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viernes, 1 de febrero de 2013

Dejen salir


Vuelve sorprendentemente al andén, que se ha quedado otra
vez vacío, y toma asiento en uno de los bancos. Trata de serenarse
recapacitando; enciende un cigarrillo con parsimonia y respira profundo el aire
cálido de los subterráneos. Se fija en los grandes anuncios murales del andén
contrario: una marca de zapatos, una compañía aérea, una bebida. También
observa las máquinas automáticas de chocolatinas y chicle, los bancos, las
papeleras... En la pequeña oficina acristalada un soñoliento empleado hojea el periódico
sobre la mesa. Está claro: ha sido un simple error, una tonta sucesión de
despistes,  algo que puede ocurrirle a
cualquier ciudadano. Mientras fuma grandes bocanadas de su cigarro reconstruye
los hechos: cogió el metro en Argüelles a las seis y media aproximadamente; al
salir de su trabajo se había entretenido un rato comprando unos pañuelos de
algodón, en los grandes almacenes de la esquina Princesa-Alberto Aguilera, y
tenía prisa por llegar a una cita; bajó al andén dirección Sol, el tren llegó con
normalidad y luego las estaciones se fueron sucediendo sin ningún contratiempo:
Ventura Rodríguez, Plaza de España, Callao, Sol. Se había apeado con toda
tranquilidad cuando las puertas se abrieron, teniendo buen cuidado, como
siempre, de no introducir el pie entre coche y andén; penetró luego en el
pasadizo salida a Mayor, donde recuerda muy bien haber echado una moneda en el
pañuelo de un joven que, sentado en el suelo, tocaba la guitarra; unos pasos
más allá del músico ambulante una gitana con un niño dormido en los brazos le
extendió una mano en demanda de limosna, que él concedió digno y gustoso, como
de costumbre, y después de un par de giros y de bajar y subir algunas escaleras
volvió a encontrarse en el mismo andén de donde había salido. Una señora con
gafas, en el andén de enfrente, situada a la altura del anuncio de zapatos, le
observó con atención, y él se apresuró a mirar al gran plano-guía que tenía
detrás para disimular el rubor que la sensación de ridículo le producía. Pero
se repuso en seguida, pues, al fin y al cabo, nadie está libre de un descuido y
él tenía prisa, mucha prisa, por llegar a su cita; así que volvió a dirigirse a
la salida a Mayor, rebasó a la gitana que continuaba mendigando, giró, bajó,
subió... Y sintió un escalofrío cuando vio de nuevo los mismos anuncios de la
marca de zapatos, la compañía aérea y la bebida, los mismos bancos, las mismas
máquinas automáticas de chicle y chocolatinas, el mismo empleado leyendo el
periódico en su oficina y la misma señora de gafas mirándole cada vez con mayor
curiosidad.
Es esa repentina sensación de frío en el espinazo la que le
ha hecho sentarse en uno de los bancos y encender un cigarrillo para examinar
detenidamente la situación. Hay días que uno tiene la cabeza loca y ocurren
cosas de este tipo, máxime si se tienen en cuenta algunos problemas, muchos
asuntos en qué pensar y, sobre todo, una cita para él muy importante que ha
venido condicionando su vida desde hace ya algún tiempo. La precipitación y
quizá también los nervios le han jugado esta mala pasada que ahora, mientras el
andén se va llenando poco a poco de viajeros, le produce cierta hilaridad. Eso
es ni más ni menos lo que ha ocurrido; algo que tiene la importancia que cada
uno le quiera dar, porque cualquiera puede equivocarse, aunque lleve toda la
vida viajando en el metro.
De pronto se oye un rumor lejano que paulatinamente se va
acercando, hasta que un tren irrumpe a su izquierda, en la vía de enfrente;
frena con un peculiar chirrido, abre sus puertas y al cabo de unos segundos
pita y se va, dirección Moncloa. La señora de gafas continúa mirándole desde
una ventanilla hasta que el tren desaparece en la negrura del túnel. Luego
llega otro convoy por su derecha, y él mira sin leer los letreros escritos en
la parte superior de cada puerta: DEJEN SALIR. Apura su cigarrillo y,
suspirando, se dice que todo eso ha sido en realidad una simple y enorme
tontería.
Pero ahora debe apurarse, no puede entretenerse más si
quiere llegar a tiempo a su cita. Coge su paquete de pañuelos de algodón y se
introduce otra vez por el pasadizo Salida a Mayor; sonríe complacido cuando
escucha las notas del joven guitarrista y luego las frases incoherentes de la
gitana solicitando limosna; gira un par de veces, cruzándose con la gente que
pasa rápida y nerviosa, baja unas escaleras, sube otras y desemboca otra vez en
el mismo andén, los zapatos, los aviones, los bancos, el empleado que lee, como
una estatua, su periódico.
Y ya no sonríe más.
Siente una ira extraña dentro de su cuerpo; aprieta los
dientes y le gustaría pegarse cabezazos contra la pared. Es algo estúpido,
irritante, y sobre todo ahora que tiene prisa, mucha prisa, cada vez más prisa.
Se pasea como un león enjaulado a lo largo del andén, maldiciendo en voz baja
sin importarle la gente que le mira de reojo (¡al diablo la gente!); tira su
paquete de pañuelos (que ahora le parece el bulto más ridículo del universo) en
una papelera, y abandona radicalmente y con furia todas las posibles soluciones
que su razonable instinto de conservación le propone: ¿seguir a alguien? ¡Ah!
Toda la gente va a alguna parte, pero nadie va a donde él debe ir, a su cita
importantísima, ahora en peligro por un incidente idiota que ya no le hace
ninguna gracia; ¿preguntar a alguien, a algún empleado? ¡Eso si que está bueno!
Para que le tomen por un imbécil o por analfabeto, ¿o es que no está bien claro
el letrero, con letras azules sobre fondo blanco, que dice Salida a Mayor?
¿Preguntar él, que lleva toda su vida, desde que era un niño, utilizando los
servicios del metro? ¿Preguntar él, que sabe de memoria todas las líneas y el
nombre de cada una de las estaciones? ¡Al diablo! Ahora mismo va a salir a la
calle, a la Puerta del Sol, por detrás del kiosko de periódicos, y verá a su
izquierda la Dirección General de Seguridad, y frente a él la calle Mayor, y
más adelante la cafetería donde su cita le estará esperando, ya con
impaciencia, y donde él se tomará una buena copa para olvidar este suceso
verdaderamente insoportable que ya se está alargando demasiado: la culpa la
tienen los cretinos arquitectos o ingenieros o como coño se llamen que hicieron
del metro un laberinto insondable donde cualquiera, hasta el más avispado,
puede extraviarse. Entra como un torbellino en el pasadizo donde el chico
continúa tocando (apenas advierte que la gitana ha desaparecido), da un par de
giros tropezando con todos los que se cruzan en su camino, baja unas escaleras,
sube otras, y otra vez, otra vez, otra vez...
De pronto todo le parece muy silencioso. Hasta el tren que emerge silbando
de la negra cueva a su derecha parece que llega a cámara lenta, abre muy
despacio sus puertas y los viajeros salen y se meten en él como flotando. La
gitana que antes mendigaba en el pasadizo ahora está allá, al fondo del andén,
cogiendo el paquete de pañuelos que él ha tirado a la papelera, sonriendo y
desapareciendo. El tren silba y cierra sus puertas, se va; mientras se pone
pesadamente en movimiento, él vuelve a mirar los letreros escritos sobre todas
las puertas, que van pasando ante él, inmovilizado como un muñeco, y forman una
especie de cinta sin fin: SALIRDEJENSALIRDEJENSALIRDEJENSALIR. Una angustia
creciente se va apoderando de él; le parecen opresivas las paredes, el suelo,
el techo curvo donde cuelgan los cables, los raíles debajo, brillantes sobre lDejen salir
José
Ferrer-Bermejo (España)
Vuelve
sorprendentemente al andén, que se ha quedado otra vez vacío, y toma asiento en
uno de los bancos. Trata de serenarse recapacitando; enciende un cigarrillo con
parsimonia y respira profundo el aire cálido de los subterráneos. Se fija en los
grandes anuncios murales del andén contrario: una marca de zapatos, una
compañía aérea, una bebida. También observa las máquinas automáticas de
chocolatinas y chicle, los bancos, las papeleras... En la pequeña oficina
acristalada un soñoliento empleado hojea el periódico sobre la mesa. Está
claro: ha sido un simple error, una tonta sucesión de despistes,  algo que
puede ocurrirle a cualquier ciudadano. Mientras fuma grandes bocanadas de su
cigarro reconstruye los hechos: cogió el metro en Argüelles a las seis y media
aproximadamente; al salir de su trabajo se había entretenido un rato comprando
unos pañuelos de algodón, en los grandes almacenes de la esquina
Princesa-Alberto Aguilera, y tenía prisa por llegar a una cita; bajó al andén
dirección Sol, el tren llegó con normalidad y luego las estaciones se fueron
sucediendo sin ningún contratiempo: Ventura Rodríguez, Plaza de España, Callao,
Sol. Se había apeado con toda tranquilidad cuando las puertas se abrieron,
teniendo buen cuidado, como siempre, de no introducir el pie entre coche y
andén; penetró luego en el pasadizo salida a Mayor, donde recuerda muy bien
haber echado una moneda en el pañuelo de un joven que, sentado en el suelo,
tocaba la guitarra; unos pasos más allá del músico ambulante una gitana con un
niño dormido en los brazos le extendió una mano en demanda de limosna, que él
concedió digno y gustoso, como de costumbre, y después de un par de giros y de
bajar y subir algunas escaleras volvió a encontrarse en el mismo andén de donde
había salido. Una señora con gafas, en el andén de enfrente, situada a la
altura del anuncio de zapatos, le observó con atención, y él se apresuró a
mirar al gran plano-guía que tenía detrás para disimular el rubor que la
sensación de ridículo le producía. Pero se repuso en seguida, pues, al fin y al
cabo, nadie está libre de un descuido y él tenía prisa, mucha prisa, por llegar
a su cita; así que volvió a dirigirse a la salida a Mayor, rebasó a la gitana
que continuaba mendigando, giró, bajó, subió... Y sintió un escalofrío cuando
vio de nuevo los mismos anuncios de la marca de zapatos, la compañía aérea y la
bebida, los mismos bancos, las mismas máquinas automáticas de chicle y
chocolatinas, el mismo empleado leyendo el periódico en su oficina y la misma
señora de gafas mirándole cada vez con mayor curiosidad.
Es esa repentina sensación de frío en el espinazo la que le ha hecho sentarse
en uno de los bancos y encender un cigarrillo para examinar detenidamente la
situación. Hay días que uno tiene la cabeza loca y ocurren cosas de este tipo,
máxime si se tienen en cuenta algunos problemas, muchos asuntos en qué pensar
y, sobre todo, una cita para él muy importante que ha venido condicionando su
vida desde hace ya algún tiempo. La precipitación y quizá también los nervios le
han jugado esta mala pasada que ahora, mientras el andén se va llenando poco a
poco de viajeros, le produce cierta hilaridad. Eso es ni más ni menos lo que ha
ocurrido; algo que tiene la importancia que cada uno le quiera dar, porque
cualquiera puede equivocarse, aunque lleve toda la vida viajando en el metro. 
De pronto se oye un rumor lejano que paulatinamente se va acercando, hasta que
un tren irrumpe a su izquierda, en la vía de enfrente; frena con un peculiar
chirrido, abre sus puertas y al cabo de unos segundos pita y se va, dirección
Moncloa. La señora de gafas continúa mirándole desde una ventanilla hasta que
el tren desaparece en la negrura del túnel. Luego llega otro convoy por su
derecha, y él mira sin leer los letreros escritos en la parte superior de cada
puerta: DEJEN SALIR. Apura su cigarrillo y, suspirando, se dice que todo eso ha
sido en realidad una simple y enorme tontería.
Pero ahora debe apurarse, no puede entretenerse más si quiere llegar a tiempo a
su cita. Coge su paquete de pañuelos de algodón y se introduce otra vez por el
pasadizo Salida a Mayor; sonríe complacido cuando escucha las notas del joven
guitarrista y luego las frases incoherentes de la gitana solicitando limosna;
gira un par de veces, cruzándose con la gente que pasa rápida y nerviosa, baja
unas escaleras, sube otras y desemboca otra vez en el mismo andén, los zapatos,
los aviones, los bancos, el empleado que lee, como una estatua, su periódico.
Y ya no sonríe más.
Siente una ira extraña dentro de su cuerpo; aprieta los dientes y le gustaría
pegarse cabezazos contra la pared. Es algo estúpido, irritante, y sobre todo
ahora que tiene prisa, mucha prisa, cada vez más prisa. Se pasea como un león
enjaulado a lo largo del andén, maldiciendo en voz baja sin importarle la gente
que le mira de reojo (¡al diablo la gente!); tira su paquete de pañuelos (que
ahora le parece el bulto más ridículo del universo) en una papelera, y abandona
radicalmente y con furia todas las posibles soluciones que su razonable
instinto de conservación le propone: ¿seguir a alguien? ¡Ah! Toda la gente va a
alguna parte, pero nadie va a donde él debe ir, a su cita importantísima, ahora
en peligro por un incidente idiota que ya no le hace ninguna gracia; ¿preguntar
a alguien, a algún empleado? ¡Eso si que está bueno! Para que le tomen por un
imbécil o por analfabeto, ¿o es que no está bien claro el letrero, con letras
azules sobre fondo blanco, que dice Salida a Mayor? ¿Preguntar él, que lleva
toda su vida, desde que era un niño, utilizando los servicios del metro?
¿Preguntar él, que sabe de memoria todas las líneas y el nombre de cada una de
las estaciones? ¡Al diablo! Ahora mismo va a salir a la calle, a la Puerta del
Sol, por detrás del kiosko de periódicos, y verá a su izquierda la Dirección
General de Seguridad, y frente a él la calle Mayor, y más adelante la cafetería
donde su cita le estará esperando, ya con impaciencia, y donde él se tomará una
buena copa para olvidar este suceso verdaderamente insoportable que ya se está
alargando demasiado: la culpa la tienen los cretinos arquitectos o ingenieros o
como coño se llamen que hicieron del metro un laberinto insondable donde
cualquiera, hasta el más avispado, puede extraviarse. Entra como un torbellino
en el pasadizo donde el chico continúa tocando (apenas advierte que la gitana
ha desaparecido), da un par de giros tropezando con todos los que se cruzan en
su camino, baja unas escaleras, sube otras, y otra vez, otra vez, otra vez...
De pronto todo le parece muy silencioso. Hasta el tren que emerge silbando de
la negra cueva a su derecha parece que llega a cámara lenta, abre muy despacio
sus puertas y los viajeros salen y se meten en él como flotando. La gitana que
antes mendigaba en el pasadizo ahora está allá, al fondo del andén, cogiendo el
paquete de pañuelos que él ha tirado a la papelera, sonriendo y desapareciendo.
El tren silba y cierra sus puertas, se va; mientras se pone pesadamente en
movimiento, él vuelve a mirar los letreros escritos sobre todas las puertas,
que van pasando ante él, inmovilizado como un muñeco, y forman una especie de
cinta sin fin: SALIRDEJENSALIRDEJENSALIRDEJENSALIR. Una angustia creciente se
va apoderando de él; le parecen opresivas las paredes, el suelo, el techo curvo
donde cuelgan los cables, los raíles debajo, brillantes sobre la suciedad
grasienta del cemento y las traviesas. Mira a todos con la envidia del
condenado a muerte que ve en los demás a los privilegiados que pueden disfrutar
algo que él va a perder; todos van a alguna parte, todos llegan, todos entran y
todos salen, pero él está aún ahí, en el mismo sitio a donde llegó hace unos
minutos, familiarizándose ya con los anuncios, los bancos, las máquinas
automáticas, el empleado que aún lee sin cambiar de postura (¡parece
imposible!) su periódico. Un nudo en la garganta le hace llorar y ahora
quisiera haber conservado, al menos, uno de los pañuelos que compró; pero todos
se los llevó la gitana, con su extraña sonrisa y su niño dormido envuelto en
una toquilla de colores.
Mecánicamente, como el caballito de un carrusel, vuelve a iniciar su camino,
introduciéndose por el pasadizo Salida a Mayor. El guitarrista está ahí, fiel a
su hueco en el cosmos; extrañamente, no tiene aspecto de rebelde sin causa ni
de vagabundo aventurero: es un joven de pelo no muy largo, que lleva los
zapatos limpios y viste pantalones de tergal; toca muy bien la guitarra,
interpretando concienzudamente y sin levantar la miraba de los trastes una
musiquilla de feria y carricoches, que a él le sirven para girar un par de
veces siguiendo el ritmo, sin fijarse en nada más que en bajar unas escaleras,
subir otras, y aparecer como un muñeco desalmado en el andén de siempre, de
toda la eternidad: anuncios de aviones, zapatos y bebidas; bancos, papeleras y
máquinas de chicle; empleado leyendo un periódico; gente. Una melodía suena
tras él en el pasadizo, y al fondo, a su derecha, saliendo como un dragón
furioso del oscuro túnel, los dos faros delanteros del tren le producen una
extraña atracción, como un imán misterioso que le hipnotiza y le hace comenzar
unos pasos hacia el borde del andén, como bailando.

a suciedad grasienta del cemento y las traviesas. Mira a
todos con la envidia del condenado a muerte que ve en los demás a los
privilegiados que pueden disfrutar algo que él va a perder; todos van a alguna
parte, todos llegan, todos entran y todos salen, pero él está aún ahí, en el
mismo sitio a donde llegó hace unos minutos, familiarizándose ya con los
anuncios, los bancos, las máquinas automáticas, el empleado que aún lee sin
cambiar de postura (¡parece imposible!) su periódico. Un nudo en la garganta le
hace llorar y ahora quisiera haber conservado, al menos, uno de los pañuelos
que compró; pero todos se los llevó la gitana, con su extraña sonrisa y su niño
dormido envuelto en una toquilla de colores.
Mecánicamente, como el caballito de un carrusel, vuelve a
iniciar su camino, introduciéndose por el pasadizo Salida a Mayor. El
guitarrista está ahí, fiel a su hueco en el cosmos; extrañamente, no tiene
aspecto de rebelde sin causa ni de vagabundo aventurero: es un joven de pelo no
muy largo, que lleva los zapatos limpios y viste pantalones de tergal; toca muy
bien la guitarra, interpretando concienzudamente y sin levantar la miraba de
los trastes una musiquilla de feria y carricoches, que a él le sirven para
girar un par de veces siguiendo el ritmo, sin fijarse en nada más que en bajar
unas escaleras, subir otras, y aparecer como un muñeco desalmado en el andén de
siempre, de toda la eternidad: anuncios de aviones, zapatos y bebidas; bancos,
papeleras y máquinas de chicle; empleado leyendo un periódico; gente. Una melodía
suena tras él en el pasadizo, y al fondo, a su derecha, saliendo como un dragón
furioso del oscuro túnel, los dos faros delanteros del tren le producen una
extraña atracción, como un imán misterioso que le hipnotiza y le hace comenzar
unos pasos hacia el borde del andén, como bailando.