Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 9 de diciembre de 2012

Las barbas del capitán de Ayala

Las barbas del capitán de Ayala

A esa
edad ¡qué tonta puede ser una, Dios mío! Todavía hoy, aún no sé bien, ni me
explico, por qué tuvo que afligirme tanto y me produjo una vergüenza tan
grande, tan desesperada, hasta hacérseme inconciliable el mundo por su causa,
aquella historia absurda de la barba, o alrededor de la barba; una historia
confusa y disparatada cuyo chiste, si alguno tenía, apenas podía entenderlo una
mocosa boba, como era por entonces, y que, no obstante, hube de escuchar las
mil y quinientas veces, repetida entre risotadas. ¡Dichosa barba del capitán
Ramírez!
Hoy puedo pensar, y decir, y escribir: «una historia absurda»; así es como, en
efecto, la veo ahora; pero ¡cómo torturó en su día mi corazón tierno, y cuántas
lágrimas debieron rendirle mis ojos recién abiertos a la vida! Quizá sea que
los sentimientos se me han ido embotando con los años; ya soy una mujer, y no
una niña; quizás -y esto es lo más seguro- no había motivo real para tanto
drama, sino que yo desorbitaba y sacaba de quicio lo que en verdad no pasó
nunca de ser una chacota cuartelera, burda si se quiere, y necia, sí, pero ni
malvada, ni cruel, ni atroz, ni espantosa, ni abominable, ni cuantos adjetivos
me brotaban entonces del pecho para quemarme la boca. ¡Pobre capitán Ramírez!
¿Qué habrá sido de él? ¿Por dónde andará a la fecha, con la estúpida de su
mujer siempre a rastras del infeliz? Han pasado los años; y ahora, casi en
vísperas de mi boda, cuando también yo voy a ser ya toda una señora casada, en
estos días de espera, concluidos los preparativos, me ha dado por recordar,
quién sabe por qué, aquella temporada y aquel episodio secreto de mi infancia,
aquellas pueriles ridiculeces mías. Lo recuerdo con un poquito de bochorno,
pero en el fondo sin desagrado, más bien algo sorprendida de mí misma. Es muy
cierto, por ejemplo, que, después de la gran rechifla, temblaba, literalmente,
a la sola idea de volver a verlo. Verlo, después que tanto se habían reído
todos a costa suya, y no poderle dar a entender de alguna manera que no tenía
por qué sentirse solo contra todos; que alguien, mientras, había estado con
todo fervor a su lado: aunque ese alguien no fuera más que una chiquilla tonta,
de la que él mismo se hubiera burlado acaso, abriendo unos ojos de asombro
divertido si de alguna manera hubiera podido leerle el pensamiento... Es claro
que yo no iba a importarle nada. Yo no existía; sencillamente, no existía para
él. Y, sin embargo, a la sola idea de que, en cualquier momento (era
inevitable), me lo tropezaría y tendría que mirarlo a la cara, temblaba de pies
a cabeza.
Y lo divertido es que mi gran tortura, lo que me hacía insufrible la idea, era
el tener que verlo sin barba, pues, ¡boba de mí!, lo ocurrido se había
instalado en mi imaginación con el peso de una piedra, como algo definitivo,
inamovible; como si se hubiera tratado de una irreparable mutilación. De modo
que cuando, a la semana siguiente, sobrevino por fin el tan deseado y temido
encuentro, y el capitán Ramírez pasó por mi lado, y divisé sobre su cara pálida
una barba apenas crecida, una especie de barba de enfermo, mi desconcierto fue
completo; quedé azorada, hecha una tonta, y me abandonaron las fuerzas. Suerte
que ni siquiera había reparado él en mi presencia. Acudía a comparecer ante mi
padre; se cruzó conmigo en la penumbra de la antesala y entró al despacho. Con
su barba nueva de enfermo parecía inmensamente triste... 
Entonces me propuse espiarlo a la salida, recuperar entre tanto mi aplomo y
observarlo mejor. Quería (es ridículo) cerciorarme de si, en realidad, su
mentón era tan hundido como decían. (¡Señor, y cuánta sandez se había dicho a
propósito de eso!... Como si tuviera importancia alguna.) Pero ahora, cuando se
abrió de nuevo la puerta del despacho -la entrevista había sido breve-, oí la
voz de mi padre, que prestando a su gravedad cierta impregnación de zumba
afectuosa, le advertía desde dentro: «Bueno, y ¡a cuidarse esas barbas, capitán
Ramírez!». «No tenga miedo, mi coronel», le respondió él, al tiempo que se
llevaba la mano a la cara con un ademán de embarazo que a mí me partió el alma.
¿Por qué tenía mi padre que hacer tal cosa, maldad semejante? Aquello, era, ni
más ni menos, abusar de un subordinado. Cuántas veces no le había oído a él
mismo teorizar que, con los subordinados, pocas bromas; un jefe no debe
permitirse bromas... Y ahora, de buenas a primeras, le lanzaba al pobre de
Ramírez esa alusión mortificante como quien le tira a otro una bola de papel
arrugado. Quizá fuera cierto que el capitán se dejaba la barba para taparse el
defecto de una quijada demasiado chica; pero, Señor, ¡qué más daba! Y, sobre
todo, ¿qué le importaba a nadie? A él, sí ¡pobre!, debía de preocuparle eso.
Durante toda aquella semana no se le había visto ni en el cine, ni en parte
alguna; andaba, al parecer, medio corrido; y puede bien sospecharse que si mi
padre lo llamó, por fin, a su despacho, fue tan sólo para, con algún pretexto,
tener oportunidad de dispararle a la salida aquella flecha que me hirió a mí y
me hizo huir a esconderme en mi cuarto con la cara entre las manos.
Han pasado los años, y hoy me río de mí misma, o -mejor- de la criatura tonta
que era yo entonces. Pero, descontadas las exageraciones de mi sensibilidad
pueril, ¿qué punta diabólica -pienso-, qué gota de veneno ha de haber en el
fondo del corazón humano para que incluso un ser tan bondadoso como mi padre no
pudiera privarse...?
Han pasado los años, sí; todo eso pertenece a un tiempo ido. Se fue también el
capitán Ramírez; ascendió, y lo trasladaron a otra guarnición. Ni siquiera sé a
punto fijo en qué provincia andará ahora, ni qué habrá sido de su vida. Pero en
estos días de espera, cuando yo por mi parte me dispongo a iniciar una nueva
fase en la mía, me acude a la memoria de golpe todo ese mundo que dejo atrás al
casarme, y muchos episodios, ya un poco lejanos (como este de la barba del
capitán Ramírez, cuyo mosconeo insistente en el recuerdo no llega a
molestarme), acuden a mí bajo una luz distinta que me los hace extraños, sin
dejar por eso de serme familiares.
Habrá que confesar que, visto en frío, resulta un episodio de veras grotesco, y
que el infeliz no desempeñó un papel demasiado lucido. La cosa ocurrió, poco
más o menos, así: Cierta noche, durante una de esas francachelas de hombres...
Bueno, quien conozca algo, aunque más no sea de oídas, la vida de guarnición,
sabe lo que es el aburrimiento castrense, y a qué recursos vulgares suele
echarse mano para matarlo. Yo, a pesar de las reservas que protegen siempre a
una niña, y más cuando esa niña es la hija única del coronel, no olvidaré
nunca, por ejemplo, las horribles partidas de tresillo alrededor de la mesa de
mi padre, el enervante cliqueteo de las fichas, las toses y gargajos del
capellán, las frases ingeniosas de cada uno repetidas hasta la náusea, el montón
enorme de colillas frías apestando la habitación por la mañana... Pero esto
pertenecía al ámbito respetable y doméstico donde yo me movía. Aparte de eso,
también alcanzaban a mis oídos ecos, y a veces me daban en la cara las
tufaradas, de otras diversiones menos apacibles. Pues bien, la historia famosa
de la barba del capitán, o la historia de la famosa barba del capitán, tuvo
lugar en el curso de una francachela de sala de banderas o cuerpo de guardia,
cuando ya el vino había encendido los ojos, desvanecido el seso y soltado las
lenguas. Según parece, algún majadero malintencionado debió de sacar a capítulo
el tema de la dichosa barba de Ramírez, y nuestro hombre se dejó enzarzar en
una discusión idiota de borrachos: por qué la llevaba, si la había usado siempre,
si nunca se le había ocurrido rasurarse... Ramírez tuvo la ingenuidad de
declarar que la venía usando desde su época de cadete, y de afirmar que ya
jamás se acostumbraría a verse de otra manera. Bastó. Medio en broma, medio en
serio, lo acusaron de ocultarse tras de un antifaz, de sustraer
fraudulentamente su verdadera fisonomía, y lo denostaron, en fin, hasta
envolverlo en una embrollada querella de borrachos, cuyo fuego tal vez el
diablo soplaba en dirección fija, hasta hacerle caer en la trampa. Total, que
se dejó rasurar las barbas allí mismo.
Desde luego, es seguro que no hubiera consentido si no hubiera estado él
también bajo los efectos del alcohol. Contaban que, cuando hubo terminado su
«operación quirúrgica» el barbero del regimiento, a quien habían ido a sacar de
la cama para eso, le presentaron un espejo al capitán Ramírez, y éste comenzó a
hacer muecas y visajes, y prorrumpió en carcajadas, llorando de la risa, de
modo que fue él el primero en celebrar su nueva apariencia.
Yo no podía -¡ni quería!, aun hoy se me resiste- imaginarme a Ramírez, un
hombre tan serio, tímido, triste, callado y correcto, haciendo de protagonista
en la indigna escena. Al alcohol hay que atribuir su consentimiento; sí,
solamente al alcohol, pues no hay duda de que también él estaba borracho
perdido. Bebería por no quedarse atrás, por no ser menos, por compromiso,
porque los hombres son siempre como niños, y como un niño hubiera habido que
sacarlo de allí a pescozones... No lo disculpaba yo; muy al contrario: me indignaba
que se hubiera dejado arrastrar a eso, y hasta él mismo quedaba envuelto en la
repulsa y el horror que despertaba en mí la insoportable escena. Pero tampoco
dejaba de comprender que, como tantos otros seres afables y tiernos, el capitán
Ramírez era una persona algo débil de carácter. ¿No se le criticaba que, en su
casa, quien capitaneaba era ella? Como la gente es implacable, inventaban a
propósito chistes, chismes, comentarios y pamplinas, que yo mal podía sufrir, y
que me hacían mirarla con ojos de aversión a la muy pavona, soberbia, gorda,
mayestática, contoneándose con mi hombrecito al lado, mientras que él,
nervioso, obsequioso, cortés, apresurado, con la barba al trote siempre, se
desvivía por prepararle el asiento en el cine o procurarle el mejor sitio en
las fiestas del Casino de Oficiales, donde apenas éramos tolerados los niños.
En verdad de verdad, mi antipatía hacia ella era por completo irrazonable.
Quizás fuera, en efecto, la criatura odiosa que yo entonces me pintaba -aunque
probablemente no sería más que una simple cabeza hueca-; pero he de reconocer
que mi oculto, amargo y enconado reproche de haber puesto en ridículo a su
marido con ocasión del episodio de la barba carecía de todo sentido. Pues
conviene saber que lo ocurrido en el cuerpo de guardia trajo cola, y una cola
por demás lamentable; pero, ¿dónde radicaba el mal? ¿En las consecuencias, o en
la causa misma? Eso es obvio. Y, sin embargo, la confusión de mis sentimientos
e ideas, tan agitados durante aquellos días, me hacía culparla a ella sin
asombrarme de que la gente pasara de largo sobre la escena de la francachela
donde el capitán Ramírez se dejó rasurar la barba, refiriéndola como mero
antecedente de lo que después vino, y que a todos les hacía tanta gracia. A mí,
por el contrario, me daba ganas de llorar. Era indecoroso, estúpido y cruel el
regocijo con que, durante una interminable sesión de tresillo, de donde hubiera
querido alejarme y no podía, los enterados iban repitiendo a cada recién venido
nuevos pormenores, reales o fantásticos, del tan comentado episodio.
Pero voy a relatarlo, para terminar de una vez con el penoso cuento. Resulta,
pues, que, ya casi de madrugada, la reunión del cuerpo de guardia se había
dispersado y los borrachos se fueron a dormir, dando tumbos. También Ramírez,
claro está, se retiró a su casa. Y aquí viene lo que tan divertido, tan
formidable, tan desopilante encontraba todo el mundo. Según parece, cuando,
bien entrada la mañana, se despertó la señora del capitán y abrió los ojos, y
se dio vuelta y vio a su lado aquella cara afeitada que no conocía, va y pega
un salto de la cama y empieza a gritar socorro desde la ventana... Hay que
saber cómo son estas barriadas militares, con las casas apiñadas en la más
estrecha vecindad, para imaginarse el escándalo. El colmo fue que, despierto a
su vez el capitán, y sin recordar para nada que se había transformado el rostro
durante la pasada borrachera, se asustó de los gritos de su mujer y, creyendo
que se había vuelto loca, se puso a perseguirla por el dormitorio, hasta que,
forzando la puerta, irrumpieron los vecinos. En toda la chacota que se hizo con
este paso de comedia debieron de abundar, segura estoy, las frases de doble
sentido con alusiones procaces, pues comentarios y dichos que a mí me parecían
bien necios provocaban inagotables carcajadas y eran celebrados siempre de
nuevo. Aún me parece ver los ojillos vivaces del capellán, en su carota
congestiva, describiendo con regodeo el sobresalto de los esposos, sorprendidos
así «en el traje de Adán, tal cual Dios los echó al mundo», cuando se
percataron del error en que habían caído... Después de pensarlo, me permito
dudar de la exactitud del detalle. Pero en aquel entonces, inocente de mí, el
único efecto de esas palabras fue representarme al capitán Ramírez en el acto
de taparse los ojos con ambas manos, abrumado, y a su lado Eva, desnuda, medio
oculta por las ramas del árbol, según la lámina de mi Historia sagrada, pero
una Eva con el cuerpo exuberante de la capitana.
Luego, cada vez que me ha acontecido topar, entre los grabados de algún libro o
en los museos, con la tan repetida escena del pecado original, sin poderlo
remediar me acordaba, por rara asociación de ideas, del capitán Ramírez y la
desgraciada anécdota de su barba, ese episodio que ahora, cuando rememoro desde
el umbral de una nueva vida los tiempos idos, otra vez me acude a la mente con
insistencia melancólica. En su día, ¡cuánto me hizo penar! Pero, ¿dónde está ya
aquel corazón bobo que entonces sabía sufrir por cosas tales?