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Biblioteca Virtual Hispanica

sábado, 31 de agosto de 2013

El procurador de Judea


Relato Ruso


El 5 de
diciembre de 1947 llegó a la bahía de Nagáyevo el vapor KIM.1 El barco llevaba carga humana. Era la última travesía, se había cerrado la
navegación. Magadán recibía a los huéspedes con cuarenta grados bajo cero.
Aunque lo que transportaba el barco no eran precisamente huéspedes, sino a los
verdaderos amos de estas tierras: llevaba presos.
Todas las autoridades de la ciudad, militares y civiles, se encontraban en el
puerto. Todos los camiones disponibles en Magadán recibían en el puerto de
Nagáyevo al barco KIM. Los soldados, las tropas de servicio, rodearon el
muelle y empezó la descarga.
Todos los vehículos disponibles de las minas a quinientos kilómetros a la
redonda se dirigieron de vacío hacia Magadán obedeciendo a la llamada de la
central.
A los muertos los arrojaban a la costa y los mandaban al cementerio para
apilarlos en las fosas comunes sin atarles la tablilla de rigor, tan solo se
levantaba acta de la necesidad de exhumarlos en el futuro.
A los enfermos más graves, pero aún vivos, los distribuían por los hospitales
penitenciarios de Magadán, Olia, Arman y Dukchá.
A los menos graves los conducían al hospital-prisión central, a la orilla
izquierda del Kolimá. El centro se había trasladado desde el kilómetro
veintitrés hasta allí hacía poco. De haber llegado el KIM un año antes
no habría hecho falta recorrer aquellos quinientos kilómetros.
El jefe de la sección de cirugía, Kubántsev, un militar recién licenciado,
llegado del frente, se sentía aturdido ante el espectáculo de aquellos hombres,
ante aquellas horrorosas llagas, heridas que el cirujano no había visto nunca
en su vida y que ni soñaba que llegaría a ver algún día. En cada coche
procedente de Magadán había varios cadáveres de hombres muertos durante el
camino. El cirujano comprendía que se trataba de los pacientes leves, los que
se podían transportar por ser los menos enfermos, porque los graves se quedaban
en el lugar.
El cirujano se repetía las palabras del general Ridgway que tuvo ocasión de
leer recién acabada la guerra: «La experiencia del soldado en el frente no
puede preparar a un hombre para soportar el espectáculo de la muerte en los
campos.»
Kubántsev perdía la sangre fría. No sabía qué órdenes dar, por dónde empezar.
Kolimá había arrojado una carga demasiado grande sobre las espaldas de aquel cirujano
llegado del frente. Pero algo había que hacer. Los enfermeros descargaban a los
pacientes de los camiones, los llevaban en camillas a la sección de cirugía. En
la sección, las camillas abarrotaban todos los pasillos.
Los olores se recuerdan como los versos, como los rostros humanos. El olor de
este primer pus del campo se grabó para siempre en la memoria gustativa de
Kubántsev. Luego recordó toda su vida aquel olor. Se diría que el pus huele
igual en todas partes y que la muerte es la misma en cualquier lugar. Pues no.
Toda su vida Kubántsev recordó cómo olían las heridas de aquellos primeros
pacientes en Kolimá.
Kubántsev fumaba sin parar, fumaba y sentía que perdía los nervios, que no
sabía qué órdenes dar a los enfermeros, a los practicantes, a los demás
médicos.
-Alexéi Alexéyevich. -Oyó una voz a su lado. Era Braude, un cirujano de los
reclusos, el anterior jefe de esta misma sección, al que la dirección acababa
de destituir de su cargo solo porque Braude había sido un preso y además por
llevar un apellido alemán-. Permita que tome yo el mando. Todo esto lo conozco
bien. Llevo aquí diez años.
Kubántsev, con los nervios deshechos, accedió, y el trabajo se puso en marcha.
Tres cirujanos empezaron a operar simultáneamente; los practicantes se desinfectaron
las manos, al igual que los asistentes. Otros practicantes comenzaron a poner
inyecciones, a realizar transfusiones con preparados para el corazón...
-Amputar, solo amputar -murmuraba Braude. Le gustaba la cirugía y llegaba a
sentirse mal, como él mismo decía, si se pasaba un solo día sin operar, sin
usar el bisturí-. Se acabó el aburrimiento -comentaba alegre Braude-. No,
Kubántsev no es mal tipo, pero ha perdido los papeles. ¡¿Qué puede saber un
cirujano llegado del frente?! Allí todo son instrucciones, esquemas, órdenes.
¡En cambio esto es la vida, la vida pura y dura, esto es Kolimá!
Tampoco Braude era mala persona. Destituido sin motivo alguno, no descargó su
odio sobre quien lo había reemplazado en el cargo, y no le gastaba malas
pasadas. Al contrario, Braude comprendía el desconcierto de Kubántsev y
percibía el profundo agradecimiento de este. Quiérase o no, el hombre tenía
familia, una mujer y un hijo en edad escolar. Recibía la paga de oficial con el
complemento polar, un buen sueldo, un montón de dinero. En cambio, él, ¿qué
tenía Braude? Diez años de condena a sus espaldas y un futuro más que incierto.
Braude era de Sarátov, alumno del célebre Krause y él mismo prometía mucho.
Pero el año treinta y siete hizo añicos su vida. ¿Y bien? ¿Iba a vengarse en
Kubántsev por su mala fortuna?
Braude daba órdenes, cortaba, lanzaba maldiciones. Vivía olvidándose de sí
mismo, y aunque en momentos de reflexión a menudo se reñía por ser tan
malditamente olvidadizo, no podía hacer nada con su manera de ser.
En su fuero interno ya lo había decidido: «Me marcho del hospital. Y me largo
al continente.»
...El 5 de diciembre de 1947 llegó a la bahía de Nagáyevo el vapor KIM.
El barco llevaba carga humana: tres mil reclusos. Durante el viaje los presos
se amotinaron y el mando tomó la decisión de inundar las bodegas. Todo aquello
se realizó a cuarenta grados bajo cero. Qué es una congelación de tercer o de
cuarto grado, como decía Braude, o un congelamiento en palabras de Kubántsev,
es algo que a este último le fue dado comprobar el primer día de su
extraordinario servicio en Kolimá.
Todo aquello había que olvidarlo, y Kubántsev, hombre disciplinado y con fuerza
de voluntad, así lo hizo. Se obligó a olvidarlo.
Diecisiete años más tarde Kubántsev recordaba el nombre y el patronímico de
cada uno de los practicantes reclusos, de cada enfermera, se acordaba de con
qué preso «vivía» cada cual, refiriéndose a las historias amorosas del campo.
Recordó el cargo exacto de cada uno de los jefes más odiosos. Y sin embargo,
Kubántsev no recordó el vapor KIM con sus tres mil presos congelados.
Anatole France tiene un relato, El procurador de Judea. En él, Poncio Pilatos,
pasados diecisiete años, no puede recordar el nombre de Cristo.