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lunes, 8 de abril de 2013

Un médico de campo

Un médico de campo
Franz
Kafka (República Checa)
Me
encontraba en un gran aprieto: tenía que hacer un viaje urgente. Un enfermo
grave esperaba por mí en un pueblo distante unas diez millas. Una fuerte
nevisco, cubría el amplio espacio que nos separaba.
Yo tenía un coche, liviano, de ruedas grandes, exactamente como convenía para
nuestras carreteras de campaña. Metido en el abrigo de pieles, con la valija
del instrumental en la mano, estaba en el patio, ya listo para el viaje. Pero
me faltaba el caballo. Como consecuencia de un esfuerzo excesivo en este
invierno gélido, mi único caballo se me había muerto la noche anterior. Mi
sirvienta recorría ahora el pueblo para conseguirme un caballo alquilado. Pero
no había esperanzas. Yo lo sabía; y siempre más cubierto de nieve, más
inmovilizado, estaba ahí sin razón alguna.
Por el portón apareció la sirvienta, sola, agitando el farol. Era natural. ¿Quién
iba a alquilar su caballo para semejante viaje?
Atravesé el patio una vez más. No encontraba solución alguna. Ausente,
mortificado, di un puntapié a la frágil puerta del chiquero que hacía años no
se utilizaba; se abrió y quedó oscilando sobre sus goznes.
Un farol ahumado colgaba de una cuerda.
Un hombre que estaba acurrucado junto al bajo tabique mostró su cara de ojos
azules y expresión franca.
-¿Los ato al coche? -preguntó adelantándose en cuatro patas.
Yo no supe qué responder, y me incliné para ver qué más había en la pocilga.
La sirvienta estaba parada a mi lado.
-Uno no sabe qué tiene en su propia casa -dijo, y los dos reímos.
-¡Hola hermano! ¡Hola hermana! -gritó el caballerizo, y dos caballos, dos
fornidos animales, de poderosos flancos, apretadas al cuerpo las patas,
agachadas al estilo de los camellos sus bien formadas cabezas, sólo con el
impulso de sus pechazos y arrastrándose uno tras el otro se abrieron paso por
el lugar que dejaba libre la puerta y que ellos llenaban por completo. Pero en
seguida se irguieron sobre sus largas patas, echando de sus cuerpos un denso
vaho.
-Ayúdalo -dije, y la voluntariosa muchacha se precipitó a alcanzar los arreos
al caballerizo; pero no bien llegó a él éste la abrazó y apretó su cara contra
la de ella.
La chica dio un grito y vino corriendo a mí. En sus mejillas se veía la marca
roja de dos hileras de dientes.
-Bestia -grité furioso-. ¿Quieres que te dé unos azotes? -Pero en seguida me
contuve porque era un desconocido, no sabía de dónde venía, y me ayudaba
voluntariamente cuando todos los otros me habían fallado.
Como si hubiese leído mis pensamientos, no tomó a mal mi amenaza, sino que,
siempre ocupado con los caballos, se dio vuelta hacia mí.
-Sube -dijo entonces; y en realidad todo estaba listo. Me di cuenta de que
nunca había viajado con una yunta de caballos tan hermosa, y monté alegremente.
-Pero yo conduciré -dije-, porque tú no conoces el camino.
-Desde luego -dijo él-. Es que yo no voy. Me quedo con Rosa.
-¡No! -gritó Rosa, con un acertado presentimiento de la fatalidad de su destino
y corrió hacia la casa. Oí sonar la cadena de la puerta que en seguida corrió;
sentí el click de la llave; noté cómo corriendo por el zaguán y las otras
piezas fue apagando todas las luces para que nadie pudiese encontrarla.
-Tú vienes conmigo -dije al caballerizo-, o renuncio al viaje, por más urgente
que sea. No me gusta dejarte en prenda a la chica por todo el tiempo que haya
de durar el viaje.
-Adelante -dijo; dio una palmada, y el coche salió disparado como una madera
que se lleva el torrente.
Todavía oigo cómo estalla y se hace trizas el portón de mi casa ante la
embestida del caballerizo. Después ojos y oídos se me embotan en un torbellino
que se va imponiendo parejamente en todos los sentidos.
Pero esto duró solamente un abrir y cerrar de ojos, porque como si se hubiera
abierto directamente ante mi portón el de mi enfermo, yo había ya llegado.
Los caballos se paran. La nevada ha cesado. La luz de la luna se esparcía en
torno.
Los padres del enfermo salen corriendo de la casa, su hermana tras ellos. Casi
me sacan en vilo del coche. No entiendo su enredado parloteo. En la pieza del
enfermo el aire es apenas respirable. La estufa, muy descuidada, llena de humo
el ambiente. Me decido a abrir la ventana, pero antes prefiero ver al enfermo.
Consumido, ni frío ni caliente, la mirada vacía, sin camisa, el mozo se alza
desde el plumón, se cuelga de mi cuello y me susurra al oído:
-Doctor, déjeme morir.
Miro a mi alrededor. Nadie ha oído. Los padres permanecen de pie, algo inclinados
y esperan mi diagnóstico. La hermana ha colocado mi maletín en una silla. Abro
el maletín y rebusco entre mi instrumental. El muchacho continúa tanteando
fuera del lecho para que me acuerde de él. Tomo unas pinzas; las examino a la
luz de la vela y las vuelvo a colocar adentro.
"Así es", me digo con pensamiento blasfemo. "En casos semejantes
el cielo nos ayuda; nos envía el caballo que falta; por la prisa del caso nos
dan todavía uno más, y como si todo esto fuese poco también nos obsequian con
un caballerizo."
Sólo entonces vuelvo a acordarme de Rosa. ¿Qué hago? ¿Cómo la salvo? ¿Cómo la
saco de debajo de ese caballerizo, a diez millas de distancia de ella, con
caballos imposibles de domeñar atados a mi coche? Estos caballos que ahora se
han deshecho de sus riendas, que -no sé cómo- han empujado desde afuera, han
metido la cabeza por la ventana y, sin hacer caso de los gritos de la familia,
contemplan al enfermo.
"Me voy inmediatamente", pienso, como si los caballos me estuviesen
incitando al viaje; pero no obstante permito que la hermana del enfermo, la
cual piensa que estoy atolondrado por el calor, me quite el abrigo de pieles.
Me sirven una copa de ron. El viejo me palmea la espalda. El ofrecimiento de su
tesoro le permite tomarse esta confianza. Meneo la cabeza. En su estrechez de
miras el viejo piensa que estoy descompuesto. Sólo por eso me niego.
La madre se para junto a la cama y me pide que vaya. Yo voy, y, mientras un
caballo relincha estridentemente hacia el cielorraso, apoyo la cabeza sobre el
pecho del joven, que se estremece al contacto de mi barba mojada. Se confirma
lo que ya sabía. El muchacho está sano. Sólo una pequeña dificultad en el
sistema circulatorio. Saturado de café por su madre, pero sano, y lo mejor
sería sacarlo de un tirón de la cama. Como no me siento llamado a reformar el
mundo lo dejo que siga acostado.
He sido contratado por las autoridades del distrito y cumplo al máximo mis
obligaciones, inclusive hasta un punto que ya es demasiado. Aunque estoy mal
pago soy generoso para con los pobres y estoy siempre dispuesto a ayudarlos.
Además, tengo que ocuparme de Rosa, y si el muchacho llega a tener razón,
entonces preferiría yo también morir.
¿Qué hago yo acá en este invierno interminable? Mi caballo reventó y en el
pueblo nadie quiere alquilarme el suyo. Tengo que encontrar esta yunta en la
pocilga. De no haber sido casualmente caballos habría tenido que viajar con
cerdos. Así es. Y dirigiéndome a la familia meneo la cabeza. No saben nada de
todo esto, y si supiesen no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero
difícil entenderse con la gente.
Pues bien; aquí ya tendría que dar mi visita por terminada. Una vez más me han
molestado innecesariamente. Ya estoy acostumbrado a esto. Valiéndose del timbre
que tengo instalado para llamadas nocturnas todo el distrito me martiriza. Pero
que esta vez haya tenido que sacrificar a Rosa, esa linda muchacha cuya
presencia en casa pasé inadvertida durante años... este precio es demasiado
alto, y tengo que hallar algún recurso para evitar que me lleve por delante
esta familia que aun con su más buena voluntad no podría restituirme a Rosa.
Pero cuando cierro mi maletín y hago un gesto en dirección de mi abrigo la
familia entera se reúne: el padre olfateando el vaso de ron que tiene en la
mano, la madre probablemente decepcionada de mí -bueno, ¿y qué pretende esta
gente?- mordiéndose llorosa los labios y la hermana agitando un pañuelo lleno
de sangre. Entonces me siento de alguna manera dispuesto a conceder, poniendo
algunos reparos, que quizá el muchacho esté enfermo. Me llego hasta él. Me
sonríe como si le estuviese ofreciendo la más suculenta de las sopas -¡ah!,
¡justamente ahora relinchan los dos caballos!, seguro que ese estrépito ha sido
dispuesto por los cielos para facilitarme el trabajo- y ahora me encuentro con
que el muchacho está realmente enfermo. En su costado derecho, cerca de la
cintura, se le ha abierto una herida grande como la palma de una mano; su color
ascendía por diversos matices desde el rosa hasta el rojo oscuro en el fondo y
se aclaraba mucho en los bordes, ligeramente granulados y, con coágulos
irregularmente repartidos. La herida estaba abierta como una mina a flor de
tierra. Así aparecía vista a cierta distancia; mirándola de cerca se
evidenciaba una complicación.
¿Quién podía ver esto sin que se le escapase un silbidito? Unos gusanos,
coloreados de por sí y, además, salpicados de sangre se retuercen agarrados al
fondo de la herida ostentando a la luz sus blancas cabecitas y sus numerosas
patitas.
¡Pobre muchacho! No tienes salvación.
Yo encontré tu enorme herida.
Esta flor que luces en tu costado te lleva a la perdición. La familia se
muestra contenta porque me ve en actividad. La hermana se lo comunica a la
madre, la madre al padre, el padre a algunos invitados que han entrado de
puntillas por la puerta abierta tanteando con los brazos extendidos al claro de
luna.
-¿Me salvarás? -susurró sollozando el muchacho, completamente deslumbrado por
la vida que se manifestaba en su herida.
Así es la gente en la zona en que vivo. Siempre exigen del médico lo imposible.
Han perdido su antigua fe. El párroco se queda en casa y destroza, una tras
otra, su casullas, pero el médico tiene que arreglarlo todo con su ligera mano
de cirujano. Bueno; sea como fuere; yo no me les ofrecí. Si me utilizan con
fines religiosos también los dejo hacer. ¿Qué más puede pretender, un viejo
médico de campo a quien le han robado la sirvienta?
Y la familia y los más viejos del pueblo se llegan a mí y me desnudan.
El coro de la escuela con su maestro al frente se coloca ante la casa y canta
una canción con el texto siguiente:

"Desvístanlo que entonces curará; 
Si no cura mátenlo. 
Sólo es un médico, sólo es un médico".

Entonces, me encuentro desnudo, y pasándome los dedos por la barba veo que la
gente, cabizbaja, me mira tranquilamente. Me comporto ciento por ciento como se
debe, me preparo para todo y en consecuencia procedo. Pero esto no me sirve de
nada porque la gente me toma por la cabeza y los pies y me lleva a la cama.
Me colocan contra la pared, del lado que estaba la herida. Después todos salen
de la pieza. Cierran la puerta. El canto cesa. Algunas nubes pasan ante la
luna. Las cobijas que me encierran están calientes. Las cabezas de los caballos
oscilan umbrosas en la ventana.
-¿Sabes? -me dice al oído- te tengo muy poca confianza. Ya te echaron de algún
otro lado. No viniste por tu propia voluntad. En vez de ayudarme me aprietas en
mi lecho de muerte. Querría arañarte los ojos.
-De acuerdo -digo yo-. Pero soy un médico. ¿Qué debo hacer? Créeme que tampoco
me siento cómodo.
-¿Debo conformarme con esta excusa? Si estuviese sano verías. ¡Es que siempre
tengo que resignarme! Vine al mundo con esta hermosa herida. Fue mi única
herencia.
-Joven amigo -le digo yo-, has cometido la falta de no tener sentido de las
cosas. Yo, que ya he atendido a tantos enfermos, que he estado por todos lados,
yo te digo que tu herida no es tan grave. Te la hicieron dándote dos hachazos
que te dieron justo donde ahora están los ángulos de abertura. Son muchos los
que exponen en el bosque su vientre al hacha, y no la oyen, y mucho menos
cuando se les acerca.
-¿Es realmente así o me engañas porque estoy afiebrado?
-Es realmente así. Mi palabra de honor como médico oficial.
El muchacho creyó y guardó silencio; pero ya era hora de que pensase en mi
liberación.
Los caballos, fieles, permanecían en su lugar. Rápidamente recogí mis ropas, el
abrigo y, el maletín; no quería perder tiempo en vestirme. Los caballos estaban
tan briosos como cuando partimos. Yo salté de esa cama como tirándome a la mía.
Obediente, uno de los caballos se retiró de la ventana. Yo tiré mis cosas al
coche. El abrigo fue demasiado lejos; apenas si quedó colgando de un gancho por
una de sus mangas. Con eso bastaba. Me tiré sobre uno de los caballos. Las
riendas estaban sueltas, los caballos apenas amarrados, y el coche que corría
atrás, destartalado.
-¡Rápido! -dije yo. Pero no fue rápido. Los caballos avanzaban por ese desierto
de nieve como hombres viejos. Largo rato se oyó tras de nosotros el nuevo y
desconcertante canto de los niños:

"Alégrense, pacientes,
han hecho caer en cama al médico".

Así no llegaré nunca a casa. Mi floreciente consultorio se va a la ruina; un
ayudante me robaría pero no me ayudaría. El caballerizo anda desenfrenado por
mi casa; Rosa sería su víctima, pero no se la ofrendaré.
Desnudo, expuesto a la helada de ese maldito invierno, con un coche de este
mundo y caballos de otro mundo, yo, un viejo, vago por los campos. Mi abrigo
cuelga de la parte trasera del coche, pero no puedo alcanzarlo y ninguno de mis
clientes ocasionales mueve un dedo.
Una sola vez que se atienda un llamado nocturno y ya no hay cómo solucionarlo