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Biblioteca Virtual Hispanica

sábado, 31 de agosto de 2013

La trampa


Relatos del Brasil




«Como también, si la corneta diera un toque indefinido,
¿quién se prepararía para la lucha?» 
Epístola I de San Pablo a los Corintios 14,8.

Alexandre Saldanha Ribeiro. Despreció el ascensor y se metió por las escaleras,
a pesar de la voluminosa maleta que llevaba y del número de pisos que tendría
que subir. Diez.
No demostraba tener prisa, pero su cara denunciaba la seguridad de una
resolución irrevocable. Una vez en la décima planta, se encontró con un largo
pasillo, donde el polvo y la mugre daban un desagradable aspecto a las
baldosas. Todas las salas se encontraban cerradas y de ellas no salía ruido
alguno que indicase presencia humana.
Se detuvo ante la última oficina y dedicó cierto tiempo a leer una frase,
escrita a lápiz, en la pared. A continuación pasó la maleta a la mano izquierda
y con la derecha probó el picaporte; le costó hacerlo girar, como si llevase
mucho tiempo sin ser utilizado. Aun así, no consiguió franquear la puerta, cuya
estructura de madera se había deformado. Tuvo que utilizar el hombro para
forzarla. Y lo hizo con tal violencia, que la puerta se vino abajo
estrepitosamente. No se impresionó. Estaba muy seguro de si mismo como para
darle importancia al estruendo que precedió a su entrada en una salita oscura,
que despedía olor a algo enmohecido. Recorrió con los ojos los muebles, las
paredes. Contrariado, dejó escapar una imprecación. Pensaba ya en volver al
pasillo, a fin de recomenzar la búsqueda, cuando dio con el biombo. Lo apartó y
encontró la puerta entornada. La empujó. Iba a colocar la maleta en el suelo,
pero un súbito terror le inmovilizó: sentado detrás de una mesa polvorienta, un
hombre de pelo encanecido, con el semblante sereno, le apuntaba con una
pistola. Conservando el arma en la dirección del intruso, le ordenó que no se
moviese.
Tampoco a Alexandre le interesaba huir, porque jamás hubiera perdido la
oportunidad de aquel encuentro. La sensación de miedo había sido pasajera y
pronto quedó reemplazada por otra más intensa, al mirar al viejo a los ojos. De
éstos fluía una mortecina tonalidad azul.
En aquella sala todo respiraba moho, denotaba extrema desidia, incluso el raído
atuendo de su solitario ocupante.
-Te he estado esperando -dijo éste, con voz suave.
Alexandre no dio muestra de haberle oído, hipnotizado por la mirada de su
interlocutor. Le recordaba el viaje que había hecho por mar, unas cuantas
palabras duras, en un desván de escalera.
El otro tuvo que insistir:
-Por fin, has venido.
Sustraído bruscamente a sus recuerdos, hizo un esfuerzo violento por no
demostrar sorpresa:
-Ah, ¿me esperabas? -no esperó la contestación y prosiguió excitado, como si de
repente hubiese aflorado una irritación antigua:
-¡Imposible! ¡Tú no has podido saber que yo llegaría hoy!... ¡Si acabo de
desembarcar y nadie está informado de mi presencia en la ciudad! Eres un
farsante, un mal farsante. Seguramente habrás aplicado tu vieja técnica, habrás
puesto espías para seguirme la pista. De lo contrario hubiera sido difícil
descubrirme. Siempre estoy viajando, cambiando de nombre y de lugar.
-Nada sabía de tus viajes ni de tus disfraces.
-Entonces, ¿cómo has hecho para adivinar la fecha de mi llegada?
-Nada he adivinado. Sólo esperaba a que vinieras. Hace dos años que, en esta
silla, en la misma posición en que me encuentro, te aguardo. Estaba seguro de
que vendrías.
Estuvieron en silencio durante unos instantes. Se preparaban para asestarse
golpes más profundos o para empezar a mostrar el juego en que se empeñaban.
Alexandre pensó que le convendría tomar la iniciativa del ataque, convencido de
que sólo así podría turbar la placidez del adversario. Éste, sin embargo,
presintió su intención y se anticipó:
-Antes de que me dirijas más preguntas -y sé que tienes muchas- quiero saber lo
que le ha pasado a Erna.
-Nada -contestó, procurando dar a su voz un tono despreocupado. 
-¿Nada?
Alexandre percibió la ironía y sus ojos se llenaron de odio y humillación.
Intentó desquitarse con una
palabrota, pero la firmeza y la tranquilidad reflejadas en el rostro del otro
le vencieron.
-Me ha abandonado -dejó escapar avergonzado. Y en una tentativa inútil de demostrar
algún resto de altivez, añadió-:
-¡Eso sí que no lo sabías!
Un destello fugaz cruzó la mirada del anciano.
-Me lo figuraba, pero deseaba estar seguro.

Empezaba a oscurecer. Un pesado silencio les separaba y a ambos volvieron
ciertos recuerdos que, incluso en contra de su voluntad, siempre les ligarían.
El viejo guardó el arma. De sus labios había desaparecido la sonrisa irónica
que había conservado durante todo el diálogo. Encendió un cigarrillo y se le
ocurrió una pregunta que, después, descartó por innecesaria: Alexandre impidió
que la formulase. Gesticulando, nervioso, se había acercado a la mesa. 
-¡Viejo decrépito! ¿No tienes miedo de que yo me aproveche de la ocasión para
matarte? A ver si tienes valor ahora, sin la pistola.
-No. Además de no estar armado, no has venido aquí a matarme.
-¿A qué esperas entonces? -gritó Alexandre-. ¡Mátame tú a mí de una vez!
-No puedo.
-¿No puedes o no quieres?
-No puedo hacerlo. Para evitar la tentación, tras tan larga espera, he
descargado toda la munición del arma en el techo de la sala.
Alexandre miró hacia arriba y vio el techo acribillado de balas. Se quedó
confundido. Paulatinamente se recuperó de la sorpresa, para seguidamente
entregarse a la desesperación. Corrió hacia una de las ventanas e intentó tirarse
a través de ella. No la atravesó. Su cabeza chocó contra una fina malla
metálica y cayó al suelo desmayado.
Al recobrar el conocimiento vio que el viejo acababa de cerrar la puerta y se
disponía a tirar la llave por debajo.
Se lanzó en su dirección, decidido a impedírselo, pero ya era tarde. El otro ya
había logrado su intento y le divertía el pánico que se apoderaba del
adversario.
-Ya me imaginaba que intentarías el suicidio y tomé la precaución de colocar
rejillas de acero en las ventanas.
La furia de Alexandre había llegado al límite:
-Destrozaré la puerta.  ¡Jamás me encerrarás aquí!
-Inútil. Si te hubieses fijado, sabrías que también la puerta es de acero. He
cambiado la antigua por ésta.
-¡Gritaré, me desgañitaré!
-No acudirá nadie en tu socorro. Ya no viene nadie por este edificio. He
despedido a los empleados, he desahuciado a los inquilinos.
Y concluyó en voz baja, como si hablara consigo mismo:
-Aquí nos quedaremos: un año, diez, cien o mil años.