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lunes, 23 de septiembre de 2013

Adiós

Relato Argentino


-Sí, mamá... -Yo le decía mamá, aunque en realidad no lo era. La llamaba así para que no hubiese dudas. En realidad quería decirle: "Te quiero mucho"; por eso le decía mamá.
- ...están muy bien, te mandan besos; en el próximo viaje te los voy a traer. -Me refería a mis hijos; ahora vivían en Santa Fe, con su madre, y yo no vivía más con ellos. Mamá sospechaba algo de toda esta situación matrimonial, pero nunca llegamos a comentar nada: no me pareció oportuno.
Por otra parte era difícil, porque mamá nunca hacía preguntas. Prefería que uno le contara espontáneamente; si tenía ganas o si podía. Así me encontré muchas veces hablando de alguna cosa que ni sospechaba iba a terminar conversando con ella; porque ella conversaba, no daba consejos. Después venía un alivio: los problemas se achicaban, la vida era linda. Estar a su lado, hablar; sin embargo esta vez no había querido decirle nada, traerle más problemas, con todo lo que estaba viviendo.
Ahora niega algo con un movimiento de su cabeza:
-¿No, qué?
-No los voy a ver.
La miro, finjo, digo que no la estoy engañando, que en el próximo viaje voy a venir con los chicos; pongo, incluso, ojos de desconcierto cuando no tengo más remedio que reconocer que se está refiriendo a otra cosa, no a un posible incumplimiento de mi promesa.
-...a vos tampoco.
Sin dejarla terminar despliego un elenco convulso de explicaciones inútiles. Por ejemplo, que la otra vez, cuando la operaron, después de darle sangre, también había comentado que no valía la pena o algo por el estilo. Que hacía más de dos años de todo esto: "Mirá si no valía la pena".
-Ya ves: no valía la pena.
-¿Cómo que no?
No insistió aunque era evidente que estaba convencida de sus razones; se limitó a negar con un pesado movimiento de su cabeza. Estaba tapada hasta las orejas, apoyada precisamente sobre el costado donde estuvo el pecho que había desaparecido en aquella operación. Tenía además en la piel ese color que trae la enfermedad, el olor a remedios que trae la enfermedad, el tempo moroso.
Mamá, cuando estaba sana, siempre hacía scones y nunca vi que ofendiera a nadie. Tampoco era cargosa con sus caricias, no molestaba, daba lo que estaba haciendo falta y en el momento preciso. Cuando hacía scones, la tarde era una fiesta: ¡a masa cruda todavía, la copa con que cortaba la masa antes de ponerla al horno: ¿Cómo era posible que desaparecieran con ella
esos scones?
-Vale la pena: dentro de un par de semanas te vas a sentir mejor y te vas a poder levantar.
Ya ni siquiera negó con aquel movimiento de su cabeza. Me miró fijo, y nada más. Después sonrió un poquito y, penosamente, extendió el brazo dolorido, sin duda, y tomó mi mano, como hacía antes para que me durmiera, como haría siempre a partir de ese momento, sin soltarme nunca, sin decir nada, como sonriendo. Una lágrima resbaló por la filosa ladera de su nariz, y yo sentí que se clausuraba mi garganta.
-¿No tenés que irte ya?
-Todavía es temprano.
-¿A qué hora sale tu tren?
-Falta mucho.
-No se te vaya a hacer tarde...
- ...tengo tiempo todavía.
-Si querés, andá; no te demores conmigo.
-Con un taxi estoy en diez minutos.
Retiro estaba muy cerca, y no perdí el tren. Dos días después, tomaba una cerveza con algunos amigos, en Santa Fe. Conversábamos, y ya ni me acuerdo de cuál era el tema en ese momento; tal vez nada importante, pero en eso andábamos, dejando pasar el tiempo, cuando vino alguien a decirme que habían hablado por teléfono desde Buenos Aires, para avisar que la tía se había muerto. Era más que una tía; era mi madre, como ya dije.