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Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 17 de junio de 2013

La libertad


Relato Italiano

Mi amigo
Alessio me confiesa que no le gustan los niños. No porque sean molestos, me
dice, sino porque con sólo mirarlos se comprende que viven en un mundo que no
es el nuestro y ven, sienten, escuchan, otras cosas que nosotros. Aquí en la
playa hay muchos; hablamos, por supuesto, de los que tienen más de tres años,
que andan y juegan a su aire. Los hay deliciosos, especialmente los rubitos;
alguno chilla, hace el tonto, escapa. Pero alguno, a veces, se detiene erguido
frente al mar, mira la arena, la tantea con el pie desnudo, o bien se sienta a
la espera: son ésas las actitudes que paran a Alessio.
Auténtico odio lt inspiran los más mayorcitos, de unos seis, ocho años. Porque
éstos no sólo viven a su manera, sino que también saben darse cuenta, y lo
escudriñan de abajo arriba, valorándolo. Los pequeñines, si no les convence su
cara, a lo sumo escapan o se ponen a chillar; pero estos otros no ceden, no
tienen motivo para ceder: lo miran o, peor, ni se dignan mirarlo.
-¿Y qué harás ahora? -dice un día a mi hijo, que se había colgado de la rama
transversal de un olivo y no sabía ni regresar al tronco ni dejarse caer. Acabó
dejándose caer y luego fingió no poder levantarse y empezó a bramar, y Alessio
sin acercarse lo miró entre asustado y rabioso.
-Así me gusta -se dijeron mutuamente, Alessio con rabia, y el otro saltando en
pie, pero fue Alessio quien se quedó incómodo.
Alessio está casado, pero no tiene hijos. Su mujer le cuenta a la mía que no
hacen nada para no tenerlos. Estoy convencido de que si tuviera un hijo estaría
chocho con él, pero da igual, no lo tiene, y se pasa el tiempo abominando de
esa raza.
-No es que no los quiera -me dijo una vez. Teníamos delante toda una pandilla
que confabulaban jugando a las cartas sobre la arena.- Mira qué caras. Parecen
tahúres. Lo que espanta de esa gente es que, sin ser responsables, se comportan
como si lo fueran. ¿Por qué ese flaco se ha tapado la nariz con el pañuelo? No
es sólo imitación. Tienen otros motivos. No los saben ni ellos. Y cuando sean
hombres, obrarán en consecuencia.
Efectivamente, cuando paseamos con Alessio, la playa que un momento antes era
sólo algarabía y serenidad, se transforma en un limbo de almas inquietas, de
instantes silenciosos que aíslan a cada cual, grande o pequeño, y le dan una
angustia, un malestar que no aparecen a flor de rostro, pero que se recordarán.
Hablábamos de los niños. Y Alessio está obsesionado con la idea de que, en su
inconsciencia, cada niño va experimentando y auscultando en su interior los
instintos, las veleidades, las voces que seguirá de adulto. Según Alessio, es
monstruoso que en una edad de mero juego, de humores y caprichos irresponsables,
se vaya formando, como se forma bajo el agua un coral, todo el esquema de la
conducta futura. Se enfervoriza con esta conversación. Evidentemente habla de
sí.
Mi hijo no tiene pinta de prestar oídos a las voces del instinto. Es un poco
granuja y burlón, pero no tiene mal fondo. Piensa sólo en divertirse y
zambullirse de cabeza. Alessio dice que a los siete años él era igualito.
-Mira -me explica-, no es que a esa edad se tenga conciencia de uno mismo, y se
razone sobre los propios actos para aclararse su valor. Es evidente. No en vano
los niños viven en un mundo distinto del nuestro. Los niños no piensan, actúan.
Por eso se llaman instintivos. Pero es justamente esa inocente elección que se
produce dentro de ellos: por ejemplo, ante un peligro uno llora, otro escapa,
otro se tira al suelo, otro silba; y ellos no lo saben pero, de hombres, harán
lo mismo.
-¡Qué va! ¿Y la libertad?
Alessio dice que de la libertad se le da un bledo y que no quiere oír hablar de
ella. Tiene salidas bruscas de ésas; y luego, a lo mejor al cabo de media hora,
vuelve sobre el tema y tiende a disculparse. Eso le ocurre también con su
mujer, que tiene un aire siempre un poco asustado. -Alessio -dice ella-
necesita agitarse para querer. Y luego se avergüenza. -Mi mujer, que la conocía
antes de la boda, como yo conocía a Alessio, supo por ella una torva historia
de excesos a los que mi amigo se entregaba a cada obstáculo en su amor. También
yo estaba al tanto, pero a mí no me había dicho mi amigo que la amargura de los
excesos le servía para hacerse perdonar y redimir por su novia. Alessio tiene
los ojos azules, y cuando está abatido es imposible ver sin emocionarse cómo
los revuelve distraído. Y él lo sabe.
El otro día, que castigué a mi hijo porque había hecho no sé qué, Alessio me
preguntó: -¿Adonde va ahora?
-A meterse debajo de la escalera como un perro apaleado -respondí. Él,
entonces, saliendo conmigo, empezó a contarme que cuando era un niño de seis o
siete años hacía lo mismo. -Ciertas veces estaba contento de que me pegaran,
porque así me sentía desesperado y podía mirar orgullosamente al cielo, o
encerrarme con el gato en el balcón y llorar sobre su lomo. Nadie sabía que en
ese momento toda mi familia, y el pueblo, y el mundo entero, existían sólo para
torturarme y que este placer era tan grande que no lo habría cambiado por los
besos de nadie. Podía hacerlo entonces, era una cosa inocente. Pero quien
advierta que lo repite a los quince años, a los dieciocho, a los veinticinco, y
en el abatimiento se deja ir como una esponja en el agua, ¿es todavía un
inocente o es un desgraciado? La naturaleza no se desmiente.
-Digamos que es un sentimental.
Alessio torció el gesto. 
-Había días que decía «Sí, papá», y mientras tanto pensaba en lo estupendo que
sería quitarle la corbata y degollarlo. ¿Esto te parece sentimental?
-Evidentemente.
Pero Alessio sabe que me encanta bromear, y no se ofendió. Me dijo en cambio
que mi hijo estaba saboreando en aquellos instantes los sufrimientos de toda la
vida futura. Nos hallábamos en la playa y me distraje mirando los cuerpos
tumbados. Había un grupo de chicos que discutían sobre alguno de sus juegos;
reconocí a varios amigos de mi hijo, pero a él no lo vi. Busqué a mi mujer:
estaba tumbada de bruces en la arena y se tostaba la espalda. Intercambié aún
unas palabras, inquieto; luego no me aguanté más. Dije a Alessio que me
esperase en la sombrilla y regresé a casa.
Recuerdo que a Guido le había dado una seca bofetada en público, manteniendo el
rostro impasible como suele hacerse en tales casos; y la bofetada había sido la
conclusión de un largo forcejeo de miradas tensas entre los dos. Ya la noche
antes había habido tormenta por otra travesura, y ahora comprendía que el
chiquillo podía encontrarse en el estado de ánimo descrito por Alessio. Lo busqué
en el patio, en la casa vacía - las habitaciones desordenadas y desnudas de
cuando todos están en la playa. Vi sus pantalones en una silla, pero él no
estaba.
Fastidiado pero con el corazón agitado, iba a salir cuando oí un crujido en el
patio. Alcé los ojos. ¿Cómo no lo había visto antes? Mi hijo estaba encaramado
en el techo del retrete con las rodillas bajo el mentón, y miraba sin mirar a
mí y a la calle. Con lo moreno que estaba, su rostro era impasible.
-¿Qué haces? -le pregunté.
Guido dejó pasar un instante y respondió con un gruñido.
-¿Por qué encima del retrete?
-Por nada.
Se miró ostentosamente las puntas de los pies. Yo no sabía qué decir; sobre
todo no quería que se diera cuenta de que había ido a buscarlo.
-Tu madre te busca -dije.
Guido sonrió desdeñoso. Una sonrisa que, así de abajo arriba, nunca le había
visto.
-¿No vienes a bañarte?
-Déjame en paz -refunfuñó Guido, y aquella sonrisa se disipó en los simples
morros que conozco. No sólo desdeñosa, sino que en el relámpago de los ojos
había habido algo cruel, maligno. Sabía perfectamente que si le hablaba de eso
sólo lo obligaría a mentir. Por eso me contenté con no tomármelo por la
tremenda y decirle que viniese a jugar y ayudarlo a bajar.
Recuerdo que Guido fue caritativo y no adoptó un aire exultante con su
victoria. Pero esto va mucho con el carácter descrito por Alessio.