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lunes, 29 de julio de 2013

Todo eso


Relato Argentino


Mucho antes de todo eso que la adolescencia suele desencadenar, como la timidez, el resentimiento, la codicia, el deseo, el onanismo, las ganas de ser libre, de tener ya cumplidos los proyectos y los sueños; el terror a la homosexualidad y al fracaso, el deseo de poder y la comodidad del sometimiento; el rencor, la rabia, las culpas y el amor jugando definitivamente en cada antiguo niño, actualmente hombre, es decir ex niño miserable, aterrorizado y entrampado por el futuro, enredado en su memoria.
Fue mucho antes, cuando era en realidad un niño. Hacía muy poco que me enseñaban a leer y aquella palabra, "Lola", que pude dibujar sobre un cuaderno, quería decir eso, nada más; como escribir "sal", que significa simplemente "sal" y no otras cosas, una locura del lenguaje que empieza a acechar después, en cada palabra, cuando ella es una apariencia que se acerca o se aleja del sentido o del deseo que uno quiere expresar; entonces no. Lola era una criada que vivía en la casa y no era otra cosa y había una palabra que permitía conocer cómo se llamaba; era nombrar a esa mujer. Después descubrí que en realidad no estaba enamorado, sino que la deseaba. Pero entonces "Lola", no era también el deseo o el amor, sino algo menos, o tal vez más neto; menos impreciso, menos vasto.
Se pusieron contentos el día que escribí esa primera palabra y que di mi primer paso hacia la civilización. Sobre todo ella debió quererme un poco más a partir de ese día; desde entonces coleccionaría, hasta su muerte, durante más de veinte años, todo lo que fuera escribiendo. Era algo así como-una-madre-para-mí, como se suele decir, pero durante años me molestó su solidez; mucho tiempo tuvo que pasar para que me diera cuenta de que la admiraba. Era hermana de mi madre y no hace mucho que ha muerto, dejándome abiertamente desolado; dentro de poco seré un viejo y, no obstante, al enterarme, quedé como pude haber quedado entonces, cuando era un chico todavía, cuando era necesario aprender a escribir y ella, y no otra, fue la única que debía enseñarme.
Hablar así de la muerte y de los vacíos que la muerte ocasiona, me resulta difícil; esto me hace pensar en que tal vez sea un sentimental vergonzante, o que por pudor no pueda soportar las frases hechas al respecto, o que quiera disimular mis emociones, o que las invente para dar lástima, o para llamar la atención; por eso quizás sea mejor hablar de otra cosa, más que de esa madre lateral y eficiente que me enseñó a escribir; o de Lola, o de aquella primera palabra que la nombró.
En la casa había muchos gatos por ese entonces y me dijeron que los Reyes Magos no existían; esa noticia me hizo llorar; no porque me importara mucho Melchor, o Gaspar, o el otro: no me resignaba a admitir que me hubiesen engañado de una manera tan simple.
Esa tarde, estuve durante horas subido a un árbol como protesta, pero nadie lo advirtió; después de que pasara mucho tiempo, se asomó una vecina, me vio y comenzó a implorar que bajara: yo estaba muy alto y me indignaba que sólo en una desconocida tuviera resonancias mi rebeldía; por eso me tiré desde lo alto del árbol sobre ella, y la desmayé. Esa tarde jugué a que me ahorcaban y, sin quererlo, me abrí un hilo de sangre alrededor del cuello. "Se ha degollado", gritó mi padre y me asusté mucho y me sentí muerto de verdad; pero no era eso: estaba solo.
Solo, jugaba con los gatos y los soldados de plomo y las ratas del granero; solo, me disfrazaba con esas enormes espadas -más altas que yo- que mi padre había colgado en una panoplia forrada en terciopelo azul, solo, jugaba con mi perro que luego mi padre regalaría.
Solo estuve siempre, por lo visto; lo más lejano que recuerdo fue el día en que murió mi abuelo y buscaron un irrigador para darle al pobre la última enema; después que lo enterraron, todos los hombres y todas las viudas de mi abuelo se sentaron alrededor de la mesa y yo me escurrí entre las patas y las piernas y, como tampoco nadie se interesó por esa incursión que hacía debajo de la mesa, mordí una pantorrilla de alguien que resultó ser un tío. Arriba de la polaina, sobre la media, hinqué los dientes y sentí enseguida el grito de dolor y pensé que mi abuelo había resucitado.
Pero mi abuelo estaba muerto del todo y merecerían un párrafo especial su buen apetito, su ascetismo frente al vino, su amor por las mujeres y el tabaco. Fue dueño de un casino tan grande como el de Montecarlo y empresario de una compañía de zarzuelas; reñía en su rostro delgado la cicatriz que le había dejado un colmillo de jabalí, al que supo enfrentar con un cuchillo y unos cuantos cerros de los Pirineos como escenario; tal vez los mismos que inspiraron a Margarita de Angulema, la infanta virgen y perendeca de Navarra. Sé que un hijo suyo, un tío mío por tanto, intentó robarle una mujer, una buscona de casino, meretriz de fichas baratas, chorra de salón, quedadora de vueltos, aunque ambiciosa y con pretensiones, por lo visto; después de esta contingencia no levantó cabeza y en el término de una semana se quedó rengo a causa de esas putas que lo rodeaban; insatisfecha con el daño que le estaba haciendo al coquetear con su propio hijo, ella intentó matarlo atropellándolo con su automóvil. Mi abuelo se había detenido frente a una vidriera de Gath & Chaves atraído por unos guantes de antílope y, en eso, la vio venir hacia él, en su Lancia convertible, a toda velocidad, reflejada en la vidriera del negocio. Alcanzó a huir, pero una pierna, la izquierda creo, quedó prisionera entre el radiador abollado y la vidriera deshecha. Y renqueó toda su vida, de esa pierna y en realidad tuvo suerte pues pudo ocurrirle algo bastante peor, como morir. En el término de un mes se comió una cabeza de chancho que le resultó un poco indigesta, concurrió a las bodas de su hijo mayor, es decir, mi padre, y se trenzó a balazos por Lencinas, cerca del canal de Guaymallén y nuevamente lo hirieron, pero esta vez de gravedad; durante seis meses estuvo en coma, con un cargador completo en la desembocadura del duodeno y cuatro años después moriría víctima de catarro y me obligaría a que lo hiciera resucitar merced a un mordiscón en la pantorrilla de un tío que ni siquiera era uno de sus hijos: mi padre o aquel que le había quitado una mujer.
Allí, en ese pueblo de la provincia de Buenos Aires, donde solíamos pasar los veranos y donde trepé a un árbol, desmayé a una vieja, intenté suicidarme y aprendí a escribir el increíble nombre de una mujer, tuve mis amigos. Siempre estaba en la puerta, sentado y solo, como esperando a alguien que en realidad no sabía bien quién era; de todas formas me enteraba de las cosas que ocurrían por el barrio de ese pueblo y de esa muerte que me desconcertó: no sabía quién era la persona, pero había nacido en la ciudad de Posadas y era joven y mujer y ahora vivía por allí nomás, en una de esas casas y no pudo tener el chico, porque justamente se murió. Me enteré de esto escuchando una conversación entre dos vecinas: una de las dos mujeres, no la que contaba los hechos, sino la que se enteraba, comentó que ella ya estaba maliciando que iba a morir porque la desdichada hacía dos o tres tardes se había asomado a la puerta y "suspiró grande y miró lejos". Me enteraba de todo esto en el umbral de esa puerta, y fue un día en que el almacenero que atendía nuestros pedidos, me dijo si quería acompañarlo a que juntos hiciéramos el reparto en su carro, cuando tuve mi primer amigo.
Durante toda esa mañana anduvimos con su jardinera y cuando volví por la tarde me di cuenta de que nadie había notado mi ausencia. Sólo una tía, que era casi una hermana mayor, ya que parecía muy joven y ni siquiera sabía hablar bien como nosotros y era buena y poco exigente. En realidad la pobre era mogólica de nacimiento y, a duras penas, se movía por este mundo. Se llamaba Estela y hubo una sobrina suya que nació con los dedos unidos por una membrana, como un pato. Y estas historias me horrorizaban al principio, pero terminarían por divertirme.
El padre de esa hija palmípeda, especie de centauro, hembra del aire, semidiosa silvestre de los bañados, fue quien nos llevaría a El Hinojo. Era enemigo del caudillo Manuel A. Fresco y esa desavenencia supo traerle más de un dolor de cabeza, según me contaron. Era primo de mi madre y, más de una vez, lo sacaron de un comicio con el máuser al pecho o le cruzaron un alambre a la altura del cuello, en el puente que él, indefectiblemente, debía cruzar cuando regresaba a su casa. Tenía una voiturette descubierta y esto permitía que su carótida coincidiera con el alambre tenso, pero nunca llegó a ocurrir. Se decía que Lola era hija suya, pero nunca se pudo comprobar y ninguno de nosotros se atrevió a desearla en voz alta, por las dudas de que fuera hermana o prima de alguno.
Unos años después, Lola, la misma Lola de la primera palabra, una Lola envejecida, me contaría, con una capciosa minuciosidad cómo había dejado de ser una mujer virgen y cómo "había perdido tanta sangre". Tuve asco y ese relato me impidió acostarme por primera vez con una mujer. Me la había procurado la misma Lola, era una especie de salvaje limpia y fresca, bella y dura, como un árbol, nueva como un junco, como un chañar en el verano, como cualquier hoja cercana al agua, como una fruta de camalote, como un pato; tenía dieciséis años y tanto me dolió no poder conocer en ella los secretos-del-amor, aprenderlos, que enfermé gravemente; todavía suelo enfermarme por aquella carencia. Supe luego que había cedido su virginidad a otro y sé que, como Lola, perdió también en esa oportunidad abundante sangre, pero ya era distinto y no me importaba y fue mucho después de todo esto.
En aquel pueblo de la provincia de Buenos Aires conocí a mis primos. Eran hijos de un tío mío, no el que le había sacado una mujer a mi abuelo, sino el caudillo, primo de mi madre, enemigo de Fresco. Suponía ser más inteligente que esos primos, pero también sabía que era menos hábil para manejar motores y además que era más pobre; mi padre era universitario y no estanciero; pertenecía sin duda a la clase dirigente, pero no tanto. Estaba en la alta burguesía, pero no del todo, un poco menos; ni aristócrata, ni comerciante, ni empleado: nada. Esto me hacía sentir extraño con mis primos y, seguramente, traté de imitarlos y todo esto me hizo sentir bastante mal y me dio rabia y luego procuré despreciarlos, y entonces me sentí culpable. Sobre todo ganaría una inseguridad absoluta que para ese entonces sólo se manifestaba en un sabor desagradable y luego en la certidumbre de que era un advenedizo, un impostor.
Habían pasado los carnavales y pude ver los gauchos de verdad, de Güiraldes, de antes; ese gaucho arrogante, pero gaucho; ese hombre admirable, pero útil; con todos sus aperos, su dignidad, su lealtad de viejo y fiel mucamo, paseando su gracia sombría y aburrida, llenando de polvo la calle del corso. El carro de mi amigo, el almacenero, iba atestado de mascaritas, pero consulté y no me dejaron acompañarlo.
En plena algarabía mi madre me llevó aparte para explicarme que tuvo una tía, tan hermosa como Aurelia, esa prima suya y tía mía, consecuentemente, que andaba por allí jugando con las serpentinas; una y otra tía eran bellas y ambas morirían en poco tiempo: a una ya le había ocurrido y la otra, aunque la viera corretear por allí, divertirse un poco, tenía las horas contadas por una irreversible enfermedad: quién sabe si al morir no tendría la misma serena y delicada hermosura que aquella tía, a la que tanto se parecía, no sólo en su belleza, sino también en su destino.
La miraba con miedo, pero sin poder desembarazarme de la condenada, seducido por ese prematuro desenlace. Esa noche no pude dormir y empezaron aquellos espantosos sueños que durante años seguirían repitiéndose: un frasco lleno de sangre que no era otra cosa que un hombre inmenso que dejaba sin sangre a los niños de mi edad; o Mazarino clavando su puñal de esmeraldas en la espalda de ese D'Artagnan en el que me había convertido; y la muralla junto al mar; y el hombre verde y amarillo que se movía en su tumba; y el abismo.
Una noche pude sentir, ya despierto por las pesadillas, cómo se abrían las puertas que daban al jardín del fondo de la casa, y después cómo alguien entraba y, atravesando toda la planta baja, subía por las escaleras principales y llegaba al entrepiso y entraba a la habitación que allí había y la revisaba y se asomaba a la pérgola a tomar aire y volvía a entrar y a subir por el tramo que le quedaba de la escalera; hasta llegar al primer piso, rumbo a mi cuarto; y entonces me tapaba la cabeza con las mantas y cerraba los ojos y caía fulminado por el sueño; pero volvía el hombre-frasco, o la traición del cardenal, o los símbolos clásicos con que se da en representar a la metafísica, o a las fuerzas oníricas sin representación. A veces gritaba y nadie atendía mi grito de horror, ni venía a salvarme; tampoco huían despavoridos: ¿era posible que nadie llegara a oírme?; ¿que fuera tan ineficaz mi llamado?; ¿podía gritar realmente? El hombre no seguía subiendo paralizado por el miedo de su víctima. Hay canallas que a veces no se atreven, temerosos de su propio poder de destrucción. Es demasiado.
Sin lugar a dudas nadie pudo entrar, porque las puertas que daban al jardín estaban perfectamente cerradas; así me enteró mi padre al volver del velorio de Aurelia, que había muerto esa misma noche en que mi madre me lo anunciara; después de jugar con las serpentinas y los pomos. Aquella otra noche, antes de que terminara el corso, una vez enterado del destino de la bella Aurelia, debí cantar "Farolito" por exigencia de mi madre. Era una canción de moda en ese tiempo y me repugnaba sentirme utilizado de esta manera; ¿por qué tenía yo que cantar?, ¿quién ganaba algo con eso? Era por darle el gusto a "tu pobre madre", como decía mi pobre padre; esa madre que siempre estaba enferma y a la que había que cuidar, siempre que no estuviese con sus deplorables amigas. Pedí como clemencia que me dejaran cantar desde el otro cuarto y condescendieron a mi pedido, tal vez por temor a que, acorralado, me liberara por audacia de la trampa en que estaba.
Mentiría diciendo que Aurelia me asustó con la amenaza de su muerte. Estaba simplemente asustado y eso es todo; me resultaba difícil precisar por qué. La prueba es que al día siguiente me había olvidado de muchos terrores y, como un niño de carne y hueso, saltaba y jugaba a los piratas y reparábamos la americana con mis primos. La americana tenía las ruedas amarillas y cuatro asientos: justamente los que necesitábamos para pasearnos como verdaderos señoritos por las calles del pueblo. Atamos un lindo caballo, ahuyentamos a dos primos débiles y cargosos, para los cuales -además- no disponíamos de lugar, y salimos.
Después se rompería definitivamente y nunca más podríamos volver a la americana y debimos conformarnos con las bicicletas y correr por las calles del pueblo, durante una semana. Fue entonces, después de esa semana de ciclismo, cuando llegó Adolfo, otro primo, y todos tratamos de disimular. Nunca llegaríamos a hablar del asunto, ni siquiera al ir juntos al campo. Sabíamos perfectamente lo que había pasado y, por eso, nadie habló durante todo el viaje; en silencio mirábamos por las ventanillas, como si el campo, el polvo, el eterno, el interminable, pudiera diferir las cosas o corregirlas.
Al llegar a El Hinojo era más de mediodía y pesaba el calor, pero todos quisimos comer en las galerías y no entrar a la casa; ni siquiera durante la siesta; preferimos salir al montecito y andar vagando y planear cualquier cosa: una visita a un puesto alejado, una caza de lechuzas para esa noche. También visitamos el galpón de los peones durante esa larga siesta, elegimos los caballos y, cuando aflojó el calor, salimos al campo, olvidando la casa a la que todavía no habíamos entrado. Adolfo iba a nuestro lado en silencio y nadie le preguntaba "qué te pasa", porque todos sabíamos muy bien qué era lo que le pasaba y hasta fuimos condescendientes con él y le dejamos nomás el rosillo que todos preferimos y también ese bozal con guarniciones de plata. Cuando fuimos a apartar hacienda, nadie habló de las dos Esmeraldas, madre y hermana de Adolfo; ni antes, cuando visitamos ese puesto alejado. En cambio entramos la hacienda y hablamos de lo alto que era el reservado, al lado de nuestros menudos caballitos criollos. Al llegar al molino, ayudamos a nuestro tío, el caudillo, con los potros que debía vacunar contra la meningitis; después hubo que marcar ese lote que habíamos apartado en los potreros y que esa noche era embarcado para Olavarría. La faena nos hizo olvidar a las Esmeraldas; hasta Adolfo apareció mezclado en el entusiasmo de ese trabajo que era deporte para nosotros, e irrumpió en el potrero arando en el barro y en el estiércol con sus alpargatas -como si esquiara en el agua-, detrás de un novillo que hacía un momento nomás, había enlazado con irreprochable destreza o suerte. Y ese potro enorme que, por no resignarse al brete, lo saltó de costado y pasó sobre mi cabeza y la del caudillo. Nunca podré olvidar esos dos incidentes del día: el novillo corriendo de un lugar a otro del potrero y la panza del animal pasando por arriba, como un aeroplano. Después volvimos cansados a la casa. Nuestro tío estaba satisfecho de lo "hombrecitos" que éramos esos cuatro niños de nueve años. En la casa nos esperaba el café con leche y, muertos de cansancio, nos olvidamos del doble problema de las Esmeraldas, y entramos.
Se adelantó una mujer y abrió algunas ventanas y entró a la casa un poco de luz. Ella estaba al tanto de lo que pasaba y por eso se movía un poco nerviosa. Era una vieja que parecía un espantapájaros con su enorme sombrero de paja: creo que se llamaba Telefera y, si no era ese, con seguridad tendría un nombre folklórico bastante parecido. Adentro estaba todo enfundado: los sillones, las sillas, no había tierra, pero el aire estaba enrarecido y con olor a madera. Adolfo se puso nervioso y tosió y Telefera, temiendo que pasara algo, abrió la puerta que daba al patio central de la casa, y fue mucho peor: la parra había soltado las hojas y el suelo estaba cubierto por una especie de alfombra quebradiza y amarilla. Miramos ese patio y yo no recuerdo bien si tuvimos miedo, si llegamos a darnos cuenta de que teníamos miedo por ese asunto de las Esmeraldas o por alguna otra cosa; el hecho es que enseguida salimos de allí con un farol y con un rifle y nadie pudo cazar lechuzas y cuando estuvimos de vuelta, ya estaba lista la cena y entonces comimos y después nos fuimos a la cama cansados como animales; más tarde nos despertaría ese par de tiros y los perros y todo un escándalo que, según nos enteraríamos a la mañana siguiente, habían provocado unos ladrones de gallinas; y el inevitable deseo de orinar que colmaba ya las dos o tres escupideras que había en la habitación y Adolfo, haciéndolo a través de las rejas de la ventana y la risa nerviosa de todos y luego tener que hacerse el dormido, pero pensar ya inevitablemente en las dos Esmeraldas, en la hermana y en la madre de Adolfo, muertas para siempre un par de semanas atrás, un poco antes una, otra un poco después; con algunos días de diferencia, con sus edades distintas, unos treinta y tantos la madre, la hermana unos cuatro años apenas, es decir menor que nosotros y que Adolfo, pero sabiendo ya muchas cosas que todavía desconocemos y que nunca estaremos en condiciones de poder contar.