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Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 4 de junio de 2013

El asesino



Cerró la
puerta y permaneció apoyado sobre ella, de espaldas, con las manos agarradas
todavía al picaporte. Acababa de llegar de la calle y me miró largamente
primero, esbozó una sonrisa como de alivio, y suspiró con lentitud y
pesadumbre, como si hubiera venido exclusivamente a hacer todo eso. Rey era
alto y corpulento y el liviano traje de hilo tostado que vestía era demasiado
amplio y le colgaba de los anchos hombros. Se hallaba entre excitado y
melancólico y hacía gestos como de asombro sin pronunciar una palabra como si
una fuerte conmoción lo aturdiera sin desesperarlo, sorprendiéndolo desde un
ángulo exclusivamente intelectual. Siempre había sido sereno, silencioso, casi
huraño. Tenía treinta años o un poco menos y había escrito una novela que nunca
publicó. Últimamente no hacía nada, salvo vagar constantemente por la ciudad
("la bendita ciudad de porquería", como él decía) emborracharse de
vez en cuando en cafetines de la zona del puerto, y hablar mal de la
literatura. Entre sus círculos viciosos figuraba hacerme una visita de vez en
cuando. Arrimó una silla y la colocó frente al escritorio, donde yo me hallaba trabajando.
-Me hizo pasar tu mujer -dijo mientras se sentaba-. Dame un cigarrillo.
Se lo di y él lo encendió, sacudió el fósforo y miró largamente la biblioteca.
-Estoy asombrado -dijo. Miró nuevamente la biblioteca, echó el humo, miró el
techo, distraído, y después
me clavó la mirada.- Acabo de matar a alguien -dijo.
Temblé un poco, interiormente. El volvió a recorrer la habitación con la
mirada.
-¿No hay un poco de ginebra? -dijo. 
-Sí -dije-. Seguramente. -Sonreí-. ¿A quién? Me  miró fijamente y 
después observó con mucha atención algo que se hallaba detrás mío, con un
interés casi científico. Yo sabía, creía saber que no estaba mintiendo.
-Marcos -me djjo-. A una muchacha. No sé cómo se llama. ¿Qué hora es?
-Las once y media.
-Fue a eso de las diez. La encontré en el ómnibus. La invité a bajar y lo hizo.
La llevé al parque sur. Le di unos besos y después la estrangulé y la dejé
abandonada ahí mismo. Se le salió un zapato. Estaba muy oscuro. No alcanzó a
decir una palabra. ¿Habrá algo para comer? No he cenado.
Bajó los ojos y vio como temblaba mi cigarrillo pero no hizo comentarios. Yo
decidí apagar el cigarrillo y ponerme de píe.
-Rey -le dije-. Una vez viniste a decirme: "Fui a un negocio y cuando el
dueño se descuidó, abrí la caja y me llevé todo lo que había adentro". Yo
te contesté que no me importaba.
- ¿Qué me interesa a mí lo que a vos te importa? -dijo él, con aire taciturno,
como pensando en otra cosa.
- ¿Es cierto?
-Totalmente.
Mi mujer entró en ese momento. A ella le gustaba Rey. Lo trataba como a un
hermano menor, como a un hijo, y le encontraba talento, aún para el escándalo.
Le daba todos los gustos y se sentía encantada con todo lo que él hacía.
-Clarita -dijo Rey a boca de jarro, con una expresión tan particular que mi
mujer creyó que estaba enojado conmigo-. ¿No me traerías un poco de queso y un
vaso de soda fría?
A veces Rey me echaba en cara mi manera de ser, porque decía que a mí me
importaba demasiado ser judío; decía que para poder comportarme tan
naturalmente como sí no lo fuera, siempre, tenía que tener
siempre presente que lo era. Clarita salió nuevamente de la biblioteca,
encantada con lo de Rey. El se volvió hacia mí, siempre con su aire distraído.
-Como Raskolnikov -dijo-. Como Erdosain. Como Christmas.
Hubo un cierto relampagueo en sus ojos.
-¿Vas a denunciarme? -preguntó con leve curiosidad.
Me moví un poco sobre la silla. Dudé. Necesitaba que me explicara.
-No -dije-. ¿Lo hiciste para jugar al ajedrez con la policía?
-Lo hice para establecer una escala adecuada que atribuya una medida a mi
indiferencia -dijo con un aire sombrío.
-¿Qué comedia es esta? -pregunté, exasperado. A ratos creía que decía la
verdad, pero a ratos creía que estaba mintiendo. El permanecía indiferente,
distraído, remoto, y tal vez un poco melancólico.
-Voy a escribir una novela - dijo vagamente.
Nunca había hablado de escribir en los últimos dos años.
-Yo estaba como enfriado, como esos motores. Puse los dedos sobre el cuello y
sentí como un fulgor de movimiento en mi interior. Cuando aflojé los dedos, era
otro; había decidido escribir, como si el tiempo que duró mi cri... -se volvió
bruscamente al oír la puerta. Clara entró con una fuente sobre la que traía una
botella de vino blanco, jamón, masitas de agua, y paté de foie. El vino estaba
helado.
-Al César lo que es del César -dijo Clara riendo. Rey se llamaba César.
-Hay demasiado poder en mi nombre -dijo Rey-. Demasiado.
Clara reía.
-Clara -dije-. Es mejor que salgas. Lo lamento. Rey y yo...
-¿Por qué? -intercedió él-, Marcos no quiere que sepas que acabo de estrangular
a una mujer.
Clara abrió un poco los ojos y la boca y después se echó a reír, poniéndose una
mano en el pecho.
-¡Qué bueno! ¡Qué bueno! -dijo-. ¿Así que Rey...? ¡Qué
bueno!                                         
q
-Clara.
Ella dejó de reírse. 
-Lo ha hecho. En serio -dije.
Le saltaron las lágrimas. Quedó boquiabierta.
-¿Qué? -dijo.
-La maté -dijo Rey con cierta petulancia. Se miró las manos-. Con estas manos.
Como Raskolnikov; pero yo no soy tan estúpido como él. Yo no voy a darme dique
en los salones por eso. Nadie va a saberlo, salvo ustedes. No sé si no lo hice
para tener algo que contarles. Ella estaba parada en una esquina y me miró un
poco provocativamente y yo me acerqué y ella me propuso algo por cierta suma y
entonces... 
Dejé de escucharlo. Estaba mintiendo, como un loco. ¿Por qué diablos venía con
esas historias? Clara sufría y lagrimeaba y él se había posesionado de su
relato, hasta el punto que se paró y comenzó a reconstruir los hechos que, por
supuesto, no coincidían con los que me había contado a mí.
-No le hagas caso -dije-. Te está tomando el pelo. 
-Oh -dijo Clara, un poco molesta. 
-Así es -dijo Rey satisfecho-. Me estaba riendo dé ustedes.
-Es un imaginativo y un vago -dijo Clara. 
Rey suspiró.
-Lo soy, no cabe duda, pero no tanto -dijo-. La muchacha existe en realidad. La
vi desde el café mientras seducía a un estudiante. Después vi cómo se alejaban
juntos. Pensé seguirlos y asesinarlos. Temblé un poco. Lo juro. Después me
pareció ridículo, fuera de mis posibilidades. Dame vino. Lo pensé con todas mis
fuerzas: ir por detrás de ellos y matarlos. ¿Es un crimen acaso?