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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 31 de marzo de 2013


-Esto
pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado.
¿O fue el antepasado, Melitón?
-No, fue el pasado.
-Sí, si yo me acordaba bien. Fue en septiembre del año pasado, por el día
veintiuno. Óyeme, Melitón, ¿no fue el veintiuno de septiembre el mero día del
temblor?
-Fue un poco antes. Tengo entendido que fue por el dieciocho.
-Tienes razón. Yo por esos días andaba en Tuxcacuesco. Hasta vi cuando se derrumbaban
las casas como si estuvieran hechas de melcocha, nomás se retorcían así,
haciendo muecas y se venían las paredes enteras contra el suelo. Y la gente
salía de los escombros toda aterrorizada corriendo derecho a la iglesia dando
de gritos. Pero espérense. Oye, Melitón, se me hace como que en Tuxcacuesco no
existe ninguna iglesia. ¿Tú no te acuerdas?
-No la hay. Allí no quedan más que unas paredes cuarteadas que dicen fue la
iglesia hace algo así como doscientos años; pero nadie se acuerda de ella, ni
de cómo era; aquello más bien parece un corral abandonado plagado de
higuerillas.
-Dices bien. Entonces no fue en Tuxcacuesco donde me agarró el temblor, ha de
haber sido en El Pochote. ¿Pero El Pochote es un rancho, no?
-Sí, pero tiene una capillita que allí le dicen la iglesia; está un poco más
allá de la hacienda de Los Alcatraces.
-Entonces fue allí ni más ni menos donde me agarró el temblor ese que les digo
y cuando la tierra se pandeaba todita como si por dentro la estuvieran
rebullendo. Bueno, unos pocos días después; porque me acuerdo que todavía
estábamos apuntalando paredes, llegó el gobernador; venía a ver qué ayuda podía
prestar con su presencia. Todos ustedes saben que nomás con que se presente el
gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado. La
cuestión está en que al menos venga a ver lo que sucede, y no que se esté allá
metido en su casa, nomás dando órdenes. En viniendo él, todo se arregla, y la
gente, aunque se le haya caído la casa encima, queda muy contenta con haberlo
conocido. ¿O no es así, Melitón? 
-Eso que ni qué.
-Bueno, como les estaba diciendo, en septiembre del año pasado, un poquito
después de los temblores cayó por aquí el gobernador para ver cómo nos había
tratado el terremoto. Traía geólogo y gente conocedora, no crean ustedes que
venía solo. Oye, Melitón, ¿como cuánto dinero nos costó darles de comer a los
acompañantes del gobernador?
-Algo así como cuatro mil pesos.
-Y eso que nomás estuvieron un día y en cuanto se les hizo de noche se fueron,
si no, quién sabe hasta qué alturas hubiéramos salido desfalcados, aunque eso
sí, estuvimos muy contentos: la gente estaba que se le reventaba el pescuezo de
tanto estirarlo para poder ver al gobernador y haciendo comentarios de cómo se
había comido el guajolote y de que si había chupado los huesos y de cómo era de
rápido para levantar una tortilla tras otra rodándolas con salsa de guacamole;
en todo se fijaron. Y él tan tranquilo, tan serio, limpiándose las manos en los
calcetines para no ensuciar la servilleta que sólo le sirvió para espolvorearse
de vez en vez los bigotes. Y después, cuando el ponche de granada se les subió
a la cabeza, comenzaron a cantar todos en coro. Oye, Melitón, ¿cuál fue la
canción esa que estuvieron repite y repite como disco rayado?
-Fue una que decía: «No sabes del alma las horas de luto».
-Eres bueno para eso de la memoria, Melitón, no cabe duda. Sí, fue ésa. Y el
gobernador nomás reía; pidió saber dónde estaba el cuarto de baño. Luego se
sentó nuevamente en su lugar y olió los claveles que estaban sobre la mesa.
Miraba a los que cantaban, y movía la cabeza, llevando el compás, sonriendo. No
cabe duda que se sentía feliz, porque su pueblo era feliz, hasta se le podía
adivinar el pensamiento. Y a la hora de los discursos se paró uno de sus
acompañantes, que tenía la cara alzada, un poco borneada a la izquierda. Y
habló. Y no cabe duda de que se las traía. Habló de Juárez, que nosotros
teníamos levantado en la plaza y hasta entonces supimos que era la estatua de
Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir quién era el individuo que
estaba encaramado en el monumento aquel. Siempre creíamos que podía ser Hidalgo
o Morelos o Venustiano Carranza, porque en cada aniversario de cualquiera de
ellos, allí les hacíamos su función. Hasta que el catrincito aquel nos vino a
decir que se trataba de don Benito Juárez. ¡Y las cosas que dijo! ¿No es
verdad, Melitón? Tú que tienes tan buena memoria te has de acordar bien de lo
que recitó aquel fulano.
-Me acuerdo muy bien; pero ya lo he repetido tantas veces que hasta resulta
enfadoso.
-Bueno, no es necesario. Sólo que estos señores se pierden de algo bueno. Ya
les dirás mejor lo que dijo el gobernador.
»La cosa es que aquello, en lugar de ser una visita a los dolientes y a los que
habían perdido sus casas, se convirtió en una borrachera de las buenas. Y ya no
se diga cuando entró al pueblo la música de Tepec, que llegó retrasada por eso
de que todos los camiones se habían ocupado en el acarreo de la gente del
gobernador y los músicos tuvieron que venirse a pie; pero llegaron. Entraron
sonándole duro al arpa y a la tambora, haciendo tatachum, chum, chum, con los
platillos, arreándole fuerte y con ganas al Zopilote mojado. Aquello estaba de
haberse visto, hasta el gobernador se quitó el saco y se desabrochó la corbata,
y la cosa siguió de refilón. Trajeron más damajuanas de ponche y se dieron
prisa en tatemar más carne de venado, porque aunque ustedes no lo quieran creer
y ellos no se dieran cuenta, estaban comiendo carne de venado del que por aquí
abunda. Nosotros nos reíamos cuando decían que estaba muy buena la barbacoa, ¿o
no, Melitón?, cuando por aquí no sabemos ni lo que es eso de barbacoa. Lo
cierto es que apenas les servíamos un plato y ya querían otro y ni modo, allí
estábamos para servirlos; porque como dijo Liborio, el administrador del
Timbre, que entre paréntesis siempre fue muy agarrado, "no importa que
esta recepción nos cueste lo que nos cueste que para algo ha de servir el
dinero" y luego tú, Melitón, que por ese tiempo eras presidente municipal,
y que hasta te desconocí cuando dijiste: "que se chorrié el ponche, una
visita de éstas no se desmerece". Y sí, se chorrió el ponche, ésa es la
pura verdad; hasta los manteles estaban colorados. Y la gente aquella que
parecía no tener llenadero. Sólo me fijé que el gobernador no se movía de su
sitio; que no estiraba ni la mano, sino que sólo se comía y bebía lo que le
arrimaban; pero la bola de lambiscones se desvivía por tenerle la mesa tan
llena que hasta ya no cabía ni el salero que él tenía en la mano y que cuando
lo desocupaba se lo metía en la bolsa de la camisa. Hasta yo fui a decirle:
"¿no gusta sal, mi general?", y él me enseñó riendo el salero que
tenía en la bolsa de la camisa, por eso me di cuenta.
»Lo grande estuvo cuando él comenzó a hablar. Se nos enchinó el pellejo a todos
de la pura emoción. Se fue enderezando, despacio, muy despacio, hasta que lo
vimos echar la silla hacia atrás con el pie; poner sus manos en la mesa;
agachar la cabeza como si fuera a agarrar vuelo y luego su tos, que nos puso a
todos en silencio. ¿Qué fue lo que dijo, Melitón?».
«-Conciudadanos -dijo-. Rememorando mi trayectoria, vivificando el único
proceder de mis promesas. Ante esta tierra que visité como anónimo compañero de
un candidato a la Presidencia, cooperador omnímodo de un hombre representativo,
cuya honradez no ha estado nunca desligada del contexto de sus manifestaciones
políticas y que sí, en cambio, es firme glosa de principios democráticos en el
supremo vínculo de unión con el pueblo, aunando a la austeridad de que ha dado
muestras la síntesis evidente de idealismo revolucionario nunca hasta ahora
pleno de realizaciones y de certidumbre».

-Allí hubo aplauso, ¿o no, Melitón?
-Sí, muchos aplausos. Después siguió:
»"Mi trazo es el mismo, conciudadanos. Fui parco en promesas como
candidato, optando por prometer lo que únicamente podía cumplir y que al
cristalizar, tradujérase en beneficio colectivo y no en subjuntivo, ni
participio de una familia genérica de ciudadanos. Hoy estamos aquí presentes,
en este caso paradojal de la naturaleza, no previsto dentro de mí programa de
gobierno...".
»"iExacto, mi general! -gritó uno de por allá-. ¡Exacto! Usted lo ha
dicho".
»"... En este caso, digo, cuando la naturaleza nos ha castigado, nuestra
presencia receptiva en el centro del epicentro telúrico que ha devastado
hogares que podían haber sido los nuestros, que son los nuestros; concurrimos
en el auxilio, no con el deseo neroniano de gozarnos en la desgracia ajena, más
aún, inminentemente dispuestos a utilizar muníficamente nuestro esfuerzo en la
reconstrucción de los hogares destruidos, hermanalmente dispuestos en los
consuelos de los hogares menoscabados por la muerte. Este lugar que yo visité
hace años, lejano entonces a toda ambición de poder, antaño feliz, hogaño enlutecido,
me duele. Sí, conciudadanos, me laceran las heridas de los vivos por sus bienes
perdidos y la clamante dolencia de los seres por sus muertos insepultos bajo
estos escombros que estamos presenciando"».
-Allí también hubo aplausos, ¿verdad, Melitón?
-No, allí volvió a oírse el gritón de antes: «¡Exacto, señor gobernador! Usted
lo ha dicho». Y luego otro de más acá que dijo: «¡Callen a ese borracho!».
-Ah, sí. Y hasta pareció que iba a haber un tumulto en la mera cola de la mesa,
pero todos se apaciguaron cuando el gobernador habló de nuevo.
«-Tuxcacuenses, vuelvo a insistir: me duele vuestra desgracia, pues a pesar de
lo que decía Bernal, el gran Bernal Díaz del Castillo: "Los hombres que
murieron habían sido contratados para la muerte", yo, en los considerandos
de mi concepto ontológico y humano, digo: ¡me duele!, con el dolor que produce
ver derruido el árbol en su primera inflorescencia. Os ayudaremos con nuestro
poder. Las fuerzas vivas del Estado desde su faldisterio claman por socorrer a
los damnificados de esta hecatombe nunca predecida ni deseada. Mi regencia no
terminará sin haberos cumplido. Por otra parte, no creo que la voluntad de Dios
haya sido la de causaros detrimento, la de desaposentaros...».
»Y allí terminó. Lo que dijo después no me lo aprendí porque la bulla que se
soltó en las mesas de atrás creció y se volvió rete difícil conseguir lo que él
siguió diciendo».
-Es muy cierto, Melitón. Aquello estuvo de haberse visto. Con eso les digo
todo. Y es que el mismo sujeto de la comitiva se puso a gritar otra vez:
«¡Exacto! ¡Exacto!», con unos chillidos que se oían hasta la calle. Y cuando lo
quisieron callar, sacó la pistola y comenzó a darle de chacamotas por encima de
su cabeza, mientras la descargaba contra el techo. Y la gente que estaba allí
de mirona echó a correr a la hora de los balazos. Y tumbó las mesas en la caída
que llevaba y se oyó el rompedero de platos y de vidrios y los botellazos que
le tiraban al fulano de la pistola para que se calmara, y que nomás se
estrellaban en la pared. Y el otro que tuvo todavía tiempo de meter otro
cargador al arma y lo descargaba de nueva cuenta, mientras se ladeaba de aquí
para allá escabulléndoles el bulto a las botellas voladoras que le aventaban de
todas partes.
»Hubieran visto al gobernador allí de pie, muy serio, con la cara fruncida,
mirando hacia donde estaba el tumulto como queriendo calmarlo con su mirada.
»Quién sabe quién fue a decirles a los músicos que tocaran algo, lo cierto es
que se soltaron tocando el Himno Nacional con todas sus fuerzas, hasta que casi
se le reventaba el cachete al del trombón de lo recio que pitaba; pero aquello
siguió igual. Y luego resultó que allá afuera, en la calle, se había prendido
también el pleito. Le vinieron a avisar al gobernador que por allá unos se estaban
dando de machetazos; y fijándose bien, era cierto, porque hasta acá se oían
voces de mujeres que decían: "¡Apártenlos que se van a matar!". Y al
rato otro grito que decía: "¡Ya mataron a mi marido! ¡Agárrenlo!".
»Y el gobernador ni se movía, seguía de pie. Oye, Melitón, cómo es esa palabra
que se dice...».
-Impávido.
-Eso es, impávido. Bueno, con el argüende de afuera la cosa aquí adentro
pareció calmarse. El borrachito del «exacto» estaba dormido; le habían atinado
un botellazo y se había quedado todo despatarrado tirado en el suelo. El
gobernador se arrimó entonces al fulano aquel y le quitó la pistola que tenía
todavía agarrada en una de sus manos agarrotadas por el desmayo. Se la dio a
otro y le dijo: «Encárgate de él y toma nota de que queda desautorizado a
portar armas». Y el otro contestó: «Sí, mi general».
»La música, no sé por qué, siguió toque y toque el Himno Nacional, hasta que el
catrincito que había hablado en un principio alzó los brazos y pidió silencio
por las víctimas. Oye, Melitón, ¿por cuáles víctimas pidió él que todos nos
asilenciáramos?». 
-Por las del efipoco.
-Bueno, pues por ésas. Después todos se sentaron, enderezaron otra vez las
mesas y siguieron bebiendo ponche y cantando la canción esa de las «horas de
luto».
»Ora me estoy acordando que sí fue por el veintiuno de septiembre el borlote:
porque mi mujer tuvo ese día a nuestro hijo Merencio, y yo llegué ya muy noche
a mi casa más bien borracho que buenisano. Y ella no me habló en muchas semanas
arguyendo que la había dejado sola con su compromiso. Ya cuando se contentó me
dijo que yo no había sido bueno ni para llamar a la comadrona y que tuvo que
salir del paso a como Dios le dio a entender».