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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 9 de junio de 2013

El templo

Relato Chino
 
Nadábamos en una felicidad perfecta, el deseo, la pasión, el
cariño y la dulzura del viaje de bodas que había seguido a nuestro casamiento,
aunque sólo tuvimos un par de semanas de vacaciones: diez días concedidos por
la ocasión y una semana de vacaciones normales.
El matrimonio es cosa de toda una vida; nada es más
importante para nosotros, ¿cómo hubiera sido posible no pedir unos días de más?
Pero mi jefe, tan avaro, regateaba hasta el último centavo cada vez que alguien
pedía vacaciones, era angustioso. Al principio habían anotado dos semanas de
vacaciones en la autorización, pero mi jefe las convirtió en una, incluido el
domingo. Luego me dijo, un tanto cohibido:
-Espero que pueda usted regresar en el tiempo requerido.
-Claro que sí -le respondí-, nuestro pequeño salario no nos
permitiría entretenernos en el camino.
Acabó firmando con un gran trazo de la pluma. Las vacaciones
habían sido otorgadas.
En adelante ya no era soltero. Tenía una familia. De hecho
este viaje lo había preparado con Fangfang desde hacía mucho. Ahora formábamos
una familia; ya no podría ir al restaurante al recibir mi salario a principios
de mes, invitar amigos, gastar a mi antojo y a finales de mes encontrarme sin
un clavo, al punto de no poderme comprar un paquete de cigarrillos y verme
obligado a hurgar en los bolsillos o a voltear las gavetas para desenterrar
algunas monedas. Pero mejor ni hablar de eso. Decía que éramos felices. En
nuestra vida tan corta, la felicidad es de hecho bastante rara. Tanto Fangfang
como yo habíamos conocido una época en la que tuvimos que arrostrar las
tempestades y hacer frente al mundo. Durante el periodo de gran catástrofe
nacional, nuestras familias y nosotros mismos habíamos sufrido bastante,
habíamos soportado no pocos infortunios. En cuanto a la suerte de nuestra
generación, realmente teníamos de qué quejarnos. Pero no queríamos hablar más
de esto; lo importante es que en el presente por fin conocíamos la felicidad.
Teníamos dos semanas enteras de vacaciones, y aunque esta
luna de miel se había reducido a la mitad, a nuestros ojos no había perdido en
nada la dulzura de la miel. Tampoco hablaré de esta dulzura, todos ustedes son
gente que ha vivido, la han conocido y, de todas formas, esta felicidad nos
pertenece solamente a nosotros. No; de lo que les quiero hablar es del Templo
de la Perfecta Benevolencia, el Yuan'ensi. El nombre de este templo carece de
importancia, pues es un templo desierto, en ruinas, no es de ninguna manera un
lugar famoso ni muy visitado. Aparte de la gente del lugar, nadie sabe de su
existencia. Y aun entre los lugareños son raros los que conocen su nombre. En
pocas palabras, es un templo derruido del que nadie se ocupa, donde nadie reza
ni quema incienso. Lo encontramos por casualidad. Nunca hubiéramos sabido que
el templo tenía un nombre si no hubiéramos tratado de descifrar los caracteres
borrados en una estela que servía de fondo a un estanque, bajo una bomba. La
gente de por allí lo conocía simplemente como el Gran Templo. Sin embargo,
comparado con el Templo de las Ánimas Ocultas de Hangzhou, o con el Templo de
las Nubes Azules de Pekín, realmente no era un rival de peso. De hecho no era
más que un viejo edificio con doble alero, situado en una elevación cercana a
una capital de distrito. Frente a él aún se levantaba una gran puerta de
piedra. El muro que rodeaba el patio se había derrumbado. Al correr del tiempo,
los campesinos de los alrededores habían ido llevándose los ladrillos y las
piedras que se utilizaron en la construcción para hacer sus casas o el cerco de
sus pocilgas, y lo único que quedaba era el basamento circular invadido de
hierbas silvestres.
Se veía de lejos, desde la calle de la capital. Las tejas
laqueadas de amarillo dorado relumbraban al sol atrayendo la mirada. Tenían
algo muy seductor. Fue por casualidad que llegamos a esta capital de distrito.
El tren se había detenido en la estación, pero no volvió a salir a la hora
prevista; tal vez estaba esperando que pasara un tren rápido con un leve
retraso. La gente que subía o bajaba del tren ya no se apresuraba, el andén
estaba desierto y el empleado charlaba, de pie a la entrada del vagón. A lo
lejos, más allá de la estación, los techos grises de las casas yacían en un
pequeño valle, y un poco más lejos se veían las cadenas de exuberantes
montañas. Esta capital parecía emanar calma y serenidad.
De repente me pasó una idea por la cabeza:
-¿Y si vamos a dar una vuelta?
Fangfang estaba sentada frente a mí, me miraba con dulzura.
Inclinó levemente la cabeza. Hablaba con los ojos. Nuestros nervios simpáticos
vibraban al unísono. Sin decir ni una palabra más, bajamos súbitamente nuestro
equipaje de la rejilla y corrimos a la salida del vagón. Una vez en el andén,
nos echamos a reír:
-Tomaremos el próximo tren.
-También podríamos no partir -añadió Fangfang.
Claro, era nuestro viaje de bodas. Íbamos adonde se nos
antojaba, la felicidad de estar recién casados nos acompañaba a dondequiera.
Éramos los más felices del mundo, perfectamente libres. Fangfang me dio el
brazo, yo cogí las bolsas de viaje. De hecho queríamos provocar la envidia de
los empleados del andén y de los innumerables ojos detrás de las ventanillas.
Ya no tendríamos que buscar relaciones para lograr cambiar
de puesto en la ciudad, ya no tendríamos que pedir auxilio a Juan ni a Pedro y
ya no tendríamos que pasar apuros para conseguir autorización de residencia ni
de trabajo. También teníamos un cuarto para nosotros solos, pequeño, cierto,
pero muy bien puesto. Considerábamos que teníamos nuestro propio hogar, yo te
tengo, tú me tienes. Ya sé lo que vas a decir, Fangfang: ¡Basta! Pero ¿qué
importa? Precisamente queremos que todos compartan nuestra felicidad. Tenemos
bastantes preocupaciones, ya los hemos importunado bastante, y también ustedes
ya se tomaron muchas molestias por nosotros, ¿cómo darles las gracias? ¿Acaso
con estos pocos dulces y unos cuantos vasos de alcohol en la boda? Les damos
las gracias con nuestra felicidad, ¿qué tiene de incorrecto?
Así llegamos a esta pequeña capital de distrito, esta
pequeña y vieja capital de distrito, tranquilamente recogida en este pequeño
valle. En realidad, distaba mucho de ser tan apacible como nos pareció desde la
ventana del tren. Bajo los techos grises, los callejones llenos de animación
hervían de gente. Apenas eran las nueve de la mañana; vendían legumbres,
sandías, melones, manzanas recién cortadas y peras que también acababan de
llegar al mercado. En la calle principal las carretas de mulas y los camiones
formaban embotellamientos, los chasquidos de látigo y los gritos resonaban sin
cesar en medio del ruido incesante del agudo claxon de los camiones.
En ese instante, ya no teníamos en absoluto el mismo
sentimiento que nos embargaba al penetrar en este tipo de capital en la época
en que nos enviaron al campo. Hoy éramos visitantes de paso, viajeros; los
tormentos internos y las penas de la gente ya no eran de nuestra incumbencia.
Pero el ambiente de esta pequeña ciudad, el polvo que los camiones levantaban a
su paso, el agua sucia que aventaban junto a los puestos de legumbres, las
cáscaras de sandía que cubrían el suelo, las gallinas que los compradores
esgrimían cabeza abajo, con las alas desplegadas, las plumas revoloteando, los
cacareos, todo esto nos era perfectamente familiar. Todo lo que
experimentábamos en relación con los habitantes de este lugar era una sensación
de lujo. Por eso no podíamos evitar el sentimiento de superioridad propio de
los habitantes de la ciudad que van al campo. Fangfang se apretaba contra mí
cogiéndome del brazo y yo me estrechaba contra ella. Teníamos la impresión de que
todos nos miraban. Sin embargo, no éramos gente de aquí; habíamos salido de
otro mundo. Pasábamos junto a ellos, pero a nuestras espaldas no se trababa
ninguna discusión; las personas de las que hablaban sólo podían ser gente que
les era cercana.
Y así llegamos hasta el final de la calle. Ya no había
puestos de legumbres, los transeúntes eran cada vez más raros, la algarabía del
mercado había quedado detrás de nosotros. Vi mi reloj: nos había bastado media
hora para recorrer la calle desde la estación. Todavía era temprano. Nos
aburriríamos esperando el próximo tren, mientras Fangfang se preparaba para
pasar la noche aquí. No había dicho nada, pero parecía decepcionada. Hacia
nosotros venía un hombre con aspecto de funcionario. Se veía por sus gestos y su
forma de caminar.
-Perdone -le dije-, ¿dónde se encuentra el centro de
recepción del distrito?
Nos echó un vistazo, luego me indicó la dirección con
entusiasmo, cómo ir de acá para allá, cómo dar vuelta hacia el este por la
izquierda, y luego, cuando viéramos un edificio de dos pisos de ladrillo rojo,
ese sería el centro de recepción del comité del distrito. Me preguntó a quién
íbamos a ver, como si quisiera mostrarnos el camino. Le explicamos que
estábamos de paso, que andábamos de viaje y le preguntamos qué podríamos ir a
ver. Se pegó con la mano en la frente, como si lo hubiéramos puesto en
aprietos. Luego de reflexionar un poco, nos dijo:
-Aquí no hay nada interesante que ver. Lo único que hay, si
me permiten la indicación, es un gran templo, está en la colina hacia el oeste.
Hay que escalar un poco y el camino no es bueno.
-¡Perfecto! -exclamé-, precisamente venimos a andar en las
colinas.
-Sí, es verdad -añadió Fangfang en seguida-; no nos da miedo
escalar.
Entonces nos llevó a la vuelta de la esquina y nos enseñó el
viejo templo en la punta de la colina de enfrente, el viejo templo cuyas tejas
amarillas relumbraban al sol.
-Ah, qué bien, muchas gracias.
Pero él veía los zapatos de tacón alto que Fangfang llevaba
puestos. Dijo:
-¡Van a tener que meterse al agua para cruzar el río!
-¿Está hondo? -pregunté.
-Ha de llegar como a la rodilla.
Miré a Fangfang.
-No importa, sí puedo.
Fangfang no quería decepcionarme.
Le dimos las gracias y nos echamos a andar en la dirección
que nos había indicado. Cuando ya habíamos tomado el camino polvoroso, no pude
dejar de volver la vista a los zapatos nuevos de tacón alto y correas finas que
llevaba Fangfang. Me arrepentí un tanto. Pero ella caminaba derechamente y con
decisión.
-¡De verdad estás loca! -le dije.
-Me basta con estar contigo.
¿Te acuerdas, Fangfang? Lo dijiste apretándote contra mí.
Entonces caminamos hacia la orilla del río. De lado y lado
crecía maíz en los campos, más alto que un hombre. Un pequeño sendero se perdía
entre las hojas verdes. No había rastro de nadie ni delante ni detrás de
nosotros. Abracé a Fangfang y la besé dulcemente. ¿Eh?, ¿qué pasa? Bueno, ella
no quiere que hable de eso, regresemos al Templo de la Perfecta Benevolencia.
Se encontraba en una ladera de la colina, en la orilla opuesta. Entre las tejas
de color amarillo dorado crecían matas de hierbas silvestres que se distinguían
perfectamente.
El agua del río era cristalina. Cogí en una mano los zapatos
de tacón alto de Fangfang y mis sandalias de cuero. Le di la otra. Llevaba la
falda arremangada. Avanzábamos a tientas, descalzos en el agua. Hacía mucho que
no caminaba así. Hasta las piedras resbalosas del río se me clavaban en los
pies.
-¿Te duelen? -le pregunté a Fangfang.
-Me gusta -respondiste en voz baja. Durante nuestra luna de
miel hasta tener los pies doloridos era una sensación de felicidad. Y todas las
desgracias del mundo parecían escurrirse entre los dedos de los pies. Parecía
que hubiéramos regresado a la infancia, descalzos como niños que juegan en el
agua.
Fangfang saltaba de una piedra a otra, yo mantenía su mano
en la mía y, a veces, tarareaba una canción. Una vez que cruzamos el río,
corrimos hacia la colina, riendo y gritando. Fangfang se lastimó un pie y yo
estaba terriblemente preocupado, pero ella me tranquilizó, no pasa nada, cuando
me ponga los zapatos voy a sentirme bien. Yo dije que era mi culpa, pero ella
dijo que si yo estaba contento, ella estaba satisfecha y que entonces quería
lastimarse el pie. Está bien, ya no voy a decir nada, no importa. Como ustedes
son nuestros mejores amigos, como ustedes se han tomado molestias por nosotros,
debemos hacer que compartan nuestra felicidad...
Así escalamos la colina hasta la puerta de piedra situada
frente al templo. Pasando el muro del patio, que se había derrumbado, estaba un
canal por donde corría un agua cristalina conducida en un tubo desde una
estación de bombeo. Detrás del muro derruido, en el gran patio del templo,
había un jardín de hortalizas y, muy cerca, una pila de excrementos. Esto nos
recordó la época en que recogíamos los excrementos, en el campo. Ahora esos
tiempos difíciles se los había llevado el viento. Sólo quedaban algunos
recuerdos tristes, pero también muy dulces, y también quedaba nuestro amor.
Bajo ese sol brillante teníamos la certeza de que nadie podría interferir en
nuestro amor, que ya nadie podría molestarnos.
Frente al gran templo aún se encontraba un brasero de metal.
Seguramente era demasiado pesado, imposible de mover. Y era tan macizo que no
podía romperse. Así que se había quedado frente al templo en ruinas, cuya
entrada resguardaba. La puerta estaba cerrada con un candado. El enrejado de la
ventana estaba completamente podrido. Ahora el templo debía hacer las veces de
granero para el equipo de producción.
En los alrededores ni un alma. Todo estaba en paz. El viento
gemía entre los viejos pinos ante el templo. Como no había nadie que nos
perturbara, nos acostamos en la hierba, a la sombra de los árboles. El viento
de la montaña ahuyentaba el calor del verano y traía bocanadas de frescura.
Fangfang se había acurrucado en mi pecho y mirábamos una nubecilla deshilacharse
en el cielo azul. Sentíamos una felicidad indescriptible, una felicidad
perfectamente serena.
Hubiéramos podido seguir embriagándonos en esa calma, pero
se oyó el ruido de un andar pesado. Los pasos resonaban en las baldosas de
piedra. Me incorporé y volví la vista hacia ellos. Efectivamente, un hombre
había flanqueado la puerta del templo y se dirigía hacia el sitio donde nos
habíamos acostado. Fangfang se sentó a su vez. El hombre avanzaba en medio del
camino de piedra. Era de mediana edad, corpulento, con el pelo revuelto, las
mejillas invadidas por la barba, el rostro sombrío. Bajo el poblado entrecejo,
una mirada glacial nos contemplaba.
Paso a paso, seguía avanzando hacia nosotros. El viento
gemía entre los pinos, teníamos un poco de frío. Seguramente vio nuestras
miradas inquisitivas y alzó ligeramente la cabeza hacia el templo. Luego,
entrecerrando los párpados, se puso a contemplar las hierbas silvestres que se
mecían al viento entre las tejas laqueadas del techo relumbrantes bajo el cielo
azul.
Se detuvo ante el brasero y le pegó con la mano. De
inmediato se elevó una vibración sorda. Sus dedos de grandes articulaciones
nudosas parecían tan duros como el metal. En la otra mano llevaba una vieja
bolsa raída de lona negra y brillante. No tenía en modo alguno el aspecto de un
miembro de la comuna popular que hubiera venido a trabajar en la hortaliza. Se
puso a mirarnos nuevamente, escudriñando los zapatos de tacón alto que Fangfang
había arrojado a la hierba, así como nuestras bolsas de viaje. Fangfang se puso
los zapatos inmediatamente. Nos tomó por sorpresa cuando nos saludó con un:
-¿Andan de viaje?
Asentí con la cabeza.
-Hace buen tiempo, ¿no creen? -tenía ganas de trabar
conversación.
Bajo el poblado entrecejo, los ojos habían perdido su frialdad.
Parecía un buen hombre. Llevaba unos zapatos de cuero descosidos de algunas
partes, con suelas recortadas de una llanta. El ruedo de los pantalones estaba
mojado; evidentemente había atravesado el río viniendo de la capital.
-Aquí está fresco y muy bonito -dije poniéndome de pie.
-No se levante, yo ya me voy.
Parecía disculparse. Luego él también se sentó en la hierba,
cerca del camino de piedra. Abrió su bolsa y nos preguntó:
-¿Comen melón? -y sacó uno de la bolsa.
-No, gracias. -Yo me apresuré a rechazarlo. Pero él nos
arrojó el melón. Lo tomé y le hice señas de que se lo devolvería.
-No es nada, traigo la bolsa llena de melones -dijo
sopesando la bolsa de la que sacó otro melón.
No podía seguir rechazándolo, así que saqué de la mía un
paquete de bollos y se los ofrecí:
-Pruebe usted también nuestros bollos.
Cogió un pedazo de un bollo y lo puso encima de su bolsa.
-Con eso me basta, coman -dijo, apretando entre sus grandes
manos el melón que en seguida se abrió con un crujido.
-Están limpios, los lavé en el río. -Luego dejó caer de la
mano las semillas del melón y gritó en dirección a la puerta del templo-: Ven a
descansar, ven a comer melón.
-Aquí hay un grillo. -La voz de un niño nos llegó de más
allá de la puerta.
Un niñito con una jaula de malla de alambre en la mano
apareció en la cuesta de la colina.
-Está bien, voy a atraparlo -respondió el hombre.
El niñito se dirigió hacia nosotros brincando y retozando.
-¿De vacaciones? Yo también -averigüé acerca de ellos y
partí el melón con las manos, imitándolo.
-Hoy es domingo, lo traje a pasear -respondió.
Absortos en nuestro festejo, habíamos olvidado en qué día
estábamos. Fangfang me sonrió mordiendo el melón que yo había partido. Quería
decirme que debíamos hacer algo bueno por alguien. En el mundo los hombres
buenos siguen siendo los más numerosos.
-Come, te lo regalan estos señores -dijo al niño que miraba
el bollo de huevos y leche colocado encima de la bolsa.
Evidentemente el niño, que seguramente había crecido en esta
capital, veía por primera vez este tipo de bollo. De inmediato se apoderó de
él.
-¿Es su hijo? -le pregunté.
No me respondió, sino que le dijo al niño: -Coge tu melón y
vete a jugar. En seguida te atraparé un grillo.
-¡Quiero cinco! -dijo el niño cogiendo el melón.
-Bueno, cinco.
El niño se fue corriendo, con la jaula en la mano. El hombre
se quedó viendo la figura del niño, en las comisuras de los ojos se le formaron
unas profundas arrugas. Bajo su apariencia severa se ocultaba la ternura de un
padre.
-No es mi hijo -dijo, bajando la cabeza y sacando un
cigarrillo. Lo encendió y aspiró una larga bocanada. Comprendiendo nuestro
asombro, prosiguió-: Es el hijo de mi primo. Quisiera adoptarlo, si es que él
quiere vivir conmigo.
De inmediato comprendimos que debían ser muchos los sentimientos
que se arremolinaban en el corazón de este hombre rudo.
-¿Y su esposa? -preguntó Fangfang sin poder evitarlo.
No respondió, sino que siguió aspirando profundamente el
humo de su cigarrillo antes de levantarse y alejarse. Sentimos la frescura del
viento. En el techo de tejas laqueadas de amarillo dorado, los brotes nuevos de
hierba que habían salido con la primavera, tan altos como las viejas espigas
secas, se agitaban al viento. Los aleros del techo se dibujaban contra el cielo
azul, una nube blanca pasaba, dando la impresión de que el universo se ladeaba.
En la punta del alero una teja estaba a punto de caerse. Quizá llevaba años
ahí, inmóvil.
El hombre estaba de pie en el basamento del muro en ruinas,
con los ojos fijos en el valle que se abría detrás de nosotros. A lo lejos se
veían las ondulaciones de una colina, más alta aún que la colina donde
estábamos y más escarpada también. En la ladera no se veían ni campos en
terrazas ni casas.
-No debiste de haberle hecho esa pregunta -le dije.
-Ya no hablemos de ello. -Fangfang parecía molesta.
-¡Aquí hay un grillo! -La voz del niño nos llegaba desde la
colina. Parecía estar muy lejos, pero lo oíamos perfectamente.
El hombre se fue en esa dirección, columpiando en el extremo
del brazo la pesada bolsa de los melones. Bajó la cuesta. Tomando a Fangfang
del brazo, la atraje hacia mí.
-Déjame. -Se soltó.
-Tienes pasto en el pelo -le expliqué, quitándole una aguja
de pino enredada en sus cabellos.
-Esa teja se va a caer -dijo Fangfang. También ella se había
fijado en la teja rota de color amarillo dorado que iba a desprenderse.
Murmuró-: Sería lo mejor, no vaya a ser que lastime a alguien.
-Todavía puede tardar mucho -le dije.
Fuimos al terraplén donde se había detenido el hombre. El
pequeño valle estaba cubierto de campos con densos sembrados de maíz y mijo, de
un verde intenso, que esperaban la cosecha de otoño. A nuestros pies, en un
rellano, se apretujaban algunas casas de adobe con las paredes encaladas hasta
la mitad. El sendero que descendía por el valle pasaba cerca de las casas.
Llevando al niño de la mano, el hombre caminaba por la vereda que serpenteaba
entre los plantíos. De repente, el muchacho se puso a caracolear como un
caballo al que le hubieran soltado la brida. Se echaba hacia adelante, se daba la
vuelta y luego regresaba hacia atrás, columpiando su jaula de malla de alambre
en dirección al hombre.
-¿Crees que vaya a atraparle grillos?
Te acuerdas, Fangfang, que me hiciste esta pregunta.
-Claro, claro -te dije.
-¡Quiero cinco! -dijiste con tono malicioso.
Esto, esto es lo que yo quería decirles sobre el Templo de
la Perfecta Benevolencia adonde fuimos de viaje para nuestra luna de miel.