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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 5 de junio de 2013

En el jardín

Relato gales

El chico tenía más miedo del jardín oscuro que
de ninguna otra cosa en el mundo. Ya al atardecer le aterraba, pero cuando
cerraba la noche y los árboles hablaban por su cuenta, el jardín era demasiado
atroz para pensar incluso en él.
Trató de convencerse de que más allá de los rojos cortinajes no había nada en
absoluto, que no había nada en ninguna parte, tan solo la habitación iluminada,
su madre y él mismo. Por la mañana, el jardín se llenaba de delicias: la hierba
estaba larga y descuidada, había girasoles que nadie había plantado allí.
Contra la tapia del fondo había un invernadero, la casa de los escarabajos,
donde guardaba sus colecciones de guijarros raros y de postales. Allí estaba
sentado todo el tiempo que duraba la luz del sol, de espaldas a la caja de
madera del asiento, con los pies sobre un viejo y misterioso baúl. El baúl era
tanto más fascinante, porque no contenía nada en absoluto. Una vez abrió el
cierre oxidado con su cortaplumas, y con gran temor había alzado la tapa, para
encontrarse con el interior vacío y el olor a podredumbre. Tuvo la certeza de
que en alguna parte debía haber un cajón secreto que contenía unas cuantas
piedras preciosas tan brillantes como el sol; cuando las descubriese, vendería
el tesoro a un rico mercader a cambio de un viaje a las islas de los loros.
Sin embargo, cuando los últimos jirones del sol poniente declinaban tras la
chimenea más alta, oía las voces de advertencia, que le avisaban de que era
hora de marcharse, y sabía en el acto que en algún lugar, en medio de las
sombras que empezaban a cercarlo, rondaban los feos habitantes nocturnos del
jardín. Cerraba entonces la puerta del invernadero despacio y con suavidad, y
volvía por el sendero hasta llegar a los tres peldaños de piedra que daban
entrada al anexo de la cocina. Los subía de un salto y entraba a todo correr en
la casa, con los demonios de la noche pegados a sus talones.
Era una noche muy calurosa. Las ventanas estaban abiertas, y las mariposas
revoltosas entraban arremolinadas en la casa para estirar las largas patas allí
donde resplandecían las llamas del gas. Al chico le gustaba verlas mientras
revoloteasen pegadas al techo, pero las odiaba en cuanto caían mareadas sobre
el hule que cubría la mesa o cuando le caían a ciegas sobre la cara; lo peor de
todo eran las grandes polillas grises que tropezaban revoloteando por toda la
habitación, pues de sobra sabía que estaban coaligadas con las cosas del
jardín, allá fuera.
-Aquí dentro hace calor -dijo su madre de repente-. Saca las sillas al césped.
Lo dejó a solas en la cocina. Él tomó una silla, pero la dejó en el suelo y fue
al anexo. Abrió la puerta del jardín y una gran polilla gris le dio en la cara.
Salió al jardín e hizo frente a los enemigos.
Encapuchados, con guantes negros, estaban de guardia en los senderos, de pie
por toda la hierba. Irguió los hombros y subió con valentía a lo alto de las
escaleras. No acertaba a ver la cara de las sombras, pero ellas sí le veían la
cara, pues estaba enmarcado por la luz que salía de la puerta abierta. Pensó en
el invernadero por la mañana, amigable, coloreado por el polvo que flotaba a la
luz, y pensó en el baúl en que estaba el tesoro. Salió hasta donde empezaba la
hierba y no oyó una advertencia de los árboles por culpa del martilleo de su
corazón. A medida que avanzaba, las sombras le hacían reverencias y retrocedían
un poco, dejando el camino expedito a las tinieblas, que eran mucho más
temibles.
Se detuvo, pues estaba más asustado de lo que jamás llegó a pensar. El jardín
se revolvía y bullía en derredor, las paredes y los árboles se disparaban hacia
lo alto, tanto que no alcanzaba a vislumbrar el cielo. El tejadillo apuntado
del invernadero ascendía hacía el cielo oscuro como un campanario. El chico no
osó mirar detrás de sí, pues sabía que estaba rodeado por sus enemigos, y que
habían entrelazado sus brazos a sus espaldas. Pronto, muy pronto estrecharían
el cerco a su alrededor como si estuvieran jugando con toda su inocencia a la
gallina ciega o a un juego similar, y cualquiera de ellos le echaría una capucha
por encima de la cabeza. Esperó, esperó y no pasó nada, tan solo el gradual
crecimiento de los árboles, de las paredes y de aquella torre de forma extraña,
cada vez más altos. No los veía; se había tapado los ojos con ambas manos. El
cerco se cerraba a su alrededor. Oía sus pasos sobre la hierba, oía el susurro
de sus ropajes sobre el suelo húmedo.
Echó la cabeza hacia atrás y miró directamente a los ojos de la sombra más
alta. Pasó largo rato mirándolos. Luego sonrío a su amiga la sombra y le tendió
los brazos. La puerta del invernadero batió por efecto del viento y vio que el
baúl, abierto y vuelto sobre un costado, estaba repleto de fuego. Las piedras
preciosas salían en chorros de plata, de oro y de azul. El jardín resplandecía
gracias a su colorido.
Abrió un poco más los brazos y las piedras le saltaron al pecho. Sonrió a sus
silenciosos vigilantes, que no se atrevieron a mirarle a los ojos. Poco a poco
se fundieron, y los árboles se fundieron con ellos. Recogió las joyas y, de
rodillas, las fue colocando en el regazo de su amiga. La puerta del invernadero
se cerró sin hacer ruido al caer el cerrojo, cesó de soplar el viento, el chico
sonrió sin osar moverse.
Su madre lo llamó. Lo volvió a llamar y él tampoco contestó, de modo que salió
corriendo al jardín con su nombre en los labios. Allí, en medio de la hierba,
encontró al niño arrodillado con la cara en las manos, bajo la cegadora luz de
la luna.