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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 12 de abril de 2013

Un cuento de Maupassant


Francisco
Ayala (España)
«Hay
situaciones reales que vienen ya hechas como "argumento", que se nos
presentan armadas dentro de su forma literaria correspondiente; y esa forma es
un estilo personal: el estilo de determinado escritor, que ha percibido en su
tiempo muchas situaciones análogas, para las que su sensibilidad resultaba ser
idónea, y a las que ha arrendado su pluma una y otra vez, hasta identificarse
su firma con ese estilo que no es, en el fondo, sino reiterada captación de un
cierto tipo de experiencias humanas. Cuando uno tiene la ventura -o, mejor,
desdicha- de que le salga al paso «y le tiente algún argumento de esta especie,
¿qué hacer? ¿Aprovecharlo, acaso, violentando el asunto para separarse en la
redacción propia de la forma que le sería natural -congénita, diríamos-, pero
que "pertenece" a equis autor? ¿O incurrir en el pastiche, puesta la
confianza en que, a pesar de todo, la personalidad de uno se manifieste siempre
como al trasluz? Quizás lo más sensato en casos semejantes sea renunciar al
argumento, haciéndose cuenta de que ya fue desarrollado por el autor en
cuestión (si bien figura entre sus obras hoy perdidas), y dejarlo pasar en la
actitud un tanto irritada del menesteroso que contempla las riquezas baldías en
el abintestato de un ricachón que no supo o no pudo aprovechar en vida todos
sus predios.» Nuestro ilustre amigo sonrió, satisfecho de su tirada; bebió un
largo trago de cerveza y chupó su pipa. En seguida se dispuso a continuar;
aquello había sido un mero exordio, «Tales argumentos "prefabricados"
-aseveró ligeramente- son el demonio. En cierta ocasión tuve que bregar yo con
un tema "perteneciente" a Henry James, y puedo asegurarles, señores,
que la famosa diferenciación entre fondo y forma no pasa de ser una solemne engañifa.
Había tomado los hechos de un sucedido real; pero esta realidad era ya,
literalmente hablando, un cuento de Henry James, o no tenía sentido. Y por
mucho que insistas en introducir objetos y circunstancias de nuestros días, que
James no conoció, el cuento sigue siendo suyo...»
Hizo otra pausa, ésta de duración abusiva, manipuló la pipa y, asegurado de
nuestra expectación, siguió diciendo, en tono algo reticente: «Pues bien, es el
caso que de nuevo me encuentro ahora frente al mismo problema. Pero esta vez
los hechos me han ocurrido a mí mismo, y el cuento es de Maupassant». Luego
aclaró que no le habían ocurrido los hechos en calidad de protagonista, sino
que se había limitado a participar en ellos como testigo. Y condescendió, tras
algunas instancias, a relatarlos.
«Ustedes todos -empezó diciendo- conocen al gran Antuña, una de las mentes más
esclarecidas, reconocidas y acatadas, una de las más respetadas personalidades
de nuestro ambiente.» (¡Acabáramos! Se trataba nada menos que de Antuña. Esto
le agregaría al cuento sal y pimienta, cualquiera fuese su contenido. Claro que
lo conocíamos; ¿quién no iba a conocerlo? A Antuña lo conocíamos todos; un poco
a la distancia, es cierto, pues él mismo -y era éste uno de los rasgos que más
atractiva hacían su figura para nosotros, los jóvenes; aunque tampoco faltaran
quienes hablasen de triquiñuela y truco-, él mismo cultivaba su aislamiento,
vivía retraído, recatado, usaba la cortina de humo o, en todo caso, evitaba el
prodigarse hasta un punto rayano en cicatería. ¿Quién no iba a conocerlo?
Adelante, pues.) «Ustedes saben también, creo -prosiguió el ilustre escritor-,
que me honro con la amistad de este hombre excepcional desde los tiempos en que
ambos teníamos la edad de ustedes y, como ustedes ahora, nos asomábamos al
mundo de las letras, con diferentes perspectivas e intereses, pero con augurios
parejos. ¡Así se hubieran cumplido, al menos, en cuanto a mí respecta!... A esa
vieja amistad debo el privilegio, de veras raro, de poder asomarme a los
arcanos «antuñescos», que de entonces acá, y sobre todo a partir del casamiento
del filósofo, se han ido haciendo cada vez más herméticos, y de -un poco
furtivamente a pesar de todo, lo confieso- escrutar en su fondo. Aquel
casamiento tiene, por supuesto, bastante que ver con el desarrollo de su
carácter y, ciertamente, con el episodio que quiero referirles... Señores, les
suplico: no incurran ustedes nunca en la vulgar propensión de echar a chacota
los aspectos domésticos de las vidas egregias. Cierto es que la rutina
cotidiana presta un sesgo cómico al porte de cualquier héroe, presentándolo
bajo una luz tanto más falsa cuanto que pretende hacerse pasar por la
verdadera. Sí, el contraste entre el pensamiento de Sócrates y el tono de sus
disputas con Xantipa ofrecerá siempre un fácil recurso a la burla
aristofanesca. Pero ¿no admiten ustedes que puede haber algo de profundamente
conmovedor y aun de misterioso en la aceptación, por parte de Sócrates, de ese
destino sórdido, en cómo asume de manera plenaria y muy consciente el
envilecimiento y, con ello, renuncia a tantas, tantísimas posibilidades
brillantes de obra y de vida?»
El ilustre escritor dejó pendiente por un rato la interrogación, para reanudar
luego: «Ustedes conocen, todos, a Antuña; pero probablemente no conocen a su
mujer. En cuyo caso no conocen a Antuña tampoco, permítanme que se lo diga.
Conocen, sí, al personaje encantador que, con una sonrisa enigmática, elusivo
siempre, entre puertas, al salir de un concierto o en el vestíbulo de la
Academia de Artes y Ciencias, se deja arrancar media palabra, emite un juicio
ambiguo (¡entiéndalo quien pueda!), y con eso abre de pronto una vista
magnífica sobre cualquier asunto para negarse en seguida -con amables modos,
pero resueltamente- a adelantar un solo paso más, y dejarlos a ustedes, como es
natural, pasmados y ávidos de su saber, admirados de esa nonchalance que, en
términos discretos -y, a causa de ello, seductores-, reproduce el cinismo de un
Diógenes... Lejos de mí pretender más auténtica la visión que de él tienen sus
vecinos, gente sencilla, alejada de complicaciones intelectuales, para quienes
el señor Antuña es, no más, el pobre tipo zarandeado por la cónyuge,
zascandileando en la compra de las diarias vituallas, y azacaneado en otros
diversos menesteres domésticos, hecho, en fin, un Juan Lanas, y sólo capaz de
oponer alguna sonrisa irónica a los improperios que ella le rocía sin recato;
el Pobre señor, en fin, con que unánimemente lo compadecen. Pero si se omite
este aspecto, su imagen no estará completa. Por otra parte, a mí me ha gustado
siempre colocarme un poco en el punto de vista de Xantipa, y buscarle su parte
de razón también a ella. Ella, en el presente caso, no es ni mucho menos el
monstruo horrible que -lo leo en sus caras- ustedes se están figurando. No, no
estamos ante un prodigio de malvada estupidez. La señora de Antuña percibe
demasiado bien los quilates del hombre; y las continuas vejaciones que le
inflige son, en cierta manera paradójica, un homenaje a su calidad superior.
Pero...
»¿Qué vería el bueno de nuestro filósofo en aquella doncellona sosa y áspera,
que invariablemente repelía con sofiones -verdaderas coces- sus ratimagos, para
resolverse a pedir su mano? Nadie se lo explicaba; como no fuera esa misma
insipidez del corpachón blancote; o que -a él, tan refinado- le hiciera gracia
la entereza arisca de la borrica. El hecho es que, después de haberlo
olisqueado un par de veces con displicencia, mordisqueó ella por fin el bien
compuesto ramillete de sus amores y accedió al altar... A mí me gusta hacerme
cargo de la posición de cada uno, y comprendo cuan insufrible ha de ser el
emparejamiento con una persona marca "Antuña". Ustedes saben que en
el caso de Antuña el talento no es una cualidad de la que se está dotado o no,
como acaso el buen oído para la música; no es que él tenga talento en el
sentido en que tiene ella sus opulentas y desgarbadas caderas. Hasta cabría
afirmar que, en tal sentido manifiesto, tangible y palpable, carece de talento
(pues ¿qué libros ha escrito, con qué obra puede encandilar a nadie?), o sólo
posee dotes mediocres con las cuales ella, que no es nada tonta, está en
condiciones de rivalizar. Lo que llamamos el talento de Antuña es una cualidad
subjetiva y casi inefable, un efluvio de su personalidad, y el peculiar
atributo de su simpatía.
»Ahora bien, esa simpatía gratuita, que no falla, tiene que serle insufrible
-comprendámoslo- a quien, compartiendo el pan y el lecho, se siente excluida,
sin embargo, de su poder misterioso, y sólo tolerada por ello, en razón de ser,
al fin y al cabo, la compañera de lecho del gran hombre. ¡Qué no deberá hacer
entonces éste para propiciarse a la irritada Juno y conseguir que, abandonando
la hosquedad de su rincón, se vuelva y consienta en abrirle un crédito de
precaria y gruñona benevolencia! ¡A qué humillaciones no estará dispuesto a
someterse, por qué horcas caudinas a pasar! ¡Qué abdicaciones no llegarán a
hacérsele soportables, o acaso dulces, por tal camino! Su existencia será
pronto un sufragio incesante; pues si a secreto agravio, secreta venganza,
¿cómo podrían satisfacer en la celosa arpía ocultas claudicaciones de alcoba la
pública ofensa de una eminencia espiritual tan ostensible? Sólo sacando a la
luz del sol los trapos sucios del gran hombre, aireando sus calzoncillos,
pregonando sus miserias, rebajándolo de cien mil maneras, hallará lenitivo el
amargo sentimiento de una superioridad que no se apoya en méritos positivos,
sino que es mera e irritante gracia del cielo... Ustedes, claro está, lo
ignoran; pero los vecinos del matrimonio Antuña podrían informarles de cómo él,
plegado a la situación, acostumbra adelantarse con torpes gracias de perro
amaestrado y concita y acumula el ridículo sobre su cabeza aun antes de que la
domadora restalle el látigo. Sí, amigos; Antuña se complace en perpetrar
payasadas y simular traspiés, incurre en exageradas inepcias de sabio
distraído, con ánimo de calmar la envidia de la diosa. ¡Vano holocausto,
después de todo! Puede serse un bufón y vencer con piruetas; la bufonada se
convertirá así en un triunfo más del ingenio, en un juego del que se deriva
placer. Y Antuña parece, en efecto, obtener un placer secreto, y quizás muy
intenso, de sus pequeñas abyecciones. Pero sobre este terreno prefiero
abstenerme de toda conjetura. Si no peligroso, es por lo menos demasiado
resbaladizo, y no me gusta hurgar en ciertas cosas.
»Muchas veces me he preguntado, y sé que muchos se lo preguntan igual, a sí
mismos y a los otros, en qué demonios emplea Antuña el talento que Dios le ha
dado. Resulta fácil hablar de frustración y cómodo por demás echarle las culpas
a la Xantipa de turno; pero lo cierto es que él está defraudando la promesa
hecha al mundo con su mero existir -esa gran promesa que había sido él de
joven-. Vida disipada llaman a la del libertino; pero ¿hay acaso mayor disipación
que este anodino vivir de Antuña, este su pasarse el tiempo papando moscas, sin
emprender nada, sin esforzarse por nada, en el puro vacío? Él, por propia
iniciativa, apenas mueve un dedo; y como el molino de su entendimiento no puede
dejar de funcionar -¡ah, si pudiera pararlo y suspenderlo, no pensar en cosa
alguna!-, pero como eso no puede, ha urdido y adaptado para su uso personal una
teoría de la verdad esotérica que le permite esquivar las apreciaciones de la
gente y transigir con el error, con la majadería, prestar una sonriente
anuencia al disparate y guardarse para sí sus propias ideas u opiniones. Que en
nuestra época es peligroso todo pensamiento, ¡cierto!; y aun, diría yo, el
silencio mismo es peligroso. Cierto también que cuanto se salga de los lugares
comunes más trillados inquieta a la gente, siembra alarmas y perturba en vano
su triste rutina. Pero ¿hay derecho a disimular lo que uno cree verdad al
amparo de tan blandengue sofisma, amasado de falsa piedad y efectivo desprecio
hacia el prójimo? Esa verdad silenciada, ahogada, se corrompe en su encierro, y
termina por desvanecerse, volatilizada como la propia existencia de quien así
la cicatea y recata. Jóvenes amigos: eso es lo que le ha pasado al gran Antuña;
sírvales de escarmiento. A fuerza de simular que aceptaba los criterios ajenos,
sus apreciaciones personales (¿para qué desarrollarlas, si no habían de ser
formuladas?) iban quedando reducidas cada vez más a germen y mera posibilidad,
hasta, por último, abdicar enteramente de ellas y aceptar por buenas, también
para sí mismo, apreciaciones que recibe hechas, o -digámoslo en términos
exactos-: las apreciaciones que le impone su señora con la manera imperiosa y
apabullante que le es propia. Sí, amigos, a ese extremo hemos llegado -y pueden
imaginarse cuánto me pesa el reconocerlo-. Aunque parezca mentira, el filósofo,
nuestro pobre Sócrates, se traga y hace suyas las perentorias opiniones de su
robusta Xantipa, a quien, ¡claro está!, no le falta lucidez ni la sagacidad
suficiente para tornárselas potables, aun cuando, ya en esta vía, haya
terminado por hacerle comulgar con ruedas de molino.
»Pero vamos a nuestro cuento; o, mejor dicho, al cuento de Maupassant, del que
Antuña es protagonista, y que yo quizás me anime algún día a transcribir como
amanuense. ¡Al grano, pues! ¡Quién sabe si les parecerá ahora una tontería, que
no vale la pena, después de tanta digresión!...
»Se trata del incidente que surgió, hará cosa de mes y medio o dos meses, entre
Antuña y José Luis Durán, otro de los viejos amigos de nuestro grupo. Ustedes
supieron algo entonces, probablemente. Fue en el Teatro Municipal, cuando el
estreno del lamentable bodrio que todavía se sostiene en el cartel. La cosa no
alcanzó proporciones mayores ni llegó a tomar vuelo, gracias sobre todo a la
prudencia de José Luis Durán. José Luis Durán es un buenazo. Seguro estoy
(dicho sea entre paréntesis) que alguno de ustedes, jóvenes de hoy, se
sorprenderá al saber como este apacible burócrata aficionado a las artes que es
el Durán actual, este asiduo de estrenos y salas de exposición, y discreto
frecuentador de corrillos y tertulias, fue en los albores de nuestra generación
literaria uno de los nombres mejor cotizados, si no el mejor, y disfrutó de ese
prestigio juvenil tanto más imperioso, más irrecusable y fanático, cuanto que
se apoya, no en obras tales o cuales, vulnerables siempre, sino en una especie
de carta de crédito abierta sobre el porvenir. Gran parte de la consideración
que todavía goza es residuo y reflejo de aquella brillantísima promesa
curiosamente indefinida, que lo hacía pareja y rival de Antuña en nuestros
ambientes de entonces. Si Antuña ha logrado, no sé por qué magia, conservar su
autoridad de oráculo, la de Durán, en cambio, se ha ido deteriorando, hasta
esfumarse en el halo de consideración personal que todos le disciernen hoy como
hombre afable, cortés y económicamente independiente. Desde aquellos días, ya
un tanto lejanos, la amistad entre estos dos compañeros, como la de ambos
conmigo, se había conservado intacta -con un matiz peculiar y por cierto muy
amable en lo que a Durán se refiere-; pues, habiendo renunciado definitivamente
a toda pretensión de actividad intelectual, pero no al gusto por ella, se ha
conducido cada vez más frente a nosotros dos un poco a la manera de mecenas
fraternal y discreto, invitándonos, por ejemplo, con bastante frecuencia, a
comidas y otras reuniones en su casa, sin posible reciprocidad de parte
nuestra; pues él dispone de una casa cómoda, holgada y bien servida, según
corresponde a un alto funcionario cuya esposa, además, no fue al matrimonio con
las manos vacías. Si nuestra situación no hubiera sido también, como lo es, por
suerte decorosa al menos, bien que, en cuanto a mí, reducida a la modestia que
nuestro precario mundo literario impone aun al escritor de más éxito, no tengo
la menor duda de que Durán hubiera acudido a demostrar su buena voluntad de
amigo siempre que un caso de apuro lo hiciera menester. Más aún: sospecho -lo
sospecho tan sólo, pues, es claro, ninguno de los dos iba a contarlo; pero
pondría la mano al fuego- que Antuña ha recibido de Durán, y no una o dos
veces, junto a todas las demás constantes atenciones, apoyos de especie muy
efectiva, que yo nunca me he visto en el caso de requerir, gracias a esta mi
vida de cenobita consagrada por entero al arte y sin otras obligaciones que las
muy sumarias de un solterón entrado en años. El ser casado le plantea a Antuña
muchas más exigencias; pero, por otro lado, su amistad con Durán está duplicada
y reforzada con la de las respectivas esposas, camino menos áspero para que el
mecenazgo pueda marchar sin tropiezos y sin la violencia que siempre tienen las
dádivas de hombre a hombre. ¡Cómo no había de asombrarme el incidente del
Teatro Municipal, por resultas del cual están hoy enojados mis dos amigos!
»Yo no presencié la cosa. Me contaron -y si alguno de ustedes estaba por
casualidad presente, que me rectifique-, me contaron que hubo palabras gruesas,
gritos, y, a no ser que los separan, aquello termina a puñetazos. La gente arremolinada
alrededor percibió que el motivo de la discusión era la ropa de las señoras, y
repararon entonces todos, con curiosidad divertida, en que las de Durán y
Antuña exhibían idéntica toilette, sendos vestidos de satín bordéaux, con
iguales escotes cuadrados y los mismos bullones recogidos a lo largo del talle.
Así fue que, entre la general expectación, abandonaron cada cual por su lado el
teatro: la de Durán, medio encogida con el sofocón, secándose los ojos colgada
del brazo de su marido, y la de Antuña, muy pálida y tiesa, abriéndose paso,
majestuosa, con su filósofo a la zaga.» Yo no estaba allí; ustedes saben, mis
jóvenes amigos, que no me gusta perder tiempo y dinero en estrenos como los que
suelen brindarnos en el Municipal; el espectáculo de la necedad humana me
deprime... De modo que cuando al otro día lo supe, me puse en campaña de
inmediato para averiguar lo sucedido y buscar remedio, pues se trata de dos
viejos compañeros de quienes jamás, ni en sueños, hubiera esperado el escándalo
de una pelea en público. Les aseguro a ustedes que estaba alarmado, agitado,
sospechando algo grave en el fondo; y me dirigí en busca de Durán -a Antuña,
para verlo a solas, hay que acechar las oportunidades-; fui a ver a Durán en su
oficina del Ministerio, y por él me informé con algún detalle de lo ocurrido.
Durán estaba dolidísimo y, más aún, desconcertado. Me dijo que, al comienzo,
cuando Antuña empezó a increparlo a cuenta de los vestidos, no conseguía
entender nada, creía que se trataba de una broma, de alguna payasada un poco
excesiva de nuestro amigo. En resumidas cuentas -me aseguró-, esta es la hora
en que todavía no había logrado percatarse de por qué le exigía explicaciones y
le pedía una reparación en forma tan airada. Al parecer, la esposa de Antuña se
había enfurecido viendo, al entrar en su palco el matrimonio Durán, que la
señora llevaba un vestido gemelo del suyo. Había tomado eso, ¡quién sabe por
qué!, como una jugarreta intencionada e intolerable... Durán no quería hablar.
Se mostraba apesadumbrado y, sobre todo, herido e indignado por la manera
perentoria, absurda, estúpida, en que Antuña había provocado el incidente. ¡Aun
en el supuesto de que hubiera tenido la más leve sombra de razón!... Como yo lo
estrechara a preguntas, me precisó Durán que, en efecto, ambos vestidos eran
obra de la misma modista, la de su esposa; el hacerlos sobre igual modelo podía
ser una maldad o una sandez de la mujer -probablemente, sólo una sandez-, y
produjo también muy desagradable impresión a su propia esposa, sin que el
asunto, por lo demás, mereciera tanto ruido. ¿A santo de qué tenía su mujer que
presentar excusas a la de Antuña, según éste pretendía? Era una insensatez. Con
igual base hubiera podido pretender él lo contrario. Resultaba increíble... Y
así por el estilo. José Luis Durán se contenía, no quería desfogar su
indignación; estaba refrenándose; prefería no hablar. Pero, al mismo tiempo,
con la cólera del manso, se mostró irreductible a todas mis sugestiones de
mediación, y rechazó mi intento de quitar importancia al asunto. Yo, que
conozco a mi gente, renuncié a ensayar paliativos por ese lado, dispuesto a
atacar más bien la cuestión por el lado de Antuña, demasiado lúcido para no
tener conciencia de cuán injustamente había tratado a nuestro común amigo. Y cuando,
por fin, pude echármelo a la cara, el filósofo me confesó, en efecto, que él
también estaba muy apesadumbrado, que el trance le había resultado penosísimo,
un trago amargo; pero que, ya se sabe, eran cosas de mujeres; y poniendo los
ojos en blanco me felicitó en su tono semihumorístico por haberme sabido
mantener en el dichoso estado de celibato. Gestos, frases sentenciosas y
elípticas, generalizaciones, iban tejiendo ante mí una red defensiva que,
agotada mi paciencia, rompí de un manotazo al pedirle que me contara, en
concreto, lo sucedido. Entonces él, con acentos que reclamaban mi comprensión
bajo el chantaje de darla ya por supuesta, me refirió -"¡cosas de
mujeres!"- que la de Durán había querido regalarle a la suya
("regalos que yo detesto") un vestido para la fecha de su cumpleaños,
y la había enviado a su propia modista para que le encargara el que fuese de su
antojo. "De esas innecesarias familiaridades vienen luego estos líos ,
comentó. "Pues bien, cuando en la noche de marras estaba tan satisfecha la
pobre luciendo en el Teatro Municipal el fruto de su elección, hete aquí que ve
aparecer a la otra vestida exactamente igual. Se le sube la sangre a la cabeza,
se obceca, a punto estuvo de darle allí mismo un patatús -el filósofo sonreía,
entre consternado e irónico-; total, que yo, por si fuera poco aguantar la lata
del estreno, no tuve más remedio que hacer lo que hice para calmarla."
¡Dijo que no había tenido más remedio! Y, pasando como sobre ascuas, se deslizó
en seguida hacia una serie de observaciones perspicaces y un tanto
melancólicas, deliciosas en cualquier otra ocasión, acerca de esos vestigios de
individualismo en un mundo como éste, tan socializado y uniformado, donde ya la
mayoría de las mujeres no podrían entender siquiera el malestar, desazón e ira
de estas dos damas al verse, una en presencia de la otra, portadoras ambas de
la misma librea, cuando la satisfacción de la gente, su mayor tranquilidad y
sosiego, está en reconocer sus gustos, sus ideas, sus amores, sus preferencias,
sus trajes, endosados en miles de otros individuos. Etcétera, etcétera. Hasta
quiso traer a colación una vieja anécdota de aquel soldado narcisista que se
hizo hacer su uniforme en seda y con detalles de fantasía. De nuevo tuve que
acorralarlo para que no se saliera por la tangente. "Pero, hombre -le
dije-, bien está todo eso; pero tú comprenderás que el pobre José Luis..."
"Sí -me atajó-, ya te digo que para mí ha sido una cosa bastante penosa,
puedes figurártelo. Pero ¿qué querías que hiciera? Me encontraba entre la
espada y la pared." Tratando de sincerarse conmigo, ponderó mucho Antuña
los vanos esfuerzos que, antes, había realizado para persuadir a su mujer,
traerla a razón, hacerle ver que aquella coincidencia no podía ser sino casual,
pues tampoco a la otra había de gustarle; convencerla de que lo mejor sería
salirse del teatro con disimulo, bajo promesa firme de luego aclarar él lo que
hubiera debajo del asunto para actuar enérgicamente si se descubrían malas
intenciones por parte de alguien. De nada valieron promesas ni ruegos.
Frenética, afirmaba ella, erre que erre, estar segurísima de que se había
querido humillarla con una pantomima idiota; que eso era una canallesca trama
urdida con la modista, quien ahora comprendía ella por qué tanta insistencia, al
mostrarle los modelos, en que aquél tenía entusiasmada a la señora Durán; era
para infundirle astutamente el antojo de encargárselo... Y de este modo, todas
las exhortaciones del filósofo servían tan sólo para encresparla más y más. En
una palabra: que Antuña se vio en el trance lamentable de enfrentarse a Durán y
exigirle pública explicación.
»Les aseguro a ustedes que, al oírlo, me montó al pecho una oleada de
indignación -indignación mezclada de lástima, de asco, no sé-. Le dije
-tratando, sin embargo, de medir mis palabras- cuanto se me vino a la boca, le
afeé su conducta de mil maneras y, por último, con las precauciones del caso,
invoqué la tradición literaria a que pertenecen el cuento de don Juan Manuel
sobre el mancebo que casó con mujer brava, y La fierecilla domada de
Shakespeare, para concluir, ya en forma imprudente, lo reconozco: "Yo que
tú, Antuña, antes que dejarme mangonear así por mi mujer, le suelto aunque sea
un soplamocos". Me quedé callado. Él estaba escrutándome con ojos sumamente
irónicos, casi burlescos. Me contestó: "¡Cómo se ve que tú no te has
fijado en sus bíceps!"». El ilustre escritor había terminado su cuento.
Encendió una vez más la pipa laboriosamente, y la succionó dos o tres veces con
afán, con satisfacción. Luego, paseó una mirada de inteligencia alrededor,
sobre nosotros todos.
«¿Sabe lo que le digo, maestro?», profirió entonces Calvet, una de nuestras
mejores promesas jóvenes. «El cuento será, si usted quiere, de Maupassant; pero
el protagonista es un personaje de Dostoyevski.»