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Biblioteca Virtual Hispanica

jueves, 9 de mayo de 2013

La huerta Relato del Perú

La huerta

Con lo
que le hace el hombre, pues, sufre. 
-¿Con qué dices, de lo que el hombre le hace? 
-De noche, en la cama. O en cualquier parte sucia. 
-Eres criatura. Ella goza más que el hombre. Más goza, por eso acepta 
también quedarse con el hijo sin que el hombre le ayude en nada. Con eso 
sí sufre, buscando comida para el hijo. Porque siempre la mujer pobre
acepta  nomás que le hagan hijo, porque goza. 
-¡No goza! -gritó Santiago al oído de Ambrosio, el guitarrista-. ¡No 
goza! Y siendo más que el corazón, teniendo esos ojitos que son mejor que 
la estrella, mejor que la paloma, mejor que todo. ¿Has conocido a la hija 
del hacendado de "Quebrada Honda"? 
-Sí. Es la más linda de estos pueblos. Su padre la tiene como encerrada 
en esa cárcel de indios que es la hacienda. Los indios pueden irse,
escapando  o de puro valientes, si son valientes. Ella, la pobre Hercilia,
espera nomás.  Es linda. Pero ¿por qué dices que la mujer es más que el
corazón y que es  mejor que estrella? A veces son como patada de burro de
feas y mejor que  Lucifer de malas. 
-¡No son malas, entiende! Si no fuera por ellas, ¿tú tocarías la gui-tarra?
¿Harías llorar a los cerros con lo triste de tu guitarra? La mujer es, 
pues, triste. 
-¡Zorro! Hercilia hace años que espera que alguien le "haga el
favor".  Yo se lo hice una vez. ¡Sí se lo hice! Y no era ángel, era
una yegua retor-ciéndose de felicidad. Casi me destronca. Corrí peligro de
muerte para conse-guirla. Me vine de noche por los túneles del camino. Me puse
a cantar a la  salida del último socavón. Me duraba todavía en la boca la
mordedura de los  dientes de la hembra. Ese dolorcito es rico... 
Santiago escapó. Ambrosio vio que el rostro del muchacho cambiaba como 
cuando el cielo se enfurece de repente en los Andes. Se levantan nubes
entre  rojas y oscuras; aparecen no se sabe dónde, siempre por la espalda
de las  montañas más altas, y empieza a llover el mundo o, simplemente,
las nubes  se quedan en el cielo, moviéndose, inquietando a la gente y a
los animales. 
"Es loquito, de razón. Criado por ese hombre. Vio a Hercilia hace... 
tres años... Y no es cierto que yo le hice nada a ella. Le hizo el otro
guitarrista, el de San Pedro. Está preñada ahora, y se va a escapar con el
guitarrista de San Pedro. Y va a heredar o lo van a matar..." 
Vio a Santiago correr calle abajo, hacia el cementerio nuevo, es decir,
al  cementerio de los tiempos actuales, porque el de la época que dicen de
los  españoles era un campo cercado que rodeaba a la iglesia. Y allí
estaban esos  dos eucaliptos. 
El muchacho escaló el muro de una huerta de hortalizas y de capulíes  que
pertenecía a un viejo hacendado borracho. Los niños habían clavado 
estacas para escalar el muro y robar capulíes en el tiempo de la fruta. El 
viejo hacendado permitía que robaran la fruta de noche pero no de día. 
Las estacas no fueron rotas ni desclavadas; un guardián vigilaba la
huerta  durante el día. Vigilaba a los niños y espantaba a gritos y cantos
a los pájaros. Rodeaban la huerta los árboles de sauce frondosos; zumbaban con
el  viento o servían de reposo a los pájaros del pueblo. Un sauce, uno
sólo  había que tenía las ramas hacia el suelo. Le llamaban
"llorón" y parecía una  mujer rendida, con la cabellera como
chorros de lágrimas. 
Santiago se echó bajo el sauce. El suelo estaba cubierto de pequeñas 
hojas amarillas y rojizas. 
"Ambrosio animal, Ambrosio chancho que persigue chanchas, que hace 
chorrear suciedad a las chanchas, montándolas. Ambrosio anticristo. ¿Cómo 
te sale música triste de tu dedo si eres bestia?" 
Contuvo el ansia de seguir insultando. Su pecho le caldeaba la respiración.
"La mujer es más que el cielo; llora como el cielo alumbra... No
sirve  la tierra para ella. Sufre." 
Había rondado la casa de Doña Gudelia todo el día siguiente en que la 
señora se quitó el monillo en el horno viejo. La había llegado a seguir
un  rato cuando ella subió por el camino cascajiento que conducía al
manantial  de donde el pueblo sacaba el agua para beber. Le extrañó que no
cojeara,  que no gimiera mientras andaba. Pero sus ojos, hundidos cada día
entre negrura, se volvieron hacia él. Como siempre, parecían alcanzar
distancias que  nadie conoce, pero no tenían el filo de antes. "¿Tú
también vas por agüita?",  le dijo la señora, a pesar de que Santiago
no llevaba ningún cántaro. No era  del pueblo ella; su marido, vecino
pobre y algo enfermizo, la había traído  de Parinacochas, una provincia
lejana. Su fama de buenamoza se extendió  por los distritos próximos.
Hablaban de sus ojeras que en lugar de disimular  la negrura de los ojos
de la señora, la hacían más candente. Miraba, como  algunas aves
carnívoras prisioneras, lejos, pero con intención y no en forma  neutra
como las aves. Esa intención, seguramente, tocó el alma sucia de Don 
Guadalupe, dueño del horno viejo, amo putativo de Santiago. "No voy
por  agua, señora", contestó el muchacho en el camino del manantial,
entonces  Doña Gudelia le preguntó: "Hijito: ¿mi cara está pálida?".
"Sí, señora. Está  flaca también." "¡Adiós, criatura! Si no
vas por agua, regrésate. Estoy flaca... ¡maldecida!" 
"¡Maldecida, no; abusada, pateada, emborrachada. Sólo el hombre asqueroso
patea el cielo, también lo emborracha, alcanza con su mano embarrada al
ángel... a la niña... a la señora... a la flor...!" Bajo las ramas
del  sauce hablaba en voz alta el muchacho, recordando la última queja de
Doña  Gudelia. 
Sintió pasos. Era la gorda Marcelina, lavandera del viejo hacendado; ella 
se acercaba al árbol, porque había visto a Santiago. No se sabe desde qué 
hora estaría en la huerta o desde qué tiempo. Avanzó hasta meterse en la 
sombra del sauce llorón; se levantó la pollera, se puso en cuclillas. 
-Voy a orinar para ti, pues -dijo mirando al muchacho. En su boca 
verdosa, teñida por el zumo de la coca, apareció algo como una mezcla de 
sonrisa y de ímpetu-. ¡Ven, ven pues! -volvió a decir, mostrando su 
parte vergonzosa al chico, que ya se había levantado. 
El fue, apartando con la mano una rama fresca que le estaba cayendo  de la
cabeza hacia la espalda; avanzó rápido. Era el mediodía, manchas de 
jilgueros llegaban a la huerta para reposar y cantar en los sauces.  
La gorda Marcelina lo apretó duro, un buen rato. Luego lo echó con 
violencia. 
-Corrompido muchacho. Ya sabes -dijo. 
Su cuerpo deforme, su cara rojiza, se hizo enorme ante los ojos de Santiago. Y
sintió que todo hedía. La sombra de los sauces, las hojas tristes del 
árbol que parecía llorar por todas sus ramas. El alto cielo tenía color
de  hediondez. No quiso mirar al Arayá, la montaña que presidía todo ese
universo de cumbres y precipicios, de ríos cristalinos. Escaló el muro,
tranquilo.  Fue corriendo hacia el arroyo que circundaba al pueblo. 
No pudo lavarse. Se restregaba la mano y la cara con la brillante arena 
del remanso; alzaba las piedras más transparentes desde el fondo del pequeño
remanso y se frotaba con ellas. Esas piedras recibían el viento, el 
ojo de los pájaros, la nieve más alta del Arayá, el río grande, la flor
de  k'antu que sangra de alegría en la época de- más calor. Pero el
muchacho  seguía recordando feo la parte vergonzosa de la mujer gorda; el
mal olor  continuaba cubriendo el mundo. 
Entonces decidió marchar al Arayá. 
Del Arayá nacía el amanecer; en el Arayá se detenía la luz, siempre, 
durante el crepúsculo, así estuviera nublado el cielo. Ese resplandor que 
ya salía de la nieve misma y de las puntas negras de roca, ese
resplandor,  pues, llegaba a lo profundo. No quemaba como el sol mismo la
superficie de  las cosas, no transmitía, seguro, mucha fuerza, mucha
ardencia, pero llegaba  a lo interno mismo del color de todo lo que hay; a
la flor su pensamiento,  al hombre su tranquilidad de saber que puede
traspasar los cerros, hasta el  mismo Arayá; al muchacho, a él, a Santiaguito,
saber que la mujer sufre,  que ese pensamiento hace que la mujer sea más
que la estrella y como la  flor amarilla, suave, del sunchu que se desmaya
si el dedo pellejudo del hombre sucio la toca. Al Arayá, unicamente los
hacendados que habían hecho flagelar a la gente no lo entendían. Así era. Y el
muchacho necesitaba tres horas  de andar para acercarse hasta las nieves
del poderoso: en ese momento el  sol ya no estaría en el cielo. 
Veía desde el camino las puntas de las rocas que saltaban del hielo del 
Arayá como agujas; las miraba cada vez más cerca y se estaba tranquilizando. La
boca verde de la lavandera, borracha como su patrón, empezaba a difuminarse en
esa oscuridad maciza que volaba en las agujas de la roca del  Arayá... 
-Hijito..., estarás cansado. Te hago regresar en el anca de mi caballo -le dijo
el cura. Se encontraron en un recodo de la gran cuesta. 
-Quiero confesarme, padre -le dijo el muchacho. 
-Sí, claro. Aquí no se puede, tiene que ser en la iglesia. Llegaremos de 
nochecita. Te haré entrar, pues, a la sacristía. 
-Quiero confesarme delante del Arayá, padre. 
-¿Delante del Arayá? ¿Eres hijo de brujo? ¿Estás maldecido? 
-Capaz estoy maldecido. ¡Me han malogrado, creo! 
-¡El Arayá te habrá maldecido! -dijo el cura con impaciencia. 
-El horno viejo, padre. La gorda Marcelina. Lo que han rezado dos 
señoras, delante de mí, a la Virgen, a Nuestro Señor Jesucristo. 
El cura desmontó del caballo. 
-Confiésate -le dijo-. ¡Este cerro que tiene culebras grandes en su 
interior, que dicen que tiene toros que echan fuego por su boca...! ¿Qué 
tienen que hacer las santas oraciones con tu maldición? ¡Confiésate de
rodillas! ¿Has fornicado con la Marcelina? 
No se arrodilló. Estuvo mirando al sacerdote. Unos vellos rojizos, como 
los que había visto que temblaban en el rostro de la gorda Marcelina,
aparecieron clarísimos en la frente del cura, debajo mismo del borde del
sombrero. Pero estos vellos jugaban, no estaban separados uno a uno, feos
como  en la cara de la borracha. 
-¿Qué cosa es fornicar, padre? 
El cura miró detenidamente al muchacho. 
-No te arrodilles, hijo. ¿Te ha...? 
-Sí, padre, asimismo ha sido. Estoy apestado; estoy sucio... 
-Más de lo que crees, de cuerpo y alma. Esa chola está enferma. ¿Oyes? 
Está enferma. Yo te lo digo. Por eso nadie quiere con ella. Esos
gendarmes  que vinieron a buscar indios cuatreros, la agarraron a ella. 
-¡El Arayá me va a limpiar, seguro! Me voy, me voy. Deme su bendición,
padrecito -rogó el chico. 
-Sí, cómo no; contra las serpientes del cerro, no contra tu cuerpo sucio:
"En nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo...". 
Tarde se dio cuenta el sacerdote de que le había dado la bendición en 
quechua: "Dios Yaya, Dios Churi, Dios Espíritu Santo...". 
Santiago continuó subiendo el cerro. 
-Tú también sufres. ¿De qué estarás enferma, pobrecita, triste Marcelina? -se
preguntó, mientras la luz del sol se enfriaba en la quebrada. 
Pudo ver la nieve cuando su color rojizo se debilitaba. Porque la cima 
del Arayá cambiaba tanto como la gran zona del cielo en que el sol desaparecía.
Allí la luz jugaba hondo; los hombres no podían reconocer bien los 
colores que ardían unos como consolando, otros como abriendo precipicios 
en el corazón mismo tanto de las criaturas cual de los viejos. ¿Cuántos y
qué  colores? Del negro al amarillo cegador, hasta hundirse en lo que
llamamos  tiniebla. Así también la nieve del Arayá. 
Santiago quedó tranquilo hablándole a la nieve: "Tú no más eres como 
yo quiero que todo sea en el alma mía, así como estás, padre Arayá, en
este  rato. Del color del ayrampo purito. ¡Ahora sí me regreso!". 
Habló en castellano muy correcto. Y bajó a la carrera la cuesta. Ya tenía 
zapatos. Su nuevo protector le había comprado zapatos de mestizo, fuertes 
y bien duros. Levantaba polvo con ellos en el camino, seco en ese mes de 
agosto. Llegó de noche, silbando, al pueblo. Con él cantaban los gallos.
Era  la medianoche, seguramente. No sentía hambre ni sed. La voz de los
gallos  repercutía fuerte en todo su cuerpo. 
Pero a las pocos días regresó a la huerta, a la misma hora. Se echó bajo 
el mismo sauce, entre la cortina de las ramas que parecían cabelleras de
lágrimas. La borracha Marcelina también vino, se alzó la pollera, orinó,
llamó  al muchacho. Santiago fue hacia ella, casi corriendo. Y se dejó
apretar más  fuerte y más largamente que la primera vez, se revolcó e,
igual que entonces,  fue ella quien lo arrojó, y se marchó luego de
mirarlo como se mira a los  huesos botados. Los vellos esparcidos no se
movían con el aire en el rostro  de la Marcelina. Parecían estacas. Y de
allí brotaba la suciedad sin remedio,  más que de otros sitios. De esa
parte del cuerpo de la chola gorda. 
El muchacho estuvo mirando al sauce llorón largo rato. "Tú no eres 
como la Marcelina, tú eres como las otras..." Se levantó aturdido; escaló
el  muro y saltó después hacia el pequeño río. La arena de las orillas
reverberaba con la luz del sol; bajo la corriente muy lenta del agua, en el
remanso,  las piedras mostraban sus colores y el de las yerbas que se
colgaban jugando  sobre ellas. ¡Ahí estaba, pues, la hermosura limpia, la
que la gente no podía  conseguir para ella! Sin embargo el muchacho ya no
se lavó. Le rendía el  hedor que todo su cuerpo exhalaba. Al borde de un
pequeño barranco, junto  al río, descubrió un cúmulo de remilla y otras
yerbas de olor fuerte, el  chikchinpa, el k'opayso... Santiago arrancó las
puntas de las ramas; bajó a  la orilla del remanso y se frotó la cara con
las yerbas ya mezcladas. 
-Ahora agüita -dijo. 
Pero no se lavó, como quiso, al agacharse a la corriente. Bebió del río. 
Y luego, ya más calmado, tomó el camino del Arayá.  
¿Cuántas semanas, cuántos meses, cuántos años estuvo yendo de la huerta 
al Arayá? No se acordaba. En el camino maldecía, lloraba, prometía y
juraba  firmemente no revolcarse más sobre el cuerpo grasiento de la
Marcelina. Pero  la huerta, se hacía, en ciertos instantes, más grande que
todos los cielos, que  los rayos y la lluvia juntos, que el padre Arayá;
esa huerta con su sauce  llorón, con ese hedor, con los orines de la
borracha, más poderosa. Y cada  vez le atacaba el anhelo de ir donde el
padre Arayá, cuando los pelos de 
la Marcelina se erizaban y de allí brotaba algo como el asco del mundo.
"Será  que me sucede esto porque no soy indio verdadero; porque soy
un hijo extraviado de la Iglesia, como el cura me dice, rabiando..." Esas
palabras,  más o menos, repetía en el camino de ida. 
Y siempre encontraba luz rojiza, algo moribunda en la nieve de la montaña.
Regresaba aliviado; creía reconocer mejor las cosas en la oscuridad; 
durante la marcha al Arayá, en toda la cuesta, las cosas se le confundían:
las  flores y las grandes piedras, las mariposas y los saltamontes que
cruzaban el  aire; el mal recuerdo, como brea, cubría feo, no para bien,
las diferencias  que felizmente existen sobre la tierra. A la vuelta, en
la noche, cuando llegaba  al pueblo, el canto de los gallos repercutía
bajo su pecho, iluminaba la quebrada, ese abismo donde también el sol se
enfurecía y enfriaba, en el mismo día.