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Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 23 de abril de 2013

La muerte de Isolda



Concluía
el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día,
me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y
detuve en seguida los ojos en un palco bajo.
Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su
mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que
cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que
en el rostro -aun bien hermoso- residen en la perfecta solidaridad de mirada,
boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para
hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no
entenderán nunca las mujeres.
La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando
el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no
recurre al arbitrio femenino de los anteojos.
Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se
cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por
uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente
apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.
Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo
minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.
Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el
más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese
instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y, después de
un momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron.
Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y
observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba
rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca
voluntad.
-Se conocen -me dije- y no poco.
En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a
apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco
echada atrás, y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún.
Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta
paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.
Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de
concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se
había retirado.
-Final de idilio -me dije melancólicamente.
Él no volvió más, y el palco quedó vacío.

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-Sí, se repiten -sacudió largo rato la cabeza-. Todas las situaciones
dramáticas pueden repetirse, aun las más inverosímiles, y se repiten. Es
menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también,
lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya
gritado alma humana. Yo quiero tanto como usted esa obra, y acaso más. No me
refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis
situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la
escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación
de una dicha muerta, es otra cosa... Usted asistió al preludio de una de esas
repeticiones... Sí, ya sé que se acuerda... No nos conocíamos con usted
entonces... ¡Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal
lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!... oigame. El buque parte dentro
de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se
lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido
pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y
segundo, por que usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de
pretenderla, después de lo que va a oír. Oígame:
La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto
estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí.
Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se
enfrió.
Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la
dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era
inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.
Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a
un extremo tal, que me exasperé v la pretendí seriamente. Pero si mi persona
era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren
necesario, y me lo dio a entender claramente.
Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia, flirteé con una amiga suya, mucho
más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte-à-téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt,
manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.
Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés.
Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento
de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de
felicidad cada vez que me veía llegar.
La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría
cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a
una esfera mucho más alta.
Una noche fui allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés
corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.
-¿Qué tienes? -me dijo.
-Nada -le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó
hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin
apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.
La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y
desapareció.
Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...
Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la
cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.
-¡Es evidente!... -murmuró.
-¿Qué?-le pregunté fríamente.
La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se
demudó:
-¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de
cabeza.
-Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí.
No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.
Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano
con el cigarro, su voz se rompió:
-¡Esteban!
-¿Qué? -torné a repetir.
Ésta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá,
manteniendo fija en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su
cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.
Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía en ella más que
injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o
más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento
chasquido de lengua.
-Yo creía que no íbamos a tener más escenas -le dije paseándome.
No me respondió, y agregué:
-Pero que sea ésta la última.
Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento
después:
-Como quieras.
Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:
-¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!
-¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que
estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!
Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y
sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:
-Como quieras.
Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil
amor propio tocado a vivo, me hizo responder:
-Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.
No comprendió, y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera
infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.
-¡Es claro! -apoyé brutalmente-. Porque de mí no has tenido queja.... ¿no? Es
decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.
Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi
sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que
acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó
como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas
feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más
ultrajante con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de
los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia
de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y luego la inmensa sed
de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya
primera sonrisa tras la herida que le hemos causado es la más bella luz que
pueda inundar un corazón de hombre.
¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de
ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había
enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno ha ya sentido sobre
sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien
nos ama entrañablemente.
Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala, y la vi echada sobre el
sofá, sollozando el alma entera, entre sus brazos.
¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor,
sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.
-¡Inés! -dije.
Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notario bien, porque su alma sintió,
en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor -¡esa vez,
sí, inmenso amor!
-No, no... -me respondió-. -¡Es demasiado tarde!

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Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de
sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella
adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...
-Me creerá -reanudó Padilla- si le digo que en mis insomnios de soltero
descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos
Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví
a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de
haberme ido yo. Torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya,
y en paz.
No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto
dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó
cien veces... Si usted es querido alguna vez como yo lo fui, y ultraja como yo
lo hice, comprenderá, toda la pureza que hay en mi recuerdo.
Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro...
Comprendí, al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado
en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros
de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la
desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos
diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada -única entre todas las mujeres-,
habían sido mías, bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración.
También apreciará usted esto algún día.
Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de
concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de
Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería
olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella
también sufría la sugestión de Wagner, y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante
medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante
ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía
diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre
nuestra felicidad yerta!
Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el
pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez
años no hubiera yo sido un miserable...
Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la
mano e iba a pasar delante de ella.
Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez
años antes sobre el sofá ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco,
sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.
¡Inés!.... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez
años!... ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!
Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la
llamé:
-¡Inés!
Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió
bajo sus brazos:
-No, no... ¡Es demasiado tarde!...