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Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 11 de marzo de 2013

Los comediantes



De pronto decidimos colocar en el escenario un cubo boca abajo y nos sentamos
encima. Aparentemente, al público le gustó. La única dificultad estaba en la
estrechez del cubo y en la debilidad del plástico. No dejaba de ser un recurso
fácil, pero no se nos ocurrió otra cosa. Además, hacía rato que el apuntador
había desistido y nos miraba con la boca abierta, pálido. Sentado sobre el
cubo, las nalgas apretadas, espalda con espalda con Jerónimo, me puse a
declamar acerca del océano y sus monstruos legendarios, de los naufragios
literales y metafóricos que todo hombre puede padecer, de las sirenas sordomudas
del Pacífico, de yo qué sé qué disparates más, hasta que se me agotó la
imaginación y tuve que callarme. De todas formas, fue un silencio efectivo.
Jerónimo ayudó. Él me conoce bien. Calló conmigo un buen rato con la vista
perdida en el vacío, como un muñeco bobo que intentara enhebrar su primer
pensamiento. Fue bastante ingenioso de su parte, así que nadie notó nada
extraño. La gente empezaba a emocionarse, se intuía una especie de electricidad
asombrada que nos llegaba desde la oscuridad de las butacas. Por un instante
mágico sentí que suspendíamos el transcurso de las cosas, que nuestro tiempo y
el del público se detenía de golpe. Es muy, muy listo este Jerónimo.
Pero todo tiene un límite en escena, o por lo menos llega un momento en que uno
es incapaz de seguir superando esos límites: aquel silencio empezó a volverse
excesivo, retórico, un mero artificio; había que cortarlo. Me levanté
bruscamente del cubo, como obedeciendo un mandato muy concreto del guión, y me
volví hacia Jerónimo en actitud de iniciar un diálogo. Pero Jerónimo seguía
absorto, incapaz de reaccionar, con los labios entreabiertos y los párpados
inmóviles. Mi alarma llegó al máximo. Supe, con esa claridad pavorosa que te da
un escenario y cientos de miradas sobre tu cabeza, que bastaría un segundo más
para que el fraude fuese descubierto. Me quedaba sólo el miedo, así que dejé
que actuara. ¿Qué otra cosa podía hacer? Di un bestial puntapié en la base del
cubo, y vi cómo Jerónimo rodaba por el suelo hasta frenarse al borde de las
tablas, con la cabeza y los brazos asomando al vacío. Cuando su cuerpo se
detuvo, el cubo cayó por un lateral del escenario. Se oyó un sonido hueco.
Bravo.
Así ha sido. Jerónimo acaba de incorporarse del suelo con naturalidad. Su calma
me asusta. Noto que dirige su mirada directamente a mi garganta. El público no
ha advertido nada porque Jerónimo le da la espalda mientras avanza hacia mí. En
un primer momento pienso en retroceder. Después, en un relámpago desesperado,
comprendo que eso desembocaría en un callejón sin salida: Jerónimo me
perseguiría hasta que no nos quedase otro remedio que perdernos entre
bastidores. Como eso significaría comenzar de cero y exponernos todavía más al
desconcierto, decido dar un paso adelante y lanzarme con furia contra el pecho
de Jerónimo. Pese a mi imprevisto ataque, él reacciona con agilidad: estoy
perdido. Jerónimo siempre ha sido más robusto que yo, más deportista. Él suele
protagonizar nuestras escenas acrobáticas, de esas que hacen temblar de
admiración al público, mientras que yo me reservo los momentos digamos
delicados, de danzas lentas o monólogos líricos. Así que no puedo evitar que el
terror se me cuaje en el estómago al comprobar que mi arremetida no encuentra a
Jerónimo con la guardia baja, y que ahora su expresión es de profunda
violencia. Morir descoyuntado en escena -pienso vagamente-, qué muerte tan
estúpida. Intento convencerme de que resulta bella. Pero no, vuelvo a pensar:
Qué muerte tan estúpida.
Mi sorpresa, sin embargo, se redobla. Jerónimo es un genio. Con increíble
sutileza, o quién sabe si cambiando de idea en el último momento, me quita las
manos del pescuezo y retrocede fingiendo espanto o culpa. De inmediato se pone
a improvisar un llanto majestuoso. Mientras recupero el aliento, puedo sentir
la congoja del público en mi propio pecho. Y, casi al mismo tiempo, el ascenso
de una intuición por la garganta. Entonces me pongo en pie y grito: ¡Muera la
guerra!, ¡viva la reconciliación! Y elevo el puño al cielo. Una pura demagogia,
en fin. Pese a todo, o a lo mejor por eso, se oyen aplausos y un rumor de
aprobación entre las butacas.
Ahora Jerónimo y yo nos cruzamos una furtiva mirada de victoria. Es bien, bien
listo este Jerónimo. No aprenderá a bailar jamás, pero qué audacia, qué
instinto. El muy sinvergüenza ha copiado tantos recursos de mí, que empieza a
tener mucho que enseñarme. Creo que esta última escena ha quedado impecable.
Los aplausos se reavivan. Algunos espectadores se levantan, vociferantes. Y
este, justo este hubiera debido ser el maldito momento de hacer una señal para
que bajaran el telón del primer acto y correr a repasar nuestros papeles. Pero,
un poco por vanidad y otro poco por lentitud de reflejos, vamos dejando que los
aplausos terminen y nos vemos desamparados de nuevo, súbitamente exhaustos, sin
la menor idea acerca del guión ni energías suficientes para seguir adelante con
la farsa. O sí, quizá podríamos hacer una pirueta más o dos, algún diálogo
calcado de otras obras, alguna ocurrencia barata. Nada que pueda estar a la
altura de esta pequeña eternidad que los dos llevamos salvándonos del vacío,
ahora sí descubiertos, ahora sí extraviados. La precariedad de nuestra
actuación se ha esfumado entre los vítores. Ya no nos queda nada sobre las
tablas, ni siquiera el cubo de plástico, aparte del miedo. Aunque encontremos
no sé cómo alguna tregua convincente, no logro imaginar de qué manera podremos
evitar una catástrofe en el segundo acto.
El público espera. El escenario resplandece como una pista de aterrizaje.