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Biblioteca Virtual Hispanica

sábado, 31 de agosto de 2013

Dora, esposa

Relato del Brasil

El perro
ladra a la luna en el arenal. El Sem-Pernas sale del depósito acompañando a
Don'Aninha. Ella dice que la fiebre no tardará en irse. Pirulito también sale,
va a llamar al padre José Pedro, tiene confianza en el padre, él puede conocer
un remedio.
Dentro del depósito, los Capitanes de la Arena están silenciosos. Dora les
pidió que se fueran a dormir. Se echaron en el suelo pero no duermen más que
unos pocos. Dora besó a Zé Fuinha y lo mandó a dormir. El no entiende. Sabe que
está enferma, mas no se le ocurre que pueda abandonarlo. Pero los Capitanes de
la Arena tienen miedo de lo que pueda pasar. Entonces se quedarán de nuevo sin
madre, sin hermana, sin novia.
Ahora solamente Joao Grande y Pedro Bala están a su lado. El negro sonríe, pero
Dora sabe que su sonrisa es forzada, que es una sonrisa para animarla, una
sonrisa arrancada a la fuerza desde la tristeza que el negro siente. Pedro Bala
le tiene una mano. Más alejado y doblado sobre sí mismo, el Profesor está con
la cabeza entre las manos.
Dora dice:
-¿Pedro?
-¿Qué hay?
-Vení acá.
Se le acerca. La voz de Dora es apenas un hilo. Pedro le dice con cariño:
-¿Querés alguna cosa?
-¿Vos me querés?
-Lo sabés...
-Acostate aquí.
Pedro se acuesta a su lado. Joao Grande se aparta de ellos y va al lado del
Profesor. Pero no hablan, se quedan entregados a su tristeza. Sin embargo la
paz de la noche envuelve al depósito. Y la paz de la noche también está en los
ojos dolientes de Dora. 
-Más cerca...
Se le acerca más, sus cuerpos quedan juntos. Ella le toma una mano y la lleva a
su pecho. Arde en fiebre. La mano de Pedro se posa en su seno de niña. Ella
hace que se lo acaricie y le dice:
-¿Vos sabés que ya soy una mujer? La mano de él sobre sus senos, los cuerpos
juntos. Una gran paz en los ojos de ella:
-Fue en el orfelinato... Ahora puedo ser tu mujer. Él la mira asombrado: 
-No, estás enferma... 
-Antes de morirme quiero. Vení... 
-No vas a morirte. 
-Si me querés, no.
Se abrazan. El deseo es abrupto y terrible. Pedro no quiere lastimarla pero
ella no da señales de dolor. Una gran paz en todo su ser.
-Ahora sos mía- dice Pedro con voz agitada. 
Ella parece no sentir el dolor de la posesión. Su cara encendida por la fiebre
se llena de alegría. Ahora la paz es solo de la noche, con Dora está solamente
la alegría. Los cuerpos se separan. Dora murmura: 
-Es lindo... Soy tu mujer.
Él la besa. La paz vuelve al rostro de Dora que mira a Pedro Bala con amor. 
-Ahora voy a dormir -le dice. 
Acostada a su lado, agarrada a su mano ardiente. Esposa.

La paz de la noche envuelve a los esposos. El amor siempre es dulce y bueno,
hasta cuando la muerte está cerca. Los cuerpos no se mueven más en el ritmo del
amor.
Pero en los corazones de los dos niños ya no hay miedo. Solamente paz, la paz
de la noche de Bahía.

En la madrugada Pedro pone la mano sobre la frente de Dora. Fría. Ya no tiene
pulso, el corazón no late. Su grito atraviesa el depósito y despierta a los
muchachos. Joao Grande la mira con los ojos abiertos. Le dice a Pedro Bala:
-No debías haberle hecho...
-Ella quiso -explica y sale para no estallar en llanto.
El Profesor se acerca y se queda mirando. No tiene coraje de tocarle el cuerpo.
Pero siente que para él la vida del depósito se acabó, que ya no le queda nada
que hacer en ese lugar. Pirulito entra con el padre José Pedro. El sacerdote
toma el pulso de Dora y le toca la frente:
-Está muerta.
Inicia una oración y casi todos la rezan en voz alta:
-"Padre nuestro que estás en los cielos..."
Pedro Bala recuerda los rezos de la noche en el reformatorio. Sus hombros se
encogen y se tapa los oídos. Se da vuelta, ve el cuerpo de Dora. Pirulito le
pone una flor entre los dedos. Pedro Bala se echa a llorar.

Vino la mae-de-santo Don'Aninha y también el Querido-de-Deus. Pedro Bala no
interviene en la conversación. Aninha dice:
-Fue como una sombra en esta vida. Se hará santa en la otra. Zumbí dos Palmares
es santo de los candomblés de los caboclos, Rosa Palmeirão también. Los hombres
y las mujeres valientes se vuelven santos de los negros...
-Fue como una sombra... -repite João Grande.
Fue como una sombra para todos, una cosa sin explicación. Salvo para Pedro Bala
que la poseyó. Salvo para el Profesor que la amó.
El padre José Pedro dice:
-Se va al cielo porque no conocía el pecado. No sabía qué era el pecado...
Pirulito reza. El Querido-de-Deus sabe qué esperan de él. Que lleve el cadáver
en su saveiro y lo tire al mar, delante del fuerte viejo. ¿Cómo podrá salir un
entierro del depósito? Es difícil explicarle eso al padre José Pedro El
Sem-Pernas lo hace apresuradamente. Al principio el padre se horroriza. Es un
pecado, él no puede consentir ese pecado. Pero consiente, no va a denunciar
dónde viven los Capitanes de la arena. Pedro Bala no habla.
Todo está circundado por la paz de la noche. En los ojos muertos de Dora, ojos
de madre, de hermana, de novia y esposa, hay una gran paz. Algunos chicos
lloran. Volta Seca y João Grande van a llevar el cuerpo. Parado delante de él
está Pedro Bala, inmóvil. Aninha toma del brazo a Pedro, lo saca de allí y
envuelve el cuerpo de Dora en una toalla blanca tejida:
-Va hacia Yemanjá -dice-. Ella también se vuelve santa....
Pero nadie puede llevar el cadáver. Porque Pedro Bala lo tiene abrazado y no lo
suelta. El Profesor le dice:
-Soltalo. Yo también la quería. Ahora...
La llevan hacia la paz de la noche, hacia el misterio del mar. El padre reza y
es una extraña procesión la que se dirige hacia el saveiro del Querido-de-Deus
esa noche. Desde el arenal, Pedro Bala observa el barquito que se aleja. Se
muerde las manos, extiende los brazos.
Vuelven al depósito. La vela blanca del saveiro se pierde en el mar. La luna
ilumina el arenal, las estrellas, están tanto en el cielo como en el mar. Hay
paz en la noche. Una paz que vino de los ojos de Dora.