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miércoles, 17 de octubre de 2012

Llegando a mi destino


 
El reloj marcó las cinco de la tarde y di por terminadas mis labores
diarias.  Afuera hacía viento y no había
dejado de llover.  Mi mente no dejaba de
rezongar por el hecho de que justamente ahora que el auto está en el taller al
huracán “Paul” se le hubiera antojado azotar su furia contra las costas
mexicanas y que si bien el lugar donde vivía no estaba ni remotamente cerca del
mar, aún así la “cola” del fenómeno si nos golpeaba.
 
Ordené mi escritorio, envolví con una bolsa de plástico mi bolso de
mano, me puse el rompevientos y salí dispuesta a enfrentarme a la lluvia.  Comencé a caminar despacio bajo las frías
gotas rogando por que el transporte público pasara rápido, no podía darme el
lujo de empaparme pronto ya que tendría que viajar hasta un pueblo cercano para
ver si el coche había sido reparado y debía tomar aún dos camiones para
hacerlo.
 
Mientras atravesaba el patio rumbo a la calle cavilaba en cuándo había
sido la última vez que había caminado bajo la lluvia y no pude recordarlo.  Siempre va uno con prisa y más cuando llueve,
no importa si de todas formas terminas mojado, pero aún así tenemos la manía de
correr… de escapar.  Me detuve en la
parada del autobús y debí esperar cerca de 10 minutos a que llegara y durante
ese tiempo, lentamente fui entrando en un trance melancólico.
 
Durante la primer parte del corto viaje que me esperaba recordé
pasajes del libro que he estado leyendo, sobre todo la parte donde habla que
todos nosotros estamos hechos de momentos que hemos vivido y que a veces esos trozos
de pasado que se nos van desprendiendo son tan dolorosos que pretendemos
olvidarlos, y en tanto nosotros  queremos
sepultarlos en lo más recóndito de nuestra memoria hay algunos que se niegan a
morir y se sacuden, se resisten y pelean causándonos un tormento que creemos
nunca podrá pasar.  Otros son más bien
dulces, son los recuerdos felices o los placenteros y por extraño que parezca,
estos son los más débiles, los que tienden a desaparecer más pronto y a los que
menos echamos en falta.
 
Bajé del primer camión y sentí en mi cabeza que la lluvia en vez de
escampar había arreciado.  Apresuré el
paso para cruzar la calle y no pude evitar mojar mis pies.  Mis zapatos de tacón no eran los adecuados
para brincotear entre el agua y ese hecho me transportó en el tiempo y me vi a
mi misma siendo niña, pidiéndole a mamá me dejara jugar  en los charcos y la escuché de nuevo diciéndome
que no, que no estaba loca para permitir que me ensuciara en el lodo y que
además podía enfermar;  y desde la
ventana veía yo a los otros niños juguetear llenándose de barro pero felices.
 
Después de caminar apresuradamente dos cuadras, llegué a la central de
autobuses y me dirigí a la ventanilla a comprar el boleto para ir al otro
pueblo.  Ya no había, pero la señorita
del mostrador me dijo que si el chofer me lo permitía podía viajar de pie y
pagar mi pasaje dentro del  mismo
camión.  Esperé dentro hasta que fue la
hora de abordar, y por un momento pensé que eso era una ridiculez, que debía de
estar afuera haciendo fila para ver si podía encontrar asiento y en vez de eso,
estaba adentro, tratando de escapar de esa lluvia pertinaz que me ponía
melancólica y me llenaba de recuerdos.
 
Por fin llegó el transporte, subí y había lugares disponibles,
increíblemente me tocó en la segunda fila, cerca de la puerta de entrada pero
junto a la ventanilla, donde miraba las gotas de agua resbalar una a una.  El pueblo a donde me dirigía había sido mi
primer hogar,  viví ahí 15 años y lo
había dejado cuando toda la familia se mudo a la ciudad, yo no había querido
hacerlo, pero una adolescente no tiene voto aunque si mucha voz.  Lloré, me enojé, grité, discutí… pero obviamente
la decisión estaba tomada.  En 23 años
después de eso apenas si lo había visitado unas 5 veces, me parecía realmente
triste ir y el tiempo no había atenuado ese sentimiento.
 
Antes que nos mudáramos, hubo un tiempo en que el camino que estaba
recorriendo era el de todos los días. Cuando estudiaba la preparatoria tenía
que hacerlo ya que la escuela estaba en la ciudad y yo vivía en el pueblo.  De adulta había andado a veces por esa ruta,
pero siempre conduciendo y muchas veces con prisa y casi nunca más allá de
donde terminaba la ciudad.  Pero ahora en
el camión, podía ir viendo las casas, los negocios, los campos deportivos.  Me sorprendí mirando viejos edificios que
recordaba de cuando era niña, por ejemplo aquél kínder de nombre raro (así me lo parecía entonces) “Ovidio Decroly”
o los corrales porcinos de engorda que ahora estaban abandonados y rodeados de
locales comerciales en aquel entonces inexistentes.  Me asombré al darme cuenta de qué tanto había
crecido la ciudad en que vivía y yo no me había percatado de ello, siempre
ocupada con el trabajo no había tenido tiempo de observar.  
 
En cierta parte del recorrido el autobús se detuvo y miré el agua en
la calle, cómo corría fuertemente en algunas partes y cómo la basura atascada formaba
pequeñas caídas y volví a retroceder en el tiempo a cuando era niña y quería
jugar en los charcos después de la lluvia.  Observando el agua en la ventana de mi habitación y sin poder salir porque
no me dejaba mi madre, yo solía fantasear con barcos y piratas o con sirenas
cantando en el fondo del mar, incluso con el monstruo del Lago Ness… sin querer
sonreí y me llegó a la mente aquel dicho popular “el que solo se ríe de sus maldades se acuerda”.
 
El camión seguía andando y yo iba redescubriendo el camino, al llegar
a lo alto de una colina alcancé a ver el valle y con la llovizna se miraba el
campo hermoso, vestido de otoño y pensé que era un paisaje muy bonito, nunca lo
había percibido de esa manera y me entristecí, esa belleza estaba ahí y en 38
años nunca la había disfrutado.  Y me
llené de esa vista y conforme nos acercábamos al pueblo mi melancolía
crecía.   
 
Llegando a mi destino, bajé del camión y me dirigí al taller, el
automóvil aún no se encontraba listo, el mecánico me dijo que había estado
llamándome pero que nunca contesté el teléfono.   Tan ensimismada estuve durante el trayecto
que no me percaté del sonido de sus llamadas.  Regresé por la calle hasta la parada del autobús rogando nuevamente que
no tardara mucho en pasar el camión, seguía lloviendo, yo esta mojada pero
seguía queriendo escapar de esa lluvia.
 
Poco a poco desandando el camino anterior, en el autobús de regreso
fui acomodando dentro de mi memoria uno a uno aquellos recuerdos que se habían
negado a morir y que yo había olvidado que me dolían, pero ahora en mi adultez no
los quise sepultar y al abrazarlos con ternura dejaron de ser tormentosos para
convertirse de pronto en dulces memorias que en adelante evocaré con sonrisas.
 
Bajé del autobús de los recuerdos, con el propósito de mirar con otros
ojos el “mundo” en el que vivía, para ya no perderme de los detalles que
pudieran en el futuro hacerme sentir melancólica; camine dos cuadras sin
importarme ya la lluvia y esperé sin prisas el segundo camión que me llevaría
esta vez, de regreso a casa.