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sábado, 31 de agosto de 2013

Los pantalones de pana


Relatos de los Estados Unidos


Hacía dos
semanas que Bert Fellows había vendido su chacra, situada en el camino lateral,
en mil doscientos dólares; pero cuando ya los Mitchell se habían mudado tomando
posesión del lugar, descubrió que había dejado en el desván su otro par de
pantalones de pana. Al terminar de trasladar sus muebles y ropas al otro sitio,
sobre el camino de Skowhegan, estaba seguro de que nada se le había quedado; la
mañana que fue a ponerse su mejor par de pantalones, no los pudo encontrar en
parte alguna. Bert meditó el asunto durante dos o tres días, y decidió darse
una vuelta por el camino lateral, y pedirle a Abe Mitchell que le permitiera
subir al desván a retirarlos. Conocía a Abe de toda la vida, y estaba seguro
que lo dejaría entrar a buscarlos.
Cuando Bert llegó y entró al patio, Abe colocaba una nueva tabla en el escalón
de la puerta. Volvió la cabeza, echó una ojeada, y luego siguió trabajando.
Bert esperó hasta que Abe terminó de medir la tabla, y recién entonces habló.
-¿Cómo estás, Abe? -preguntó, cautamente.
-Siempre estoy bien, caramba -contestó, sin levantar la vista del peldaño.
Bert se preparaba a pedir permiso para entrar a la casa. Esperó a que Abe
clavara los clavos grandes en la tabla.
-Dejé aquí un par de pantalones de pana -declaró, como introducción-. No te
importaría que subiera al desván y los sacara, ¿no es cierto?
Abe dejó caer el martillo sobre el escalón. Se limpió la boca con el pañuelo y
se volvió hacia Bert.
-Si entras a mi casa, llamo a la justicia. Me importa un ardite, aunque hayas
dejado cincuenta pantalones de pana en el desván. Compré y pagué este lugar y
las construcciones que hay en él, y no quiero que nadie ande huroneando por
aquí. Cuando tenga deseos de que vengas a mis campos, te invitaré.
Bert se rascó la cabeza y miró hacia la ventana del desván. Deseó no haber sido
tan olvidadizo, al trasladar sus pertenencias a esa otra casa, sobre el camino
de Skowhegan.
-No te servirán, Abe. Tienen como diez medidas más que la tuya. Y en todo caso,
me pertenecen.
-Ya te he dicho lo que voy a hacer con esos pantalones -replicó Abe, volviendo
a su trabajo-. Ya he trazado los planes. Me los voy a guardar, eso es lo que
voy a hacer.
Bert se volvió y caminó hacia la carretera, echando una rápida mirada, por
sobre el hombro, a la ventana de la buhardilla; allí, sus pantalones colgaban
de una viga. Se detuvo y miró a Abe por espacio de varios minutos; pero éste se
encontraba muy ocupado clavando el nuevo peldaño; no prestó la menor atención a
sus miradas avinagradas. Bert regresó por el camino, preguntándose cómo se las
iba a arreglar sin su otro par de pantalones. Al llegar a su casa, estaba
furioso. En primer lugar, no le gustó la forma en que Abe le había dicho que se
fuera de su antigua chacra; pero más que todo, echaba de menos su otro par de
pantalones de pana. A la hora de acostarse, no podía estarse quieto. Recorría
la cocina mascullando para sí mismo; se esforzaba por imaginar algún medio de
recuperar su prenda.
-Estos demócratas de cara costrosa, nunca sirvieron para nada -gruñía.
Media hora más tarde, avanzaba por el camino lateral, en dirección a su antigua
finca. Había esperado la hora en que Abe dormía; iba a penetrar en la casa,
subir al desván y salir con sus pantalones. En medio de la oscuridad, buscó a
tientas la ventana floja del granero, y descubrió que se abría, tal como
esperaba. Durante los últimos dos o tres años había tenido la buena intención
de clavarla; ahora estaba contento de haberla dejado así. Cruzó el granero y la
leñera y entró en la casa. Abe se había acostado más o menos a las nueve;
cuando Bert se detuvo a escuchar frente a su puerta, oyó que roncaba. La esposa
de Abe era sorda como una tapia, desde hacía más de veinte años.
Encontró los pantalones de pana sin mayor dificultad. En el desván encendió un
solo fósforo; se hallaban colgados en el primer clavo al que se acercó. Al
escalar la ventana del granero, se había sacado los zapatos; conocía a ojos
cerrados el interior de la casa. Le fue tan fácil entrar y salir como lo había
pensado. Mientras Abe roncara, no existía peligro.
Un minuto después, estaba de nuevo en el granero, colocándose los zapatos;
llevaba los pantalones bajo el brazo. Le había hecho una buena jugada a Abe
Mitchell. Volvió a su casa y se acostó.
A la mañana siguiente, Abe Mitchell detuvo su coche frente a la morada de Bert
y descendió. El dueño de casa lo vio desde la ventana y salió a la puerta a
recibirlo. Llevaba puesto su otro par de pantalones, el que Abe había dicho que
iba a guardarse.
-Te haré arrestar por robarme mis pantalones -anunció Abe, apenas el otro abrió
la puerta-, pero si estás dispuesto a devolvérmelos en el acto, podría retirar
la acusación. Depende de ti.
-Me da lo mismo. Cuando estemos en el juzgado, te demostraré que soy un hombre
tan importante como tú crees serlo. No tengo miedo a lo que hagas. Anda y hazme
arrestar; pero si te encierran en mi lugar, no me vengas a pedir de rodillas
que salga de fiador.
-Bueno, si es así como lo tomas -replicó Abe, poniéndose rojo-, presentaré la
acusación. Prestaré juramento inmediatamente, para que extiendan la orden de
prisión; esta noche, antes de la hora de acostarte, estarás en la cárcel del
distrito.
-Ya saben dónde  encontrarme -contestó Bert, cerrando la puerta-.
Generalmente, estoy muy cerca de mi casa.
Abe fue hasta su automóvil y entró. Puso en marcha el motor. Pero volvió a
detenerlo en seguida. 
-Sal un momento, Bert -llamó. Bert lo observó durante varios minutos a través
de la rendija de la puerta, y luego salió al patio.
-¿Por que no vas a que te extiendan la orden de prisión? ¿Qué esperas ahora? 
-Bueno, pensé que debía decirte algo, Bert. Ahorraríamos mucho tiempo y dinero,
tú y yo, si fueras en seguida al juzgado; evitarías el gasto del envío, hasta
aquí, de un hombre que hiciera cumplir la orden de detención. Si vas
inmediatamente y permites que te haga arrestar allí el gasto no será tan
grande. 
-Me   tomas   por  un  perfecto 
imbécil,  Abe  Mitchell. ¿Acaso tengo aspecto de ser tan tonto como
para pagar diez dólares a un auto de alquiler, para que me lleve a la cárcel
del distrito?
Abe quedó pensativo durante varios minutos, mirando a Bert de reojo.
-Te diré lo que voy a hacer, Bert -propuso-. Sube a mi automóvil y te llevaré
hasta allá; así no tendrás
que pagar diez dólares por un auto de alquiler.
Bert sacó su pipa y tabaco. Abe esperó, mientras el otro meditaba a fondo la
proposición. Como no podía encontrar fósforos, Abe le alcanzó uno. 
-Lo harás, ¿no es cierto, Bert?
-No me apures... Necesito bastante tiempo para pensarlo bien. 
Esperó, inclinándose nerviosamente hacia Bert. La cabeza del fósforo se
deshizo; rápidamente, le alcanzó otro. 
-Supongo que, por lo menos esta vez, puedo darte esa satisfacción -respondió al
fin-. Espera a que cierre la puerta con llave.
Cuando volvió al automóvil, Abe puso en marcha el motor, dio la vuelta, y
partió rumbo a Skowhegan. Bert, sentado a su lado, chupaba su pipa. Durante
todo el viaje, ninguno de los dos tuvo nada que decir. Abe manejaba a la
velocidad máxima que podía desarrollar su viejo automóvil, porque tenía apuro
de que arrestaran a Bert y comenzara el Juicio.
Llegaron al edificio de los tribunales, entraron y Abe hizo extender la orden
de detención; la cumplieron en la persona de Bert. El comisario los condujo a
la sala del juzgado, y le dijo al acusado que se sentara a esperar en uno de
los asientos de la primera fila. También afirmó que podían llevar adelante el
caso y obtener audiencia esa misma tarde.
Transcurrió una hora antes de que se viera el caso de Bert. Alguien leyó su
nombre en voz alta y le ordenó que se pusiera de pie. Abe permaneció sentado,
esperando, hasta que lo llamaron a prestar declaración. El acusado se mantuvo
de pie, mientras le leían la acusación. Cuando hubo terminado, el Juez le
preguntó si quería confesarse culpable o negar la acusación.
-Niego la acusación -respondió Bert.
Abe se incorporó de un salto y agitó los brazos.
-¡Miente! -gritó a toda voz-.  ¡Miente!... me robó mis pantalones.
-¿Quién es ese hombre? -preguntó el juez dirigiéndose a alguien.
-Es el que hizo extender la orden de detención -respoNdió el empleado- Es el
que reclama que le robaron los pantalones. 
-Bueno, si vuelve a aullar así -amenazó el juez-, haré extender una orden de
prisión contra él por provocarme dolor de cabeza. Será mejor que alguien le
diga que existe un hecho llamado rebeldía. Parece un demócrata, y me imagino
que por eso jamás ha oído ese término. El juez llamó al orden y se inclinó
hacia Bert. 
-¿Robó  usted  a ese  hombre  un  par  de
pantalones de pana? 
-Eran mis pantalones -explicó Bert-. Al venderle mi casa a Abe Mitchell, los
dejé allí, y cuando se los pedí, no quiso devolvérmelos. No los he robado.
Siempre fueron míos. 
-¡Miente! -gritó  nuevamente   Abe,  
levantándose   y sentándose varias veces-. ¡Me robó mis pantalones...
miente! 
-Diez dólares por rebeldía, quienquiera que usted sea -dijo el juez, apuntando
su mazo contra Abe-, y se
rechaza el caso por falta de pruebas. 
Abe quedó anonadado. Primeramente miró al juez, y luego a la gente extraña de
la sala. 
-No me va a hacer pagar diez dólares,  ¿no es así? -preguntó con enojo. 
-No -contestó el juez, poniéndose nuevamente de pie-. Me equivoqué. Olvidé que
usted era un demócrata. Quise decir veinticinco dólares. 
Bert salió y esperó en el automóvil a que Abe pagara la multa. Un  cuarto
de hora, después, éste salió del edificio.
-Bueno, me imagino que tendré que llevarte a tu casa -dijo, al mismo tiempo que
se sentaba frente al volante y ponía en marcha el motor-. Pero lo que debería
hacer sería dejarte aquí y obligarte a que tomaras un coche de alquiler.
Bert no contestó. Se sentó Junto a Abe y salieron de la ciudad, de regreso a
sus casas.

Era casi de noche  cuando Abe  detuvo   el  automóvil
frente a la morada de Bert. Este descendió y cerró la
portezuela con un golpe.
-Te estoy muy agradecido por haberme traído hasta aquí -dijo- Hace mas de un
año que tenía ganas de hacer un viajecito a Skowhegan. Me alegra mucho que me
hayas pedido que te acompañara, Abe; pero no creo que, para ti, el viaje
valiera los veinticinco dólares
Abe soltó el embrague y  el coche dio  una  sacudida y partió
por la carretera en dirección  a su casa. Bert quedo junto al buzón,
frotándose las manos en los pantalones de pana.
-Abe Mitchell debería tener más sentido común en lugar de ser demócrata
-afirmó, entrando a su casa.