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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 5 de junio de 2013

Algunos poemas Gerardo Diego

Gerardo Diego

Azucenas en camisa


A Fernando Villalón
Venid a oír de rosas y azucenas
            la alborotada esbelta risa
Venid a ver las rosas sin cadenas
            las azucenas en camisa
Venid las amazonas del instinto
            los caballeros sin espuelas
aquí al jardin injerto en laberinto
            de girasoles y de bielas
Una música en níquel sustentada
            cabellos curvos peina urgente
y hay sólo una mejilla acelerada
            y una oropéndola que miente
Agria sazón la del febril minuto
            todo picado de favores
cuando al jazmín le recomienda el luto
            un ruiseñor de ruiseñores
Cuando el que vuelve de silbar a solas
            el vals de «Ya no más me muero»
comienza a perseguir por las corolas
            la certidumbre del sombrero
No amigos míos Vuelva la armonía
            y el bienestar de los claveles
Mi corazón amigos fue algún día
            tierno galope de corceles
Quiero vivir La vida es nuevo estilo
            grifo de amor grifo de llanto
Girafa del vivir Tu cuello en vilo
            yo te estimulo y te levanto
Pasad jinetes leves de la aurora
            hacia un oeste de violetas
Lejos de mí la trompa engañadora
            y al ralantí vuestras corvetas
Tornan las nubes a extremar sus bordes
            más cada día decisivos
y a su contacto puéblanse de acordes
            los dulces nervios electivos
Rozan mis manos dádivas agudas
            lunas calientes y dichosas
Sabed que desde hoy andan desnudas
            las azucenas y las rosas
(De «Poemas adrede»)

Esperanza


¿Quién dijo que se agotan la curva el oro el deseo
el legítimo sonido de la luna sobre el mármol
y el perfecto plisado de los élitros
del cine cuando ejerce su tierno protectorado?
Registrad mi bolsillo
Encontraréis en él plumas en virtud de pájaro
migas en busca de pan dioses apolillados
palabras de amor eterno sin
carta de aterrizaje
y la escondida senda de las olas
(De «Biografía incompleta»)

El Ciprés de Silos


A Ángel del Río.
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó, a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi, señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.
(De «Versos humanos»)

Romance del Júcar


A mi primo Rosendo.
Agua verde, verde, verde,
agua encantada del Júcar,
verde del pinar serrano
que casi te vio en la cuna,
—bosques de san sebastianes
en la serranía oscura,
que por el costado herido
resinas de oro rezuman—;
verde de corpiños verdes,
ojos verdes, verdes lunas,
de las colmenas, palacios
menores de la dulzura,
y verde —rubor temprano
que te asoma a las espumas—
de soñar, soñar—tan niña—
con mediterráneas nupcias.
Álamos y cuántos álamos
se suicidan por tu culpa,
rompiendo cristales verdes
de tu verde, verde urna.
Cuenca, toda de plata,
quiere en ti verse desnuda,
y se estira, de puntillas,
sobre sus treinta columnas.
No pienses tanto en tus bodas,
no pienses, agua del Júcar,
que de tan verde te añilas,
te amoratas y te azulas.
No te pintes ya tan pronto
colores que no son tuyas.
Tus labios sabrán a sal,
tus pechos sabrán a azúcar
cuando de tan verde, verde,
¿dónde corpiños y lunas,
pinos, álamos y torres
y sueños del alto Júcar?
(De «Hasta siempre»)

Insomnio


Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño y por el mar las naves.
En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.
Saber que duermes tú, cierta, segura
—cauce fiel de abandono, línea pura—,
tan cerca de mis brazos maniatados.
Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.
(De «Alondra de verdad»)

Sucesiva


Déjame acariciarte lentamente,
déjame lentamente comprobarte,
ver que eres de verdad, un continuarte
de ti misma a ti misma extensamente.
Onda tras onda irradian de tu frente
y, mansamente, apenas sin rizarte,
rompen sus diez espumas al besarte
de tus pies en la playa adolescente.
Así te quiero, fluida y sucesiva,
manantial tú de ti, agua furtiva,
música para el tacto perezosa.
Así te quiero, en límites pequeños,
aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa,
y tu unidad después, luz de mis sueños.
(De «Alondra de verdad»)

Respuesta


A Ramón Otero Pedrayo.
¿Que en dónde está Galicia? En la cautela
de la luz mansa que al besar enjoya,
en el collar de espumas de la boya
y en el tosco remiendo de la vela.
En la vaca también color canela
y en la vocal que su dulzura apoya
y en el molusco mariscado en Noya
y en el sueño del tren por Redondela.
Búscala en la sonrisa tan arcaica,
tan ambigua y angélica y galaica
de la muñeira y ribeirana airosa.
La hallarás, piedra lírica, en el pazo,
piedra de oro y verdín, piedra leprosa.
Y donde haya un regazo, en el regazo.
(De «Ángeles de Compostela»)

Tilo


El tilo aquel de Santa Catalina
en su compás de Siena.
¿No escuchas la cantiga cristalina
que en su copa resuena?
Los ojos cierro en gozos de fragancia.
Tilos de mi niñez.
Cómo salváis el tiempo y la distancia
y estáis aquí otra vez.
Y ya en la pubertad, bajo el celeste
azul, sobre la cal,
el que filtró mensajes del nordeste
en la Rúalasal.
Vosotros, entre abejas monacales
de oro sonoro, tilos
que desde el huerto veis surtir cristales
de mi ciprés de Silos
Porque tú amas los tilos y la calma
de su flor en tus nervios,
quiero aprender de ti a domar mi alma,
mis ímpetus soberbios.
Lección de serenada mansedumbre,
de paciencia encendida.
Flores de ti, mi lámpara y mi azumbre,
la razón de mi vida.
Como a la flor del tilo en primavera
contra el insomnio torvo,
beberte en infusión, niña, quisiera,
beberte sorbo a sorbo.
(De «La sorpresa»)

La cometa


A Eduardo Casanueva.
Descalza por la mar, la primavera
llega, racha de sal, para que vueles,
niña feliz de cañas y papeles
con la trenza ondulante y onceañera.
Alta la brisa va, alta y ligera
la cometa. Qué lindos sus cuarteles
de angélicos y hexágonos broqueles
y qué airosa en el cielo y callealtera.
Cómo tira de mí, cómo me llama
a su rampa de luz, cómo me incita
y me dice en secreto que me ama
cuando en mi pulso azul muerde y palpita.
Oh mi primera novia en la alta rama
de esta pasión de álamo infinita.
(De «Mi Santander, mi cuna mi palabra»)

Mano en el agua


A Eduardo Díez-Rábago.
Hierve el agua feliz de sal y roce,
al desflorarla en flcha la costura
de la proa. Por una y otra amura,
senos se hunden, abultan, piden goce,
tacto viril, castigo que destroce,
solidez a que asirse, forma dura.
Y yo dejo colgar mi mano impura,
mi mano que el misterio desconoce.
Mano en el agua, palma muerta, estrella,
dedos que peinan lágrimas y risas,
líquidas chispas de la helada fragua,
mimos de madre y burlas de doncella.
Mano en el agua y sus delicias lisas,
siempre verde, inconsútil, virgen agua.
(De «Mi Santander, mi cuna, mi palabra»)

Orfeo


¿Para quién cantas tú, para quién canta
tu alma de luz, el lirio de tu cuello?
¿Para el fuego de Apolo o el cabello
en fuga huracanado de Atalanta?
Árboles, rocas, fieras, mueve, imanta,
bambolea y concentra tu destello
de oro, tu timbre que, si eriza el vello
desde el orco hasta el cielo nos levanta.
Tu voz conduces, intervalas, bañas
en llanto. Se te rompe. Mas perdura
tu mano. Orfeo, que edifica y dice
—arrancando a la lira sus entrañas—
las sílabas de un nombre que inaugura,
crea toda la música: ¡Euridice!
(De «Libros futuros»)