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viernes, 4 de enero de 2013

Las caravanas de peregrinos



 
Las caravanas de peregrinos empezaron a llegar varios días
antes de la festividad. Y los más indigentes han sido los primeros en venir y
son los últimos en irse. Es la costumbre, me han dicho. Y ha de ser verdad
porque a estos haraganes cualquier pretexto les cuadra para estarse mano sobre
mano papando moscas y pensando en cualquier cosa menos en trabajar. Se dejarían
matar con tal de no hacer nada. Después se quejan de su suerte.
Y así es como también toda esta sangre estancada en la
desidia y que va fermentando como las aguas de un pantano, les cría bajo el
pellejo malos humores que luego revientan en hechos que ya no se pueden
remediar.
Todavía se están ahí, después de la octava, tumbados en la
borrachera del solazo, esperando a saber qué, como no sea a que el novenario de
la Virgen acabe con ellos derritiéndolos en un guarapo oscuro, los confunda con
la tierra y los desaparezca por fin en la humazón opaca que suelta el valle
entre las reverberaciones. Si son no más como granos que ya están sembrados en el
buche de los pájaros.
Desde la ventana del Juzgado los he visto bajar el cerro por
la ruta que están construyendo los norteamericanos. Filas interminables,
cabalmente de hormigas, con sus bártulos a cuestas que a lo lejos se me
antojaron los bultos visibles de su fe, las jorobas de sus necesidades. No es
que les neguemos sus derechos, como éste de esperar en la gracia de Dios.
Las ráfagas traían a remezones el coro del Himno:
...Es tu pueeeblooo... Virgen púuuu... raaa...
y te daaa... su amoooor y feee...
dales túuuu... paz y ventúuuu... raaa...
en tu Edén deee... Kaacupéee...
Lo malo es que cuando desembocaban en la plazoleta ya se
podía ver alguna que otra guitarra terciada a las espaldas de los hombres; las
ollas, los atados, las bolsas de bastimento hamacándose sobre las cabezas de
las mujeres, y bajo sus brazos los melones y sandías robados en las chacras al
pasar.
Polvo, calor, hambre, sed; nada los acobarda. Si hasta
pareciera que eso es lo que les da más coraje y contento: sacrificarse un poco
para congraciarse a la Patroncita que ahí, en la chata iglesia, sigue hecha una
pura brillazón sobre el mar de velas en que flota su plinto, tendiendo hacia
los peregrinos sus manos de madera pintada, sus ojos de rocío y su manto azul
recamado de oro.
Ninguno de ellos, al verla tan rica y bien mandada, a pesar
de que ya ha pasado su día, y de todo lo que ha pasado, se resigna a que no le
conceda algo, aunque sea a última hora. Esperan de seguro que los actos de
desagravio, en que todavía continúan empeñados por su cuenta, acaben por
apaciguarla y ablandarla hasta que de la punta del manto les caiga el milagrito
kaacupeño sobre las jorobas de sus deseos de pobres, desinflándolas por lo
menos hasta el año que viene.
En el Juzgado lo que nos ha caído ha sido trabajo.
Infracciones, raterías, estupros; los mil y un matices de la picardía natural y
profesional, por que las devociones han andado muy enredadas con las fechorías,
al punto que sería difícil decir dónde acababan las unas y comenzaban las
otras.
Con la romería de los peregrinos llegó la caterva de
vendedores ambulantes, loteros, galleros, calesiteros, prueberos,
contrabandistas, toda la infalible corte de los milagros de la Virgen.
Diseminados entre el gentío o acantonados en sus toldos de lona, continúan tirando
el anzuelo a los promeseros a grito pelado, pelándolos de lo que ya no tienen.
Uno se pregunta cómo les permiten la entrada al pueblo de la Milagrosa. Y debe
ser porque en la vida todo anda mezclado: lo bueno y lo que es un poco sucio;
lo santo y lo que es un poco del diablo.
Menos mal que no llegaron esos agitadores y bandidos
políticos que han formado montoneras y andan escondidos por los montes, nada
más que para hacer la contra al gobierno y perturbar el país ahora que por fin
ha alcanzado una época de bonanza, de paz y de progreso. Este es otro de los
terrenos en que he venido manteniendo una constante vigilancia. (Y la verdad
que me tiene todavía bastante preocupado, porque ellos caen sin decir agua va,
ponen sus huevos a tiros, y como llegaron se hacen humo. A pesar de lo que
digan los comunicados). Por eso he mandado poner un cordón de seguridad
alrededor de la iglesia y he dado orden de que nada más dejen pasar a los
donantes en hileras fácilmente controlables hasta el atrio donde están las urnas
y los expendios de velas y reliquias.
Lo de las raterías y delitos menores no sería nada. Lo grave
está en las tres muertes acaecidas en los hechos que son del dominio público.
Estoy tratando de ajustarme estrictamente a sus instrucciones, Señor Coronel.
("Vaya usted y ponga orden donde esos pelotas frías no
supieron cumplir con su deber", me "espetó no más al entrar yo en su
despacho cuando me hizo llamar para comunicarme el nombramiento. "Como al
cura párroco lo han mandado presentarse al Arzobispado y en Kaacupé sólo ha
quedado el teniente cura, esa función patronal va a acabar en un
verdadero...". Me resisto a poner aquí por respeto a la Virgen la palabra
que empleó. El coronel estaba nervioso y colérico; su cara de pájaro seco y
ganchudo se clavó en mí, respirando con dificultad por la disnea. "Lo he
designado interventor con plenos poderes. Vaya y tome de inmediato cartas en el
asunto", insistió hincándome la punta de la fusta en el pecho. "Como
primera providencia, me encierra bajo llave y con precinto sellado las urnas
con las donaciones. Debe haber millones y millones en efectivo y en especie. Me
las pone a disposición de la Delegación, bajo su responsabilidad". Trató
de suavizar el tono autoritario con un guiño, pelando los dientes en una falsa
sonrisa. "Cuando termine la recepción de los donativos, me manda toditas
esas urnas aquí. Oportunamente yo mismo daré cuenta a la justicia. No voy a
estar tolerando más crímenes, rapiñas ni delitos de ninguna especie en mi
jurisdicción", dijo excitándose de nuevo. Yo debí murmurar algo, alguna
rastrera objeción respecto al procedimiento procesal. "Usted va
representándome a mí", dijo apuntándome otra vez con la fusta. "Va
como delegado del gobierno". Y después para alentarme: "Vaya y no se
preocupe. Le voy a dar la tropa que necesite para que me restablezca el
orden").
Y así estoy aquí, embrollado en los sumarios, guerreando con
la gente, lidiando con vivos y muertos que no quieren soltar sus secretos, que
se refugian en una burlona inocencia, impenetrables a toda intimidación. Sólo
deseo terminar de una vez y dejarlo todo en limpio y en regla; pero esto se va
complicando y no sé cuándo acabará. No necesito encarecerle, Señor Coronel, que
a pesar de las dificultades este su viejo amigo y servidor procurará cumplir
sus órdenes hasta donde le sea humanamente posible, tan siquiera para no
defraudar su confianza y pagarle de algún modo sus muchas atenciones y finezas.
Pero no sería del todo sincero si no le expresara también que esta misión me
está resultando bastante ardua; no es agradable sudar sobre la malicia humana,
créame. Sobre todo cuando en los hechos que investigamos están envueltos
intereses y personalidades que merecen toda nuestra consideración.
 
Ya a mi entrada al pueblo no más tuve el pálpito de que no
todo iba a resultar fácil. Por la cuesta del cerro bajaba la mujer cargando una
cruz tan grande como la del Calvario. Avanzaba despacio como una sonámbula en
pleno día, despegando con esfuerzo los pies del bleque que el sol derretía
sobre el balasto de la ruta en construcción. La negra cabellera, encanecida de
polvo, se le derramaba por la espalda hasta las caderas. Vista de atrás y
encorvada bajo el peso de la cruz en el opaco resplandor, su silueta golpeaba a
primera impresión con una inquietante semejanza al Crucificado. La desgarrada
túnica se le pegaba al cuerpo en un barro rojizo, especialmente del lado que
cargaba la cruz, dejando ver las magulladuras y escoriaciones del hombro y del
cuello, los senos grandes y desnudos zangoloteando bajo los andrajos. De trecho
en trecho se detenía un breve instante, los ojos siempre fijos delante de sí,
para tomar aliento y borronearse con el antebrazo el sudor sanguinolento de la
cara, pero también como si esas detenciones formaran parte de su espasmódica
marcha, las estaciones en el extraño viacrucis de ese Cristo hembra.
Era algo cercano a un sacrilegio, sin duda, pero la gente
igual se paraba a mirarla; sobre todo, los hombres que pasaban en los coches de
lujo y aminoraban la marcha para observar en detalle a la penitente que
descendía el camino como dormida, abrazada a la cruz, dejando tras ella esa
estría brillante y sinuosa en el alquitrán recalentado.
Ante el embotellamiento, los diez carros de asalto que
venían siguiendo al auto de la Delegación empezaron a atronar con sus bocinas.
El terraplén no tardó en despejarse y hasta las caravanas de gente a pie nos
cedieron el paso desplazándose a los costados, entre los montículos de tierra y
pedregullo. La única que siguió impávida en la calzada fue ella, como si no oyera
nada, como si nada le importara, los ojos mortecinos, volcados para adentro,
absortos en la pesadilla o visión de su fe, que tenía el poder de galvanizarla
por entero en esa especie de trance de loca o de iluminada. Sólo esto podía
explicar que por momentos su marcha se desviara hacia la banquina o, en las
curvas, avanzara en línea recta como si en realidad no viese la ruta, o tal vez
porque en la exaltación que la poseía sintiera que iba caminando a un palmo del
suelo, en esa especie de levitación cataléptica de los hipnotizados.
Las bocinas volvieron a atropellar el aire caldeado, pero
ella no pareció darse por enterada; simplemente siguió avanzando, encorvada,
rígida, bajo la cruz, perseguida por los trazos fulgurantes de los tábanos y
moscones que revolaban a su alrededor. Cada tantos pasos, la paradita
consabida, alguien que se acercaba a darle de beber de una cantimplora, a
hacerle rectificar la desviación de su marcha, y otra vez el extremo de la cruz
continuaba la estela zigzagueante entre los dos plastos de las sandalias sobre
el asfalto.
El barullo de las bocinas arreció. Doscientos hombres, con
su bagaje de guerra completo, se sancochaban en las ollas metálicas de los
Willys, pero no podían pasar porque esa mujer les cerraba el paso como una absurda
aparición. Subiéndose a los montículos, la gente se apiñó para ver. El pleito
entre la penitente y el escuadrón motorizado, debía ser un espectáculo
atractivo para ellos.
(Yo no me sentía nada divertido; no sólo por las molestias
de la detención, el calor, la impaciencia y todo lo demás, sino también, y
principalmente, por esa sensación de socarrona repulsa que sentía caer desde la
pasividad del gentío, en oleadas aún más sensibles que las del aire de horno
que nos asfixiaba: desde esa pasividad que no hacía sin embargo más que mirar y
rumorear, esperar algo, y que les pintaba en las caras una expresión de
irremediable idiotez).
Mandé al conductor que callara la bocina y saqué el brazo
repitiendo al resto de la fila la orden, que pareció alcanzar también a la
multitud. En el silencio que siguió, no se oyó más que el plaf... plaf... de
las sandalias despegándose una tras otra, sin apuro, y no diré el zumbido de
los moscones pero sí ese otro bordoneo constante, un tono más bajo, que después
comprendí era producido por el arrastre del palo.
(Fue entonces, al ver moverse las corvas gruesas, las ancas
ampulosas bajo el hábito rotoso y empapado que las dibujaba como a pincel,
cuando comencé a sentir en la boca del estómago algo como un golpe de sed que
todavía me vuelve por momentos, me seca y me llena la boca de saliva caliente.
Era la primera vez que sentía una cosa así, y ya estaba temiendo que me viniera
el ataque, que habitualmente me avisa con otra clase de síntomas. No quería
hacer el ridículo delante de toda esa gente. Cuando me dí cuenta tenía las uñas
clavadas en el tapizado y las rodillas completamente mojadas).
Con una seña indiqué al conductor que avanzara por el
costado aún no pavimentado del terraplén. Y así pasamos casi rozándola y
saltando mucho sobre los badenes todavía sin rellenar. En los barquinazos, era
la mujer la que parecía ahora encabritarse y avanzar a los brincos con la cruz;
unos brincos que aumentaban aún más el obsceno zangoloteo de sus senos, de sus
nalgas, y le desparramaban la cabellera larguísima hasta taparle toda la cara
con un manchón oscuro.
Una vez más hube de verla antes de su muerte. (En realidad,
volví a verla varias veces; pero estas son cosas mías y a nadie le importan.
Todavía, por momentos, su recuerdo me provoca esta rápida arcada que, desde el
bajo vientre al paladar, siento relampaguear con el hormigueo de un picor
parecido al del éter si fuera caliente, y me hace escupir una saliva espesa que
está formando charquitos alrededor de mi mesa). Por unos días incluso me había
olvidado de esa mujer porque al llegar me esperaba la fatigosa indagatoria
relacionada con los hechos del alcalde y del juez.
Entretanto, y como si los hechos mismos hubieran querido
poner a prueba mi paciencia y mi sentido de la medida, hube de ocuparme de
otros delitos menores, casi irrisorios de tan insignificantes, y que sin
embargo acabaron por provocar la tercera muerte en esta función patronal
pródiga en escándalos y disturbios.
 
La misma tarde de mi llegada pidió verme un mercachifle
ambulante, un turco vendedor de jabones, baratijas y esos adminículos de nylon
que usan hoy las mujeres. Tanto importunó en hablar personalmente conmigo, que
al fin lo hice pasar, sospechando alguna artería. No era más que para denunciar
el robo de la víbora que usaba como cebo para su clientela. "Búsquese
otra", le dije con fastidio. "Es que esa víbora estaba amaestrada y
no puedo preparar otra de la noche a la mañana", adujo el sirio con cierta
lógica. "Hace una punta de años que vengo con mi víbora para las funciones,
y nunca nadie me ha robado nada, ni siquiera una funda vacía de cigarrillos. Y
este año, Señor Interventor, agarran y me roban nada menos que la víbora, que
es como robarme un brazo, el zurdo si usted quiere, pero un brazo al fin, un
instrumento de trabajo. Y ya la gente no se emboba conmigo y no puedo vender ni
un alfiler...". Estaba aplanado; parecía que iba a echarse a llorar con
sus grandes bigotes, su cara estriada de arrugas como una telaraña, los
párpados sembrados de puntitos negros como granos de pimienta. Reclamaba el
castigo del ladrón, al que según él había logrado localizar ya, la recuperación
de su víbora y hasta una indemnización por daños y perjuicios por los días que
había estado sin trabajar. De pronto empujó como al descuido un billete plegado
en finos dobleces bajo la carpeta. Yo me hice el desentendido; quería ver hasta
dónde era capaz de llegar este individuo astuto y vital, que tenía las
características del informante nato. Le devolví el billete con la punta de los
dedos y señalándole la puerta le dije: "Búsquese otra víbora".
Y al parecer, eso fue lo que hizo. Después declaró que se
había metido en los montes aledaños para conseguirse una yarará viva, del
tamaño de la suya, y que al final encontró y capturó la que necesitaba. En el
sumario consta que lo hizo para reemplazar la que le habían robado.
(Todavía tuvo la desfachatez de responderme, cuando le
pregunté dónde la tenía guardada: "En una urna como ésa, Señor
Interventor", espiándome el humor con sus ojos que se parecen realmente a
los de un reptil, bajo los párpados semicaídos y regados de costritas oscuras.
Pero así y todo resulta bastante simpático por su desbordante vitalidad.
"Ya sabíamos que nos íbamos a entender", me dijo frotándose las manos
cuando le pedí que se quedara en el Juzgado para ayudarme en ciertos
menesteres, seguro de que podía contar si no con su lealtad, por lo menos con
su reserva, luego de someterlo a esas discretas pruebas que nunca me fallan con
los hombres que han nacido para servir).
¿Para qué, se preguntará usted, Señor Coronel, quería el
turco otra víbora si había encontrado la suya, o por lo menos a quien se la
robó? La respuesta a esta pregunta es la que explica precisamente la muerte
número tres: la de la penitente que llegara con la cruz. Porque de ella se
trata.
 
Pero antes de seguir el orden natural de los sucesos, debo
retomar aquí los relacionados con el juez y el alcalde, acaecido en la
medianoche del 8, es decir, justo al cerrarse el Día de la Inmaculada, para
mayor escarnio de todos, puesto que una afrenta a la dignidad de la Virgen de
Kaacupé, Patrona de todo el país, es sin duda una afrenta al honor nacional.
(Creo que esta tirada debe quedar por sí los diarios oficiales publican mi
informe; no quisiera que se echara la sombra de la más mínima duda sobre mis
convicciones).
Claro que todo hubiera andado más rápido sin las numerosas
ceremonias de desagravio, desde luego muy oportunas y necesarias, pero que en
lo que respecta a mis tareas, las han demorado más de lo previsto. Desde la
mañana a la noche, casi ininterrumpidamente, la iglesia ha resonado con los cánticos
litúrgicos de los doscientos prelados, canónigos y seminaristas que llegaron
presididos por el propio Señor Arzobispo, y todo el pueblo ha retumbado con el
clamor de cincuenta mil almas empinadas en su justa indignación y vociferando,
más que cantando, las estrofas del Himno a la Virgen. Evidentemente, la fe es
el sentimiento nacional por excelencia. Aún ahora, como dije, se escuchan a los
grupos apelotonados en los chaflanes y corredores, o bajo los cocoteros, que
gritan y se lamentan como borrachos:
 
... Todo el pueee... blo... paraguaaayooo...
que juróooo... su libertáaaa...
a la luz del Sol de Maaayooo...
hoy aclaaamaaan... tu beldáaa...
 
Es el pueeeblooo... que en la gueeeerraaa...
y en la paz... sieeempreee... te amóooo, etc.
 
La reconstrucción del hecho sólo ha podido cumplirse ayer,
con la llegada del titular de la Parroquia. He tenido que emplear toda la
dotación para impedir que la Casa Parroquial fuera invadida por la multitud.
Los motivos eran obvios: nadie quería perderse esa representación que era el
último acto de un drama, diría mejor de una tragedia, que la maquinación
infernal del demonio incrustó en la santa fiesta de la Virgen, intentando
inútilmente deslucirla.
El Párroco, corpulento y rechoncho, está leyendo el
breviario en la soledad de su despacho; ha quedado casi en cueros, sin más que
los calzoncillos, porque ni siquiera la alta noche ha aliviado el calor y la
presión del aire que le hacen manar raudales de los sobacos, de las tetillas,
del peludo y abultado abdomen. Se levanta de tanto en tanto y se enjuga con la
toalla todo el cuerpo hecho una sola burbuja de sudor, que el aire caliente del
ventilador no hace sino inflar más y más; repasa la cuerina del Breviario y el
espaldar del sillón frailero hechos ya también una sopa, y vuelve a sentarse
para tratar de seguir leyendo el oficio, entre bostezo y bostezo, algo molesto
por el rumor del gentío en la plaza y la música de los altavoces, que no
cesarán en toda la noche.
De todos modos, el Día de la Virgen ha sido espléndido, pero
bravísimo, magnífico pero agotador; desde la madrugada, misas, comuniones
generales, millares de confesiones y la inundación de exvotos y donativos que
hacían crujir en pocos instantes las cien y pico de urnas emplazadas
estratégicamente y reemplazadas sin cesar. A todo esto ha tenido que atender el
Padre Cura, ayudado por el teniente, los cinco sacerdotes invitados, y la
cincuentena de Hijas de María, las más de ellas torpes por demasiado viejas o
por demasiado jóvenes, atropellándose inútilmente en el desordenado y casi
extático trajín. Es natural que el Padre, si bien satisfecho y orgulloso por el
éxito de la jornada, se sienta demolido. Ha mirado el reloj: unos minutos antes
de las doce tomará su último vaso de limonada y luego se echará en cama a roncar
con la paz de los justos. En eso oye un ruidito en la puerta lateral del
despacho que da hacia una callejuela de zanjones. Parpadea incrédulo y escucha
atentamente. El ruidito continúa insidioso y metódico, camuflado por el runrún
de afuera y el zumbido del ventilador; es evidente que están tratando de forzar
la cerradura. El Padre, consternado, se incorpora en un respingo. En un rincón
del despacho, junto a la caja fuerte, están amontonadas las urnas repletas de
dinero; sobre mesas puestas ex profeso la montaña de los donativos y exvotos.
El Padre se persigna; con la alarma del primer instante ha temido que sean los
montoneros. En un impulso instintivo descuelga un rifle y se lo echa a la cara,
pero a partir de allí no sabe cómo ha de seguir. Jamás ha disparado un arma de
fuego; jamás ha habido la menor tentativa de robo en la Casa Parroquial, que es
como la prolongación de la misma iglesia. Y justo ahora le parece casi una
profanación defender a tiros los dineros de la Virgen. Entretanto, el pestillo
ha cedido, la puerta se abre rechinando levemente sobre sus herrumbradas
bisagras, y en el cielo oscuro del vano se recortan las siluetas de dos
enmascarados. Dos fogonazos como dos rayos revientan en ese momento, y voltean
al Padre con las sentaderas sobre el piso del despacho. Las siluetas
enmascaradas han desaparecido. El Padre Cura ha declarado que no recuerda haber
apretado en ningún momento el gatillo del winchester. Pero el hecho es que esos
dos estampidos han puesto en conmoción toda la casa.
Con el sueño roto sobre las caras, desmelenados y en paños
menores acuden los demás sacerdotes; tras ellos, cubriéndose púdicamente con
sábanas, repasadores y hasta sobrepellices, las mujeres del servicio. Entre
todos levantan los cien kilos del Padre, desparramados en el suelo; pero él
sólo sabe murmurar entre dientes, sin soltar el rifle: "¡Los enmascarados!
¡Los enmascarados...!".
Al principio, los otros creen que el Padre ha tenido una
pesadilla, y que ha disparado sobre esa pesadilla. Porque esto aparte, todo está
aparentemente en orden, salvo tal vez esa puerta; pero acaso la ha entreabierto
el mismo Padre para aventar el aire viciado del despacho.
Un alarido los hace volverse; una de las mujeres ha visto
del lado exterior de la puerta la punta de un pie. Alguien enciende una
linterna. En el haz de luz, la punta de la bota continúa apuntando al cielo sin
moverse. Los más cercanos salen a ver: a un lado del cancel, sobre la acera,
está caído uno de los enmascarados, al otro, el otro de bruces, como si
estuviera mordiendo el cordón de la veredita sobre el pañuelo del antifaz como
para no romperse los dientes. Los sacerdotes y las mujeres se quedan
petrificados. En la calle están comenzando a reunirse curiosos, intrigados por
esta escena inusitada de clérigos y mujeres semidesnudos, apiñados en la puerta
trasera de la Casa Cural.
El Párroco pide a gritos su sotana y reclama la inmediata
presencia de la fuerza pública. El teniente cura sale -y aquí sí sería adecuada
y gráfica la expresión- como alma que se lleva el diablo, en busca del alcalde.
Lo que ocurre en las horas subsiguientes -le ahorro los
detalles, Señor Coronel-, se reduce al colapso del Párroco a quien han tenido
que meter en cama, víctima de una fuerte crisis de nervios, por otra parte muy
natural si se atiende las circunstancias -los periódicos informaron
erróneamente que había huido-, y a la espera del teniente cura que regresa a
las cansadas, cuando está rayando el alba, con el sargento de policía quien
trata de excusar a su superior informando que ha tenido que ausentarse
brevemente por una comisión. El sargento no puede tocar los cadáveres sin
autorización del juez. El teniente cura sale nuevamente de estampía, ahora
montado en su moto, y regresa con la noticia de que también el juez se ha
ausentado para una diligencia. Debe ser la misma, piensan todos. Pero ya para
esa hora hay más de mil personas entre los zanjones observando los cuerpos
tendidos en la acera con los rojos pañuelos tapándoles las caras, y discutiendo
a voz en cuello sobre si son asaltantes de verdad o montoneros. Como si hubiera
diferencia ¿no?
A todo esto, urgido por los Padres, que quieren acabar
cuanto antes con el escándalo de la situación, el sargento se resuelve por fin
a intervenir. Hace girar con el pie el cadáver que está de bruces sobre las
lajas, y con un tirón en el que descarga su furia, les arranca a los dos los
pañuelos manchados de sangre. Y ahí estaban el alcalde y el juez, supinos, los
ojos muy abiertos, las caras crispadas en una mueca, como sorprendidos y
fastidiados por haber sido despertados muy temprano.
Diga usted si no parece un lance tramado por el mismísimo
Satanás. La inocencia del Párroco, no obstante resulta incuestionable, y así lo
demuestran las actuaciones. Caso clavado de legítima defensa, con todas las atenuantes
morales y legales. Y hasta diría más: lo que hizo el Padre Cura ha sido un acto
de estricta justicia, convirtiéndose sin proponérselo en el instrumento de un
castigo verdaderamente providencial para esos funcionarios que no trepidaron en
manchar el honor de sus cargos con un infame delito.
Por prudencia, sin embargo, a fin de evitar las tumultuosas
manifestaciones que se preparaban, tanto de protesta contra el juez y el
alcalde, como de homenaje al Párroco -y que hubieran podido degenerar en disturbios-,
he resuelto, con la venia de Su Eminencia, que aquél volviera nuevamente a la
capital donde de seguro se le dará nuevo destino.
Ha estado a despedirse. Al ver el amontonamiento de las
urnas que están bajo custodia en el despacho, ha murmurado con tristeza:
"¡Toda una cosecha perdida!". Pienso que se refería al desgraciado
final de una de las más brillantes funciones que se recuerdan en muchos años y
a sus consecuencias morales. En este entender, le contesté con el dicho:
"El buen grano fructifica después de la tormenta y a los más necesitados
alimenta". (La intención de lo que dijo con respecto al "grano"
encerrado en las urnas, aunque sibilina, fue muy clara. Pero, ¿qué habrá
querido insinuar cuando, al inclinar la cabeza y ver los charquitos de saliva
junto a mi mesa, agregó: "No lo riegue demasiado, que se puede
malograr"? ¿Me habrá visto algo en las miradas con respecto al
"grano" que se pudre dentro de mí? ¿Pero acaso no sabe el cura, por
los Evangelios, que el grano que muere es el único que fructifica? Sólo que hay
distintas maneras de morir; y la de acabar en el buche de los pájaros, o sobre
la piedra y entre espinas, o a hierro y fuego, no es de las peores).
 
Esa misma tarde, en mi recorrido habitual por la romería,
hice otro descubrimiento desmoralizador.
A la misma entrada del pueblo, en los terrenos que la
caminera está desmontando, y casi frente a los hoteles de más categoría, el
turco que iba a mi lado en el coche, señaló una especie de toldo hecho con
ramas secas y chapas herrumbradas de zinc. Una nutrida concurrencia,
exclusivamente de hombres, se agolpaba alrededor, tomando tereré, jugando al
truco sobre el mero pasto y hasta guitarreando polkas y guaranias. Bien se veía
que el concurso machuno se hallaba concentrado no tanto en lo que hacía como a
la espera de algo. "La carpa de María Dominga", dijo el libanés
abarquillando pícaramente los gruesos labios. Nadie como él conoce la romería;
la conoce palmo a palmo. Sólo por eso condescendí a llevarlo como baqueano en
esas exploraciones. "¿La carpa de quién?", pregunté, contrariado,
porque, a pesar del edicto, todavía funcionarán esos garitos en plena zona
céntrica. "María Dominga Otazú, una famosa rea del Guairá", dijo el
turco. "Parece que la promesa resultó no más. Está haciendo plata a montones".
Fui a decir algo, pero se me atragantó la voz porque en ese
momento, en el hueco del toldo, asomó ella: ¡la penitente que había llegado con
la cruz a cuesta y con la aureola mística de una iluminada! Semidesnuda,
abanicándose con una hoja de palma y echando al aire, como con un cedazo, las
crenchas de su larga cabellera, se puso a vocear a los hombres cambiando con
ellos palabras y gestos groseros, y aún sobrepasándolos en indecencia y
procacidad. En un momento dado, echó en mi dirección los ojos mortecinos que
aparentaban no ver. Alguien le debió soplar que enfrente estaba el auto de la
Delegación, en el que yo no podía salir de mi estupor. Pero a ella tampoco
pareció importarle mucho eso; se limitó a esbozar una mueca de burla y volvió a
entrar lentamente sin dejar de abanicarse ¡Imagínese mi indignación, Señor
Coronel!
Ordené a las autoridades del Municipio que la hicieran
desalojar de inmediato y que clausuraran todos estos antros de corrupción,
dondequiera estuviesen funcionando.
Si no hubieran demorado el cumplimiento de la orden con
dilaciones que hasta me resultan inexplicables -la incuria, el estado de
aplazamiento que lo echa todo a la bartola, parecen estar aquí a la orden del
día-; si se me hubiera hecho caso, digo, posiblemente no habrían ocurrido más
hechos lamentables.
Por la noche, sin haber sido citada, compareció la mujer que
dijo querer hablar conmigo. Mi ayudante abogó por ella, diciéndome que venía
muy arrepentida, que había que dar una oportunidad a los descarriados para
recuperarse; en fin, usted sabe cómo son estas cosas de los subordinados. La
observé por una rendija; efectivamente, parecía otra: una mujer compungida,
humilde, resignada a la pesadumbre de una reciente viudez. Envuelta en un manto
negro, hubiera podido pasar por una de las más recatadas Hijas de María. Pese a
todo, me negué a recibirla y le mandé decir que se fuera; más aún, que
abandonara el pueblo sin pérdida de tiempo.
(Entró tantaleando a su alrededor, y apenas cerré la puerta,
se me acercó guiada por mi voz y se hincó a mis pies buscándome la mano y
estremeciéndose en lo que yo creí un sofocado sollozo que le removía la cabeza
bajo el manto. Le ayudé a ponerse de pie, y entonces vi que en lugar de
sollozar, se estaba riendo con el descaro de los ciegos que no se ven vistos y
cuentan con la impunidad de su tiniebla. Su increíble duplicidad era
inagotable; iba a encontrar siempre nuevas formas, golpes nuevos de efecto para
asombrar, para deprimir, para desesperar. Aun ahora no hay momento en que no
sienta que está a punto de aparecer: los ojos enormes y oscuros que me anulan
con sus miradas muertas; el hueso exhumado de su frente, de sus pómulos, en
cualquier dura superficie que mis manos tocan al descuido. En aquel momento, el
asombro primero, la ofuscación después, me sacaron las fuerzas para increparla
corno se merecía y echarla en el acto del despacho. Ante mi vacilación,
entreabrió el manto y con un hábil meneo dejó caer a sus pies el liviano
vestido y apareció completamente desnuda, inundando el despacho con su olor a
mujer pública, a hediondez de pecado, a esos pantanos que en ciertas noches nos
atraen con su sombría pero irresistible pestilencia.
El mareo del ataque de seguro ya me estaba viniendo porque
del resto sólo me acuerdo borrosamente. En medio del retumbo que me ponía hueco
por dentro y de las primeras pataletas, lo último que sentí es que caía a mi
vez, que ahora caigo, que seguiré cayendo ante ella, que mi cara golpea contra
su vientre, contra sus muslos, como contra una pared, pero infinitamente suave
y cálida, que la atravieso de cabeza con un sabor ácido en la boca, que caigo
como sobre una blanda telaraña, que me deslizo por un conducto cada vez más
estrecho hasta perder la respiración y el sentido...
Lástima que sobre esto no pueda decirle una sola palabra a
Taguató; no lo comprendería tampoco, aunque le aclararía muchas cosas y de paso
le divertiría mucho. Lo haría reír a carcajadas con esa manera que tiene de
reírse de los demás, metiendo la mano entre las piernas y expectorando sus
graznidos).
 
Abreviando, Señor Coronel, y para finalizar de una vez esta
relación que ya le debe estar resultando harto aburrida, le diré que la mujer
amaneció muerta en su toldo, dos días después, mordida por la yarará que el
sirio-libanés había cazado en los montes para reemplazar a la que le robaron.
El ladrón y el turco se echan mutuamente la culpa: el uno
alega que, cuando visitó a la mujerzuela, llevaba sí la bolsa con la víbora
robada, es decir, la amaestrada y sin ponzoña, y que al salir de allí, tras una
acelerada discusión con la prostituta -parece que el hombre no sólo se negó a
pagarle lo convenido sino que además le intentó hurtar el reloj de pulsera, una
chafalonía por otra parte sin ningún valor-, dejó olvidada la bolsa con la
víbora en un rincón. El turco alega que era la yarará, puesto que se la había
cambiado un rato antes, en un descuido del ladrón, cuando éste entrara en un
boliche a tomar una copa. Y yo no puedo incriminar ni al turco ni al ladrón a
quienes, por el Código, sólo se pueden aplicar penas leves por delitos menores.
La yarará criminal -que podríamos considerar como el cuerpo del delito-
desapareció después de clavar su ponzoñoso colmillo en el vientre de la
meretriz. Y la paciente indagatoria de los testigos, que ha hecho desfilar una
interminable cantidad de hombres de toda calaña y condición por el Juzgado,
agregando folios y más folios al ya voluminoso expediente, no ha modificado una
situación ya de por sí positivamente definida. De igual modo que las
anteriores, no habrá más remedio que dejar también esta muerte librada a los
inescrutables designios de la Providencia.
(Cada noche doy cuerda a este miserable reloj de baratillo,
que late débilmente bajo el enchapado corroído por la sal de su muñeca, que
latía ensordecedoramente junto a mi oído cuando, hincado ante ella, me apretaba
la cabeza con sus manos, riéndose, burlándose de mí, de mi secreto. Pero, a
pesar de su desprecio, que era tal vez su forma de amar y comprender, nadie
llegó tan al fondo de ese secreto cómo ella. Tampoco yo lo conocía hasta que me
lo reveló sin palabras, solamente con su risa, con sus manos, con esa piel que
forraba de seda sus huesos, pero detrás de la cual no había para mí más que el
vacío, la noche, el silencio, y ese olor, ese olor... Por eso está muerta.
Después que ella pasó a la habitación contigua a esperarme
como las noches anteriores, yo me quedé trabajando en los sumarios a esperar su
grito. La oí tropezar con los muebles colocados esta vez ex profeso, en el
itinerario previsto casi al detalle: primero una silla, luego otra, de la que
cayó con gran ruido la palangana de hierro; por fin, ya cerca de la cama, la
urna cuyo contenido se llevó el turco poniendo en lugar la víbora.
Las sordas interjecciones reventaron por fin en un grito, en
el estrépito de su caída; escuché su despavorido arrastrarse a tientas
rebotando de una pared a otra, los golpes de sus puños en la puerta a la que yo
había echado llave, mientras la oía gritar, tal vez más aterrado que ella, pero
por primera vez lleno también de una extraña felicidad; sentí que a través de
esa pared, de esa puerta, de esos gritos, la poseía ahora de verdad y me
reencontraba a mí mismo... Pero cómo se puede recordar lo que nunca se tuvo, lo
que ha estado muerto en uno desde antes de nacer... Mientras sus quejidos van
decreciendo, la veo otra vez avanzando, encorvada, rígida, bajo la cruz, con el
manchón de su cabellera tapándole la cara, siento de nuevo llenárseme la boca
de este regusto agrio y caliente a cosa quemada, el relámpago de un ansia que
vuelve a crecer, que escupo a mi alrededor como la materia de mi propia
ponzoña...)
Le envío las urnas, Señor Coronel. Son 132, en total,
selladas y lacradas, más 7 cajones grandes conteniendo los efectos de las
donaciones, también lacrados y sellados, según me lo ordenó.
Espero que este deshilvanado informe le dé una idea más o
menos aproximada de los hechos que han sucedido, y aprovecho para repetirme su
seguro servidor y amigo.