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viernes, 21 de diciembre de 2012

El autostopista



Tenía un coche nuevo. Era un juguete excitante, un enorme «B.M.W. 3.3. Li», lo cual significa 3.3 litros, larga distancia entre los ejes, inyección del combustible. Tenía una velocidad punta de doscientos kilómetros por hora y una aceleración tremenda. La carrocería era de color azul pálido. Los asientos eran de un azul más oscuro y estaban hechos de cuero, cuero auténtico, suave, de la mejor calidad. Las ventanillas funcionaban por medio de electricidad, igual que el tejadillo. La antena subía cuando conectaba la radio y bajaba de nuevo cuando la desconectaba. El potente motor gruñía de impaciencia cuando circulaba a poca velocidad, pero cuando sobrepasaba los noventa kilómetros por hora cesaban los gruñidos y el motor ronroneaba de placer.
Un hermoso día de junio cogí el coche y me fui a Londres yo solito. En los campos estaban en plena recolección del heno y había ranúnculos a ambos lados de la carretera. Conducía tranquilamente a ciento diez por hora, cómodamente instalado en el asiento, sin más que un par de dedos apoyados en el volante para mantener la dirección. Ante mí vi a un hombre que hacía autostop. Apreté el freno de pie y detuve el coche a su lado. Siempre me detenía cuando veía algún autostopista. Sabía por experiencia cómo se sentía uno cuando se encontraba junto a una carretera rural viendo cómo los coches pasaban sin detenerse. Odiaba a los automovilistas por fingir que no me veían, especialmente los de los automóviles grandes con tres asientos desocupados. Los coches grandes y caros raramente se paraban. Siempre eran los más pequeños los que se brindaban a llevarte; o los viejos y herrumbrosos; o los que ya iban llenos de críos hasta los topes y
cuyo conductor decía «Me parece que, apretándonos un poco, aún cabe otro más».
El autostopista metió la cabeza por la ventanilla y preguntó:
-¿Va usted a Londres, jefe?
-Sí -contesté-. Suba.
Subió y proseguí mi viaje.
Era un hombre bajito con cara ratonil y dientes grises. Sus ojos eran negros, vivos e inteligentes, como los ojos de una rata, y tenía las orejas ligeramente puntiagudas por su parte superior. Se cubría la cabeza con una gorra de paño y llevaba una chaqueta grisácea de bolsillos enormes. La chaqueta gris, junto con los ojos vivos y las orejas puntiagudas, le hacía parecerse más que a nada a una especie de enorme rata humana.
-¿A qué parte de Londres se dirige? -le pregunté.
-Pienso atravesar Londres de parte a parte y salir por el otro lado -dijo-. Voy a Epsom, a las carreras. Hoy es el día del Derby.
-En efecto -dije-. Ojalá fuera yo con usted. Me gusta mucho apostar a los caballos.
-Yo nunca apuesto a los caballos -dijo-. Ni siquiera los miro cuando corren. Me parece una cosa estúpida.
-¿Entonces por qué va? -pregunté.
Al parecer, la pregunta no le gustó. Su cara pequeña y ratonil se mostró absolutamente inexpresiva y clavó los ojos en la carretera, sin decir una palabra.
-Supongo que trabajará usted como encargado de las máquinas de apostar o algo parecido -dije.
-Eso es aún más estúpido -contestó-. No resulta divertido encargarse de las cochinas máquinas y vender boletos a los bobos. Eso puede hacerlo cualquier imbécil.
Se produjo un largo silencio. Decidí no hacerle más preguntas. Recordé que en mis días de autostopista me irritaba mucho que los automovilistas me hicieran preguntas y más preguntas. ¿Adónde va? ¿Por qué va allí? ¿A qué se dedica? ¿Está casado? ¿Tiene novia? ¿Cómo se llama su novia? ¿Qué edad tiene usted? Y así sucesivamente. Lo detestaba.
-Le pido perdón -dije-. Lo que usted haga o deje de hacer no es asunto mío. Lo malo es que soy escritor y la mayoría de los escritores somos muy fisgones...
-¿Escribe usted libros? -preguntó.
-Sí.
-Escribir libros está bien -dijo-. Es lo que yo llamo un oficio especializado. Yo también soy un trabajador especializado. La gente a la que desprecio es la que se pasa toda la vida haciendo algún trabajo rutinario, de esos para los que no se necesita ninguna especialización. ¿Entiende lo que quiero decirle?
-Sí.
-El secreto de la vida -dijo- es llegar a ser muy, pero que muy bueno en algo que resulte muy difícil de hacer.
-Como usted -dije.
-Exactamente. Como usted y como yo.
-¿Qué le hace pensar que soy bueno en mi trabajo? -pregunté-. Los malos escritores abundan.
-No llevaría usted un coche como éste si no hiciera bien su trabajo de escritor -contestó-. Le habrá costado un montón de dinero este cacharrito.
-Desde luego no es barato.
-¿Qué velocidad máxima puede alcanzar? -preguntó.
-Doscientos kilómetros por hora -le dije.
-Apuesto a que no.
-Apuesto a que sí.
-Todos los fabricantes de coches son unos embusteros -dijo-. Puede comprar el coche que más le guste y verá que no hace nada de lo que dicen los anuncios.
-Este sí.
-Apriete el acelerador y demuéstrelo -dijo-. Vamos, jefe, pise a fondo y veamos qué es capaz de hacer.
Hay un cruce giratorio en Chalfont Saint Peter e inmediatamente después viene una sección larga y recta de carretera de doble calzada. Salimos del cruce y, al coger la citada carretera, pisé el acelerador. El cochazo dio un salto hacia adelante como si acabasen de pincharle. En cuestión de unos diez segundos alcanzamos los ciento cuarenta.
-¡Espléndido! -exclamó-. ¡Magnífico! ¡Siga, siga!
Apreté el acelerador hasta el fondo y lo mantuve clavado contra el suelo.
-¡Ciento sesenta! -gritó-. ¡Ciento setenta!... ¡Ciento ochenta!... ¡Ciento ochenta y cinco! ¡Siga, siga! ¡No afloje!
Iba por la calzada exterior y adelantamos a varios coches que parecían parados: un «Mini» verde, un «Citroën» grande color crema, un «Land-Rover» blanco, un enorme camión que llevaba un contenedor en la parte trasera, un minibús «Volkswagen» de color naranja...
-¡Ciento noventa! -gritó mi pasajero, pegando botes en el asiento-. ¡Siga! ¡Adelante! ¡Alcance los doscientos siete!
En aquel momento oí el alarido de una sirena de la policía. Sonaba tan fuerte que parecía estar dentro del coche. Luego apareció un motorista a nuestro lado, nos adelantó y levantó una mano para que nos detuviéramos.
-¡Bendita sea mi tía! -dije-. ¡Nos han pillado!
El policía debía de ir a doscientos diez cuando pasó por nuestro lado, ya que tardó mucho tiempo en aminorar la marcha. Finalmente detuvo la moto en el arcén y yo paré el coche detrás de él.
-No sabía que las motos de la policía podían correr tanto -dije sin mucha convicción.
-Esa sí puede -dijo mi pasajero-. Es de la misma marca que su coche. Es una «B.M.W. R90S». La moto más rápida que existe. Esa es la que utilizan hoy día.
El policía se apeó de la moto y la aparcó en batería. Luego se quitó los guantes y los depositó cuidadosamente sobre el sillín de la máquina. Ya no tenía prisa. Nos tenía donde quería tenernos y lo sabía.
-Esto se pone feo -dije-. No me gusta ni pizca.
-No hable con él más de lo estrictamente necesario, ¿me comprende? -dijo mi compañero-. Estése quietecito y con la boca cerrada.
Como un verdugo acercándose a su víctima, el policía echó a andar lentamente hacia nosotros. Era un hombre carnoso, corpulento y barrigudo y los pantalones azules le quedaban muy ceñidos a sus enormes muslos. Se había colocado las gafas sobre el casco, dejando al descubierto una cara rojiza de anchas mejillas.
Seguimos sentados en el coche, como dos colegiales pillados en falta, aguardando su llegada.
-Cuidado con ese hombre -susurró mi pasajero-. Tiene cara de malas pulgas.
El policía se acercó a mi ventanilla y apoyó una mano carnosa en el marco.
-¿A qué viene tanta prisa? -dijo.
-No hay prisa alguna, agente -contesté.
-Quizás lleva una mujer a punto de dar a luz en la parte trasera y corría para llegar a tiempo al hospital. ¿Se trata de eso?
-No, agente.
-¿O tal vez se ha incendiado su casa y corría usted a salvar a su familia, atrapada por las llamas en el piso de arriba? -su voz resultaba amenazadoramente tranquila y burlona.
-Mi casa no se está quemando, agente.
-En tal caso -dijo-, se ha metido usted en un buen lío, ¿no le parece? ¿Sabe usted cuál es el límite de velocidad en este país?
-Ciento veinte -dije.
-¿Y le importaría decirme exactamente qué velocidad llevaba hace unos momentos?
Me encogí de hombros y no dije nada.
Cuando volvió a hablar levantó tanto la voz que pegué un bote.
-¡Ciento noventa kilómetros por hora! -chilló-. ¡Eso representa setenta kilómetros por encima del máximo permitido!
Volvió la cabeza y soltó un enorme escupitajo, el cual aterrizó en el guardabarros de mi coche y empezó a bajar deslizándose por mi hermosa pintura azul. Luego volvió la cabeza de nuevo y miró severamente a mi pasajero.
-¿Y usted quién es? -preguntó secamente.
-Es un autostopista -dije-. Le he recogido en la carreterra.
-No se lo he preguntado a usted -cortó el policía-. Se lo pregunto a él.
-¿Es que he hecho algo malo? -dijo mi pasajero con voz suave y untuosa como el fijapelo.
-Es más que probable -repuso el policía-. Sea como sea, es usted testigo. Me ocuparé de usted dentro de un minuto. El permiso de conducir -dijo secamente, alargando una mano.
Se desabrochó el bolsillo izquierdo del pecho de la guerrera y extrajo el temido talonario de multas. Copió cuidadosamente el nombre y la dirección que constaban en el permiso y luego me lo devolvió. Dio la vuelta hasta colocarse delante del coche, leyó el número de la matrícula y lo anotó también. Luego escribió la fecha, la hora y los detalles de la infracción cometida por mí. Después arrancó el original y me lo entregó, no sin antes comprobar que toda la información constase claramente en la copia del talonario. Finalmente se guardó el talonario en el bolsillo de la guerrera y abrochó el botón.
-Ahora usted -dijo a mi pasajero, dando la vuelta al coche para colocarse junto a la otra ventanilla. Del otro bolsillo de la guerrera extrajo una libretita de tapas negras-. ¿Nombre? -inquirió secamente.
-Michael Fish -contestó mi pasajero.
-¿Dirección?
-Catorce de Windsor Lane, Luton.
-Enséñeme algo que demuestre que éstos son su nombre y dirección verdaderos -dijo el policía.
Mi pasajero rebuscó en sus bolsillos y finalmente sacó su propio permiso de conducir. El policía comprobó el nombre y la dirección y le devolvió el permiso.
-¿Cuál es su oficio? -preguntó.
-Soy portador de capachos.
-¿Cómo dice?
-Portador de capachos.
-Haga el favor de deletrearlo.
-P-O-R-T-A-D-O-R D-E C-A...
-Ya basta. ¿Y se puede saber qué es un portador de capachos?
-Un portador de capachos, agente, es una persona que sube el cemento por la escalera para entregárselo al albañil. Y el capacho es donde se transporta el cemento. Tiene un asa muy larga y en la parte superior hay dos trozos de madera colocados en ángulo.
-De acuerdo, de acuerdo. ¿Para quién trabaja?
-Para nadie. Estoy parado.
El policía tomó nota de todo en la libreta de tapas negras. Luego se la guardó en el bolsillo y abrochó el botón.
-Cuando vuelva al cuartelillo haré unas cuantas comprobaciones para ver si me ha dicho la verdad -dijo a mi pasajero.
-¿Yo? ¿Qué mal he hecho? -preguntó el hombre con cara de rata.
-No me gusta su cara, eso es todo -dijo el policía-. Y podría ser que tuviéramos una foto suya en los archivos -volvió a dar la vuelta al coche y se colocó junto a mi ventanilla-. Supongo que se dará usted cuenta de que está en serios apuros -dijo, dirigiéndose a mí.
-Sí, agente.
-No volverá a conducir este coche de fantasía durante una larga temporada cuando hayamos terminado con usted. Bien pensado, no volverá a conducir ningún coche durante varios años. Y se lo tiene merecido. Espero que le encierren para acabar de redondear la cosa.
-¿Quiere decir en la cárcel? -pregunté, alarmado.
-No le quepa duda -dijo, relamiéndose-. En chirona. Entre rejas. Junto con todos los demás delincuentes que infringen la ley. Y encima una buena multa. Nadie se alegrará de ello más que yo. Les veré a los dos en el juzgado. Ya recibirán la correspondiente citación.
Se volvió de espaldas y echó a andar hacia su moto. Plegó el soporte con un pie y pasó la pierna por encima del sillín. Luego dio un puntapié al mecanismo de arranque y se perdió de vista en medio del estruendo del motor.
-¡Uf! -exclamé-. Estoy listo.
-Nos han atrapado -dijo mi pasajero-. Nos han atrapado con todo el equipo.
-Querrá decir que me han atrapado.
-Así es -dijo-. ¿Qué piensa hacer ahora, jefe?
-Ir directamente a Londres y hablar con mi abogado -dije, poniendo en marcha el automóvil.
-No debe creer usted lo que ha dicho sobre meterle en la cárcel -dijo mi pasajero-. No encierran a nadie en chirona sólo por saltarse el límite de velocidad.
-¿Está seguro? -pregunté.
-Totalmente -repuso-. Pueden quitarle el permiso e imponerle una multa morrocotuda, pero ahí acabará el asunto.
Me sentí tremendamente aliviado.
-A propósito -dije-. ¿Por qué le ha mentido?
-¿Quién, yo? -dijo-. ¿Qué le hace pensar que le he mentido?
-Le ha dicho que era portador de capachos y que estaba parado. Pero a mí me había dicho que tenía un oficio muy especializado.
-Y lo tengo -dijo-. Pero no conviene contárselo todo a un poli.
-¿Se puede saber a qué se dedica? -le pregunté.
-Ah -dijo con expresión astuta-. Eso sería confesar, ¿no le parece?
-¿Se trata de algo que le da vergüenza?
-¿Vergüenza? -exclamó-. ¿Avergonzarme yo de mi oficio? ¡Me siento tan orgulloso de él como cualquier otra persona del mundo!
-¿Entonces por qué no quiere decírmelo?
-Desde luego, ustedes los escritores son unos fisgones, ¿eh? -dijo-. Y usted no se dará por satisfecho hasta saber exactamente cuál es la respuesta, ¿no es así?
-En realidad me da lo mismo una cosa que otra -le dije, mintiendo.
Me dirigió una miradita astuta y ratonil por el rabillo del ojo.
-Me parece que sí le importa -dijo-. Puedo ver en su cara que se figura que tengo un oficio muy peculiar y que se muere de ganas de saber cuál es.
No me gustó que leyera mis pensamientos. Permanecí silencioso, con los ojos clavados en la carretera.
-Y no se equivoca -prosiguió-. Mi oficio es en verdad muy peculiar. Es el más raro de todos los oficios peculiares.
Me quedé esperando que continuase.
-Por esto tengo que andar con mucho cuidado según con quién hable, ¿comprende? ¿Quién me dice a mí, por ejemplo, que no es usted otro poli de paisano?
-¿Tengo cara de poli?
-No -dijo-. No la tiene. Y no lo es. Cualquier imbécil se daría cuenta de que no lo es.
Sacó del bolsillo una lata de tabaco y un librito de papel de fumar y se puso a liar un cigarrillo. Le observé por el rabillo del ojo y vi que ejecutaba esa operación más bien difícil con una velocidad increíble. El cigarrillo quedó liado y listo para ser encendido en unos cinco segundos. Pasó la lengua por el borde del papel, lo pegó y se metió el cigarrillo entre los labios. Luego, como surgido de la nada, un encendedor apareció en su mano. Del encendedor surgió una llamita. El cigarrillo quedó encendido El encendedor desapareció. Fue una operación verdaderamente notable.
-Jamás había visto liar un cigarrillo tan de prisa -dije.
-Ah -dijo él, dando una larga chupada al pitillo-. De modo que se ha dado cuenta.
-Claro que me he dado cuenta. Ha sido fantástico.
Se reclinó en el asiento y sonrió. Le complació mucho que yo me hubiese percatado de la velocidad con que era capaz de liar un cigarrillo.
-¿Quiere saber cómo puedo hacerlo tan aprisa? -preguntó.
-Sí.
-Es porque tengo unos dedos fantásticos. Estos dedos míos dijo, alzando ambas manos- ¡son más rápidos e inteligentes que los dedos del mejor pianista del mundo!
-¿Es usted pianista?
-No sea tonto -dijo-. ¿Acaso tengo cara de pianista?
Eché un vistazo a sus dedos. Tenían una forma tan hermosa, eran tan finos, largos y elegantes, que no hacían juego con el resto de su persona. Se parecían más a los dedos de un cirujano del cerebro o de un relojero.
-Mi oficio -prosiguió- es cien veces más difícil que tocar el piano. Cualquier mentecato puede aprender a tocar el piano. Hoy día en casi todas las casas hay algún mocoso que aprende a tocar el piano. Tengo razón, ¿no?
-Más o menos -dije.
-Claro que la tengo. Pero no hay una sola persona en diez millones que pueda aprender a hacer lo que yo hago. ¡Ni una en diez millones! ¿Qué le parece?
-Asombroso -dije.
-Y usted que lo diga.
-Me parece que ya sé a qué se dedica -dije-. Hace usted juegos de manos. Es prestidigitador.
-¿Yo? -dijo, bufando-. ¿Prestidigitador? ¿Acaso puede imaginarme yendo de una fiesta de críos a otra sacando conejos de un sombrero de copa?
-Entonces es jugador de naipes. Hace que la gente juegue a naipes con usted y se da a sí mismo unas manos maravillosas.
-¿Yo? ¿Me toma por un vil tahúr? -exclamó-. Ese es un oficio despreciable como pocos.
-De acuerdo. Me rindo.
Ahora llevaba el coche despacio, sin sobrepasar los sesenta kilómetros por hora, para tener la seguridad de que no volvieran a pararme. Habíamos llegado a la carretera principal de Londres a Oxford y corríamos pendiente abajo hacia Denham.
De pronto mi pasajero alzó una mano y me mostró una correa de cuero negro.
-¿Había visto esto anteriormente? -preguntó.
La correa tenía una hebilla de latón de extraña forma.
-¡Oiga! -exclamé-. Este cinturón es mío, ¿no? ¡Sí lo es! ¿De dónde lo ha sacado?
Sonrió y movió suavemente el cinturón de un lado a otro.
-¿De dónde cree que lo he sacado? -dijo-. De la parte superior de sus pantalones, por supuesto.
Bajé la mano en busca del cinturón. No estaba.
-¿Pretende decirme que me lo ha quitado mientras conducía? -pregunté, estupefacto.
Asintió con la cabeza sin dejar de observarme con sus ojillos ratoniles.
-Es imposible -dije-. Tendría que desabrocharme la hebilla y tirar de él para que se saliera de todas las presillas. Le habría visto hacerlo. Y aunque no le hubiese visto, lo habría notado.
-Ah, pero no lo notó, ¿verdad? -dijo con expresión triunfal. Dejó caer el cinturón sobre su regazo y de pronto vi que de sus dedos colgaba un cordón de zapato color marrón-. Entonces, ¿qué me dice de esto? -exclamó, agitando el cordón.
-¿Qué quiere que le diga? -dije.
-¿Hay alguien aquí que haya perdido un cordón de zapato? -preguntó, sonriendo.
Miré mis zapatos. A uno de ellos le faltaba el cordón.
-¡Demonio! -exclamé-. ¿Cómo lo ha hecho? No le he visto agacharse en ningún momento.
-No me ha visto hacer nada -dijo orgullosamente-. Ni siquiera me ha visto moverme. ¿Y sabe por qué?
-Sí -dije-. Porque tiene unos dedos fantásticos.
-¡Exactamente! -exclamó-. Aprende usted muy de prisa, ¿no le parece? -se echó hacia atrás y siguió dando chupadas a su cigarrillo de confección casera, expulsando un hilillo de humo contra el parabrisas. Sabía que me había impresionado mucho con sus trucos y esto le llenaba de felicidad-. No quiero llegar tarde -dijo-. ¿Qué hora es?
-Tiene un reloj delante de usted -le dije.
-No me fío de los relojes de los coches -dijo-. ¿Qué hora señala su reloj de pulsera?
Me subí un poco la manga para consultar mi reloj. No estaba en su sitio. Miré a mi acompañante. El me devolvió la mirada y sonrió.
-¡También me ha quitado el reloj! -dije.
Abrió la mano y vi mi reloj en su palma.
-Hermoso reloj -dijo-. De calidad superior. Oro de dieciocho quilates. Y fácil de colocar, además. Nunca resulta difícil quitarse de encima los objetos de calidad.
-Me gustaría que me lo devolviese, si no le importa -dije con cierto tono de mal humor.
Con mucho cuidado colocó el reloj en la cubeta de cuero que había delante de él.
-No sería capaz de birlarle nada a usted, jefe -dijo-. Usted es mi compañero y me ha recogido en su coche.
-Me alegra saberlo -dije.
-Lo único que hago es responder a sus preguntas -prosiguió-. Usted me ha preguntado cómo me ganaba la vida y se lo estoy demostrando.
-¿Qué más me ha quitado?
Sonrió de nuevo y empezó a sacarse de los bolsillos un objeto tras otro, todos de mi propiedad: mi permiso de conducir, un llavero con cuatro llaves, varios billetes de una libra, unas cuantas monedas, una carta de mis editores, mi diario, un lápiz viejo, un encendedor y, al final de todo, un hermoso y antiguo anillo de zafiros con perlas perteneciente a mi esposa. Precisamente llevaba el anillo a un joyero de Londres porque le faltaba una de las perlas.
-He aquí otro objeto bellísimo -dijo, acariciando el anillo con los dedos-. Si no me equivoco, es del siglo dieciocho, del reinado de Jorge III.
-En efecto -dije, impresionado-. Ha dado usted en el clavo.
Colocó el anillo en la bandeja de cuero con los demás objetos.
-De modo que es usted carterista -dije.
-No me gusta esa palabra -contestó-. Es una palabra grosera y vulgar. Los carteristas son gente basta y vulgar que sólo hacen trabajitos fáciles de aficionado. Les birlan el dinero a las ancianitas ciegas.
-Entonces, ¿qué nombre da a su profesión?
-¿Yo? Soy dedero. Soy dedero profesional -pronunció las palabras solemne y orgullosamente, como si me estuviese diciendo que era el presidente del Real Colegio de Cirujanos o el Arzobispo de Canterbury.
-Es la primera vez que oigo esa palabra -dije-. ¿La ha inventado usted?
-Claro que no la he inventado yo -replicó-. Es el nombre que se da a quienes alcanzan la cima de la profesión. Habrá oído hablar de los orfebres y los plateros, por ejemplo. Son los expertos en oro y plata. Yo soy experto con mis dedos, de modo que soy un dedero.
-Debe de ser un oficio interesante.
-Es maravilloso -contestó-. Es encantador.
-¿Y por eso va usted a las carreras?
-Las carreras son pan comido -dijo-. Lo único que hay que hacer es permanecer con ojo avizor después de la carrera y observar a los afortunados que hacen cola para cobrar su dinero. Y cuando ves que alguien recibe un buen fajo de billetes, sencillamente vas tras él y se los coges. Pero no me interprete mal, jefe. Nunca les cojo nada a los perdedores. Y tampoco a los pobres. Sólo voy tras los que pueden permitírselo, los ganadores y los ricos.
-Eso es muy considerado de su parte -dije-. ¿Le echan el guante muy a menudo?
-¿Echarme el guante? -exclamó, poniendo cara de disgusto-. ¿Echarme el guante a mí? Eso sólo les ocurre a los carteristas. Escúcheme, podría quitarle la dentadura postiza de la boca si quisiera hacerlo y usted ni siquiera se daría cuenta.
-No llevo dentadura postiza -dije.
-Ya lo sé -contestó-. ¡De lo contrario se la habría quitado hace un buen rato!
Le creí. Aquellos dedos delgados y largos parecían capaces de hacer cualquier cosa.
Permanecimos silenciosos durante un rato.
-Ese policía piensa investigarle a conciencia -dije-. ¿Eso no le preocupa ni pizca?
-Nadie va a investigarme -dijo.
-Por supuesto que lo harán. Escribió su nombre y dirección con mucho cuidado en su libretita negra.
Mí pasajero me dedicó otra de sus sonrisitas astutas y ratoniles.
-Ah -dijo-. Es verdad. Pero apuesto a que no lo tiene todo escrito en su memoria también. Aún no he conocido a ningún poli que tuviera buena memoria. Algunos ni siquiera se acuerdan de su propio nombre.
-¿Qué tiene que ver la memoria con este asunto? -pregunté-. Lo tiene escrito en la libreta, ¿no es así?
-Sí, jefe, así es. Pero lo malo es que ha perdido la libreta. Ha perdido las dos cosas, la libreta con mi nombre y el talonario con el suyo.
Con los dedos largos y delicados de su mano derecha el hombre sostenía triunfalmente las dos cosas que había sacado de los bolsillos del policía.
-Ha sido el trabajo más fácil de toda mi vida -anunció con orgullo.
Estuve a punto de lanzar el coche contra una camioneta de la leche, tan grande era mi excitación.
-Ese poli ya no tiene nada contra nosotros -dijo.
-¡Es usted un genio! -exclamé.
-No tiene nombres, ni direcciones, ni la matrícula del coche, ni nada de nada -dijo.
-¡Es usted brillante!
-Creo que será mejor que salga de la carretera principal cuanto antes -dijo-. Entonces podremos hacer una hoguera y quemar esto.
-¡Es usted fantástico! -exclamé.
-Gracias, jefe -dijo-. Siempre es agradable ver que se reconocen tus méritos.