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viernes, 28 de junio de 2013

Circo de conejitos


Relato Brasileño


Isabel, Beatriz la de los ojos color de miel y Loló y Silvino, en la farándula infantil de mis amores, bailaron con Dodó y dos conejos.
Sí, dos conejos. Llegaron en una canasta tapada cierto domingo tibio de noviembre, cuando en la casa de tía Bizuca en Andaraí, donde yo vivía, ya se hinchaban en los árboles de la quinta los primeros frutos. 
-Son de raza -dijo Manuel, el quintero, valorando el presente que me traía. - Angoras puros -. Los mostraba suspendiéndolos por las orejas, y, ante mi protesta por tamaña herejía, explicó que era el procedimiento usual y correcto de asir los conejos.
Angoras o no, jamás hubo conejos más queridos, ni más lindos de lo que yo los veía. Blancos, lanudos, con ojos de rubí y rosadas orejas. ¡Dos amores!
Hasta entonces mi existencia era un suceder de juegos y más juegos, mancha, gallina ciega, travesuras en la quinta que subía hasta el morro, estrepitosas carreras por los cuartos vacíos del subsuelo de la casa. Ni hubiera podido concebir que tuviese otra finalidad la niñez. Y fueron ellos, esos montoncitos de albísima lana los que me hicieron ver, por sobre el mundo despreocupado de los juegos, ese otro mundo mayor que es el de las obligaciones y que el colegio se encarga de revelar a las demás criaturas. Pero para mí el colegio había carecido de rigor. Largas vacaciones, pocas clases en el aula de los niños menores al aire libre, donde asistía a voluntad. En las manos inteligentes de doña Judith, maternal, paciente, los métodos modernos dulcificaban asperezas. Y estaba, además, la orden expresa de tiíta de "no apurarme".
Fueron ellos, repito, los que me dieron la noción de mis primeras obligaciones, a las que me entregué sin disgusto alguno, todo amor y alegría. "Es hora de poner agua a los conejos'', y el mayor cataclismo no me hubiera impedido hacerlo. Los peinaba, los espulgaba, los llevaba a pasear por el jardín. Rosales, sólo rosales, que eran la pasión de tiíta. Hasta rehusé las invitaciones de Taniño a paseos dominicales en el Benz de su padre, para quedarme con ellos, móviles fuentes de mis desvelos. Era un esclavo, un esclavo, lo confieso, de las necesidades de esos pequeños tiranos inocentes. 
No únicamente tiranos sino sabios también, aventuraría llamarlos, si pienso cuántos secretos guardaban bajo tanta blancura, tal es así que no se limitó al mundo de las obligaciones la infinidad de cosas que me hicieron comprender. ¡Y me trajeron el amor!
Los quise con ternura de enamorado. Los enloquecía a caricias. Mis ávidos abrazos desataban una lluvia de protestas de tiíta: -¡Vas a terminar matando esos animalitos de tanto estrujarlos!
Cubríalos de besos y me dejaba estar en los rincones solitarios, ajeno al tiempo, en interminables conversaciones con mis conejitos, contestando sus preguntas imaginarias. Perdí la realidad, dejé de percibirlos y los refundí en un único conejo, un conejo enorme, mayor que todos los conocidos, casi de mi tamaño, con vida humana, que hablaba y reía como yo y se vestía como yo de marinero.
Con el amor llegó el séquito de sus dolores. ¡De cuántas horas torturadas de mi infancia fueron la causa estos adorados animalitos! Los quería demasiado para no sufrir con mi amor. Los celos hicieron su estreno en mi corazón y, feroces, me consumían. También no era para menos. Tenía un rival. ¡Y de qué fuerza, Dios mío! El temible rival era Silvino, negrito dos años mayor, tomado para criar por tía Bizuca cuando, apenas con tres días, murió su madre una negra que sirviéndola fielmente gastó sin reservas su juventud. 
Si en la casa tenía yo la primacía de la sangre él sustentaba, en cambio, la de antigüedad, que utilizaba con éxito especialmente entre la servidumbre.
-Esto sucedió antes de que usted viniera aquí -me decían al referir acontecimientos pasados. -Silvino es quien lo sabe bien.
Y efectivamente lo sabía, y echándome miradas de soslayo, con una imperceptible sonrisa burlona, contaba de pe a pa, detallado, redundante, consciente que en esa forma me infligía una mayor humillación. Era el más antiguo, eso no podía quitársele. Y bien que lo aprovechaba. Defendíase al fin del intruso, de ese intruso que era yo, taimado y humanísimo Silvino.
Temible rival, astuto como el que más, no perdía coyuntura favorable. ¡Cómo lo recuerdo ahora, con esos ojos picarescos, la cara redonda de simio, la mota muy apretada, la malicia de sus alegres gestos y su soberbia dentadura blanca y fuerte!
El regalo del quintero lo mortificó. ¿No lo merecía más él? ¿Qué puse yo para conseguirlo? A Silvino sí que le correspondía por derecho. Ayudaba a Manuel en los trabajos de la quinta, acarreaba abono en la carretilla, barría el invernáculo de las begonias, le llevaba la comida, regaba las plantas y colaboraba en la poda sistemática del ligustro, tapia verde y compacta que defendía la propiedad de las miradas indiscretas de los vecinos. Con justicia le correspondía. ¡Y fue a mí a quien hizo el regalo, a mí, ese gran sinvergüenza de Manuel, adulador miserable! No en balde le tenía rabia al portugués. Nada más porque yo era el sobrino.
¿No fueron para él? ¡No importa! Sabría disputarme el cariño de los animalitos. Sabría y lo supo. Si, por ejemplo, yo les ponía lechuga, prontamente Silvino la sustituía por otra que corría a buscar, ya que, no guardando para él secretos la huerta, conocía el sitio donde estaban las hojas más frescas y los brotes más tiernos.
En esta franca lucha tomé mi posición. Los conejitos eran míos ¿no es así? ¡Entonces, a embromarse, negro jetón! Y los tenía en mis brazos noche y día, no consintiendo que Silvino los tocase ni con un dedo. ¡Nada más que mirarlos! Ante él los acariciaba para hacerlo rabiar: -¡Mis queriditos!
Como sufrir sufría, pero no lo demostraba y me sonreía pensando: "Ya llegará el día". Su paciencia fue recompensada y el día esperado llegó. Día aciago en que tuve que ir al colegio, un colegio distinto, severo, rígido, con horarios que no podía transgredir, pues, como decía tía Bizuca, ya estaba hecho un hombre y era necesario estudiar duro y parejo para ser algo en la vida.
Lo que padecí, sólo Dios lo sabe. Esas interminables clases del señor Silva, que enseñaba todo menos gimnasia, en las que explicaba siempre, aburridoramente, la lección que tomaría luego. Gramática, geografía. ¿Qué me importaba saber de verbos y sustantivos o si el mundo era redondo o cuadrado, cuando todo mi mundo estaba en mis conejitos? El señor Silva hablaba en voz alta pero yo no lo oía, porque mi pensamiento se encontraba absorbido por la más cruel de las dudas: ¿qué estaría haciendo Silvino con mis conejitos? Mis ojos impacientes devoraban el implacable reloj del corredor, infinito corredor sonoro con diez ventanas hacia el patio de recreo y pista donde los celadores ejercitaban su astucia, surgiendo inesperadamente en las puertas de las aulas para sorprender en falta a los desprevenidos educandos. ¿Qué estaría haciendo Silvino? ¡Y los minuteros no marchaban! Me perdía en un laberinto de conjeturas. ¿Los estará acariciando?
¿Espulgándolos? ¿Sacándolos a la quinta para que comiesen pasto? 
De estas cavilaciones me arrancaba el señor Silva:
-¿De qué hablaba, señor Francisco?
No lo sabía. Recibía una penitencia. 
En casa, apenas llegado, tiraba a un lado la cartera, daba un beso apresurado a tiíta y corría a verlos. En la blancura de su lana no había rastros de las negras manos odiadas y los ojos de rubí nada me decían. En la furia de mis celos los pegaba. Asustados, trataban de huir con las orejas gachas, y terminaba por abrazarlos, enloquecido, sollozando casi.
En el comedor, después de cenar, tiíta tejía y yo me encontraba preso en los deberes del día siguiente y era entonces cuando el bandido de Silvino sacaba la conversación para mortificarme:
-¿Sabe, niño Francisco? Hoy fui con sus conejos hasta la panadería. 
Me mordía de rabia: 
-¡Ah! sí...
Silvino veía la llaga en carne viva, sangrante y hería más, gozando mi agonía:
-Voy a darme una vueltita para ver cómo están - y salía despaciosamente, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y un gesto de venganza satisfecha en la comisura de los labios.
Mi desesperación llegaba al colmo. Un poco más y estallaría. La lapicera en mi mano nerviosa hacía una letra mil veces peor de la habitual, saltaba palabras en la copia del "Corazón'' y treinta y nueve menos quince me daba doce en el problema de las naranjas.

*  *  *

Mayo plácido, suave. Mayo de las campanas tocando para la bendición en la capilla del Asilo al caer la tarde. Mayo trajo a casa de tííta, además de la muda de los canarios, algunas mandarinas tempranas y el infausto acontecimiento de la muerte de Silvino, atropellado por el camión del hielo mientras llevaba una carta al Correo.
No murió en seguida. Lo trajeron dando quejidos lastimeros en brazos de transeúntes solícitos. El dependiente del almacén próximo abría camino, gesticulando, explicando el accidente.
Por la noche deliró y el delirio lo hizo confesarse autor de un sinnúmero de tropelías menores. Trozos de dulce de guayaba hurtados de la despensa, carreteles de hilo desaparecidos del costurero,  cucharitas de plata enterradas en el jardín. También se aclaró el inquietante misterio de las rosas. Durante meses, día a día, aparecía el piso de la rosaleda cubierto de pétalos, sin que hubiese soplado por la noche un viento  capaz  de   tal  destrucción.   Como   la  rosaleda estaba protegida por un alto muro, la repetición cotidiana del hecho preocupaba mucho a tía Bizuca que aceptaba la opinión de una espiritista, Doña Marocas   Silveira,   quien  atribuía  todo   a   algún   espíritu travieso y burlón. Y era él,  Silvino, el vándalo de las flores, que, poseído por quién sabe qué extraña voluptuosidad, iba, al despertarse con los gallos en el silencio de las madrugadas, a deshojar las rosas sin que nadie lo
viese. Tiíta encontró gracia al sorprendente descubrimiento:
-Negrito zonzo, ¿así que eras tú el picaro ?... En cuanto estés bueno ya arreglaremos cuentas -lo amenazó.
Ella ignoraba la gravedad de su estado. Al día siguiente lo supo cuando los rayos X confirmaron el diagnóstico del seco doctor Gouveia, cuando dijo, meneando la cabeza:
-Nada, señora, nada es posible hacer más de lo que se ha hecho. Solamente un milagro... fractura de la cadera interesando seriamente la columna... ¡Solamente un milagro! -y lo repetía con un nítido tono materialista.
-Pero, doctor... 
La interrumpió piadoso:
-Voy a ponerle morfina para que no sufra tanto.
Desde ese momento tiíta se consagró por entero a Silvino.  Incansable,  minuciosa,  de un lado  a  otro, viendo esto y aquello el día entero, lo veló cuatro noches sin pegar los ojos.
Era la quinta noche, más o menos a las once. La lámpara estaba velada por un papel oscuro porque el enfermo no soportaba la luz. Silvino se despertó del letargo provocado por la última inyección de morfina: -Madrina -susurró.
-¿Qué quieres? Aquí estoy -y tiíta rápidamente salió de la sombra, donde, encogida en un banquito, permanecía alerta e insomne. 
-Déme su mano.
Se la dio y Silvino se la llevó dificultosamente a los labios. De sus ojos corrían lágrimas, de esos ojos que fueron tan redondos y vivos y que en aquel momento estaban desorbitados y opacos. 
-La bendición, madrina.
Tiíta presintió que algo le pasaba: 
-No digas tonterías, mi hijito. 
¿Hijo? Silvino hizo un esfuerzo, buscando los labios que se confesaban maternales y repitió:
-La bendición.  Estoy  cansado  de tanto sufrir, madrina.
Le apretó la mano con más fuerza, la apretó. La soltó bruscamente. Ladeó la cabeza hacia la pared.
-¡Francisco! ¡Alejandrina! ¡Dios mío! ¡Una vela!
Corrimos todos. Tiíta ya estaba arrodillada. Nos arrodillamos también rezando. La vela comenzó a arder, blanca, muy blanca, trémula y brillante, en las manos morenas del pequeño muerto. Tiíta sollozaba fuertemente.
*  *  *

Tía Bizuca con hondas ojeras violáceas, más flaca, más consumida, dentro de un amplio vestido negro, nada omitió para el entierro. "¡Pobre Silvino", sollozaba, entre los abrazos consoladores de las vecinas. 
Se llenó la casa de gente, porque el travieso negrito, tan alegre, tan servicial, era estimado en el barrio. Lo acompañé hasta el Inhaúma,  en el primer auto después del coche fúnebre, a través de las calles donde los hombres se descubrían, llevando en mi rostro el placer de la novedad. Allá lo dejé para siempre en la tarde tibia, lechosa, riente. Allá lo dejé cubierto de rosas, con todas las rosas que la hermosa rosaleda de tiíta ofreció ese día. Rosas blancas, hermanas de esas otras que durante tanto tiempo deshojara pródigamente.
En la casa, donde ya no estaban sus largas carcajadas estridentes -¡Ji, ji, ji, ji!- me encontré único en el amor de mis conejos. Poco, sin embargo, duró la alegría de la exclusividad. Tal vez me faltó el apasionante estímulo de la competencia o tal vez influyó el fútbol, al que por ese tiempo me entregué con ardor. No podría decirlo, pero lo cierto fue que los albos objetos de mi primera pasión poco a poco quedaron abandonados. Ya no ostentaban la famosa blancura de las pasadas épocas de la rivalidad. Sucios, descuidados, andaban, sin que nadie los cayese en cuenta, por  la  quinta,   la  huerta,   libremente  a  su  antojo, embarrados, polvorientos, metidos en el depósito del carbón junto al gallinero.
Dejé de verlos, ni fui más a la quinta. Manuel, cuando me encontraba en la cocina, repetía siempre lo mismo:
-El niño Francisco esta hecho un hombre. Ya no quiere saber más nada con los conejos -y guiñaba los ojos de espesas cejas.
-Sí, así es... -le respondía confuso, y, al verlo, me esquivaba por el corredor y trataba de poner la mayor distancia posible entre nosotros.
*  *  *

Murieron un día ciegos. Sus ojos brillantes como cuentas habían perdido el color, cubriéndose de un velo opaco. Murieron un día, con las barrigas llenas de unos tumores que atemorizaban a tiíta: "¿No será bubónica, Virgen Santísima?"
No; era vejez, según explicó Manuel, que, al parecer, todo lo sabía respecto a estos animales. Murieron. Tiíta, muy apenada, esperó que yo también me entristeciese. Como no tuve la menor tristeza y traté de esconder ese síntoma de malsana insensibilidad:
-Creo que ha sido mejor así, tiíta. ¡Pobrecitos, sufrían tanto!
Tiíta  estuvo  de acuerdo: 
-Tienes razón, mi hijito. Fue mejor. 
Íntimamente lo que sentía era una completa liberación. La pelota se había hecho mi obsesión. Jugaba de "back", jugaba mal, jugaba como puede jugar una criatura, pero jugaba.