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Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 4 de febrero de 2013

cuando el almacén está vacío


Muchas
veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas,
me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en
el pueblo volvió a mencionar.
Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera
vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida, y, sobre todo, con
aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién
el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que
sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café;
mientras le hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el
pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.
Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido
a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y
nadie habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra
punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.
La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras
Cervino le cortaba el pelo se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho
como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el
muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se quedaba por
ella.
No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y
era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía
comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino
era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían
de la ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y
recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pronto
arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio
en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y
sillón giratorio, y le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si
no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de Cervino estaba siempre
el último El Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.
Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise
averiguarlo: me hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la
Francesa había nacido en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste.
Fuera como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla.
Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno
darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa
costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y
pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la
Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía
estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que
estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la
vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de
burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de
antemano que nadie se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en
el pueblo era hombre a su medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos,
desdeñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino, que parecía no advertir nada,
que se afanaba en silencio sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras
en el aire.
Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su
peluquería estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me
había equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue
recuperando su clientela: consiguió de alguna forma revistas pornográficas, que
por esa época los militares habían prohibido, y después, cuando llegó el
Mundial, juntó todos sus ahorros y compró un televisor color, que fue el
primero del pueblo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en
Puente Viejo había una y sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para
maricas.
Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor
fue, otra vez, a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho
tiempo la burla o la humillación de una mujer.
Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras, detrás
de los médanos, cerca de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía
muy poco; hacía compras grandes, para quince días o para el mes entero, pero en
cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que fuera
solamente a leer El Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino. Porque así
fue, al principio todos compadecían a Cervino. En verdad, resultaba fácil
apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa pronta,
como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones
parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba
largo rato afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras
y había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido
por el espejo contemplando a la Francesa con una pasión muda y reconcentrada,
como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y
realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.
Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo
para las casadas y casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa
común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres estaban
resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en
Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al desprecio
y mucho menos a la sorna de una mujer.
Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque
en el pueblo venían faltando los escándalos, todas las conversaciones
desembocaban en las andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador
yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una
noche en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y
debían estar drogados porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres
terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espinosa, que desde su ventana
siempre escuchaba risas y gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos
inconfundibles de dos que se revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los
Vidal, que en la peluquería, delante de él y en las narices de Cervino... en
fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas habladurías.

Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Francesa habían desaparecido.
Quiero decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni
en la peluquería ni en el camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero
que pensamos todos es que se habían ido juntos y tal vez porque las fugas
tienen siempre algo de romántico, o tal vez porque el peligro ya estaba lejos,
las mujeres parecían dispuestas ahora a perdonar a la Francesa: era evidente
que en ese matrimonio algo fallaba, decían; Cervino era demasiado viejo para
ella y por otro lado el muchacho era buen mozo... Y comentaban entre sí con
risitas de complicidad que quizás ellas hubieran hecho lo mismo.
Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto estaba en el almacén
la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo
peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos, había acampado cerca
de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la carpa todavía
estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía aquello, muy extraño - que se
hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisarse al
comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a
Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle:
tengo por norma no discutir con los clientes.
Empecé a decir débilmente que no se podía acusar a nadie sin pruebas, que para
mí era imposible que Cervino, que justamente Cervino... Pero aquí la viuda me
interrumpió: era bien sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están
fuera de sí son los más peligrosos.
Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la
puerta. Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos
trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció
más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer.
Cuando hizo el pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado
yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa.
Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado
con tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al
padre, que estaba muy enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana.
Cuando terminó de hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me
costó identificar: era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda
volvió a la carga. A ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más
veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en
Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.
Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al
muchacho tampoco se lo había vuelto a ver. Los chicos del pueblo empezaron a
jugar a los indios en la carpa abandonada y Puente Viejo se dividió en dos
bandos: los que estaban convencidos de que Cervino era un criminal y los que
todavía esperábamos que la Francesa regresara, que éramos cada vez menos. Se
escuchaba decir que Cervino había degollado al muchacho con la navaja, mientras
le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los chicos que jugaran en la
cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor.
Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin
clientes: los muchachos del pueblo se desafiaban unos a otros a sentarse en el
fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y empezó a ser
prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.
Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro
enfermo, que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y
supimos que la viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo
detuviese. Pero el comisario había dicho que mientras no aparecieran los
cuerpos nada podía hacerse.
En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían
que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado en
tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada
vez más monstruoso.
Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir
un temor supersticioso, el presentimiento de que en aquellas interminables
discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte,
parecía haber enloquecido. Andaba abriendo pozos por todos lados con una
ridícula palita de playa, vociferando que ella no descansaría hasta encontrar
los cadáveres.
Y un día los encontró.

Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda entró en el almacén
preguntándome si tenía palas; y dijo en voz bien alta, para que todos la
escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y voluntarios para cavar
en los médanos detrás del puente. Después, dejando caer lentamente las
palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro que
devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y mientras
buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchando, aún
sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano
humana.
La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último, cargando las palas. Miraba
a los demás y veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el
almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada había cambiado, ningún
súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier
otra, a la hora inútil en que se despierta de la siesta. Abajo se iban
alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar, distante, parecía
pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de dónde
provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así,
no en Puente Viejo.

Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba
cavando con el torso desnudo y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos
señaló vagamente en torno y yo distribuí las palas y hundí la mía en el sitio
que me pareció más inofensivo. Durante un largo rato sólo se escuchó el seco
vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala
y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no fuera
cierto, cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la
viuda, un pobre animal raquítico que se desesperaba alrededor de nosotros. El
comisario quiso espantarlo a cascotazos pero el perro volvía y volvía y en un momento
pareció que iba a saltarle encima. Entonces nos dimos cuenta de que era ése el
lugar, el comisario volvió a cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel
frenesí, las palas se precipitaron todas juntas y de pronto el comisario gritó
que había dado con algo; escarbó un poco más y apareció el primer cadáver.
Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron enseguida a las palas, casi
con entusiasmo, a buscar a la Francesa, pero yo me acerqué y me obligué a
mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero negro en la frente y tierra en los
ojos. No era el muchacho.
Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una
pesadilla: todos estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la
tierra, a cada golpe de pala rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un
torso mutilado. Por donde se mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas.
El horror me hacía deambular de un lado a otro; no podía pensar, no podía
entender, hasta que vi una espalda acribillada y más allá una cabeza con vendas
en los ojos. Miré al comisario y el comisario también sabía, nos ordenó que nos
quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió al pueblo, a pedir
instrucciones.
Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante
del perro, el olor a muerto y la figura de la viuda hurgando con su palita
entre los cadáveres, gritándonos que había que seguir, que todavía no había
aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió caminaba erguido y solemne,
como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó delante de nosotros y nos mandó
que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal como estaban. Todos volvimos a las
palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra iba cubriendo los
cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría también allí. El perro
ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en
tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro cayó muerto.
Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia delante, para
que también lo enterrásemos.
Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con nadie de aquello y anotó uno
por uno los nombres de los que habíamos estado allí.
La Francesa regresó pocos días después: su padre se había recuperado por
completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni
bien empezó la temporada.