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Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 18 de junio de 2013

Los dragones


Relato del Brasil

«He venido a ser hermano de los dragones y compañero de los avestruces.»
(Job XXX, 29.)

Los primeros dragones que aparecieron en nuestra ciudad sufrieron mucho por el
atraso de nuestras costumbres. Recibieron enseñanzas precarias y su formación
moral quedó irremediablemente comprometida por las absurdas discusiones
surgidas con su llegada al lugar.
Pocos supieron comprenderles y la ignorancia general hizo que, antes de
iniciada su educación, nos perdiésemos en contradictorias suposiciones en
cuanto al país y raza a que podrían pertenecer.
La controversia inicial fue desencadenada por el vicario. Convencido de que
ellos, a pesar de su apariencia tierna y dócil, no pasaban de enviados del
demonio, no me permitió educarles. Ordenó que fuesen encerrados en una vieja
casa, previamente exorcizada, en la que nadie debía penetrar.
Cuando se arrepintió de su error, la polémica ya había cundido y el viejo
gramático les denegaba el calificativo de dragón, «cosa asiática, de
importación europea». Un lector de periódicos, con vagas ideas científicas y
estudios de la primaria sin terminar, hablaba de monstruos antediluvianos. El
pueblo se santiguaba, mencionando «mulas-sin-cabeza», «hombres-lobo».
Sólo los niños, que jugaban furtivamente con nuestros huéspedes, sabían que los
nuevos compañeros no eran más que dragones. Sin embargo, no se les hizo caso.
El cansancio y el tiempo vencieron la terquedad de muchos: aunque mantenían sus
convicciones, evitaban abordar el asunto.
Al poco tiempo, no obstante, volvieron sobre el tema. Sirvió de pretexto una
sugerencia de aprovechamiento de los dragones en la tracción de vehículos. A
todos les pareció buena la idea, pero discutieron ásperamente cuando se trató
del reparto de los animales. El número de éstos era inferior al de
pretendientes.
Como deseaba poner punto final a la discusión, que se intensificaba sin
alcanzar objetivos prácticos, el cura suscribió una tesis: los dragones
recibirían nombres en la pila bautismal y serían alfabetizados. Hasta aquel
instante había actuado yo con habilidad, evitando contribuir a exacerbar los
ánimos. Y si en ese momento me faltó la serenidad y el respeto debido al buen
párroco, debo culpar a la insensatez reinante. Iracundo, manifesté mi
desagrado:
-¡Si son dragones! ¡No necesitan ni nombres ni bautizo!
Perplejo ante mi actitud, nunca discrepante de las decisiones aceptadas por la
colectividad, el reverendo hizo gala de gran humildad y renunció al bautizo.
Recompensé su gesto, resignándome a la exigencia de los nombres.
Cuando, sustraídos del abandono en que se encontraban, me los entregaron para
que los educara, comprendí la extensión de mi responsabilidad. La mayoría de
ellos había contraído dolencias desconocidas y, por consiguiente, varios
fallecieron. Sobrevivieron dos, desgraciadamente los más corrompidos. Mejor
dotados en astucia que sus hermanos, se escapaban por la noche del caserón e iban
a embriagarse a la bodega. El dueño del bar se divertía al verlos borrachos y
no les cobraba nada por la bebida que les ofrecía. La escena, con el transcurso
de los meses, perdió la gracia y el bodeguero terminó por negarles alcohol, así
que, para satisfacer su vicio, se vieron forzados a recurrir a pequeños hurtos.
No obstante, yo creía en la posibilidad de reeducarlos y superar el
escepticismo de todos en cuanto al éxito de mi misión. Me valía de mi amistad
con el comisario para sacarlos de la cárcel, adonde se los llevaban siempre por
los mismos motivos: robo, embriaguez, desorden.
Como jamás había enseñado a dragones, empleaba la mayor parte del tiempo
inquiriendo acerca de su pasado, familia y métodos pedagógicos seguidos en su
tierra natal. Conseguí muy pocos datos de los sucesivos interrogatorios a que
les sometía. Dado que habían venido jóvenes a nuestra ciudad, se acordaban de
todo de forma confusa, inclusive de la muerte de su madre, que se despeñó por
un precipicio, justo después de la escalada de la primera montaña. Para
dificultar mi tarea, se añadía a la debilidad de memoria de mis pupilos su
constante malhumor, motivado por las noches mal dormidas y las resacas de las
borracheras.
El ejercicio continuado del magisterio y la falta de hijos contribuyeron a que
yo les dispensase una asistencia paternal. Igualmente, un cierto candor que
aparecía en sus ojos me obligaba a perdonar faltas que no perdonaría a otros
discípulos.
Odorico, el mayor de los dos, me ocasionó más contrariedades. Calamitosamente
simpático y malicioso, se alborotaba ante la presencia de unas faldas. Por
causa de éstas y, principalmente, por una holgazanería innata, huía de las
clases. A las mujeres les parecía ocurrente y hubo una que, enamorada, abandonó
a su esposo para irse a vivir con él.
De todo hice para destruir la pecaminosa unión y no logré separarlos. Se me
enfrentaban con una resistencia sorda, impenetrable. Mis palabras perdían el
sentido en el camino: Odorico le sonreía a Raquel y ésta, tranquilizada, se
volvía a inclinar sobre la ropa que lavaba.
Poco tiempo después fue encontrada llorando al lado del cuerpo del amante.
Atribuyeron su muerte a una bala perdida, probablemente de algún cazador con
mala puntería, pero la mirada del marido desmentía la versión.
Con la desaparición de Odorico, mi mujer y yo transferimos nuestro cariño al
último de los dragones. Nos empeñamos en su recuperación y conseguimos, con
algo de esfuerzo, alejarle de la bebida. Posiblemente ningún hijo nos hubiese
compensado tanto por lo que logramos con ardua paciencia. Ameno en el trato,
Joao se aplicaba en los estudios, ayudaba a Joana en las labores domésticas,
traía la compra hecha en el mercado. Terminada la cena nos instalábamos en la
terraza y observábamos su alegría cuando jugaba con los niños del vecindario.
Se montaban en su espalda y daban volteretas.
Una noche, al regresar de la reunión mensual con los padres de los alumnos,
encontré a mi mujer preocupada: Joáo acababa de vomitar fuego. También
inquieto, comprendí que había alcanzado la madurez.
Este hecho, lejos de hacerle temido, hizo crecer la simpatía que disfrutaba
entre chicas y chicos del lugar. Sólo que ahora paraba poco en casa. Estaba
constantemente rodeado de grupos alegres, que le incitaban a que echase fuego.
La admiración de unos, los regalos e invitaciones de otros, le encendían la
vanidad. Ninguna fiesta alcanzaba éxito sin su presencia. Ni siquiera el cura
prescindía de su asistencia a las fiestas del patrono de la ciudad.
Tres meses antes de las grandes riadas que asolaron el municipio, un circo de
caballitos animó el poblado, nos deslumbró con audaces acróbatas, graciosísimos
payasos, leones amaestrados y un hombre que tragaba ascuas. En una de las
últimas exhibiciones del ilusionista, unos jóvenes interrumpieron el espectáculo
con gritos y palmas acompasadas,
-¡Tenemos cosa mejor! ¡Tenemos cosa mejor!
Al juzgar que se trataba de una broma de los muchachos, el presentador aceptó
el desafío: -¡Que venga esa cosa mejor! El personal de la compañía tuvo que
contemplar decepcionado cómo bajaba Joao a la arena entre los aplausos de los
espectadores y realizaba su acostumbrada proeza de vomitar fuego.
Al día siguiente ya recibía varias proposiciones para trabajar en el circo. Las
rechazó, puesto que difícilmente encontraría algo que sustituyese al prestigio
con el que contaba en la localidad. Alimentaba incluso la pretensión de
elegirse alcalde. Pero eso no ocurrió. Unos días después de que se marcharan
los saltimbanquis se advirtió la huida de Joao. Varias e imaginativas versiones
corrieron sobre su desaparición. Contaban que se había enamorado de una de las
trapecistas, especialmente designada para seducirle; que se inició en los
juegos de cartas y que volvió a sucumbir al vicio de la bebida.
Sea cual fuere la razón, desde entonces han pasado muchos dragones por nuestras
carreteras. Y por más que mis alumnos y yo, apostados en la entrada de la
ciudad, les instamos a que permanezcan entre nosotros, ninguna respuesta
recibimos. Formando largas filas, se encaminan a otros sitios, indiferentes a
nuestros ruegos.