y secas, llenas de arrugas diminutas; pero ahora, a los diecisiete, la piel era blanca y tersa, y tan lustrosa, incluso en los días más fríos, que daba la impresión de que la grasa podía empañar el cerco de oro de su anillo. Manitas infantiles, tiernas como las de un bebé y voluptuosas como las de una prostituta: ¡qué frescas y juveniles eran, siempre incansables en la búsqueda del
placer...! Pero a él, ¿por qué le había fallado así la salud? El solo hecho de mirar las manos de Aguri le hizo pensar en todas las cosas a las que le habían incitado, en todo lo que ocurría en las habitaciones de sus citas clandestinas; y por la fuerza de la sugestión empezó a dolerle la cabeza... Con los ojos fijos en ellas se puso a pensar en el resto de su cuerpo, allí a la plena luz del día, en el Ginza lleno de gente. Vio sus hombros desnudos... sus pechos... su vientre... sus nalgas, sus piernas... una por una, todas las partes del cuerpo de Aguri desfilaron ante su vista con alarmante claridad, en formas extrañas, ondulantes. Y se sintió aplastado bajo el peso macizo de sus cincuenta o cincuenta y cinco kilos... Por un momento creyó estar a punto de desmayarse; la cabeza le daba vueltas, le pareció que se iba a caer... ¡Imbécil! Con un gesto ahuyentó sus fantasías y afianzó sus piernas vacilantes...
-Bueno, ¿vamos de compras?
-De acuerdo. 
Volvieron sus pasos hacia la estación de Shimbashi, rumbo a Yokohama.
«Hoy Aguri tiene que estar contenta», iba pensando Okada, «porque voy a equiparla de pies a cabeza». «Lo que tú tienes que ponerte lo encontrarás en las tiendas extranjeras de Yokohama, le había dicho; en Arthur Bond's y en Lane Crawford, en la joyería india y en ese modisto chino... Tú tienes una belleza exótica; los kimonos japoneses no valen lo que cuestan, y a ti no te sientan bien. Fíjate en las mujeres occidentales y en las chinas: ellas sí que saben sacar partido de su cara y de su figura, y sin gastar un montón de dinero. Tú deberías hacer lo mismo de ahora en adelante...» Por eso Aguri ha estado esperando con ilusión que llegara este día. Mientras camina, un poco sofocada por los primeros calores del verano, sudorosa su blanca piel bajo el pesado kimono de franela que dificulta el movimiento de sus miembros esbeltos y juveniles, se imagina desprendiéndose de esa ropa «que no le sienta bien», poniéndose pendientes y un
collar y una blusa casi transparente de crespón de seda o de batista, balanceándose sobre las puntas de los dedos en unos frágiles zapatos de tacón alto... Se ve con todo el aspecto de las mujeres occidentales que se cruzan por la calle. Cada vez que ve venir una, Aguri la estudia de la cabeza a los pies, la sigue con la mirada y acosa a preguntas a Okada sobre si le gusta ese sombrero, o ese collar, o cualquier otra cosa.
Okada comparte su obsesión. Todas las extranjeras jóvenes y bien vestidas le hacen imaginar a Aguri transformada por la moda europea... «Me gustaría comprarte eso», piensa; «y eso también...» Y él, ¿no podría estar un poco más alegre? Después jugarán a su juego encantador. Hace un día radiante, corre una brisa fresca; es la tarde de mayo perfecta para una excursión... Para vestir a Aguri con prendas favorecedoras, atildarla como una mascota adorada y luego subirla a un tren en busca de algún escondite delicioso. Un sitio que tenga un balcón al mar azul, o un balneario con puertas de cristal que dejen ver el follaje tierno del bosque, o un hotel sombrío y retirado del barrio extranjero. Y allí empezará el juego, ese juego encantador que es su sueño permanente, que es su única razón de vivir... Entonces Aguri se estirará como un leopardo. Un leopardo con collar y pendientes. Un leopardo amaestrado, que sabe exactamente lo que tiene
que hacer para complacer a su amo, pero cuyos ramalazos ocasionales de ferocidad hacen que su amo se estremezca. Que salta y le araña y le golpea, que se abalanza sobre él y acaba haciéndole pedazos y secándole el tuétano de los huesos... ¡Un juego letal! Sólo de pensarlo cae en trance, tiembla de excitación. Otra vez se le va la cabeza y le parece que se va a desmayar... Piensa si no será que por fin se está muriendo, a los treinta y cuatro años de edad, cayendo redondo en mitad de la calle...
-Vaya, ¿te has muerto? ¡Qué lata!
Aguri echa una mirada distraída al cadáver que yace a sus pies. El sol de las dos de la tarde cae sobre él, poniendo sombras oscuras en el hueco de sus mejillas hundidas... «Si tenía que morirse, podía haber esperado unas horas más, a que acabáramos las compras...» Aguri chasca la lengua, contrariada. «No tengo ninguna gana de verme en un lío, piensa; pero aquí no puedo dejarle. Además, lleva en el bolsillo cientos de yenes. Ese dinero era mío; al menos me lo podía haber legado antes de morirse. El pobre bobo estaba tan loco por mí que no podrá tomarse a mal que coja el dinero y me compre lo que quiera, ni que coquetee con quien quiera. Ya sabía que soy caprichosa; a veces hasta parecía hacerle gracia...» Aguri va ensartando sus razones mientras le saca el dinero del bolsillo. Si se le ocurre aparecérseme no me dará miedo. Me va a escuchar, vivo o muerto. Yo no me rindo...
-¡Mire, señor Fantasma! Esta maravillosa sortija me la he comprado con su dinero. Y esta bonita falda de encaje. ¡Y mire! -Se levanta la falda para enseñar las piernas-. ¿Ve usted estas piernas que tanto le gustan, estas piernas espléndidas? Me he comprado unas medias de seda blanca, y unas ligas color de rosa: ¡todo con su dinero! ¿Verdad que tengo buen gusto? ¿Verdad que estoy divina? Usted se habrá muerto, pero yo me visto como debo vestirme, justamente como usted quería, ¡y lo estoy pasando en grande! ¡Estoy feliz, lo que se dice feliz! Usted también tiene que estar feliz por haberme dado todo esto. ¡Sus sueños se han hecho realidad en mí, ahora que estoy tan bella, tan llena de vida! A ver, señor Fantasma, mi pobrecito don Fantasma enamorado que no puede descansar en paz: ¿qué tal una sonrisita?
Entonces achucharé a ese cadáver frío con todas mis fuerzas, le achucharé hasta que se le partan los huesos y grite: «¡Para! ¡No puedo más!». Y si no cede, ya encontraré la manera de seducirle. Le amaré hasta que su piel pachucha se caiga a pedazos, hasta exprimirle la última gota de sangre, hasta que sus huesos secos se descoyunten. Entonces hasta un fantasma debería darse por satisfecho...
-¿Qué te pasa? ¿Estás preocupado por algo?
-No, qué va... -farfulló Okada.
Cualquiera habría dicho que estaban dando un paseo agradable; debería haber sido agradabilísimo; pero él no podía compartir la animación de Aguri. Una idea lúgubre se le iba y otra se le venía, y aun antes de empezar a jugar ya estaba agotado. «Son sólo los nervios», se había dicho; «no es nada, en cuanto salga se me pasará». Con esa idea se había forzado a salir, pero se equivocaba. No eran sólo los nervios; sentía tal cansancio en los brazos y en las piernas que parecía como si se le fueran a desarticular, y al andar le crujían las articulaciones. A veces estar un poco cansado era hasta placentero, pero ese grado de agotamiento podía ser un síntoma peligroso. ¿Y si en aquel preciso momento, sin que él se diera cuenta, su organismo estuviera sucumbiendo a una enfermedad grave? Seguir arrastrándose, ¿no sería dar vía libre a la enfermedad para que acabara con él? ¡Era preferible claudicar a sentir aquel agotamiento horrible!
¡Qué ganas de derrumbarse sobre una cama blanda! Quizá era eso lo que reclamaba su salud hacía tiempo. Cualquier médico se habría alarmado: «Pero ¿como puede usted andar por la calle en ese estado?», le habría dicho- «Usted tiene que estar en la cama; ¡cómo no se va a marear!»
Esa idea le dejó todavía más exhausto, y el esfuerzo de caminar se hizo aún más penoso. Cada paso que daba por la acera del Ginza, aquella acera seca y dura que tanto le gustaba recorrer a zancadas cuando estaba bien, era una vibración dolorosa que le repercutía desde el talón hasta la coronilla. En primer lugar, llevaba los pies acalambrados por la estrechura de los zapatos de boxcalf. La moda europea estaba pensada para hombres sanos y robustos; en un estado de debilidad era absolutamente insoportable. La cintura, los hombros, debajo de los brazos, alrededor del cuello, no había parte del cuerpo que no estuviera oprimida y estrujada por hebillas y botones y elásticos y pretinas, capa sobre capa; era como ir atado a una cruz. Naturalmente, antes de calzarte tenías que ponerte calcetines y estirarlos bien sobre las piernas con ligas. Luego había que ponerse una camisa, y a continuación unos pantalones: ceñírtelos con una hebilla por
detrás hasta que se te clavaran en la cintura y colgártelos de los hombros con unos tirantes. Después te estrangulabas con un cuello duro, y sobre el cuello te anudabas una corbata que era como una soga corrediza, y en la corbata clavabas un alfiler. Un hombre metido en carnes, cuanto más se ciña más vigoroso y rebosante de vitalidad parecerá; pero uno que está en la piel y los huesos no puede aguantarlo. Pensando que iba vestido con aquellas prendas atroces, Okada sintió que le faltaba el aire, y los brazos y las piernas le pesaron aún más. Si todavía era capaz de dar un paso era porque aquel atuendo no le dejaba caerse a trozos; pero ¡qué horror, poner tieso un cuerpo flojo y desvalido, aherrojarlo de pies y manos y obligarle a andar a voces: «¡No te pares! ¡Ay de ti si te desplomas!». Daban ganas de llorar...
De pronto Okada imaginó que su autocontrol se venía abajo, que no podía más y se echaba a llorar... Este caballero de mediana edad tan bien vestido, que hasta hace un momento iba paseando por el Ginza, que al parecer había salido para gozar del buen tiempo con la señorita que lleva a su lado; un caballero que por su aspecto podría ser tío de la señorita, ¡de repente frunce el rostro en una mueca horrible y se pone a berrear como un niño! Se para en mitad de la calle; suplica a la señorita que le lleve en brazos.
-¡Por favor, Aguri! ¡No puedo dar un paso más! ¡Llévame a cuestas!
-Pero ¿qué te pasa? -le dice Aguri en tono severo, mirándole con cara de tía regañona-. ¡Deja de hacer el tonto! ¡Todo el mundo te mira!
Tal vez no se da cuenta de que se ha vuelto loco, a ella no le extraña verle llorar. Es la primera vez que ocurre en la calle, pero cuando están solos siempre llora así... ¡Qué estupidez!, debe de estar pensando. No tiene por qué llorar en público; ¡si le apetece llorar ya le dejaré después que llore todo lo que quiera!
-¡Shhh! ¡Cállate! ¡Me estás poniendo en ridículo!
Pero Okada no para de llorar. En seguida empieza a forcejear y patalear, se arranca la corbata y el cuello duro y los tira al suelo. Finalmente, agotado, jadeante, se deja caer cuan largo es sobre la acera.
-No puedo andar más... Estoy enfermo... -murmura en un semidelirio-. ¡Quítame esta ropa, envuélveme en algo blando! ¡Hazme una cama aquí! ¡No me importa que sea en la calle!
Aguri ya no sabe qué hacer; se ha puesto colorada de vergüenza. No hay escapatoria, porque les ha rodeado un gran gentío bajo el sol cegador. Aparece un policía... Interroga a Aguri a la vista de todo el mundo. («¿Quién crees tú que puede ser?», empieza a cuchichear la gente. «¿La hija de un millonario?» «No, no lo creo.» «¿Será una actriz?»)
-¿Qué pasa aquí? -dice el policía, dirigiéndose afablemente a Okada y mirándole como a un lunático-. ¿Qué tal si nos levantamos, en vez de echarnos a dormir aquí en medio?
-¡No puedo! ¡No puedo! ¿No ve que estoy enfermo? ¿Cómo voy a levantarme?
Todavía sollozando débilmente, Okada sacude la cabeza...
Contempla el espectáculo con toda vividez, como si se desarrollara ante sus ojos. Le parece estar sollozando de verdad...
-Papá... -le llama una vocecilla; una vocecilla dulce, que no es la de Aguri. Es una niña regordeta de cuatro años, vestida con un kimono de muselina estampada, que le hace señas con la manita. Detrás está una mujer con moño; parece la madre de la niña...
-¡Teruko! ¡Teruko! ¡Estoy aquí...! ¡Ah, Osaki! ¿Tú también estás ahí?
Entonces ve a su madre, que murió hace años. Su madre gesticula y trata desesperadamente de decirle algo; pero está muy lejos, hay un velo de bruma entre los dos... De todos modos Okada se da cuenta de que lágrimas de soledad y de pena le surcan las mejillas...
«Voy a dejar de pensar en esas cosas tristes», se dice; «en mamá, en Osaki y la niña, en la muerte...». ¿Por qué le afectan tanto? Sin duda porque está mal de salud. Hace dos o tres años, cuando estaba bien, no le habrían parecido tan devastadoras; pero ahora se le juntan con el agotamiento físico y se le para la sangre en las venas. Cuando se excita sexualmente, esa sensación de que la sangre no circula es cada vez más opresiva... Ahora, caminando bajo el radiante sol de mayo, Okada se siente aislado del mundo exterior: se le ha nublado la vista, se le han taponado los oídos y su mente da vueltas sobre sí misma oscuramente, tozudamente.
-Si te quedara dinero -está diciendo Aguri-, ¿qué tal estaría comprarme un reloj de pulsera? 
Acaban de llegar a la estación de Shimbashi; quizá se le ha ocurrido al ver el gran reloj de la estación.
-Hay buenos relojes en Shanghai. Debería haberte comprado uno cuando estuve allí.
Por un instante la ensoñación de Okada se traslada a China... Está en Suzhou, en una bonita barca de placer impulsada a pértiga por un apacible canal, hacia la altísima pagoda del monte del Tigre... Dentro de la barca van sentados muy juntos dos jóvenes enamorados, felices como un par de tortolitos... Él y Aguri transformados en un señor chino y una cantora...
¿Está enamorado de Aguri? Si le hicieran esa pregunta, naturalmente respondería que sí. Pero al pensar en Aguri su mente se convierte en un cuarto oscurísimo con cortinas de terciopelo negro, un cuarto que es como un escenario de prestidigitador, en cuyo centro se yergue la estatua de mármol de una mujer desnuda. ¿Es realmente Aguri? Sin duda la Aguri a quien él quiere es el correlato vivo y palpitante de esa figura de mármol; esa chica que ahora camina junto a él por el barrio de tiendas extranjeras de Yokohama. Puede adivinar los perfiles de su cuerpo a través de la ropa holgada de franela que lo envuelve, representarse la estatua de la «mujer» bajo el kimono. Recuerda cada elegante huella del cincel. Hoy él va a adornar la estatua con joyas y sedas. Va a despojarla de ese kimono informe que no le sienta nada bien, y revelar por un instante a esa «mujer» desnuda, y luego va a vestirla a la europea: va a acentuar cada curva y cada
entrante, va a poner en su cuerpo una superficie brillante y líneas fluidas y alegres; va a modelarle contornos turgentes, va a hacer que sus muñecas, sus tobillos, su cuello, llamen la atención por lo finos y graciosos. Verdaderamente, ir de compras para realzar la belleza de la mujer amada debería ser como un sueño hecho realidad.
Un sueño... Tenía su parecido con un sueño, efectivamente, el ir por aquella calle tranquila, casi desierta, de grandes edificios de estilo occidental, asomándose a los escaparates aquí y allá. No era un lugar bullicioso como el Ginza; incluso en pleno día yacía alguien vivo en aquellos edificios silenciosos de gruesos muros grises, donde los cristales de las ventanas relucían como ojos de pez, reflejando el cielo azul? Más que una calle parecía un museo. Y la mercancía desplegada al otro lado del cristal en las dos aceras era luminosa y colorida, con el lustre fascinante y misterioso de un jardín submarino.
Le llamó la atención el rótulo en inglés de una tienda de antigüedades: ALL KINDS OF JAPANESE FINE ARTS: PAINTINGS, PORCELAINS, BRONZE STATUES... Y otro que debía de ser de una sastrería china: MAN GHANG DRESS MAKER FOR LADIES AND GENTLEMEN... Y más: JAMES BERGMAN JEWELLERY... RINGS, EARRINGS, NECKLACES... E&B CO. FOREIGN DRY GOODS AND GROCERIES... LADY'S UNDERWEARS... DRAPERIES, TAPESTRIES, EMBROIDERIES... Sin saber por qué, el acento de aquellas palabras en su oído tenía toda la belleza ponderosa y solemne del sonido de un piano... A sólo una hora de tranvía de Tokio, te sentías como llegado a remotas latitudes. Y dudabas si entrar o no en aquellas tiendas cuando veías su aspecto inerte, sus puertas cerradas. En aquellos escaparates, quizá porque estuvieran puestos para los extranjeros, la mercancía se colocaba de una manera fría y formal, alejada de la vidriera: nada que ver con el simpático desorden de los escaparates del Ginza. No
se veía a dependientes ni aprendices; había un despliegue de toda clase de objetos de lujo, pero aquellos espacios apenas iluminados eran sombríos como un santuario budista... Curiosamente, así las cosas de dentro parecían todavía más tentadoras.
Okada y Aguri recorrieron la calle de arriba abajo varias veces; pasaron por una zapatería, una sombrerería, una joyería, una peletería, una tienda de telas... Sólo con que él entregara un poco de su dinero, cualquiera de las cosas de aquellas tiendas se pegaría a la blanca piel de Aguri, se enroscaría en sus flexibles y gráciles brazos y piernas, pasaría a ser parte de ella... Las prendas de las mujeres europeas no eran «cosas de ponerse», eran una segunda epidermis. No se limitaban a rodear y envolver el cuerpo; se imprimían en su superficie como una decoración tatuada. Cuando Okada volvió a mirar, todos los artículos de los escaparates le parecieron otras tantas capas de la epidermis de Aguri, salpicadas de color, con gotas de sangre. Debería elegir lo que quisiera y hacerlo parte de sí. «Si te compras unos pendientes de jade», quiso decirle. «Imagínate que en los lóbulos de las orejas te han crecido unas bellas enredaderas
verdes. Si te pones ese abrigo de ardilla del escaparate del peletero, piensa que eres un animal con una capa de pelo suave y aterciopelado. Si te compras esas medias de color celadón que ves ahí colgadas, en el momento en que te las pongas tus piernas tendrán una piel sedosa, entibiada por tu sangre galopante. Si te calzas unos zapatos de charol, la blanda carne de tus talones se convertirá en laca reluciente. ¡Mi querida Aguri! Todas esas cosas están moldeadas para la estatua de mujer que eres tú: pieles azules, purpúreas, carmesíes, todas se formaron para tu cuerpo. Eres tú lo que se vende ahí, tu epidermis externa está esperando para cobrar vida. Teniendo cosas tuyas tan soberbias, ¿por qué te envuelves en una ropa como ese kimono informe y deslavazado?»
-Sí, señor. ¿Para la señorita...? ¿Qué es lo que va buscando?
Un dependiente japonés acababa de salir de la oscura trastienda y contemplaba a Aguri con recelo. Habían entrado en una tiendecita de vestidos modesta porque parecía la menos sobrecogedora. Tampoco es que fuera muy atractiva, pero tenía vitrinas con puertas de cristal a un lado y a otro del estrecho local, y las vitrinas estaban llenas de vestidos. Arriba colgaban blusas y faldas (pechos y caderas de mujer). También en el centro había vitrinas bajas con enaguas, combinaciones, medias, corsés y toda clase de fruslerías de encaje. Todo en tejidos frescos, resbalosos, suaves, literalmente más suaves que una piel de mujer: crespón de seda con una arruga delicada, seda blanca brillante, raso fino. Cuando Aguri comprendió que pronto sería vestida con aquellas telas como un maniquí, pareció que le daba vergüenza que el dependiente la mirase de aquella manera descarada y se encogió tímidamente, perdiendo su vivacidad habitual. Pero la chispa de
sus ojos parecía decir: «Quiero esto, y eso, y eso...».
-Realmente no sé... -Parecía azorada y desconcertada-. ¿Qué te parece a ti? -preguntó a Okada en voz baja, ocultándose detrás de él a las miradas del dependiente.
-¡Vamos a ver! -dijo el dependiente con energía-. Cualquiera de estos modelos le sentaría bien -y extendió un vestido blanco, como de lino, para que Aguri lo examinara-. ¿Qué tal éste? Póngaselo por encima y mírese; ahí tiene un espejo.
Aguri se dirigió al espejo, y sujetando el vestido blanco con la barbilla, lo dejó caer suelto. Giró los
ojos y lo contempló con la mirada displicente de un niño enfadado.
-¿Te gusta? -preguntó Okada.
-Bueno, no está mal.
-Pero no parece lino. ¿Qué material es?
-Es voile de algodón, señor. Un tejido fresco, crespo, de tacto muy agradable.
-¿Y el precio?
-Veamos... Ése cuesta... -El dependiente se volvió hacia la trastienda y preguntó, vociferando de repente-: ¿Qué precio tiene el vestido de voile de algodón? ¿Cuarenta y cinco yenes?
-Habrá que meterlo -dijo Okada-. ¿Podría estar hoy?
-¿Hoy mismo? ¿Embarcan mañana?
-No, pero tenemos bastante prisa.
-¿Has oído? -De nuevo el dependiente se volvió hacia la trastienda y vociferó-: Lo quieren para hoy. ¿Crees que sería posible, haciendo un esfuerzo? -Aunque un poco brusco, parecía amable y bonachón-. Nos pondríamos con ello de inmediato, pero harán falta un par de horas por lo menos.
-Está bien. Aún tenemos que comprar zapatos, un sombrero y todo lo demás, y la señorita querrá cambiarse aquí. Pero ¿qué debe ponerse debajo? Es la primera vez que se viste a la europea.
-No se preocupe aquí tenemos de todo. Esto es lo primero -y de una de las vitrinas sacó un sostén de seda-. Luego va esto por encima, y de cintura para abajo esto y esto. Lo hay en diferentes estilos, pero no lleva abertura, de modo que hay que quitarlo para ir al servicio. Por eso las señoras occidentales aguantan todo el tiempo que pueden sin ir al servicio. Este tipo es más cómodo: lleva aquí un botón, ¿lo ven? ¡Se desabrocha y no hay problema...! La combinación son ocho yenes, la enagua unos seis. Es barato si lo comparamos con un kimono, pero ¡vean la calidad de esta seda blanca! Tenga la bondad de pasar aquí para que le tome las medidas.
Por encima de la franela se midieron las dimensiones de la figura oculta; alrededor de las piernas, por debajo de los brazos se deslizó la cinta métrica para investigar el volumen y las formas del cuerpo de Aguri. «¿Cuánto vale esta mujer?» ¿Era eso lo que estaba calculando el dependiente? Okada tuvo la impresión de estar pidiendo precio para Aguri, de estar poniéndola en venta en un mercado de esclavas.

Eran cerca de las seis cuando regresaron a la tienda de los vestidos con las restantes compras: zapatos, sombrero, un collar de perlas, unos pendientes de amatista...
-¡Pasen, pasen! ¿Han encontrado cosas bonitas? -El dependiente les saludó con jovial familiaridad-. ¡Ya lo tiene listo! Ahí está el probador: ¡puede pasar a cambiarse!
Okada siguió a Aguri al otro lado del biombo, llevando cuidadosamente sobre un brazo las níveas y suaves prendas. Allí les esperaba un espejo de cuerpo entero, y Aguri, todavía enfurruñada, empezó a desliarse lentamente la faja del kimono...
La estatua de mujer de la mente de Okada se alzó desnuda ante él. La fina seda se enganchaba en sus dedos mientras ayudaba a aplicarla a la piel, dando vueltas y vueltas alrededor de la blanca figura, atando cintas, abrochando botones y corchetes... De pronto el rostro de Aguri se iluminó con una sonrisa radiante. Okada sintió que se le iba la cabeza...