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sábado, 31 de agosto de 2013

Visor


Relato Estadounidense

Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente, y de unos cincuenta años.
-¿Cómo perdió las manos? -le pregunté, cuando me dijo lo que quería.
-Ésa es otra historia -dijo-. ¿Quiere una foto de su casa o no?
-Pase -dije-. Acabo de hacer café.
También había hecho un poco de jalea, pero eso no se lo dije.
-Tendría que ir al aseo -dijo el hombre sin manos.
Yo quería ver cómo sostenía la taza de café con aquellos ganchos. Sabía cómo utilizaba la cámara, una vieja Polaroid grande y negra. La llevaba pegada al pecho, atada con unas correas de cuero que le ceñían los hombros y le rodeaban la espalda. Se situaba en la acera, enfrente de una casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y al cabo de un par de minutos salía la fotografía de la casa. Le había estado observando desde la ventana.
-¿Dónde ha dicho que estaba el aseo?
-Por ahí, a la derecha.
Para entonces, doblándose y encorvándose, se había desembarazado de las correas. Dejó la cámara en el sofá y se arregló la chaqueta.
-Puede echarle una ojeada a esto mientras estoy en el aseo.
Cogí la fotografía que me tendía. Un pequeño rectángulo de césped, el camino de entrada, el cobertizo de los coches, las escaleras de la entrada, la ventana mirador y la ventana de la cocina. ¿Por qué habría de querer yo una fotografía de tal desastre? Miré de más cerca y vi la silueta de mi cabeza, mi cabeza, tras la ventana de la cocina, unos pasos más atrás del fregadero. Me quedé mirando la fotografía durante un rato, y entonces oí la cisterna del baño. Lo vi venir por el pasillo, subiéndose la cremallera y sonriendo, sujetándose el cinturón con un gancho y metiéndose la camisa en el pantalón con el otro.
-¿Qué le parece? -dijo-. ¿Está bien? Personalmente, creo que ha salido bien, pero sé lo que estoy haciendo y, admitámoslo, no es tan difícil sacar la fotografía de una casa. A menos que haga mal tiempo; pero cuando hace mal tiempo no trabajo más que en interiores. Encargos especiales, ya sabe.
Se tiró de la entrepierna.
-Aquí tiene el café -dije.
-Vive solo, ¿verdad? -Miró el salón. Sacudió la cabeza-. Es duro. Es duro.
Se sentó junto a la cámara, se echó hacia atrás con un suspiro y cerró los ojos.
-Tómese el café -dije. Me senté en una silla, enfrente de él.
Una semana antes, tres chiquillos con gorras de béisbol se habían presentado en casa. Uno de ellos había dicho: «¿Podemos pintar su dirección en el bordillo, señor? Casi todos los de la calle la tienen ya. Sólo es un dólar.» Le esperaban otros dos en la acera, uno con una lata de pintura blanca a sus pies, el otro con una brocha. Los tres iban remangados.
-Hace poco vinieron tres chicos que querían pintar mi dirección en el bordillo, Me cobraban un dólar. ¿No sabrá usted algo al respecto? -Era una posibilidad remota. Pero observé su reacción, de todos modos.
Se inclinó hacia delante, dándose aires de importancia, con la taza en equilibrio entre los ganchos. Luego la dejó con cuidado encima de la mesa. Y me miró.
-Qué tontería. Trabajo solo. Siempre lo he hecho, y siempre lo haré. ¿Qué es lo que quiere decir?
-Buscaba una relación -dije. Tenía dolor de cabeza. El café no es bueno para el dolor de cabeza, pero a veces la jalea ayuda a aliviarlo. Cogí la fotografía.
-Estaba en la cocina -dije.
-Lo sé. Le vi desde la calle.
-¿Le sucede a menudo? ¿Captar a alguien dentro de la casa que está fotografiando? Normalmente estoy en la parte de atrás.
-Me pasa continuamente -dijo-. Y es una venta segura. A veces me ven sacando la foto, y salen y me piden que me cerciore de que han salido en ella. Y a veces la señora de la casa quiere que saque a su maridito lavando el coche. O uno de sus hijos está cortando el césped, y la señora dice: sáquele, sáquele, y yo le saco. O la familia está comiendo tranquilamente en el patio, y me piden que por favor les saque. -Se le empezó a mover la pierna derecha-. Así que le han dejado, ¿no es eso? Han hecho las maletas y se han largado. Duele. De esos chicos no sé nada. Ya no sé nada de chicos. No me gustan. Ni siquiera me gustan los míos. Trabajo solo, como le he dicho. ¿Quiere la foto?
-Sí, me la quedaré -dije. Me puse de píe para recoger las tazas-. Usted no vive por aquí. ¿Dónde vive?
-Ahora tengo una habitación en el centro. No está mal. Cojo el autobús, ya sabe, y salgo de la ciudad, y después de trabajarme todos los barrios me voy a otra ciudad. Hay formas mejores de moverse, pero me las arreglo.
-¿Y qué me dice de sus hijos?
Esperé con las tazas, mirando cómo se levantaba trabajosamente del sofá.
-Que se jodan. ¡Y su madre también! Esto se lo debo a ellos. -Levantó los ganchos y me los puso delante de la cara. Se dio la vuelta y empezó a ponerse las correas-. Me gustaría perdonar y olvidar, ¿sabe?, pero no puedo. Todavía me duele. Y ése es el problema. Que no puedo perdonar ni olvidar.
Miré de nuevo los ganchos mientras se ponía el correaje. Era fantástico ver lo que podía hacer con aquellos ganchos.
-Gracias por el café, y por dejarme usar el aseo. Lo va a pasar muy mal. Y me solidarizo con usted. -Movió arriba y abajo los ganchos-. ¿Puedo hacer algo por usted?
-Sacar más fotos -dije-. Quiero que saque fotos mías y de la casa.
-No servirá de nada -dijo-. Ella no va a volver.
-No quiero que vuelva -dije.
Resopló. Me miró.
-Puedo hacerle un precio especial -dijo-. ¿Tres por un dólar? Si le cobrara menos, apenas me saldría a cuenta.
Salimos fuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde ponerme, y nos pusimos manos a la obra. Fuimos desplazándonos alrededor de la casa. Lo hicimos todo de forma sistemática. A veces yo miraba de soslayo. Otras directamente a la cámara. El estar fuera de casa me hacía sentirme mejor.
-Estupendo -decía-. Así está bien. Ésa ha salido genial. Veamos -dijo después de dar la vuelta a la casa y vernos de nuevo en el camino de entrada-. Van veinte, ¿Quiere alguna más?
-Dos o tres más -dije-. En el tejado. Me subo al tejado y usted me saca desde aquí.
-Jesús -dijo. Miró a un lado y otro de la calle-. Vale, está bien, adelante. Pero tenga cuidado.
-Tiene razón -dije-. Hicieron las maletas y se largaron. Con todos los bártulos. Ha dado usted en el clavo.
El hombre sin manos dijo:
-No hizo falta que dijera ni una palabra. Lo supe desde que me abrió la puerta. -Agitó los ganchos en dirección a mí-. ¡Se siente como si ella le hubiera quitado el suelo bajo los pies! Y se hubiera llevado sus piernas de paso. ¡Mire esto! Esto es lo que te dejan. A la mierda -dijo-. ¿Quiere subirse al tejado o no? Tengo que irme -dijo el hombre.
Saqué una silla de casa y la puse justo debajo del borde de la entrada del cobertizo de los coches. Pero no llegaba. Él seguía en el camino de entrada, y me observaba. Encontré una caja de embalaje y la puse encima de la silla. Me subí en la silla, y luego encima de la caja. Me aupé hasta la techumbre del cobertizo, y fui hasta el tejado de la casa, y avancé a cuatro patas sobre él hasta un pequeño espacio llano que había cerca de la chimenea. Me puse en pie y miré a mi alrededor. Soplaba una ligera brisa. Agité las manos, y él me devolvió el saludo con los dos ganchos. Y entonces vi las piedras. Era como un pequeño nido de piedras sobre la rejilla de la boca de la chimenea. Seguramente, la chiquillería las había lanzado hasta allí al tratar de meterlas por el agujero de la chimenea.
Cogí una de las piedras.
-¿Listo? -grité.
Me tenía encuadrado en el visor.
-Sí -contestó él.
Me volví y eché hacia atrás el brazo.
-¡Ahora! -grité.
Lancé la piedra tan lejos como pude, hacia el sur.
-No sé -le oí decir-. Se ha movido usted -dijo-. Lo veremos dentro de un minuto. -Transcurrido el minuto, dijo-: Santo cielo, ha salido bien. -Se quedó mirando la foto. La levantó ante él-. ¿Sabe? -dijo-. Ha salido bien.
-Otra vez -grité.
Cogí otra piedra. Sonreí de oreja a oreja. Me sentía como si pudiera levitar. Volar.
-¡Ahora! -grité.