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miércoles, 5 de junio de 2013

Duelo o placer de la escritura


ANTONIO MUÑOZ MOLINA 08/07/1986 


No todo el mundo incluiría a la escritura en un catálogo de los placeres, tú siquiera de los placeres 
imaginarios. Nuestro tiempo, que exalta groseramen el trabajo y proscribe la indolencia, mal puede 
tolerar el ejercicio de un arte que no sólo es difícilmente regulable por la varia especie de los 
oficinistas, sino que además no sirve paranada. Por eso, igual que un libertino sorprendido en 
trance pecador con una joven cándida elude: la ira de sus perseguidores mintiendo una promesa de 
matrirnonio, el escritor tiende a encubrir el gozo inútil ¿le su oficio inventándole coartadas o 
justificaciones misionales que lo hagan respetable. Desde Flaubert, tal vez desde Baudelaire, el 
ejercicio de la literatura, que antes era un don de la pereza, busca impúdicamente los prestigios del 
sufrimiento y aun de la, maldición, lo cual, si bien se mira, es una extravagancia reciente: entre: los 
antiguos, que admiraron a Sófocles porque vivió 90 años y nunca dejó de ser feliz, la figura de 
Eurípides, hombre huraño y desdichado y cercado por el fracaso, nunca fue emblema del artista, ¡no 
misteriosa excepción.La falacia romántica del artista infeliz es lugar común e incluso artículo de fe 
que no pocas veces certifica la calidad de una biografía y de una obra. Baudelaire había hablado 
siempre de la voluntad como impulso único del genio, pero aún queda en él una certidumbre de lo 
heroico que alza sobre el adivinado suplicio una elegancia de dandy. Balzac, en los tiempos atroces 
en que debía esconderse de los acreedores, se ataba a la pata de la mesa para no rendirse al 
desaliento de la escritura inacabada, pero también sabía vestirse con chalecos de seda y manifestar 
su orgullo de inventor de palabras y mundos en los salones de París. En Balzac, el tormento de la 
escritura sin tregua no era un sombrío don, sino una desgracia inevitable que nunca tuvo nada que 
ver con la gloria y la riqueza que tan desesperadamente deseaba y merecía. La lentitud en la 
escritura pasa por ser un privilegio enigmático, pero Stendhal dio fin a una de las novelas más 
hermosas que se hayan escrito nunca, La Cartuja de Parma, en poco más de 50 días; a Flaubert ese 
tiempo apenas le alcanzaba para terminar un solo capítulo de Madame Bovary. Tres años de asfixia 
dedicó a ella, y cinco a la definitiva Educación sentimental, pero Joyce entregó ocho años a Ulises y 
se le fue la vida en escribir Finnegan`s wake.
Desde Flaubert a James Joycoe se cimentó la teoría de la literatura como sufrimiento, y a la liviana 
imagen de las musas sucedió para siempre la mitología de hombre uncido a su pupitre, de la estéril 
desesperación, de la entrega disciplinaria a una pasión no correspondida que no sacia nunca la 
voluntad de quien escribe y acaba convirtiéndose en una preciada enfermedad del espíritu. En 1605, 
Cervantes decía de la historia de Don Quijote y Sancho que le costó "algún tiempo componerla", y 
señalaba, con su ironía melancólica, las circunstancias propicias para el trabajo literario: "El 
sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las 
fuentes, la quietud del espíritu, son grande parte para que las musas más estériles se muestren 
fecundas y ofrezcan partos al mundo que lo colmen de maravilla y de contento". Cervantes, con el 
delicado pudor de su sabiduría, disimula el esfuerzo que sin duda le ha costado el QuYote porque 
entiende que lo que de verdad importa en la literatura es el placer de quien la escribe o la lee: la 
literatura, como la serenidad de los cielos o el murmurar de las fuerites, es todavía un atributo de la 
felicidad..
Dos siglos después, Flaubeil. señala agriamente que su amor por la literatura se parece al del 
ermitaño por el cilicio que le rasga la piel. Pues quien escribe, dicen, es un solitario mártir de sí 
mismo. Conviene también que para evitar cualquier sospecha de censurable deleite sea un obrero 
de la pluma, amarrado a la mesa de trabajo durante ocho horas para arrancar al papel, en durísima 
greña, una sola línea memorable, una palabra justia. La prueba de que Flaubert tenía razón está en 
Madame Bovary y en La educación sentimental. La prueba de que estaba equivocado son tantos 
novelones de gestación dolorosa y lentísima que lo tienen todo salvo la gracia del estilo, que tal vez 
no nos sea concedido si no lo acucian el trabajo y el desvelo, pero que no siempre: se ofrece a 
quienes más asiduamente lo buscan.
Por eso, frente al impudor de quienes declaran en público los rigores de la literatura y el sufrimiento 
que su cultivo les depara, uno prefiere siempre a esos raros escritores que, como Borges o Juan 
Carlos Onetti, celebran la pereza, la casualidad feliz, la ironía ante su propio oficio, aun sabiendo 
que tampoco en ellos la palabra es un regalo, sino un fruto del coraje y de la voluntad que pueden 
conducirnos al placer o a la desdicha, pero nunca a la vana ostentación de las cicatrices de guerra o 
de cilicio... Nadie elige sufrir, pero hay placeres que uno elige sabiendo con toda la lucidez de su 
conocimiento que deberá pagar por ellos el precio exacto de su valor, la. parte de culpa o de soledad 
que les ha sido asignada. Tierra de nadie, o de todos los hombres, la literatura, que nunca salvó a 
nadie ni estuvo cargada de futuro, es el más riguroso de los placeres solitarios. Pero también el 
único que se dilata generosamente más allá de sí mismo, pues sólo cobra su pleno sentido cuando la 
voz de quien escribe es acogida en el corazón de sus lectores, de un solo lector.