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sábado, 31 de agosto de 2013

Final del juego


Relato Argentino

Con
Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de
calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la
puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la
loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había
discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y
en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la
oscuridad de la cocina acababan en una violentísima pelea y el consiguiente
desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo
dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al
pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo
usaba otros sistemas, prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar
las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los
platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá , con lo cual las
enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso
heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a
saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira
eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la
referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y
hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de
agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se
le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el
espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los
castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas
vacías del fondo donde Leticia nos esperaba leyendo a Ponson du Terrail,
lectura inexplicable.
Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos
la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la
puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se
iba, repitiendo la misma frase: "Van a acabar en la calle, estas mal
nacidas".
Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba
en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también
su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca,
y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las
manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante. Entonces corríamos
buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril,
encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.
Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente
a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la
doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el
cuarzo y el feldespato (que son los componentes del granito) brillaban como
diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos
agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso
quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por los de casa si nos
llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos
contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las
orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez,
entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la
transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando
al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con
leche.
Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos
en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se
abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y
la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más
feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos
ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de
noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo pedía, aparte de la pieza
solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se
había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía
el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba
a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es
probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con
Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no
nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la
más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de
cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de
esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez el
endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía
mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada,
de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una
tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y
nos dirigía.
La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un
día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda
increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y
sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de invocaciones a los
castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que
consistían en que las tres terminaríamos en la calle. Esto último siempre nos
había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante
normal. 
Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar
hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno,
imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar
trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo y sorteábamos
de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo
levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que
Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego
marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos
pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las
manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el
ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos
ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito
invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos
exigían estudios más detenidos. Los ornamentos se destinaban casi todos a las
estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara,
había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la
elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el
asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua
aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y
excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada
con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que
inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes
la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron
fracasos horribles. Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas
cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las
actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado
en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud,
saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que
venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no
nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de
las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que
algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey
sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el
pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban
cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la
estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero
las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la
indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el
segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y reboto
hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón
y bastante mala, decía: "Muy lindas estatuas. Viajo en la tercera
ventanilla del segundo coche, Ariel B." Nos pareció un poco seco, con todo
ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. 
Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané.. Al otro día ninguna
quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara
mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos
mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La
parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme
nobleza. Como actitudes elegía siempre la generosidad, el sacrificio y el
renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía
Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para
que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de terciopelo
verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de
manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la
sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel
con discreción pero muy amables. Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un
dedo cuando llegó el tren. Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás,
juntado los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la
túnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un
muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al
descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo,
pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si
llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud
del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: "Las tres me gustan
mucho. Ariel." Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y
nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de
dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés. Lo
más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado
cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien. Pasó que Holanda tuvo la suerte
increíble de ganar tres días seguidos. Superándose, hizo las actitudes del
desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina,
sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané
yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí
casi en la nariz un papelito de Ariel que al principio no entendimos: "La
más linda es la más haragana." Leticia fue la última en darse cuenta, la
vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con
un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un
idiota, pero no podíamos decirle eso a Leticia, pobre ángel, con su
sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció
entender que el papelito era suyo y se lo guardó. Ese día volvimos bastante
calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas. En la mesa Leticia estuvo
muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como
poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando
un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una
maravilla lo bien que le sentaba. Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del
asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas
se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando
demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y
que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo,
todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que
no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que
Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era
demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de
madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes,
viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con
angustia si el tren pasaría a mi izquierda o a mi derecha, y a la vez amenazada
por la posible llegada de un rápido a mi espalda o ( lo que era peor) que a
último momento uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera
encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos
que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de
ayer y fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar
demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto.
Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá
contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía
y nos miraba. Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le
dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué.
Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba
estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella
inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y
juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren,
Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no
tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió
en la curva, y Leticia estaba inmóvil y n o sabía que él acababa de mirarla
así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le
hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche. 
El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo
que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel
cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no
decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y
la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación
vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba
terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa: "Saludo a las tres
estatuas muy atentamente. " La firma parecía un garabato aunque se notaba
la personalidad.
Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos
veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba
molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa
novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de
las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas,
seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos
calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras guardábamos los
ornamentos y volvíamos por la puerta blanca. Tía Ruth nos pidió a Holanda y a
mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por
fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel,
nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un
tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos
nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue
más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía qué pensar, de un lado me
parecía horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se
aclararan porque nadie tiene por qué perjudicarse a causa de otro. Lo que yo
hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora
con el nuevo tratamiento y tantas cosas.
A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos
habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron
seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia.
Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su
cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y
yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos
veces pensé ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué hacían esas dos ahí
solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado
sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. "Ella no va a ir
mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos."
Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre violeta. Después nos
llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por
todas las emociones y el cansancio de bañar a José.
Al otro día me tocó a mí salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi
a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un
momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo
noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de
una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo
le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía
tan difícil decírselo bien. "Si querés podemos explicarle a Ariel que
estabas descompuesta", le propuse, pero ella decía que no y se quedaba
callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que
no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce
barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la
Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la
ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo
que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de
tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los
platos, de repente estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de
felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos
que decir sobre nuestros estudios para que Ariel se llevara una buena
impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho
más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando
pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con
nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte
minutos después lo vimos llegar por el terraplén, y era más alto de lo que
pensábamos y todo de gris. 
Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a
pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas. Casi en
seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos
llamábamos y por qué faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había
podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre
precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un
colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda
levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él parecía interesarle mucho, y
varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo: "Este lo llevaba
Leticia un día", o: "Este fue para la estatua oriental", con lo
que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él
estaba contento pero distraído, se veía que sólo se quedaba de bien educado.
Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho
mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. El
preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que
iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con
una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en
cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pasando, por
eso Holanda hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó
sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le
explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo
de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo
que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su
mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara,
aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera
triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido
diciendo: "Hasta siempre", una forma que nunca habíamos oído en casa
y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos
estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido
preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé qué porque ella había cerrado
el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le
contamos cómo era Ariel y cuántas veces había preguntado por ella. Esto no era
nada fácil de decírselo porque era una cosa linda y mala a la vez, nos dábamos
cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando,
hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando
las avispas del limonero. 
Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: "Vas a ver que
mañana se acaba el juego." Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al
otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos
fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso
era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la
puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que
sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos, hasta el
grande con rubí de tía Ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las
alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas
asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era
la única responsable. "Quisiera que me dejaran hoy a mí", agregó sin
mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser
tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos
quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas
preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavo real para
sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo
rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la
estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en la curva fue a ponerse
al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos
como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló
el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía
hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa,
la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la
miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y
mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé
por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con
los ojos cerrados y grandes lágrimas por toda la cara. Nos rechazó sin enojo,
pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa
mientras guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo
que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces,
después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia
que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna
sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas
y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su
asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises.

© Julio
Cortázar (Argentina)