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Biblioteca Virtual Hispanica

sábado, 31 de agosto de 2013

Contar un cuento

Relato del Paraguay
 
-¿Quién me puede decir que eso no sea cierto? -farfulló pausada­mente,
con su habitual tono entre sarcástico y circunspecto, adelantán­dose a una
improbable objeción sobre lo que acababa de decir y que re­sultaba increíble
aun contado por él.
-Pero hay una realidad que no se puede falsear impunemente -apun­tó
alguien no con ánimo de rebatirle, desde luego, sino de aguijonear­lo un poco.
-¿Cómo? -se hizo repetir la frase apantallándose la oreja con la ma­no,
despectivamente-. Claro, eso que la gente satisfecha llama la ver­dad de las
cosas. ¡Ahí los quiero ver! ¿Alguien ha vivido demasiado pa­ra saber todo lo
que hay que saber? ¿Y qué es lo que al final le queda al que más sabe? Esto... -dijo haciendo sonar las uñas con el gesto irriso­rio de matar una pulga-.
¿Quién puede adivinar los móviles de los ac­tos más simples o más complicados y
desesperados? El que estemos aquí como moscas friolentas esperando algo que no
se produce, reuni­dos nada más que por la fuerza de la costumbre. El de ese
hombre de barrio de emergencia que comienza a devorar a su mujer a dentelladas
ante un centenar de vecinos aterrorizados a los que amenaza con un re­vólver.
¿Locura de amor, de celos? ¿Aberraciones de un paladar cansa­do del guisote
casero? Ahora está de moda hablar de la realidad. Típi­co reflejo de
inseguridad, de incertidumbre. La gente quiere ver, oler, tocar, pinchar la
burbuja de su soledad. ¿Pero qué es la realidad? Por­que hay lo real de lo que
no se ve y hasta de lo que no existe todavía. Para mí la verdad es la que queda
cuando ha desaparecido toda la rea­lidad, cuando se ha quemado la memoria de la
costumbre, el bosque que nos impide ver el árbol. Sólo podemos aludirla
vagamente, o so­ñarla, o imaginarla. Una cebolla. Usted le saca una capa tras
otra, y ¿qué es lo que queda? Nada, pero esa nada es todo, o por lo menos un
tufo picante que nos hace lagrimear los ojos. Toquen la punta de esta mesa, o
una tecla en el piano. ¿Hay algo más fantástico que el tacto de la madera en la
yema de un dedo, que ese sonido que vibra un momen­to y se apaga?... -se puso los
dedos sobre los labios para desinflar des­pacito la pompa de un eructo-. ¿Y la
vida de un hombre? ¿Pero es que alguien sabe de ese condenado a muerte algo más
que los garabatos que deja arañados en las paredes de su celda? Y a veces esos
borrones des­pistan todavía más porque los cargamos con nuestra propia agonía o
indiferencia... -el picor de la acidez se le demoró un instante en el
fruncimiento del ceño, en la comisura de los labios.
Nos miramos disimuladamente: era muy raro que el gordo se pusie­ra patético
o sentimental. Ahora mismo sus ojillos semicerrados des­mentían, sardónicos,
sus palabras.
-¿Saben lo que pasa? Se habla demasiado. El mundo está envenena­do por
las palabras. Son la fuente de la mayor parte de nuestros actos fallidos, de
nuestros reflejos, de nuestras frustraciones. La palabra es la gran trampa. Es
muy cierto eso de que empezamos a morir por la bo­ca como los peces. Yo mismo
hablo y hablo. ¿Para qué? Para sacar nue­vas capas a la cebolla. Por ahí no se
va a ningún lado. Habría que en­contrar un nuevo lenguaje, y mejor todavía un
lenguaje de silencio en el que nos podamos comunicar por levísimos
estremecimientos, como los animales -¿no se dan cuenta qué libres son ellos?-,
por leves altera­ciones de esta acumulación de ondas congestionadas que hay en
noso­tros como un forúnculo a punto de reventar. Un pestañeo apenas visi­ble
resumiría todos los cantos de la Ilíada, incluso los que se perdieron.
Un pliegue de labios, todo Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes, tan aburridos
e ilegibles ya. Los gestos más largos expresarían los hechos más simples: el
hambre, el odio, la indiferencia. El amor sería aún más simple: una mirada y en
esa mirada, un hombre y una mujer desnudos, desnudos de veras, por dentro y por
fuera, pero conservando todo su misterio... ¡Qué sé yo! No se sabe nada de
nada. En esta carrera nadie tiene la precisa. Pónganle la firma... -su
expresión volvía a ser apacible, neutra-. Si en el país de los ciegos te falta
un ojo, quítate el otro, solía decir mi abuelo, un viejo alcahuete que supo
andar en la lluvia sin mo­jarse. Y tenía razón. Lo que no quiere decir que un
ciego sea precisa­mente el testigo de lo invisible, aunque a veces... -se
interrumpió como si de pronto se le hubiese escapado la idea que quería
expresar; y tras una pausa, semblanteándonos fijamente uno por uno-: Ya Séneca
decía hace dos mil años: "¿Con quién podríamos comunicar?" ¿Y qué
corno sé yo, por qué no se lo preguntan a Mongo?
El mismo tenía un aire de apacible, inerte, fofa irrealidad. Aun en el
momento de hablar y mover unas manos pálidas y blanduzcas de pianis­ta en relâche. Obeso y enorme, desbordaba el sillón en que se había arre­llanado. Su
cuerpo estaba anclado en algo más que en el peso de la car­ne y su invencible
molicie. El mismo aire que se cernía sobre él parecía aplastarlo, deformarlo,
hinchándolo y deshinchándolo desde adentro en la respiración. En el semblante
apoplético la boca, que no había perdido del todo su bello dibujo, era lo único
que resistía la devastación. Ence­rrados en la masa de tejido adiposo parecía
haber dos hombres que no querían saber nada entre sí. Habían crecido juntos, se
habían fundido fi­nalmente, pero aún trataban de contradecirse, de ignorarse, y
ya ningu­no de los dos tenía remedio, al menos el uno en el otro. La ronca y mo­nótona
voz servía sin embargo a uno y otro, por igual, sin favoritismos.
-Para qué entonces preguntar, explicar nada -agregó tras una pausa en la
que estuvo mordisqueando la despachurrada punta del cigarro-. Leonardo hizo un
león. Daba algunos pasos, luego se abría el pecho y lo mostraba lleno de
libros. Y ese león... -pero volvió a callarse. Sobre la cara abotagada jugaba
una sonrisa muerta.
Creo que
ninguno de nosotros pensaba en alguna objeción en ese instante, ya olvidados
del cuento que había comenzado a relatar a pro­pósito de unos emigrados que
consiguen asesinar al embajador de su país con la ayuda de un ciego. El gordo
sostenía que el ciego había apu­ñalado al militarote, sentenciado desde hacía
mucho tiempo por sus ac­tos de sevicia y por haber organizado y dirigido el
aparato de represión del régimen. El atentado y el crimen eran absurdos e
increíbles, según el relato del gordo. Pero a él no se le podían refutar sus
ocurrencias. Había que oírlo simplemente. No porque fuera incapaz de escuchar a
su vez sino porque uno lo sentía impermeable a las opiniones, a la in­credulidad
de los demás. No era quizás egoísmo o infatuación. Era un desinterés, una
indiferencia parecida a la desesperanza, que él trataba de disimular con el
humor de un sarcasmo vuelto otra vez inocente. Más de una vez sospeché que era
un poco sordo y que se defendía de esa manera de la humillación de admitirlo.
Lo que acababa de decir, por ejemplo, no tenía ninguna relación con lo
que anteriormente estaba diciendo. Pero él saltaba así de un tema a otro sin
transición, o buscándonos el "palpito" en medio de bruscas
interrupciones, de largos e impenetrables silencios, entre sor­bo y sorbo de
ginebra, tras los cuales hacía girar la copa con una es­pecie de rítmico tecleo
de sus uñas en el vidrio. Nunca se sabía cuán­do decía un chiste o recordaba
una anécdota, ni en qué momento concluía un cuento y empezaba otro sacándolo
del anterior, "despe­llejando la cebolla". Pero nunca conseguimos
hacerle contar por qué había dejado su carrera de concertista de piano, en la
que llegó a al­canzar cierto renombre, luego de aquella gira por las ciudades
del in­terior en la que se vio envuelto en un absurdo lío con la esposa de un
gobernador. Lo que se sabía era vago e incierto, y a pesar del escandalete que
adobaron en su momento algunos diaruchos de provincia, era casi seguro que a él
no le cupo otra culpabilidad que la que la con­fabulación de las circunstancias
pudieron atribuirle. Habían pasado muchos años. Él nunca quiso hablar de eso.
Cuando alguien insinua­ba la cosa, se quedaba callado. Los ojillos enrojecidos,
que parecían no tener iris, parpadeaban lacrimosos, renuentes, y se quedaban
amo­dorrados un largo rato. Pero uno de nosotros descubrió una vez, en­tre las
páginas de un diccionario de música, la fotografía de una her­mosa mujer con
una dedicatoria un poco cursi e ingenua que delata­ba a la dama provinciana de
la historia. Un tiempo después la foto­grafía desapareció también, y en su lugar
el gordo colocó una obsce­na viñeta recortada de cualquier revista de
pornografía barata, para irrisión de futuras indiscreciones.
No teníamos más remedio que aguantarlo. Lo escuchábamos impa­cientes y
ávidos porque siempre podíamos aprovechar algo en nuestras colaboraciones para
las revistas. Su repertorio era inagotable. Jamás re­petía sus cuentos. Creo
que los inventaba y olvidaba adrede. Nosotros traficábamos con su desmemoriada
prodigalidad, si bien casi siempre teníamos que imaginar y reinventar lo que él
imaginaba e inventaba, completando esas frases que se comía, esas palabras que
eran inentendibles gorgoteos, esos silencios cargados de astuta intención,
abiertos a toda clase de pistas falsas y contradictorias alusiones. El se
divertía a nuestra costa, eso era seguro, atormentándonos con su endiablada, vo­luble,
casi indescifrable manera de contar. El gordo se reiría en sus adentros de
nosotros, pero el irregular balanceo de su abdomen lo di­simulaba muy bien.
Esa noche no éramos muchos. Tres o cuatro a lo sumo. Hacía calor. Estaba
más lúcido e inerte que de costumbre. Hablaba, bebía y calla­ba. La gruesa
nariz y la frente que se extendía hacia la calva orlada de ralos cabellos
grises estaban punteadas de incontables gotitas. Se pasa­ba la mano, borroneaba
la floja piel, pero las puntitas volvían a brotar en seguida. Me parece estar
viéndolo todavía.
Contó varios cuentos. Quizá fueran uno solo, como siempre, desdo­blado
en hechos contradictorios, desgajado capa tras capa y emitiendo su picante y
fantástico sabor. Luego de la alusión a la realidad insonda­ble y al león lleno
de lirios de Leonardo Da Vinci, empezó a relatarnos la historia del hombre que
había soñado el lugar de su muerte. La con­tó de un tirón, sin más
interrupciones ni digresiones. El hombre vio en sueños el lugar donde había de
morir. Al principio no se entendía muy bien dónde era. Pero el gordo, contra su
costumbre, se explayó al final en una prolija descripción. Contó que el hombre
vivió después tem­blando de encontrarse en la realidad con el sitio
predestinado y fatal. Contó el sueño a varios amigos. Todos coincidieron en que
no debía darse importancia a los sueños. Acudió a un psicoanalista que sólo con­siguió
aterrarlo aún más. Acabó encerrándose en su casa. Una noche re­cordó bruscamente
el sitio del sueño. Era su propio cuarto en su casa.
La voz del
gordo se quebró en un ronquido. Señaló algo con la ma­no, delante de sí.
Giramos la mirada siguiendo el gesto torpe y pesado, sin comprender todavía. No
había nadie en el hueco de la puerta, pe­ro por un instante yo sentí en la nuca
una ráfaga fría. Pensamos en al­guna nueva ocurrencia del gordo. Sólo cuando
nos volvimos hacia él comprendimos de golpe: lo que el gordo había descrito
punto por pun­to era el cuarto en que estábamos. Tenía la cara pálida, viscosa.
El hú­medo cigarro se le había caído sobre el pecho que ahora ya no se ha­macaba
en el blando jadeo. Los ojillos vidriosos se hallaban clavados en nosotros con
una burlona sonrisa.